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miércoles, 30 de noviembre de 2016

UNO, por William Burroughs

Siento que la pasma se me echa encima, los siento tomar sus posiciones ahí fuera, organizar a sus soplones del demonio, canturreando en torno a la cuchara y el cuentagotas que tiré en la estación de Washington Square, al saltar el torniquete, un par de tramos escaleras de hierro abajo, cazo un directo ascendente… Un marica joven, guapo, de pelo muy corto, bien vestido y con pinta de ejecutivo sujeta la puerta para que pase. Está claro que personifico su idea de un personaje. Ya sabes, un tipo que anda con camareros y taxistas, que habla de ganchos de derecha y de béisbol y llama al barman de Nedick’s por su nombre. Un tonto del culo. Y justo en ese momento aparece en el andén un estupa con trinchera blanca (imagínate, seguir a alguien llevando una trinchera blanca; supongo que para hacerse pasar por maricón). Ya lo estoy oyendo, con mis herramientas en la izquierda, la derecha en la sobaquera: «Me parece que se te cayó algo, amiguito. » Pero el metro ya está en marcha. —¡Adiós, pies planos! —le grito, para que el mariquita vea su película de malos. Miro al mariquita a los ojos, me fijo en sus dientes blancos, la piel bronceada, el traje de alpaca de doscientos dólares, la camisa de Brooks Brothers bien abotonada, el News que lleva como un apoyo: «Sólo leo las historietas de Little Abner. » Un estrecho que quiere parecer enterado… Habla de «yerbas» y fuma de vez en cuando, y siempre tiene un poco para ofrecer a los golfos de Hollywood. —Gracias, chaval —le digo—, ya veo que eres de los nuestros. —La cara se le ilumina como un billar eléctrico, con estúpidos efectos en rosa—. Me vendió el muy… —continué ásperamente. Me acerqué más a él y puse mis dedos sucios de drogado sobre la manga de alpaca—. Tú y yo somos hermanos de sangre de la misma aguja. En confianza, ése se merece un chute caliente. (Nota: se trata de una cápsula de droga envenenada que se vende al adicto para liquidarlo. Se da mucho a los confidentes. Suele ser estricnina, de sabor y aspecto semejantes a la droga.) —¿Nunca has visto cómo pega un chute caliente, chaval? Yo vi al Cojo meterse uno en Filadelfia. Pusimos en su cuarto uno de esos espejos transparentes por un lado que hay en las casas de putas y cobramos diez machacantes por mirar. No pudo sacarse la aguja del brazo. Si la dosis es buena, ninguno puede. Se los encuentra así, con el brazo azul y el cuentagotas lleno de sangre coagulada colgando. Y los ojos que puso cuando le pegó, chico… ¡eso sí que fue sabroso!. Me acuerdo de cuando anduve embarcado con el Somatén, era el mejor sacacuartos de la vida. En Chicago… Nos trabajábamos a los maricones del parque Lincoln. Y una noche el Somatén se me presenta a trabajar con botas de vaquero y chaqueta negra, con una estrella de chapa y un lazo al hombro.Y yo le digo: “¿Qué pasa contigo? ¿Ya estás ciego?”. Me mira sin más y dice: “Desenfunda, forastero”, y va y saca un viejo seis tiros oxidado y yo echo a correr por el parque con las balas silbándome alrededor. Se cargó tres maricones antes de que le trincase la bofia. El Somatén se había ganado su mal nombre…¿Te has fijado alguna vez en la cantidad de expresiones que pasan de los maricas a los timadores? Como “levantar”, haciendo creer al otro que estás en la misma historia."¡Cógela!", "¡Coge al Chico Paregórico que se está trabajando a aquel primo!". "El Ansioso se lo camela demasiado deprisa." El Zapaterías (le pusieron el nombre porque les sacaba la tela a los fetichistas en las zapaterías) dice: “Métesela a un primo con vaselina y volverá por más llorando. ” Y cuando el Zapaterías descubre un primo empieza a respirar fuerte. Se le hincha la cara y se le ponen los labios morados como a un esquimal en celo. Luego, despacio, despacio, llega hasta el primo, sintiéndolo, palpándolo con dedos de ectoplasma podrido. —El Paleto tiene una mirada de jovencito sincero, arde en él como neón azul. Parece sacado de una portada del Saturday Evening Post, de pescador con una ristra de pescados, está conservado en droga. Sus clientes no se enteran ni de media y los de la industria le tienen la aguja bien montada. Un día el Jovencito Azul empieza a patinar, y lo que le sale haría echar la pastilla a un auxiliar de ambulancia. El Paleto acaba por flipar, echa a correr por autoservicios vacíos y estaciones de metro gritando: «¡Vuelve, niño!, ¡vuelve!», y persigue al chaval hasta East River, se hunde entre condones y cáscaras de naranja, un mosaico de periódicos flotantes, se hunde en el cieno silencioso, negro, con gángsters hormigonados y pistolas aplastadas para evitar el dedo acusador de los expertos en balística curiosos. Y el marica piensa: «¡Qué personaje! ¡Espera a que se lo cuente a los chicos en el Clark!» Es el típico coleccionista de personajes, sería capaz de aguantar sin moverse el número de la zapatilla en la jaula. Así que le saco diez bolos y quedo con él para venderle algunas «yerbas» como él dice, pensando: «Al panoli éste le coloco una de orégano» (Nota: el orégano tiene un aspecto vagamente parecido a la marihuana y se vende como si lo fuera a los incautos o ignorantes.) —Bueno —le dije dándome golpecitos en el brazo—, el deber me llama. Como dijo un juez a otro: «Sé justo, y si no puedes ser justo, sé arbitrario». Me meto en el autoservicio y allí está Bill Gains acurrucado en el abrigo de alguien con aspecto de banquero de 1910 con paresia y el viejo Bart, raído y gris, mojando bizcocho con los dedos sucios, que brillan por encima de la suciedad. En la parte alta tenía algunos clientes que atendía Bill, y Bart conocía a unas cuantas reliquias viejas de los tiempos en que se fumaba opio, porteros fantasma que barrían cansinamente con manos de viejo sus portales polvorientos, tosiendo y escupiendo a la hora sin droga del amanecer, peristas asmáticos retirados en hoteles de tres al cuarto, Rosa Pantopón, la antigua madama de Peoria, estoicos camareros chinos que nunca dan señales de enfermedad. Bart los buscaba con su andar de viejo yonqui paciente y cauteloso y lento y depositaba en sus manos sin sangre unas pocas horas de calor. Una vez hice la ronda con él, por divertirme. ¿Sabes cómo son los viejos cuando comen, que pierden completamente la vergüenza y sólo verlos te hace vomitar? Los yonquis viejos son iguales con la droga. Babean y chillan al verla. Mientras la cuecen les cuelga la saliva por el mentón, les gruñe el estómago y se les retuercen todas las tripas en movimientos peristálticos y se les disuelve la poca piel decente que les queda, esperas que en cualquier momento se les salga una gran burbuja de protoplasma que rodee la droga. Algo realmente repugnante de ver. «Bueno, mis chicos serán también así algún día —pienso con filosofía—. ¡Qué extraña es la vida!» Así que vuelvo al centro por la estación de Sheridan Square por si el secreta acecha en un armario de escobas. Ya dije que no podía durar. Sabía que andaban por allí fuera en aquelarre, preparando su magia negra pasmosa, pinchando muñecos con mi cara en Leavenworth. «A ése no sirve de nada clavarle agujas, Mike». He oído que a Chapin lo cazó un poli viejo con un muñeco. El eunuco aquel se sentaba en el sótano de la comisaría y se pasaba día y noche colgando un muñeco con su cara, año tras año. Y cuando ahorcaron a Chapin en Connecticut, se encontraron al viejo con el cuello partido. —Se cayó por la escalera —dijeron. El camelo de siempre de la pasma. La droga está rodeada de magia, tabúes, maldiciones y amuletos. En México encontraba a mi contacto por radar. «Esta calle no, la siguiente, a la derecha… ahora a la izquierda. Ahora, otra vez a la derecha», y ahí está su cara desdentada de vieja, sus ojos anulados. Conozco un trafiqueta que se pasea tarareando una canción y todo el que pasa por su lado se queda con ella. Es tan gris y espectral y anónimo que no le ven y creen que son ellos mismos los que tararean. Y los clientes se acercan al compás de Sonrisas o Tengo ganas de enamorarme o Dicen que somos demasiado jóvenes para amarnos, o la canción que toque ese día. Hay veces que se ven hasta cincuenta yonquis desastrados que sueltan chillidos enfermos, trotando detrás de un chico que toca la armónica, y allí está su Hombre, sentado en un bastón-asiento echando pan a los cisnes, un travestí gordo paseando su afgano por la calle Cincuenta Este, un borracho viejo meando contra una columna del Elevado, un estudiante judío extremista repartiendo panfletos en Washington Square, un ingeniero de montes, un exterminador, un publicitario marica en Nedick’s que trata de tú al barman. La red mundial de los yonquis, tendida sobre un cable de lefa rancia, anudada en habitaciones amuebladas, estremecida en las mañanas enfermas sin droga. (Los hombres del viejo Pete aspiran el humo negro en la trastienda de la lavandería china y el Melancólico muere de una sobredosis de tiempo o de un corte de respiración en el pavo frío.) En Yemen, París, Nueva Orleans, México y Estambul; tiemblan bajo los martillos neumáticos y las excavadoras, se lanzan unos a otros maldiciones drogadas que los demás no oímos, y el Hombre pasa asomado a una apisonadora y yo recojo lo mío en un cubo de alquitrán. (Nota: Estambul, especialmente los barrios miserables de la droga, está siendo derribado y reconstruido. En Estambul hay más yonquis de heroína que en Nueva York.) Los vivos y los muertos, los enfermos de mono o los pasados, colgados o descolgados o vueltos a colgar, todos acuden al rayo luminoso de la droga y el Contacto se toma un chop-suey en la calle Dolores de México D.F., o moja bizcochos en el autoservicio, es perseguido en Exchange Place de Nueva Orleans por la gente del Grupo Especial. El viejo Chino echa agua del río en una lata oxidada y lava un trozo de yen pox duro y negro como un tizón. (Nota: yen es opio, en chino; yen pox es la ceniza del opio ya fumado.) Total, la pasma tiene mi cuchara y mi cuentagotas, y sé que están a punto de sintonizar mi frecuencia guiados por un soplón ciego al que llaman Willy el Disco. Willy tiene la boca redonda como un disco, perfilada por unos pelos negros, eréctiles y muy sensibles. Está ciego de pincharse en el globo del ojo, tiene la nariz y el paladar comidos de esnifar caballo, su cuerpo es una masa de cicatrices, de tejido duro y seco como madera. Ahora ya sólo puede tomar la mierda por la boca, a veces emite un largo tubo de ectoplasma que detecta la frecuencia silenciosa de la droga. Sigue mi rastro por toda la ciudad hasta las habitaciones que ya he dejado, y la pasma se topa con unos recién casados de Sioux Falls. —¡Muy bien, Lee! ¡Sal de detrás de ese suspensorio! ¡Te conocemos! —Y arrancan el pene del novio de un solo golpe. Willy se va acercando más y más y se le oye gemir en la oscuridad (sólo funciona de noche), siento el ansia terrible de esa boca ciega rastreadora. Cuando entran para realizar el arresto, Willy pierde completamente el control y su boca se dispara y abre un agujero en la puerta. Si no estuvieran los polis para sujetarlo a porrazos, le chuparía la sangre a cada uno de los yonquis que atrapa. Yo sabía, y lo sabía todo el mundo, que habían echado al Disco sobre mi pista. Y si mis jóvenes clientes llegaban a subir al estrado: «Me obligó a realizar toda clase de horribles actos sexuales a cambio de la droga», ya podía despedirme de la calle. De modo que hicimos provisión de caballo, compramos un Studebaker de segunda mano y nos fuimos hacia el Oeste. El Somatén se salió con una historia de crisis esquizofrénica. —Estaba delante de mí mismo tratando de evitar que los ahorcase con mis dedos fantasmales… Soy un fantasma que desea lo que todos los fantasmas —un cuerpo— después del Largo Tiempo que estuve cruzando avenidas inodoras del espacio sin vida al no olor incoloro de la muerte… Es imposible respirarlo, olerlo a través de las rosadas circunvoluciones del cartílago, adornadas con lazos de mocos cristalizados, mierda temporal y filtros de sangre y de carne negra. Permanecía allí de pie en la sombra alargada de la sala del juicio, la cara como una película rota, retorcida por los deseos y el hambre de los órganos larvales que se agitan en la carne indecisa, ectoplásmica, de la carencia (diez días en frío cuando hizo la primera declaración), carne que se desvanece al primer toque silencioso de la droga. Vi cómo sucedía. Casi cinco kilos perdidos en diez minutos de pie con la jeringuilla en una mano sujetándose los pantalones con la otra, la carne abandonada ardiendo con un frío halo amarillo… aquella habitación del hotel de Nueva York… la mesilla de noche llena de cajas de caramelos, colillas que rebosan de tres ceniceros, un mosaico de noches sin dormir y hambres repentinas de adicto que se descuelga y alimenta su carne de bebé… El Somatén es juzgado por un Tribunal Federal, acusado de linchamiento, y va a parar a un manicomio federal especialmente concebido para custodiar fantasmas: preciso, prosaico impacto de objetos… lavabo… puerta… retrete… barrotes… ahí están… esto es… todas las líneas cortadas… nada más allá… No Hay Salida… y el No Hay Salida en cada rostro… Al principio los cambios físicos fueron lentos, pero luego se precipitaron en golpes negros, cayendo a través de sus tejidos flojos, borrando toda la forma humana… En su mundo de oscuridad total los ojos y la boca son un órgano que salta hacia delante para morder con dientes transparentes… pero los órganos no mantienen posiciones ni funciones constantes… brotan órganos sexuales por todas partes… se abren rectos, defecan y se cierran… el organismo entero cambia de color y consistencia en ajustes de una fracción de segundo… El Paleto es una carga para la sociedad con sus ataques como él los llama. El Primo Interior se le estaba despertando y ése es un chivato que no hay quien despiste; a la entrada de Filadelfia se baja para enrollarse un coche patrulla y en cuanto el poli le echa el ojo encima nos agarra a todos. Setenta y dos horas y otros cinco yonquis enfermos más en nuestra celda. Como no quiero sacar mi provisión delante de esos parias hambrientos, hay que andar maniobrando y soltar pasta al de las llaves hasta conseguir una celda aparte. Los yonquis precavidos —les llaman ardillas— llevan siempre un pellizquito por si los encierran. Cada vez que me pego un pinchazo dejo caer unas gotas en el bolsillo del chaleco, tengo la tela almidonada de material. Llevaba un cuentagotas de plástico en el zapato y un imperdible prendido en el cinturón. Ya sabes cómo te cuentan la batalla del imperdible y el cuentagotas: «La tía cogió un imperdible todo oxidado y manchado de sangre, y se hizo un buen agujero en la pierna, parecía una boca abierta, llena de llagas, abierta, esperando la inefable unión con el cuentagotas que se hunde ahora en la herida babeante. Pero su terrible necesidad exagera la energía (el hambre de los insectos en los sitios secos) y le hace romper el cuentagotas que se hunde profundamente en la carne del muslo devastado (parece más bien un cartel sobre la erosión del suelo). ¿Acaso le importa? Ni siquiera se molesta en quitar los cristales rotos, se mira el anca llena de sangre con los ojos fríos e impasibles de un carnicero, qué le importa la bomba atómica, las chinches, la amenaza del cáncer, el Ocaso que espera para recuperar su carne delincuente… Dulces sueños, Rosa Pantopón». La escena real: pellizcas un poco de carne de la pierna y das un golpe seco con el imperdible para hacer un agujero. Luego colocas el cuentagotas encima, no dentro del agujero y vas soltando el líquido despacio, con cuidado para que no se salga por los lados… Al apretar el muslo del Paleto la carne me pareció cera, se quedaba para arriba, rezumando una gota de pus por el pinchazo. Nunca en mi vida toqué un cuerpo vivo tan frío como el del Paleto de Filadelfia… Decidí librarme de él aunque tuviera que recurrir a una «fiesta de sofocación». (Costumbre rural usada en Inglaterra para eliminar parientes ancianos e inválidos. La familia afligida por tal desgracia da una «fiesta de sofocación», durante la cual los invitados apilan colchones sobre la «carga para la familia», y se suben a emborracharse sobre los colchones.) El Paleto es un rémora para el negocio y habría que trasladarlo a las cloacas del mundo. (Esta es una costumbre africana. Un funcionario llamado «Expulsor» tiene la misión de llevar a los ancianos a la selva y abandonarlos allí.) Los ataques del Paleto son ya algo crónico. Guardias, porteros, perros, secretarias, gruñen en cuanto se acerca. El dios rubio ha caído en la abyección de un intocable. Los tramposos no cambian, se rompen, se hacen pedazos —explosiones de materia en el frío espacio interestelar—, se desvanecen en polvo cósmico, dejan atrás su cuerpo vacío. Chorizos de todo el mundo, hay un primo al que no podéis camelar: el Primo Interior. Dejé al Paleto plantado en una esquina, ladrillos rojos de casa barata hasta el cielo, bajo incesante lluvia de hollín. —Voy a pegarle un toque a un matasanos que conozco aquí al lado. Vuelvo en seguida con morfa de farmacia, de la buena… No, tú espérame aquí… no quiero que te guipe. Espérame en la esquina todo el tiempo que haga falta, Paleto, espérame. Adiós, Paleto, adiós, muchacho… ¿Adonde van cuando se marchan dejando el cuerpo atrás? Chicago: jerarquía invisible de italianinis descerebrados, olor a gángsteres atrofiados, un fantasma familiar se te aparece en la esquina de las calles Norte y Halstead, en Cicero, en el parque Lincoln, mendigando sueños, el pasado invade el presente, magia rancia de tragaperras y fondas de carretera. En el Interior: una vasta urbanización, antenas de televisión contra el cielo sin sentido. En casas a prueba de vida se ciernen sobre los jóvenes para absorber algo de lo que ellos excluyen. Sólo los jóvenes aportan algo. Y la juventud no les dura mucho. (Por los bares de St. Louis yace muerta la frontera, los días de los barcos fluviales.) Illinois y Missouri, miasmas de los pueblos constructores de túmulos, el culto envilecido al Manantial del Alimento, festivales crueles y espantosos, el horror sin esperanza del Dios Ciempiés se extiende desde Moundville a los desiertos lunares de las costas peruanas. América no es una tierra joven: ya era vieja y sucia y perversa antes de los indios. El mal está en ella, esperando. Y policías, siempre: policías del Estado bien entrenados en la universidad, experimentados, corteses, ojos electrónicos que sopesan tu coche, tu equipaje, tu ropa, tu cara; detectives gruñones de las grandes ciudades, sheriffs rurales de voz pausada con algo negro y amenazador en sus ojos viejos del color de una camisa gastada de franela gris… Y problemas con el coche, siempre: en Saint Louis cambié el Studebaker del 42 (tenía un defecto de fábrica, como el Paleto) por un viejo Packard seis plazas trucado que apenas pudo llegar a Kansas City, donde compré un Ford que resultó ser un quemador de aceite y lo di a cambio de un jeep al que le pisamos demasiado (no son buenos para andar por autopista) y le quemamos algo de dentro y reventó y volvimos al viejo Ford V-8, que nunca te deja tirado por mucho aceite que queme. Y el tedio norteamericano nos va encerrando como ningún otro tedio del mundo, peor que el de los Andes, pueblos de alta montaña, viento frío que baja de los montes de tarjeta postal, aire fino como la muerte en la garganta, ciudades fluviales de Ecuador, malaria gris como la droga bajo un sombrero negro de vaquero, escopetas que se cargan por la boca, buitres que picotean las calles enfangadas… el que te ataca al bajar del ferry de Malmoe, en Suecia, te quita la trompa sin impuestos (en el ferry la priva no paga aduana) en un santiamén y te deja con la moral por los suelos: miradas huidizas y el cementerio en medio de la ciudad (todas las ciudades suecas parecen construidas en torno a un cementerio), y nada que hacer en toda la tarde, ni un bar, ni una película, quemé el último petardo que traía de Tánger y dije: «K.E., vamos otra vez al ferry ahora mismo». Pero no hay tedio como el tedio norteamericano. No lo ves ni sabes de dónde sale. Coge uno de esos bares elegantes, al final de una calle de un barrio nuevo (cada manzana tiene su bar y una botica y un supermercado y una tienda de bebidas). Entras y te topas con él. Pero ¿de dónde sale? No es del camarero, ni de los clientes, ni de la tapicería de plástico color crema de los taburetes, ni de la luz confusa del neón. Ni siquiera de la televisión. Y nuestras costumbres se reafirman en el tedio, como la cocaína te reafirma y te mantiene ante la depresión de la bajada de la coca misma. Y la droga se está acabando. Así que aquí estamos en esta ciudad sin caballo aguantando a base de jarabe para la tos. Y vomitar el jarabe y viajar y viajar, el frío viento de primavera silba por las rendijas del fotingo, hace temblar nuestros cuerpos enfermos, sudorosos, ese frío que siempre se te mete dentro cuando se va la droga… Seguimos a través del paisaje pelado, armadillos muertos en la carretera, buitres sobre los pantanos, cipreses talados. Moteles con paredes de viruta prensada, estufa de gas, mantas color rosa demasiado finas. Los pinchetas itinerantes y los que bajan de Carnaval han quemado todos los matasanos de Texas… Y nadie que esté en su sano juicio acudirá a uno de Louisiana. Legislación estatal de drogas. Por fin llegamos a Houston, donde conocía un boticario. Hacía cinco años que no me veía pero en cuanto levantó la vista y me echó una mirada de refilón, hizo una señal con la cabeza y me dijo: «Espéreme en la barra». Me senté y tomé un café y al poco rato viene y se sienta a mi lado y me dice: —¿Qué quiere? —Un litro de paregórico y cien nembutales. Asiente: —Vuelva dentro de media hora. Cuando vuelvo me da un paquete y dice: —Son quince dólares… y tenga cuidado. Pincharse jarabe paregórico es un follón tremendo; primero hay que evaporar el alcohol, luego enfriarlo para quitar el alcanfor y recoger el líquido marrón con un cuentagotas; hay que ponérselo en vena para que no se forme un absceso, aunque se inyecte donde se inyecte siempre se acaba teniendo el absceso. Lo mejor es bebérselo con barbitúricos… Así que lo metemos en una botella de Pernod y salimos para Nueva Orleans, y pasamos junto a lagos iridiscentes y llamaradas rojizas de los mecheros de gas, y montones de desperdicios, caimanes que se arrastran entre botellas rotas y latas vacías, arabescos de neón de los moteles, chulos solitarios que gritan obscenidades a los coches que pasan desde sus islas de basura. Nueva Orleans es un museo muerto. Damos una vuelta por Exchange Place apestando a jarabe y encontramos al Hombre sobre la marcha. Es un sitio pequeño y la pasma conoce a todos los que trafican de modo que piensa qué coño importa y le vendo a cualquiera. Hacemos provisión de caballo y damos marcha atrás, camino de México. Otra vez el lago Charles y la tierra muerta de las tragaperras, el extremo sur de Texas, sheriffs asesinos de negros que nos vigilan y comprueban los papeles del coche. Se te quita algo de encima cuando cruzas la frontera de México y de repente el paisaje se te aparece desnudo, sin nada entre tú y él, desierto y montañas y buitres: puntos lejanos que dan vueltas, o tan cerca que puedes oír cómo cortan el aire con sus alas (un sonido seco, un chasquido), y cuando descubren algo surgen del cielo azul, ese maldito cielo azul, aplastante de México, y convergen en un torbellino negro… Conduje toda la noche y al amanecer llegamos a un pueblo cálido y brumoso, perros que ladran y murmullo de agua que corre. —Tomás y Charli —dije. —¿Qué? —Es el nombre del pueblo. Nivel del mar. Desde aquí subiremos sin parar hasta más de tres mil metros. Me metí un fije y me eché a dormir en el asiento de atrás. Ella conducía muy bien. Eso se le nota a cualquiera en cuanto toca el volante. Ciudad de México, donde Lupita reparte sus papelinas de mierda adulterada, sentada como la diosa azteca de la Tierra. —Vender es un vicio más fuerte que picarse —dice Lupita. Los vendedores no adictos están colgados del contacto, un hábito del que no te puedes descolgar. Y lo mismo les pasa a los policías. Ahí está Bradley el Comprador. El mejor sabueso de la brigadilla. Cualquiera que le vea lo tomaría por un pasado. O sea, que puede ir a ver a un traficante y comprarle directamente. Es tan anónimo, gris y espectral que después el vendedor no podrá recordar su aspecto. Y así va ligándose a uno detrás de otro… Bueno, pues el Comprador parece cada vez más un yonqui. No puede beber. No se le levanta. Se le caen los dientes. (Los yonquis pierden sus colmillos amarillentos dando de comer al mono, del mismo modo que a las embarazadas se les estropean los dientes por alimentar al feto.) Se pasa el tiempo chupando una barra de caramelo (le gustan, sobre todo, unos que se llaman Baby Ruth). «Da verdadero asco verle chupar siempre esos horribles caramelos», dice otro poli. Al Comprador se le ha puesto un siniestro color gris verdoso. El hecho es que su cuerpo elabora su propia droga, o algún equivalente. El Comprador tiene un proveedor fijo. Un Hombre dentro de sí, podría decirse. O eso cree él. «Me limito a quedarme en mi habitación», dice. «Y me los jodo a todos. Unos estrechos todos, unos y otros. Soy el único hombre completo del negocio». Pero le asalta un deseo feroz como un vendaval negro, que le atraviesa los huesos. Entonces atrapa un yonqui jovencito y le da una pápela para comprarlo. —¡Oh! Estupendo —dice el muchacho—. ¿Y qué tengo que hacer? —Lo único que quiero es frotarme contra ti y ponerme bien. —Ejem… Bueno, vale… Pero ¿por qué no puede ir a lo físico como un ser humano? Más tarde el jovencito está sentado con dos colegas en una cafetería, mojando bizcocho en la taza. Dice: —La cosa más desagradable que me ha pasado en la vida. No sé cómo se volvió totalmente blando, y me envolvió como en una burbuja de gelatina, horrible. Luego se fue mojando de arriba abajo con una especie de baba verde. Supongo que es alguna forma asquerosa de correrse… Casi me desmayo con toda aquella cosa verde por encima y aquella peste a melón podrido. —Bueno, de todas formas es un fije barato. El muchacho suspiró con resignación: —Sí, supongo que uno puede acostumbrarse a todo. He quedado otra vez con él para mañana. Pero el vicio del Comprador sigue creciendo. Necesita recargarse cada media hora. A veces hace la ronda de las comisarías y soborna a los guardias para que le dejen entrar en una celda de yonquis. Hasta que llega el momento en que no se pone bien por muchos contactos que haga. Entonces es convocado por el Supervisor del Distrito: —Bradley, su conducta ha levantado ciertos rumores (y espero por su bien que no sean nada más que rumores), tan increíblemente desagradables que… Es decir, la mujer del César… Ejem… desde luego la Brigada ha de estar por encima de cualquier sospecha… y sin la menor duda por encima de sospechas como las que, al parecer, ha provocado usted. Está usted haciendo descender el tono de esta casa. Estamos dispuestos a aceptar su dimisión inmediatamente. El Comprador se arroja al suelo y se arrastra hasta el Supervisor: —No, jefe, no… El departamento es toda mi vida. Besa la mano del Supervisor y le mete los dedos en la boca (para que el Supervisor pueda sentir sus encías sin dientes) lamentándose de que ha perdido los dientes «en el chervichio». —Por favor, jefe, le limpiaré el culo, lavaré sus condones usados, sacaré brillo a sus zapatos untándolos con la nariz… —¡Esto sí que es realmente desagradable! ¿No tiene usted orgullo? He de decirle que estoy sintiendo verdadera repugnancia por usted. No sé, hay algo, no sé, podrido en usted, huele usted como un montón de estiércol —se pone un pañuelo perfumado ante la cara—. Tengo que pedirle que salga de este despacho inmediatamente. —Haré lo que sea, lo que sea —el rostro verdoso y estragado se abre con una horrible sonrisa—. Soy joven todavía, jefe, y cuando se me calienta la sangre pego bastante fuerte. El Supervisor vomita en su pañuelo y apunta hacia la puerta con mano trémula. El Comprador se levanta clavando una mirada perdida en el Supervisor. Su cuerpo comienza a inclinarse como la varita de un zahorí. Fluye hacia adelante… —¡No! ¡No! —grita el Supervisor. —Schlurp… schlurp, schlurp… Una hora más tarde encuentran al Comprador dando cabezadas en el sillón del Supervisor. El Supervisor ha desaparecido sin dejar rastro. JUEZ: —Todo indica que usted, de alguna forma inexplicable, ha… hum… asimilado al Supervisor del distrito. Por desgracia, no hay prueba alguna. Sería partidario de recomendar que se le recluyera, o más exactamente, se le contuviera, en alguna institución, pero no conozco un sitio adecuado para un individuo de su especie. Por tanto debo ordenar, de bien mala gana, que le pongan en libertad. —A éste habría que tenerlo en un acuario —dijo el agente que lo detuvo. El Comprador siembra el terror en el ambiente. Yonquis y policías desaparecen. Como si fuera un vampiro, suelta un efluvio narcótico, un vaho verde y húmedo que anestesia a sus víctimas y las deja indefensas ante su presencia envolvente. Y una vez recargado se queda varios días inactivo como una boa ahíta. Finalmente es sorprendido en el momento de engullirse al Delegado de Estupefacientes, y lo destruyen con un lanza-llamas. El Tribunal Constitucional dictaminó que tales métodos estaban justificados dado que el Comprador había perdido su ciudadanía humana y, consiguientemente, era una criatura sin especie y una amenaza para el negocio de estupefacientes a todos los niveles. En México el truco está en encontrar un yonqui del lugar que tenga receta oficial, receta que le autoriza a comprar una cantidad mensual fija. Nuestro Hombre era el viejo Ike, que había pasado casi toda la vida en Estados Unidos. —Estaba de viaje con Irene Kelly, una buena jugadora. En Butte, estado de Montana, le pegó un mal rollo de perico y salió corriendo por todo el hotel chillando que unos pasmarotes chinos la perseguían con machetes de carnicero. Conocí a un poli en Chicago, esnifaba un perico especial en cristalitos, cristales azules. Una vez se pasó y empezó a gritar que le buscaban los federales, echó a correr por el callejón y se metió de cabeza en un cubo de basura. Y yo le dije: «Pero ¿qué hace?», y él me dijo: «Largo de aquí o te pego un tiro. Estoy bien escondido». Esta vez compramos coca con receta. Métetela en la vena, hijito. Se huele cómo entra, limpia y fría, en la nariz y la garganta, luego una oleada de placer puro atraviesa el cerebro y enciende los interruptores de la coca. La cabeza se te estremece de explosiones blancas. A los diez minutos ya quieres otro pinchazo… serías capaz de cruzar la ciudad por otro pinchazo. Pero si no puedes conseguirlo, comes, duermes y te olvidas del asunto. La coca es un deseo puramente cerebral, una necesidad sin sensación, sin cuerpo, una necesidad de fantasma terrenal, ectoplasma rancio barrido por un viejo yonqui que tose y escupe en las mañanas enfermas. Una mañana te despiertas y te pegas un cóctel de perico y caballo y sientes chinches debajo de la piel. Policías de 1890 de negros bigotes bloquean las puertas y se asoman a las ventanas apretando los labios desde sus placas azules desnudas. Unos yonquis desfilan por la habitación cantando la marcha fúnebre musulmana, llevan el cuerpo de Bill Gains, estigmas de aguja resplandecen suavemente con una llama azul. Detectives esquizofrénicos olfatean con aplicación el orinal. Es el miedo de la coca… Siéntate y tómatelo con calma y pégate un buen chute de esa morfa militar. Día de los Muertos: me entró un hambre ciega y me comí la calavera de azúcar del pequeño Willy. Se echó a llorar y tuve que ir a comprarle otra. Pasé junto al bar donde liquidaron al de las apuestas de frontón. En Cuernavaca —¿o era Taxco?—, Jane conoce a un trombonista macarra y desaparece en una nube de humo de tila. El macarra es uno de esos que van de artistas, vibraciones y dietética y ese rollo, o sea que degrada al sexo femenino obligando a sus ligues a tragarse todas esas chorradas. Estaba siempre ampliando sus teorías… examinaba a las tías y las amenazaba con dejarlas si no se sabían de memoria hasta el último detalle de su último asalto a la lógica y a la imagen del hombre. —Mira, nena, estoy aquí para dar. Pero si tú no quieres recibir no puedo hacer nada más. Usaba todo un ritual para fumar yerba y era muy puritano respecto de la droga, como la mayoría de los grifotas. Aseguraba que la yerba le ponía en contacto con campos gravitatorios supracelestes. Tenía opiniones formadas sobre todo: la ropa interior más sana, cuándo beber agua y cómo limpiarse el culo. Tenía una cara roja y brillante con una gran nariz alargada y blanda, unos ojillos enrojecidos que se le encendían al mirar a las tías, y se apagaban al mirar cualquier otra cosa. Sus hombros eran tan anchos que hacían pensar en alguna deformidad. Actuaba como si los otros hombres no existieran, por ejemplo, en tiendas y restaurantes transmitía sus deseos al personal masculino a través de una intermediaria. Y ningún Hombre penetró jamás en su refugio, su casa secreta. Así que habla mal de la droga y se enrolla con la grifa. Doy tres chupadas, Jane le miró y se le cristalizó la carne. Pegué un salto gritando: «¡Me dio el muermo!», y salí corriendo de la casa. Tomé una cerveza en una tasca —barra de mosaicos, resultados de fútbol y carteles de toros— mientras esperaba el autobús para la ciudad. Un año después, en Tánger, me enteré de que Jane había muerto.

William Seward Burroughs (Estados Unidos, 1914-1997)