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domingo, 27 de noviembre de 2016

SOBRE LA PAZ EN COLOMBIA, por David Alberto Campos Vargas


La Paz es de lo más bello y sublime que hay. Por eso a ella tiende la gente buena. Por eso la defienden quienes creen que el hombre puede dar un paso más allá de su limitada biología.

Es necio e insensato el que no la valore. O es un psicópata. La verdad es que la Humanidad, en general, tiende a la Paz. La busca. La anhela. ¿Por qué? Porque Paz es sinónimo de vida, y a largo plazo, de supervivencia como especie. Hoy por hoy, además del desastre ecológico a escala planetaria, la otra gran amenaza para nuestra especie es la guerra (que, además, puede magnificar y empeorar los daños del desastre ecológico).

La pregunta no es (no debería ser) si la Paz vale la pena, y mucho menos si es preferible la guerra. Insisto, esa pregunta sólo se la hacen los severamente perturbados. La Paz siempre es ventajosa, siempre es bendita. La guerra, por el contrario, sólo trae desgracia y sufrimiento. La pregunta es: ¿cómo conseguir la Paz?

Se pierde en laberintos innecesarios el que pretenda homologar Paz con negociación. La negociación es un juego de poder. Un encuentro con buena dosis de hipocresía, en el que las partes (los negociantes) tratan de “halar cada uno para su lado”, y en el que se ejecuta una especie de partido de ajedrez.

También se confunde el que crea que la Paz es un armisticio. Eso es simplemente un trato al que se llega en el terreno militar, por agotamiento o sensación subjetiva de debilidad de una de las partes. No es que se quiera dejar la guerra como tal; lo que se quiere es que el considerado “enemigo” haga menos daño.

Y es bastante cándido el que mezcla el concepto de Paz con el de acuerdo. La Paz es generosa. La Paz es total. La Paz es un don, no algo a lo que se llegue a punta de regateos y vericuetos jurídicos.

De negociaciones, armisticios y acuerdos está llena la Historia; pero si algo brilla por su ausencia a lo largo de la Historia, es justamente la ausencia de Paz.

Vuelvo a la pregunta: ¿cómo conseguirla? Entendiendo su origen. La paz es una situación perfecta. Y las situaciones perfectas sólo pueden derivar de entidades perfectas. Y como sólo existe un ser perfecto (Dios), podemos afirmar con plena certeza que la Paz sólo puede venir de Dios.

Dios, Amor Infinito, es también Paz Infinita, porque es perfección. Así que, si queremos la Paz, tenemos que rastrear a Dios. 

No sirve una “paz” sin Dios, porque se trataría de una paz falsa: una guerra encubierta. Como el supuesto “pacifismo” soviético, que no era sino opresión total y asfixiante, con anulación completa del ser humano: un pacifismo consistente en tener a todos callados, sin derecho a protestar (de hecho, sin derecho a reunirse), recitando idioteces marxistas, repitiendo lo que el Partido Comunista exigía repetir con abnegada fidelidad. O como la “pacificación” (término de connotaciones horribles, en realidad mal empleado: se usa para describir campañas militares de corte imperialista) de los antiguos romanos, que iban imponiéndose a lo bestia y aniquilando naciones, o la del brutal Morillo en Suramérica, cuando quiso exterminar todos los gritos de independencia que se habían dado a inicios del siglo XX en los territorios que corresponden hoy a Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela. O como los supuestos “llamados de paz” que proponían el diabólico Hitler y sus secuaces: maniobras hipócritas, destinadas a ganar por la vía de la política lo que les quedaba difícil por su vía favorita, la de las armas. En resumen, dondequiera que se pretenda hacer Paz dejando a Dios de lado, no se logra sino un acuerdo mediocre y chapucero, con su concomitante paz falsa e inestable.

La Paz no es la jugarreta de los políticos. Ellos sólo quieren llenarse los bolsillos. Ellos sólo quieren aparecer en los medios de comunicación como los “salvadores” que no son, ni pueden ser, para conseguir votantes que les sigan permitiendo llevar sus vidas de sibaritas. Ellos sólo tienen capacidad para hacer unas treguas flojas, imperfectas y frágiles, que no duran a largo plazo.

El potencial transformador de la Paz no puede restringirse a las mezquindades humanas. Es necesario que la búsqueda de la Paz se haga de la mano con el Ser Supremo del cual emanan la Paz y todas las cosas buenas, bellas y perfectas.

No me cansaré de clamar la Paz. Sí, la verdadera. La que pongo en mayúscula. La que deriva de Dios (es decir, del Amor Infinito), y no de contingencias políticas, ni de deseos de figurar, ni de bajezas humanas.

A lo largo de este 2016, en Colombia, las redes sociales han ardido con frases agresivísimas de supuestos “defensores de la paz”. Creo que esa violencia desplegada (con insultos personales de por medio) por los supuestos “pacifistas” dejan una pésima impresión en muchos observadores del extranjero. Pero a mí me permiten ver algo más: no puede lograr una Paz verdadera un pueblo que ni siquiera ha aprendido a ser tolerante.

La Paz es una necesidad sentidísima en mi nación. Pero, efectivamente, sólo es posible si se superan primero los partidismos, la costumbre tan triste de saltarse el argumento y pasar al madrazo, la ignorancia, la impulsividad, y otros males criollos que sólo perpetúan las dinámicas de violencia. 

Creo, además, que superado ese primer escollo (cosa que requiere un trabajo intensivo con nuestros niños y jóvenes, que serán “los ciudadanos del mañana”), viene otra tarea: ¿cómo podemos hacer que el colombiano promedio aprenda algo de tolerancia, algo de respeto a la diferencia? Creo que la Psiquiatría, la Pedagogía, la Religión, la Filosofía, y ante todo la Ética, podrán darnos algunas luces…pero los principales gestores de paz deben ser los padres de familia. La tolerancia se aprende en casa. Sólo se refuerza (o, en el caso de Colombia, se termina de perder) en otros contextos.

Dados esos dos primeros pasos, creo que es fundamental que los colombianos aprendan a razonar, a discutir con argumentos. A filosofar. Por lo que pude leer en Facebook y twitter esos días, lo que abunda es el pensamiento concreto, la inmadurez psíquica, el maniqueísmo, la ausencia de ideas, el insulto. Creo, de hecho, que muy pocos compatriotas saben construir un silogismo. Pero sí atacar al prójimo con virulencia.

El cuarto escalón tiene que ver con lo psicoterapéutico. Los colombianos deben sanar sus heridas y corregir sus taras. Están necesitando un diván a gritos. Deben ir a psicoterapia, reeducarse, aprender a perdonar y a inhibir las respuestas violentas. Puede sonar algo severo, pero lo diré: deben dejar de ser tan bestias, y empezar a amar de verdad, porque al parecer la cultura traqueta se ha instalado en su inconsciente colectivo.

Ya logrado lo anterior, Colombia debe volver a Dios. Ahí, insisto, se encuentra la Paz verdadera. Ello no implica una “evangelización” barbárica, como la que hicieron los españoles durante la Conquista. Justamente el ser tolerantes y pluralistas implica el respetar las diferencias. Y un país en realidad pacífico se construye aceptando a los divergentes (aunque estoy viendo que el mundo se está volviendo  tan ateo, que ya “los divergentes” tal vez seremos los creyentes, en menos de seis décadas). Pero sí implica que incluso los agnósticos y ateos, a los que les molesta hablar de Dios, entiendan al menos que hay un algo trascendente que nos puede ayudar a comportarnos de forma más madura y equilibrada.

Aprendiendo a superar los odios, perdonar y pedir perdón, y sobretodo a construir puentes y trabajar en equipo, los colombianos de cada facción política (que son, y parece que no se han dado cuenta, la misma cosa: colombianos, y ante todo personas humanas) deben salir de sus trincheras y cambiar la situación.


¿Qué va a impedir a la nación colombiana el superar los antagonismos? Nada, si aprende a pensar de forma reflexiva, y a depender menos de los políticos. Nada, si aprende a amar a Dios y a reconocer Su presencia en el prójimo (no sólo en el amigo, en el familiar o en el copartidario). Nada, si le apuesta a una transformación verdadera y deja de comportarse de forma tan atolondrada. Nada, si aprende algo de Elie Wiesel, de Nelson Mandela, de Santa Teresa de Calcuta, de Mahatma Gandhi, de Erasmo de Rotterdam, de San Antonio de Padua, de San Francisco de Asís, y de todos los que han buscado la Paz a pesar de haber sufrido persecución, incomprensión y otras difíciles vivencias. Nada, si sigue el ejemplo y las enseñanzas de Jesucristo, máximo exponente de Paz en la Historia.  

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)