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martes, 8 de noviembre de 2016

LA LECCIÓN DE BURDEOS, por Carlos Fuentes Macías

Con razón escogió Francisco de Goya la ciudad de Burdeos para morir. La ciudad junto al río Garona es una de las más bellas de Francia, de Europa y del mundo. Esta es la patria de Michel de Montaigne, sin el cual no entenderíamos la palabra "ensayo", en tanto acercamiento incierto aunque lúcido a un mundo liberado del dogma. Montaigne antepone la experiencia personal a cualquier dogma. Escéptico, habla de la falibilidad humana, pero también de la posibilidad humana. Entre otras, saber que existe un yo extraordinario más fuerte que la muerte. 

Montaigne nos habla de una apertura interminable. Dueño de un "frío acero", como lo describe Jorge Edwards en su reciente libro La muerte de Montaigne. Homenaje latinoamericano al autor francés que nos enseña a escribir sin decirlo todo, a estar presentes en el corazón de la ausencia, a escribir para los lectores, a veces para un solo lector, a veces para el lector ideal que para Montaigne es sólo "una ficción entre otras muchas". 

Cuando, hacia 1950, el novelista Juan Rulfo hizo su aparición, le preguntaron a Alfonso Reyes: ¿Qué influencia percibe usted en la obra de Rulfo? A lo cual Reyes respondió: -Dos mil años de literatura. 

Todo escritor crea porque hereda y hereda porque crea. Yo tengo una deuda personal con Francois Mauriac, hijo de Burdeos pero autor universal al que leí con entusiasmo mientras escribía La muerte de Artemio Cruz. Sobre todo, El nido de víboras, exaltación de la necesidad de ser amado a orillas de la muerte. 

Ser amado. La desesperada Thérèse Desqueyroux. La "delectación escondida" de María Cross. La reconciliación de Gabriel Gradere. Y a pesar de todo, la avaricia, el homicidio, el incesto. El mal. Quizás ningún otro novelista contemporáneo, como Mauriac, nos acerca tanto a nuestras propias contradicciones latinoamericanas. ¿Por qué? 

La América Latina es un continente católico. Pero en México el cristianismo cohabita con un paganismo ancestral. Creo que el cristianismo fue aceptado por el pueblo mexicano porque el sacrificio que, antes, las víctimas debían a los dioses fue encarnado por Dios. Un dios crucificado y sangrante. El cristo mexicano, sangrante, injuriado, crucificado. 

México fue conquistado por el sufrimiento de Cristo y por la gracia de su madre, Guadalupe, la Virgen Morena. Menciono lo anterior para que nos demos cuenta del inmenso combate del México civil, librepensador y legalista, distinto del orden religioso. De allí la importancia de la Reforma de Benito Juárez y del civilismo de la Constitución de 1917. Sobre todo de su Artículo Tercero. Un orden civil, no opuesto, sino al lado de la fe religiosa. No lo entendieron los conservadores en 1860, ni la Cristiada en 1925. 

Las preguntas angustiosas de nuestro mestizaje fueron conciliadas, al cabo, por la literatura. La contradicción épica de Bernal Díaz del Castillo. La poesía dubitativa de Sor Juana Inés de la Cruz. El humanismo universal de Alfonso Reyes. Los relatos crucificados de Juan Rulfo. 

La literatura hizo nuestra la lengua del conquistador y la literatura hizo nuestra la imaginación del pueblo. La lengua española nos permite entendernos entre nosotros, para nosotros y fuera de nosotros. Un guaraní del Paraguay no entendería a un maya de Yucatán sino gracias a la lengua común, el castellano. Y casi cincuenta millones de norteamericanos hablan el español. 

De allí el dilema siguiente. Que los indígenas entienden gracias al español, a los blancos y mestizos iberoamericanos, pero que no se entienden entre sí mismos. Que los ciudadanos hispanoparlantes de los Estados Unidos de América puedan participar plenamente en la vida norteamericana pero que enriquezcan, también, la pluralidad hispanófona de mexicanos, colombianos, dominicanos, cubanos y puertorriqueños. 

En mi juventud, se hablaba en términos de nacionalismo e internacionalismo. Hoy, se habla en términos de globalización. Pero la globalización sólo globaliza los productos y los valores materiales. El trabajo, en cambio, es discriminado, despojado de derechos, abusado. Nada de esto es extranjero a la lengua en la cual hablamos, pensamos, amamos, soñamos y nos acercamos unos a otros. 

De allí el regreso a la cuestión de la coexistencia de valores civiles y religiosos, la coexistencia de culturas antiguas y modernas, la coexistencia de mayorías y minorías. De allí el respeto debido a las diferencias mientras no las estigmaticen la opresión y la injusticia. 

El signo político de esta coexistencia es la democracia. El signo axiológico es la cultura. Y el signo personal, humano, es el que nos ofrece Burdeos. El pensamiento de Montaigne. La obra de Mauriac. La conciencia de la falibilidad humana. Pero también de la posibilidad humana falible y posible. La presencia del mal. Pero también la reconciliación gracias al amor. 

Estas son las lecciones de Burdeos para nuestros propios conflictos. No podremos evitar la derrota si no mantenemos la fidelidad a lo posible. No podemos amar si no admitimos la parte del mal que acecha a toda intención amorosa. No podemos refugiarnos en los dogmas que excluyan la posibilidad humana pluralista. No podemos invocar la muerte a fin de negar la vida. Todo es vida, incluyendo a la muerte. 

La lección de Burdeos, de Montaigne y de Mauriac nos dice que no hay ser humano que no aporte y no deje algo memorable, algo irreemplazable, en su paso por el mundo. Y no habrá paz sin el reconocimiento de la diferencia como parte de la identidad. Esta es la única disposición mental que puede vencer a la xenofobia y al racismo que amenazan la coexistencia creativa de todas las sociedades.


Carlos Fuentes Macías (México, 1928-2012)