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miércoles, 2 de noviembre de 2016

A RUBÉN DARÍO Y OTROS CÓMPLICES, por Leopoldo Lugones

Habéis de saber 
Que en cuitas de amor, 
Por una mujer 
Padezco dolor. 
Esa mujer es la luna, 
Que en azar de amable guerra, 
Va arrastrando por la tierra 
Mi esperanza y mi fortuna. 
La novia eterna y lejana 
A cuya nívea belleza 
Mi enamorada cabeza 
Va blanqueando cana a cana. 
Lunar blancura que opreso 
Me tiene en dulce coyunda, 
Y si a mi alma vagabunda 
La consume beso a beso, 
A noble cisne la iguala, 
Ungiéndola su ternura 
Con toda aquella blancura 
Que se le convierte en ala. 
En cárcel de tul, 
Su excelsa beldad 
Captó el ave azul 
De mi libertad. 
A su amante expectativa 
Ofrece en claustral encanto, 
Su agua triste como el llanto 
La fuente consecutiva. 
Brilla en lo hondo, entre el murmurio, 
Como un infusorio abstracto, 
Que mi más leve contacto 
Dispersa en fútil mercurio. 
A ella va, fugaz sardina, 
Mi copla en su devaneo, 
Frita en el chisporroteo 
De agridulce mandolina. 
Y mi alma, ante el flébil cauce, 
Con la líquida cadena, 
Deja cautivar su pena 
Por la dríada del sauce. 
Su plata sutil 
Me dio la pasión 
De un dardo febril 
En el corazón. 
Las guías de mi mostacho 
Trazan su curva; en mi yelmo, 
Brilla el fuego de San Telmo 
Que me erige por penacho. 
Su creciente está en el puño 
De mi tizona, en que riela
La calidad paralela 
De algún ínclito don Nuño. 
Desde el azul, su poesía 
Me da en frialdad abstrusa, 
Como la neutra reclusa 
De una pálida abadía. 
Y más y más me aquerencio 
Con su luz remota y lenta, 
Que las noches trasparenta 
Como un alma del silencio. 
Habéis de saber 
Que en cuitas de amor, 
Padezco dolor
Por esa mujer.


Leopoldo Lugones (Argentina, 1874-1938)