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viernes, 14 de octubre de 2016

DÍA A DÍA, por Arturo Uslar Pietri

Decir que el tiempo es río es decir nada.
Ni nace ni termina su corriente;
fluye desde horizontes infinitos
y seguirá, sin duda, hasta el olvido.
Nacer nadie lo vio, ni lo verá acabar.
En él flotamos por confusos trechos.
El tiempo de surgir y sumergirse
es el de nuestra vida, tan pequeña,
tan torpe, tan voraz, tan impaciente
que apenas nace y a morir empieza.

Feliz llamaban los antiguos vates
al que joven moría. Eran los dioses
los que daban el don de no ir más lejos.
El fin siempre es temprano. Cada día
es toda la vida en tiempo pleno.
No hay más que el hoy,
que este momento solo
en que conozco que estoy vivo y siento.
Cada día es el día, y cada hora
es la única hora de la vida.
Todo el ayer se fue en reminiscencia,
y el mañana no existe todavía.
No llegamos a viejos: Sólo somos
en la invariable vaguedad del ser.
Los nombres son equívocos, las fechas
hacen inerte cuenta sin sentido.
No somos el de ayer ni el de mañana:
Somos el de hoy apenas.
La vida empieza en cada amanecida,
y la conciencia muere en cada noche.

Yo podría contar la historia vana
de una vida que acaso fue la mía,
pero que es tan ajena y tan extraña
ante esta hora en que me nombro y busco.
No se es viejo ni joven; se está vivo.
Y soy yo, el de hoy, quien hace el mundo
con mi mano segura o temblorosa,
con la errada visión que siempre tuve,
jugando el juego
de ausencias y presencias
que sólo para mí tiene sentido.

Todo está en ti, día que amaneces,
toda mi vida en mí sin sobra y falta,
como fue en cada hora ya contada,
como será en un siempre día a día.

Arturo Uslar Pietri (Venezuela, 1906-2001)