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jueves, 15 de septiembre de 2016

REFLEXIONES SOBRE LA POLÍTICA ARISTOTÉLICA, por David Alberto Campos Vargas


¿Qué propone Aristóteles en su Política?

Para Aristóteles, la naturaleza ha creado unos seres para mandar y otros para obedecer (Aristóteles, 2000), según el cómo hayan sido dotados. Los más dotados de intelecto, razón y previsión están hechos para dar órdenes; los que tienen facultades corporales más propicias para ejecutar, están obligados a obediencia (Sabine, 2011). 

El Estagirita da por sentado que hay un sitio para cada quien en la Naturaleza. Según las condiciones (tanto somáticas como psíquicas) cada hombre tiene su propia naturaleza, su propio potencial: la clave está en que cada uno logre desarrollar el potencial que tiene (la mayor o menor capacidad para mandar que se tenga), encontrando su nicho específico dentro de la jerarquía social (Rosenthal, 1995).

Aristóteles también asume que el hombre, por naturaleza, está dotado para la sociedad y la política, porque tiene lenguaje (Aristóteles, 2000). El hombre aristotélico es naturalmente sociable, porque su capacidad para hablar, expresarse y comunicarse lo empuja necesariamente, forzosamente, a la comunicación con otro con el que se construye una vida social (de ahí su otra conclusión: que el Estado procede de la Naturaleza, porque el hombre mismo tiene una tendencia natural a hacer vida social y política).

En la concepción aristotélica del mundo, la Naturaleza (el mundo biológico en particular, el mundo natural en general) no hace nada en vano, sino que hace necesariamente cosas (Coppleston, 1960); la Naturaleza no hace nada en vano: concede la palabra al hombre, para expresar y comunicar el bien y el mal, lo justo y lo injusto, y para favorecer la vida social. Como el hombre está dotado (al tener lenguaje, inteligencia y discernimiento para saber qué está bien y qué está mal) para la vida social, es inevitable que esté dotado para la vida política.

El hombre de Aristóteles es un animal político (Pijoan, 1958), que por naturaleza tiende a asociarse. Como tiende a asociarse, hace parte de una familia, de un pueblo y de un Estado (la forma más amplia de asociación política). ¿Y por qué tiende a asociarse? Por tener un lenguaje y unas características que lo facultan para la comunicación.   

Aristóteles entiende que como el hombre es social por naturaleza (tiene lenguaje, gusto por asociarse con sus congéneres, y unas facultades que lo capacitan para la vida en sociedad) entonces crea Estados inevitablemente.

Para Aristóteles el Estado es una asociación política encaminada al bien común, que procede de la Naturaleza por la necesidad social del hombre y porque “sólo en el Estado el hombre desenvuelve completamente su naturaleza” (Aristóteles, 2000); es un hecho natural, porque hay una necesidad natural del Estado, necesidad que parte de la realidad de que el hombre no puede bastarse a sí mismo (Sabine, 2011).

En su concepción, el hombre tiende a la vida social, no puede vivir aislado, y por eso constituye familias (los que comen en la misma mesa), pueblos, y, más ampliamente Estados. Los únicos que podrían vivir aislados, sin necesidades que puedan ser satisfechas por el contacto con el otro y la vida social, son “los dioses y las bestias” (Aristóteles, 2000).

Aristóteles considera que la Naturaleza arrastra a la asociación política, y permite al hombre ser el primero de los animales (el mejor, el principal) cuando se adecúa a la correcta vida en sociedad (cuando vive en la ley y la justicia, y ha alcanzado toda su perfección posible); ahora bien, el propio Aristóteles advierte que si el hombre vive sin leyes y sin justicia se convierte en “el último de los animales”.

Así, pues, para Aristóteles la justicia y las leyes son una necesidad social, porque el derecho es la regla de vida para la asociación política (Salcedo, 2011), dado que el derecho decide qué es lo justo. La ley y la justicia permiten, en ese orden de ideas, sacar lo mejor del hombre.

En el sistema aristotélico el Estado surge inevitable y necesariamente, naturalmente. Y que la administración estatal sobrepasa e incluye la administración doméstica (Aristóteles, 2000). 

La propiedad también es algo natural, porque es algo útil, un instrumento de la existencia, un bien que facilita el vivir dichosos (Urrejola, 2016). La autoridad y la obediencia son útiles y necesarias, porque contribuyen a la armonía (la finalidad de la vida en común). Y los hombres, como ya he señalado anteriormente, están destinados desde el nacimiento a obedecer y a mandar en distintos grados, porque es una ley natural “que el hombre inferior esté destinado a obedecer” (Aristóteles, 2000).

¿Qué es para Aristóteles un hombre inferior? Un hombre destinado a obedecer, porque sólo cuenta con su fuerza física (su cuerpo es su único recurso). Es esclavo por naturaleza. Por eso, afirma el Estagirita, ciertos hombres serían esclavos en todas partes, y otros no podrían serlo en ninguna (Aristóteles, 2000).

Aristóteles denuncia la corrupción política. Anota que en los hombres corruptos el cuerpo domina sobre el alma, y se da un desenvolvimiento irregular (Aristóteles, 2000). Es decir, los corruptos son unos disarmónicos, unos desequilibrados. También denuncia la adquisición de bienes innecesaria e irracional. Señala que la propiedad privada es natural, pues todo hombre (como todo animal) y toda familia necesitan de cosas necesarias para la vida, pero advierte que la sobreabundancia de riquezas ya no produce bienestar, ni satisface necesidades básicas, ni está al servicio de la vida.

¿Cuál es la vigencia de la propuesta política de Aristóteles?

Considero que la propuesta de Aristóteles debe ponderarse prudentemente. No se trata de sobrevalorarla, pues se sobrevaloraría una visión claramente jerárquica, oligárquica, machista y constreñida del ejercicio político. Tampoco se trata de subvalorarla, como han hecho recientemente grupos de hembristas furibundas. La clave está en entender por qué Aristóteles escribió lo que escribió, en qué época vivió, cuáles fueron sus intereses.

Evidentemente, la propuesta sexista y esclavista aristotélica (en la que se homologan los conceptos de “bárbaro”, “mujer” y “esclavo”) se corresponde claramente con el mismo sistema social en el que el filósofo se movió. Era un contexto de falsa democracia, en la que sólo podía votar y decidir una minoría. Un contexto esclavista, en la que el sometimiento del prójimo y la violación de su derecho a la libertad se consideraban normales. Unas culturas (tanto la ateniense como la macedonia) en las que era el hombre fuerte, atlético y militarmente poderoso quien encarnaba los máximos ideales (no olvidemos que el propio Aristóteles fue protegido por Filipo de Macedonia y su hijo, Alejandro Magno). Y una época en la que los conflictos se dirimían en el campo de batalla, y se valoraba enormemente la virilidad, la fiereza y la pericia con las armas.

Teniendo en cuenta lo anterior, vale la pena analizar el ideario básico de la Política de Aristóteles, para captar sin prejuicios sus luces y sombras:

1. La Naturaleza ha creado unos seres para mandar y otros para obedecer. Los primeros están dotados de razón y previsión; los segundos sólo cuentan con su cuerpo y su fortaleza física.

La primera premisa es falsa. Hoy en día sabemos que no es necesaria una dominancia. Lo he observado en las familias sanas, en los equipos exitosos, en los matrimonios felices. Sobran los mandatarios. Si existen verdaderas condiciones de equilibrio y solidaridad (poder educativo, poder económico, poder político y poder simbólico equiparables entre todos y cada uno de sus miembros, es decir, ausencia de una marcada asimetría entre los miembros del sistema) en una comunidad, simplemente todos contribuyen y todos se benefician. Es un juego perfecto, en el que no hay competencia sino cooperación, y no hay unos pocos ganadores (que se llevan casi todos los recursos) y muchos perdedores, sino que se da una ganancia moderada de recursos entre todos los miembros.

La segunda premisa es parcialmente verdadera. En efecto, tanto en la Antigüedad clásica como en la Neoposmodernidad, contar con la mera fuerza física es estar en desventaja. La cultura es poder. El conocimiento es poder. Ser más inteligente da una enorme ventaja social. Y las personas que tienen acceso a la alta cultura, conocimiento e inteligencia alta tienen menos posibilidades de ser oprimidas y dominadas. Sin embargo, hay algo muy enfermo en Aristóteles: es un realista en todo el sentido de la palabra, pero falla al suponer que si las cosas son de un modo es porque necesariamente han de ser de ese modo. Y ahí está su error. El status quo de la realidad no es, en modo alguno, el deber ser de la realidad. Todas las personas deberían tener las mismas oportunidades. Y si uno se pone a observar atentamente, se encuentra con que, en realidad, no son precisamente las personas cultas, eruditas e inteligentes las que ejercen roles de liderazgo en este mundo. De hecho, como he señalado en otros escritos, muy rara vez ostentan el poder los intelectuales. Aún más: ser intelectual es factor de riesgo para perder unas elecciones populares (Campos, 2016).

2. El Estado procede de la Naturaleza, es una necesidad de la vida.
Falso. Todas las especies (incluyendo las más exitosas evolutivamente) nos muestran que el Estado no es ni natural ni necesario. Incluso el hombre, al que Aristóteles consideraba constructor “natural” de Estados, demuestra que no necesita aparatos burocráticos; tampoco monarcas o dictadores o presidentes: las comunidades eclesiales de base, los kibutz, las eco-aldeas y muchas comunidades amerindias son ejemplos contundentes.

3. El Estado es una asociación política encaminada al bien común.
Falso. De hecho, llevamos ya seis siglos de funcionamiento de Estados modernos que no lo han hecho mejor que las antiguas polis griegas. Los burócratas y mandatarios, verdaderos parásitos del Estado, no contribuyen al bienestar o a la felicidad de sus naciones: sólo les interesa el bienestar y la felicidad de sus allegados y socios. Cada quien va por lo suyo. Incluso personalidades tan generosas como la de Bolívar no logran ocultar su egoísmo a la hora de dirigir los Estados: si no buscan dinero, buscan gloria personal y fama. Pero siempre están buscando algo.

Los siglos XIX y XX nos dieron otra gran lección. Los Estados tienen un potencial canibalístico. Devoran a los ciudadanos. Aplastan vidas sin el menor remordimiento. Cuanto más grande un Estado, más peligroso. Los horrores de la Unión Soviética, la “revolución cultural” en China y la Alemania nazi nos muestran que el Estado omnívoro no se detiene a la hora de aplastar los derechos individuales. Los seres humanos corren más peligro bajo el poder de un Estado que sin él.

4. El lenguaje permite al hombre comunicarse y establecer una vida social.

Completamente cierto. Aristóteles fue sutil al detectar el poder socializador del lenguaje, algo en lo que mucho después ahondaron Piaget y otras luminarias.

5. Como el individuo no puede bastarse a sí mismo, existe una necesidad natural del Estado.

Argumento tentador, pero falaz. Efectivamente, nadie puede subsistir completamente solo. Pero sí se puede vivir, y sumamente bien (dichosamente, de hecho) sin necesidad de un Estado. La clave parece ser el tener un sistema con una asimetría muy poco marcada entre sus miembros, con una complementariedad de dones y talentos, adecuado control de las pulsiones tanáticas y sólida coherencia ética, respaldada por una religión y una cosmovisión en común. Otro elemento que me parece necesario es que la comunidad no sea excesivamente pequeña, pero tampoco grande: una población entre 50 y 1000 personas parece ser lo más adecuado. Creo que será sumamente interesante ver, en el transcurso de los siglos venideros, cómo las pequeñas comunidades se empoderan y ganan protagonismo.

6. El hombre es el mejor de los animales cuando vive en la justicia, y se convierte en el último de los animales cuando vive sin justicia.

Cierto. Sin justicia, sin ética y sin religión, el hombre queda a merced de lo peor de sus instintos. Y como lo han evidenciado Lorenz y Tinbergen, es peor que la más agresiva de las bestias: no logra detenerse. Mientras que un lobo da por terminado el combate tan pronto su rival de tumba patas arriba y emite gemidos de sumisión (Tinbergen, 1972), el ser humano con frecuencia mata, remata y destroza con sevicia.

Por eso son tan necesarios los dispositivos culturales que permiten la sublimación de las pulsiones, el autodominio y la misericordia, como la religión. También es necesaria la ética, para poder situarse y decidir de manera ecuánime. Y el Derecho, para sancionar al que se comporte de manera brutal y poco compasiva.

7. La virtud y la sabiduría son armas para combatir las “malas pasiones”.    

Cierto. De nuevo, hay que entender a Aristóteles, que escribió dos milenios antes del Psicoanálisis. Cuando habla de “malas pasiones” hace referencia a las pulsiones.

8. Los hombres, desde el nacimiento, están destinados a obedecer y a mandar en distintos grados.

Falso. De nuevo, el determinismo social de Aristóteles se debió a que confundió el deber ser de las cosas con el status quo de las mismas. Sí, en efecto, en la Antigüedad el nacimiento (la cuna, la familia nuclear y la familia extensa) determinaban el rol social y la trayectoria vital de los individuos. Pero en la actualidad, cuando a través de la educación y el esfuerzo personal cada hombre tiene derecho a torcerle el brazo al destino, la frase de Aristóteles se queda sin fundamento.

Los oligarcas saben lo anterior. Por eso, deseosos de perpetuar sus privilegios, y de mantener a los suyos en posiciones de poder, intentan por todos los medios embrutecer y alejar a las masas de la alta cultura y de la educación de calidad (Vargas Llosa, 2010; Campos, 2016).  

9. En los hombres corruptos, el cuerpo domina sobre el alma.

Excelente. No hay nada que añadir.

10. No hay nada más monstruoso que la injusticia armada

Es verdad. En estos tiempos de terrorismo, en los que un fanático islamista acaba con un montón de civiles inocentes sin más motivo que el de sus propios prejuicios y su ética retorcida (recordemos todos los atentados que ha padecido tan sólo Francia el último año), la afirmación de Aristóteles tiene plena vigencia.

El terrorismo es injusto, porque saca sus víctimas de entre la población civil que ni siquiera tiene relación con el Estado o el gobierno que el terrorista pretende desestabilizar con sus asesinatos. Y es armado, obviamente. Y, por supuesto, es algo abominable.

11. La adquisición de la propiedad es natural. Todo animal reúne sus medios para subsistir.

Cierto. He observado atentamente distintos tipos de mamíferos, en especial caninos. Es interesante la forma en la que exhiben conductas reales de ahorro y previsión. Entierran o esconden la comida que les sobra, por ejemplo. Cuando llegan tiempos difíciles, o simplemente no se les alimenta, desentierran o sacan de su escondrijo la comida.

El hombre también es animal económico. Requiere tener cierto número de bienes que le aseguren su supervivencia.

Si no se respeta dicha propiedad privada, como bien apuntan Locke y Hume (Sabine, 2011), la convivencia social se pervierte y la relación entre los seres humanos se convierte en un pandemónium en el que la fuerza bruta se convierte en instrumento de la injusticia: el más fuerte le quita al más débil lo que el débil y su familia necesitan para subsistir.

12. La adquisición razonable de bienes es la que surte al hombre y su familia de bienes indispensables para la vida. Pero el hombre no puede aumentar ilimitadamente sus riquezas sin llegar a un punto en el que la sobreabundancia de riquezas ya no produce bienestar, y se empieza a adquirir lo superfluo.

Completamente cierto. Si bien es verdad que todo hombre tiene derecho a la propiedad privada suficiente como para darse una buena calidad de vida, y procurarse a sí mismo y a su familia la supervivencia, la codicia produce una situación claramente inmoral: el dinero que podría aprovecharle a otra familia menos favorecida, es mal gastado en tonterías.

Tener un buen nivel de vida contribuye al bienestar. Pero amasar fortunas, sin más ni más, como hacen tantos negociantes, políticos y empresarios, es un acto censurable que no produce felicidad, ni plenitud. Por el contrario, produce a largo plazo infelicidad y maldiciones, porque dada la situación real de unos recursos limitados, el excesivo ingreso para una familia equivale a quitarle el sustento vital a otra(s). Esto es algo que el egoísmo y el consumismo no permiten dimensionar con claridad. Vale la pena releer a Aristóteles. Así, algún día, los millonarios que derrochan su dinero a costa de matar de hambre a miles de personas, aprenderían a compartir…y tendrían más oportunidades de salvar su alma.

¿Existe una particularidad en la forma como se efectúa la política en Latinoamérica?

Sí, en América Latina la política se ha desprestigiado mucho más rápidamente que en otras regiones del orbe. Tanto, que en el inconsciente colectivo latinoamericano las ideas “político” y “corrupto” sean intercambiables.

Eso no es una casualidad. Es bien sabido que los políticos son engreídos, manipuladores, sociopáticos y ladrones en todas partes, pero en este subcontinente exhiben además una conducta descarada al respecto. Se escudan en un discurso hipócrita, “políticamente correcto” y plagado de mentiras. Tratan de meterle gato por liebre a la ciudadanía. Se enriquecen de manera exorbitante, y llevan a cabo políticas nepotistas sin ruborizarse (recuérdense las familias Trujillo, Duvalier, Castro, Pinochet, Fujimori, Ortega o Kirchner-Fernández, por sólo nombrar unas pocas).

En América Latina se hace una política sin virtud y sin escrúpulos. Una política en la que el clientelismo, el parasitismo de Estado, la corrupción, los linajes familiares perpetuándose en el poder, los liderazgos “fuertes” (ejercidos por sujetos machistas o hembristas, completamente trastornados, que pretenden ser los “salvadores” cuando en realidad hunden a sus naciones), y el engaño están a la orden del día. Y todo ello enmascarado en una democracia electorera, en la que con cinismo se convoca a elecciones viciadas que sólo sirven de tapadera: pura gimnasia electoral que hace de estas desventuradas “Repúblicas” verdaderos circos, que posan de “democracias representativas” cuando en realidad funcionan, desde hace más de doscientos años, como oligarquías hereditarias.
Todo ello, además, en un ambiente enrarecido de violencia, chantaje, tráfico de influencias (y de estupefacientes), concierto para delinquir, demagogia y secularización.

¿Por qué es necesario tener en cuenta la concepción política de Aristóteles para reflexionar sobre los sistemas políticos sociopolíticos latinoamericanos?

Como he señalado anteriormente, hace falta retomar las buenas ideas de Aristóteles para frenar este caótico estado de cosas en América Latina.

Debemos rescatar los aspectos luminosos del pensamiento de Aristóteles. Lo razonable. Ese énfasis en la virtud del gobernante, en la necesidad de un verdadero “gobierno de los mejores” (Sabine, 2013), en el autodominio virtuoso y razonable que controla las pulsiones, en el ideal de un ejercicio político encaminado a lograr el bien común.

Porque lo cierto es que en Latinoamérica hemos tenido, a lo largo de la historia (en especial de la historia reciente), un verdadero “gobierno de los mediocres”: verdaderas bestias en el poder. Gente sin preparación académica suficiente (Cristina Fernández, Evo Morales, Nicolás Maduro, Daniel Ortega, etcétera); sujetos siniestros, ligados con el narcotráfico (Ernesto Samper, Alvaro Uribe); cínicos corruptos como Violeta Chamorro, Fernando Collor de Mello, Carlos Salinas de Gortari, Carlos Andrés Pérez, Alberto Fujimori, Mireya Moscoso); ególatras más interesados en figurar que en trabajar por su pueblo (Andrés Pastrana, Hugo Chávez, Ollanta Humala, León Febres-Cordero, Michelle Bachelet); y los peores: los militares convertidos en dictadores, que con brutalidad desangraron a sus respectivas naciones. Esos canallas ni siquiera merecen ser nombrados. Son lo peor dentro de lo malo.

La verdad es que el político latinoamericano es esencialmente corrupto y egoísta. Y por eso urge volver a lo bueno de Aristóteles (rescatando lo lúcido y dejando de lado lo inadecuado, por supuesto), para recordar qué es lo que debemos exigir: virtud, coherencia, equilibrio, justicia, bondad, deseo genuino de servir a los demás. Si los que pretenden gobernarnos no muestran estar a la altura, no vale la pena que les hagamos caso. Mientras la política latinoamericana siga siendo una cínica mascarada, nadie está obligado a obedecer. Ni al Estado ni a los políticos que lo aprovechan.

Es posible que en el transcurso de un milenio estas estructuras de poder que aún dan protagonismo al Estado y a los estadistas (es decir, a los perversos políticos) se hayan modificado de manera tal, que no hablaremos ni siquiera de Estados tal como estamos acostumbrados a hacerlo desde la Modernidad. Pero mi deseo es que no tardemos tanto (mil años pueden ser excesivos), y que como especie nos inventemos algo mejor que estos paquidérmicos e inútiles Estados que sólo se sirven a sí mismos.

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)



REFERENCIAS

Aristóteles, La Política, 2016, Bogotá.
Sabine, G. Historia de la Teoría Política, 2011, Madrid.
Rosenthal, I. Diccionario Filosófico, 1995, Bogotá.
Coppleston, F. Historia de la Filosofía, 1960, Madrid.
Pijoan, J. Historia Universal, 1958, Barcelona.
Salcedo, M.E. Historia de las ideas políticas, 2011, Bogotá.
Urrejola, M. Historia de las ideas políticas, 2016, Santiago de Chile.
Campos Vargas, D.A. ¿Por qué perdió Vargas Llosa las elecciones presidenciales de 1990?, 2016, Armenia.
Vargas Llosa, M. La civilización del espectáculo, 2010, Madrid.

Campos Vargas, D.A. Contracultura en la cultura light, 2016, Armenia.