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jueves, 1 de septiembre de 2016

NEOLIBERALISMO: ACIERTOS Y MISERIAS


NEOLIBERALISMO: ACIERTOS Y MISERIAS


Por David Alberto Campos Vargas, MD*


Dentro de la mascarada política, en la que lo malo se intenta maquillar y hacer pasar por bueno, los conceptos tienden a manipularse y sufren un proceso de distorsión. Por eso debemos ser sumamente cautelosos, y no dejarnos engañar por los políticos y sus siempre sinuosos discursos.

A propósito de los conceptos manidos y distorsionados recientemente en América, creo que el de neoliberalismo (acuñado por el filósofo, sociólogo y economista Alexander Rüstow) merece una juiciosa revisión.

1. ¿Qué es el Neoliberalismo?

Lo simpático es que hoy en día la expresión “neoliberal” tiene un sentido peyorativo: se le usa para descalificar, para atacar al otro, sirviendo incluso como insulto o invectiva. “¡Neoliberal!”, le grita un payaso (léase “político”) X a un payaso Y en el Congreso de cualquier país latinoamericano, cuando pretende desprestigiarlo. De “neoliberal” tachan los mamertos a cualquier intelectual que no demuestre una filiación marxista o no haga parte del establishment populista. Hasta los mismos politólogos le han dado al neoliberalismo una carga tan negativa que ni siquiera los verdaderos neoliberales quieren ser llamados así, rehusando a su propia identidad. Como si ser neoliberal en el siglo XXI fuera equiparable a ser un apestado en el siglo XI.

Fiel a mis convicciones, considero que se debe abordar el concepto de manera lúcida y sensata. Sin apasionamientos burdos. No creo que la versión oficial de un grupo u otro sea la correcta. No creo que la verdad sea de fachos o de mamertos. La verdad debe estar a medio camino entre los fanáticos “de izquierdas” y los fanáticos “de derechas” (ambos fanáticos, al fin y al cabo: distorsionadores y belicosos).

Por lo que he podido entender, el neoliberalismo se propone ante todo la defensa de la propiedad privada y la iniciativa individual en los negocios, la desregulación de la economía (esto es, una mínima o inexistente intervención del Estado en los asuntos económicos), la privatización (con la búsqueda de un Estado mínimo), la productividad del sector privado, la generación de economías de escala, una participación lo más amplia posible de agentes en el mercado (sin obstáculos como monopolios, oligopolios, trust o Estados entrometidos), la disminución de los impuestos sobre la producción y la renta, el incentivo de la inversión, la disminución del gasto público, las políticas monetarias restrictivas (buscando disminuir inflación, devaluación y cambios bruscos en los ciclos del mercado), y los principios de libertad y seguridad (Harvey, 2007).

Por lo que he leído, el neoliberalismo en Occidente, especialmente en los difíciles años transcurridos entre 1930 y 1960 (años de sufrimiento y barbarie, de totalitarismos, de guerra mundial y de “guerra fría”, de violación de la ley natural a gran escala), fue uno de los nichos de los campeones que luchaban contra las dictaduras y los gobiernos de “mano de hierro”. Los pensadores neoliberales (a los que no parecía molestarles tanto el término como ahora) frenaron en el terreno ideológico a los tres grandes monstruos del sangriento siglo XX: comunismo, fascismo y nacionalsocialismo.

Los neoliberales también fueron los artífices del “milagro alemán”. Ideólogos como Alexander Rüstow, Walter Eucken y Franz Böhm permitieron que Alemania (Alemania Occidental, para ser más exactos: la desdichada Oriental ya había caído en las garras de Stalin y sus secuaces, sentenciada a un régimen comunista sumamente dañino) pasara de ser un país arrasado a ser, en muy pocos  años, uno de los más pujantes, desarrollados y económicamente dinámicos del orbe. Por supuesto, estos expertos representantes del “ordoliberalismo” o neoliberalismo alemán tuvieron la fortuna de contar con todo el apoyo de Konrad Adenauer y Ludwig Erhard en la realización concreta de sus planes (Eastman, 2000). 

El propio Rüstow tuvo una prístina visión de lo que sería el mundo en este siglo XXI. Supo ver que los bloques políticos y los sistemas totalitarios del siglo XX darían paso a una economía global de mercado, en la que la competencia pasaría de ser militar a ser claramente económica (Rüstow, 2001). En cierto sentido, se adelantó incluso a los neoliberales de las décadas de 1980 y 1990.

De alguna forma, así como la Unión Soviética cristalizó los deseos de Marx, Engels, Lenin y Stalin, el actual oren mundial (neoliberal a todas luces) es el resultado de las ideas de Hayek, Friedman, Becker, Lucas y otros pensadores neoliberales (Escalante, 2016).

Lo que considero una paradoja es que en la actualidad nadie quiera ser tildado de “neoliberal”, justamente cuando todo el mundo funciona según los estándares del neoliberalismo. Claramente, el neoliberalismo fue el sistema socio-económico-político que resultó claramente “ganador” en la pugna ideológica y política con otras propuestas y otros modelos.

Creo que esa reticencia a ser identificados con el bando vencedor se debe, en parte, a los efectos deletéreos del neoliberalismo (aumento de la brecha entre ricos y pobres, inequidad global, sometimiento de los países endeudados con las grandes potencias, etcétera). Como si quisieran seguirle el juego a la hipocresía de lo “políticamente correcto”. Me parece que estos neoliberales que no quieren ser llamados así son como tigres que, una vez asegurada su presa, pretenden posar de herbívoros.

2. ¿Cómo se evidencia el neoliberalismo en América Latina?

En América Latina le he seguido la pista a Mario Vargas Llosa, aunque él insiste en llamarse “liberal” y no “neoliberal” (Vargas Llosa, 1998). En numerosos escritos y discursos ha abanderado la defensa de la libertad (en especial de la libertad de expresión), y ha denunciado los excesos de las dictaduras y los variopintos líderes populistas latinoamericanos (siempre propensos a engordar al Estado, por supuesto para usufructuarlo como propiedad personal).

Su crítica a la dictadura de Castro en Cuba, que persiguió, torturó y llegó a provocar la muerte de muchos escritores e intelectuales cubanos (obviamente presentados por el oficialismo como “peligrosos desestabilizadores”, tal como habían hecho Stalin y otros de su calaña) inició con su valerosa defensa de Heberto Padilla. Fue el único que se atrevió a denunciar al castrismo, en una época en la que otros escritores del boom (como García Márquez, Cortázar o Benedetti) preferían hacerse los de la vista gorda. Ya antes había alertado a sus compatriotas con respecto a los desmanes de Odría, en su monumental Conversación en La Catedral. Después denunció las calamitosas  dictaduras de Pinochet, Stroessner, Videla y Noriega. Luego describió los horrores del régimen de Trujillo en la que tal vez sea la mejor novela escrita en América Latina: La fiesta del Chivo. Y, más recientemente, desnudó en parte al macabro gobierno de Fujimori en su novela Cinco esquinas.

He notado en Vargas Llosa la preocupación del humanista que anuncia a tiempo los desastres, así los estultos no le hagan caso y hasta se mofen de él. Él advirtió, mucho antes que otros, el desastre que iba a provocar la dupla Chávez-Maduro en Venezuela, y conjuró (al menos por el momento) la elección de Keiko Fujimori (la hija del corrupto Alberto Fujimori, beneficiaria evidente de sus múltiples chanchullos).

Su ideario liberal está condensado en todos los documentos del partido político que fundó en 1987, el Movimiento Libertad, y en las memorias (El pez en el agua) que escribió a propósito de la campaña presidencial que protagonizó entre 1987 y 1990 (y en la que, dicho sea de paso, fue víctima de una guerra sucia orquestada tanto por mafiosos como por militares, apristas temerosos de perder sus coimas y mamertos resentidos).

Heredero del talante liberal de su padre, Álvaro Vargas Llosa me parece un paladín de las libertades individuales y un crítico acérrimo del mamertismo ingenuo de muchos latinoamericanos (que, sin mayor reflexión, corren a hacer de “idiotas útiles” de los mismos gobiernos que luego los terminan oprimiendo y/o sacrificando). Además de numerosos artículos, escribió El diablo en campaña y Rumbo a la Libertad, y redactó con Carlos Alberto Montaner y Plinio Apuleyo Mendoza los estupendos Manual del perfecto idiota latinoamericano y Últimas noticias del nuevo idiota iberoamericano. Sin embargo, en otras intervenciones lo he notado bastante desinformado y sesgado, como en su desastrosa Carta abierta a Torre Tagle.

Lo que he podido leer de los arriba mencionados Montaner y Mendoza me muestra que son autores vivamente interesados en desmentir las mentiras populistas, y en denunciar los intentos estatistas, de los dictadores latinoamericanos más recientes (muchos de ellos camuflados en rituales pseudo-democráticos, como la realización de elecciones generales amañadas).

Otros autores latinoamericanos neoliberales, como Hernando de Soto y Fernando Henrique Cardoso, han puesto su acento más en los principios económicos que en los humanísticos. De Soto me parece un simpatizante de la propiedad privada, del Estado mínimo y del aperturismo económico. No me extraña que haya sido uno de los principales defensores del mercado libre a principios de 1990. De otro lado, Cardoso escribió un texto excelente, Autoritarismo y democratización, que ilustra muy bien el lento camino del Brasil hacia la democracia. A diferencia de Vargas Llosa, pudo alcanzar la presidencia de su país, y tanto como presidentes en funciones como en su rol de ex presidente, ha sido un promotor de la libertad de expresión y de la legalización de los estupefacientes.

De Enrique Ghersi (colaborador de Mario Vargas Llosa en el Movimiento Libertad) he podido leer dos extensos ensayos, en los que muestra los descalabros del gobierno populista de Alan García entre 1985 y 1990: aumento exorbitado del gasto público (y no precisamente en educación o en salud, cosa deseable, sino en actividades corruptas como sobornos y conformación de alianzas non sanctas), devaluación, inflación, y sobretodo, edematización de un Estado tan enorme como inútil, convertido en “botín de guerra” para simpatizantes del régimen. 

En resumen, los autores latinoamericanos alineados con el neoliberalismo han defendido los derechos civiles (especialmente el derecho a la libertad), han luchado contra las dictaduras (tanto de izquierdas como de derechas), y se han ido lanza en ristre contra los intentos estatistas tanto de los renglones económicos como de la vida pública. Son, en líneas generales, teóricos de vertiente humanista opuestos a los regímenes políticos que constriñen o suprimen la libertad. Destaca entre ellos Mario Vargas Llosa, como un outsider que navega contra la corriente “oficial” de la intelectualidad latinoamericana (Campos, 2016).

Dentro de los libros opuestos al Neoliberalismo, Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, me parece imprescindible. Tiene muchos errores, por supuesto. Llega a sugerir ridiculeces, como que los esfuerzos realizados en materia de salud pública y planificación familiar sólo tienen un interés “imperialista”. Pero en medio de tanto estiércol tiene cosas rescatables. La principal: que la colonización de América Latina no terminó con las gestas de Bolívar. Simplemente se cambió de amo. La historia de humillaciones de este continente, iniciada por españoles y portugueses, continúa hoy a manos de norteamericanos y europeos, y no siempre a través de invasiones militares o golpes de Estado orquestados por la CIA: también están las maniobras económicas, sutiles pero implacables, que condenan a los latinoamericanos a perpetuar una larga historia de vejaciones y pobreza.    

A diferencia de Galeano, un autor concienzudo y sumamente bien documentado es Pablo Dávalos. Él señala que el Neoliberalismo en América Latina tiene un guión claro de subordinación de “la periferia” (nuestros países, llamados despectivamente “en vías de desarrollo”) a los intereses de las grandes potencias (que Dávalos denomina “el centro” o “el sistema-mundo”) o de las grandes multinacionales (verdaderos cárteles o trust, que imponen sus condiciones y doblegan a los propios gobiernos nacionales de Centro y Suramérica), a través de un sistema planetario “de instituciones vinculadas a la cooperación y al desarrollo” (Dávalos, 2011).
Dávalos señala además al Fondo Monetario Internacional, al Banco Mundial y al Banco Interamericano de Desarrollo como las tres puntas de lanza del proyecto neoliberal en la región, amén de numerosas organizaciones no gubernamentales (Dávalos, 2011). Y tanto en La democracia disciplinaria como en Alianza País o la reinvención del poder, señala cómo los mismos votantes latinoamericanos son cómplices de “los dispositivos disciplinarios”, en tanto que dieron su “consentimiento” en calidad de “dominados” (Dávalos, 2015). 

Este mismo autor analiza cómo desde 1980 se concretó el plan neoliberal para América Latina, parapetado en el discurso desarrollista de esos años. Dicho plan logró afianzarse a partir de las reformas aperturistas, que terminaron por debilitar los sindicatos y las redes solidarias de las comunidades pobres, sepultaron al Estado y viraron de un capitalismo industrial a un capitalismo especulativo-financiero (Dávalos, 2011).

Un elemento interesante en los textos de Dávalos, que yo también he anotado en varios ensayos, es ese hipócrita ejercicio de los demagogos latinoamericanos que consiste en tratar de justificar lo injustificable, como digo yo, o de hacer “gimnasia electoral” como dice él (Dávalos, 2011): realizar elecciones amañadas, de resultados cantados, controladas y restringidas, sólo para avalar decisiones ya tomadas de antemano por los gobernantes.

Por último, quiero mencionar a Luis Dallanegra Pedraza, quien en El sistema político latinoamericano señala con preocupación que el achicamiento del Estado, el fortalecimiento de los actores económicos privados, la privatización rampante y la desregulación absoluta de la vida económica han traído un enorme malestar social, especialmente en lo relacionado con la consecuente desregulación de las leyes sociales y laborales (Dallanegra, 2003).

3. ¿Cuál es la particularidad del proyecto neoliberal en América Latina?

Por lo que he observado, en América Latina todos los gobiernos (incluso el dinosaurio cubano, tan decrépito y anquilosado como sus timoneles) funcionan como neoliberales pero tratan de venderse como populistas. Creo que eso se corresponde claramente con la hipocresía inherente al ejercicio de la política: se dice una cosa mientras se piensa otra, y se hace otra cosa distinta a las anteriores. 

De toda esa charada que es la política latinoamericana, con una variada fauna de presidentes y dictadorzuelos que presumen de trabajar por sus respectivos gobernados pero que en realidad sólo están ahí para engrosar sus cuentas bancarias y satisfacer su narcisismo y su deseo de figurar, uno puede concluir que, más allá de los colores y los discursos diferenciadores (porque como buenos mercaderes, ellos intentan "diferenciarse" para poder venderse), uno puede concluir que el neoliberalismo "a la criolla" tiene estas particularidades:

a. Clientelismo

Los regímenes latinoamericanos, sean de un partido u otro, funcionan basados en una estructura piramidal, en la que el jerarca máximo (el presidente) está en la cima, y desde esa posición de máximo poder reparte “dones” y favores a sus funcionarios, que hacen las veces de clientes, en cierto tipo de vasallaje basado en la contratación: a mayor “colaboración” prestada a la figura del presidente, mayores los premios recibidos (cargos públicos, contratos, favores a familiares, padrinazgos, etcétera).

De la figura presidencial (que en algunos países sólo tiene de presidencial la forma externa, pues funciona más como dictadura, o como cierto tipo de presidencia “vitalicia” lograda a costa de reelegirse una y otra vez en elecciones viciadas que sólo dan una apariencia de democracia) para abajo, nos encontramos primero con una pléyade de parásitos de “élite” tales como ministros, viceministros, cónsules, embajadores y parlamentarios; luego viene una sub-élite, también parasitaria del Estado, compuesta por las altas Cortes, otras oficinas gubernamentales y burócratas costosos (gobernadores, alcaldes, concejales, etcétera); la tercera capa está compuesta de mandos medios y burócratas de mediano costo; luego sigue un cuarto estrato constituido por parásitos de bajo costo pero poder simbólico (en tanto que abren o cierran las puertas de acceso a la pirámide); después están los profesionales y empresarios que dependen de dichos parásitos de alto costo, y que, a su vez, contratan o subcontratan a una enorme masa de trabajadores con estudios técnicos o educación básica (la sexta capa); en el séptimo lugar están los potenciales trabajadores cesantes, y el resto de ciudadanos, en una situación de altísima vulnerabilidad; por último, en la base de la pirámide, los rechazados (personas que no le apostaron al clientelismo, que no aceptaron dar un porcentaje de su salario al corrupto que les ofreció trabajo y les pidió ese “impuesto informal”, o que por sus deplorables condicionales socio-económicas se ven empujados a la marginalidad…por esos mismos farsantes que se llenan la boca diciendo que los protegen y velan por sus intereses).

El clientelismo latinoamericano es una perversa “cadena de favores” en la que, de manera mafiosa, cada quien ofrece a otro trabajo a cambio de un favor económico o político: que voten por él, y lo apoyen económica y logísticamente en su campaña, si se trata del presidente o un parásito de los estratos uno o dos; o que le cedan una “comisión”, una tajada (que a veces llega al 75%) de su salario, si se trata de un parásito de los estratos tres o cuatro anteriormente descritos. Lo más triste es que los profesionales que trabajan para el Estado (quinto estrato parasitario), también insertos en esa lógica clientelista, subcontratan (con salarios muchas veces denigrantes) a los profesionales o técnicos más necesitados (y que no tienen “el contacto” directo con los burócratas de mando medio o bajo: los de los estratos dos, tres o cuatro).     

Al final, todo es un sistema de padrinazgo en el que, entre más cerca del centro del poder (la Presidencia), más nexos y oportunidades se tienen. Y esto aplica tanto para los regímenes presidencialistas “vitalicios” (de elecciones manidas, “de trámite”, para auto-ratificarse en el cargo), como el de Venezuela, como para los regímenes presidencialistas semi-vitalicios (Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador, Nicaragua), en los que los presidentes modifican las Constituciones y se hacen reelegir dos o tres veces, y para los regímenes presidencialistas menos nocivos (pero no exentos de clientelismo) en los que sólo se puede reelegir en una ocasión el presidente. También aplica, y en mayor medida, para regímenes dictatoriales como el de Cuba, y para los que no contemplan reelección (en los que el clientelismo se perpetúa en el “elegido” o “consentido” que el presidente saliente quiera dejar).

En estas desgraciadas democracias latinoamericanas, todos son clientes de todos, y a su vez, el presidente es cliente de otros presidentes más poderosos. Sirva de ejemplo el presidente de los Estados Unidos, del que son clientes sus vasallos los presidentes de casi toda Centroamérica, además de Colombia y Perú en América del Sur. O los mandatarios de Rusia e Irán para Venezuela.

b. Corrupción

Otro ítem distintivo de los regímenes latinoamericanos. Por regla general los políticos son corruptos y ya desde que son candidatos hacen planes para repartir el erario público entre sus amigos y familiares, pero en América Latina se pasan. No he conocido, hasta ahora, ningún presidente o congresista que haya terminado su periodo con menos dinero que el que tenía cuando asumió el cargo.

La corrupción va de la mano con el clientelismo. Cada quien, entre más arriba se ubique dentro de la maldita pirámide de favores y padrinazgos, más dinero gana. Por ejemplo, la gobernadora Z de un país latino cualquiera recibe dinero y prebendas de parte de: el Estado (del cual es parásita), los que contrate en su despacho (a los que despluma para cobrarles el “favor” de darles trabajo), los que extorsione o manipule (cubriéndoles sus flaquezas, sus desfalcos, sus enredos…y pidiéndoles luego una tarifa por haberles evitado la vergüenza o el escándalo), los que contrate para ejecutar sus obras (por ejemplo, una firma de ingenieros a la que la gobernadora “concede” la construcción de una vía que conecte dos municipios…a cambio de quedarse con un porcentaje del valor del contrato), los que subcontraten sus propios contratistas (pobres agobiados que, dentro de la cadena clientelista, le dan su “regalito” a veces de puro miedo, sólo para “evitar que la gobernadora se enoje” y los “haga echar” del trabajo”), y aún otros ciudadanos que ni siquiera le deben favores, pero que ella, como burócrata de la sub-élite criolla, asume como inferiores obligados a rendirle pleitesía.

c. Intervencionismo de los Estados Unidos

Si uno revisa la Historia de los países de América Central y del Sur, encuentra que han sido intervenidos al menos una vez cada quinquenio. Y el victimario es, invariablemente, Estados Unidos, que desde los albores del siglo XX tomó el rol de potencia opresora que hasta entonces ostentaban Inglaterra y Francia (los canallas del siglo XIX), países que, a su vez, habían sucedido a España y Portugal en su papel colonialista.

A veces las intervenciones son grotescas, desproporcionadas, como la efectuada por Reagan en Granada. Otras veces son operísticas, espectaculares, como la que echó por tierra la dictadura de Noriega (un gran corrupto, hay que decirlo) en Panamá. En ocasiones brutales, como la que dio lugar a la siniestra Operación Cóndor en las naciones del Cono Sur. A veces mal disimuladas, como la ejecutada en Chile en 1973. A veces larvadas, solapadas, como el apoyo a los “contras” en Nicaragua. Otras veces celebradas con júbilo por el propio gobierno humillado, como sucedió en Colombia con el asunto de las bases militares. Y muchas otras veces de manera tímida y “políticamente correcta”, firmando tratados de libre comercio asimétricos, desventajosos para los países latinoamericanos.

d. Inestabilidad

Como apunta Dallanegra, en América Latina “lo único predecible es la inestabilidad” (Dallanegra, 2003). Todo puede cambiar de un día para otro. Sirva de ejemplo  Colombia, que desde 1986 le apunta al “sueño americano” de la apertura económica y el neoliberalismo a ultranza, obedeciendo sumisa y cabalmente todo lo que el Banco Mundial y el Banco Interamericano del Desarrollo le ordenan. A un gobierno de partido, ejercido por un ingeniero demente (sí, tenía una demencia tipo Alzheimer) que pensaba más en Estados Unidos que en su patria (o mejor dicho, que siempre creyó que los Estados Unidos eran su patria) siguió un gobierno despelotado y manejado por un kinder garden de niños bien, aperturistas y neoliberales. Y luego vino un narco-gobierno, apoyado en los carteles de la droga del Valle, que para mantenerse cometió todo tipo de crímenes. Y después el ¿gobierno? de un niño mimado pusilánime y acorralado por el terrorismo. Y luego ocho años (y eso que no le permitieron reelegirse de nuevo) de un paranoide rencoroso y neofascista. Y después, otro corrupto Delfín de la high class bogotana, que terminó sepultando la credibilidad de las instituciones.

Y así con toda América Latina. Gana las elecciones un sacerdote y a los pocos meses lo derroca un general. Entrega el poder una socialista y asume un multimillonario. Sale un anciano aristócrata y luego la campaña se debate entre un teniente ex golpista y una reina de belleza. Se tiene la impresión de que “cualquier cosa puede suceder”.

e. Democracia electorera

No se trata de democracias reales. El ciudadano decente jamás elige en América Latina: al ciudadano decente se le imponen determinados candidatos.

Las mismas élites son tan cínicas que manipulan (usando, dentro del marco del clientelismo ya descrito, toda una serie de recursos como “caciques” locales, líderes de barrio y medios masivos de comunicación) a un populacho voluble e ignorante, y llevándolo a elegir a uno de sus clientes (o de sus títeres).

Y se perpetúan los linajes familiares, y los grupos hegemónicos. Y cuando uno se asoma a dichas elecciones se encuentra con que sí, en efecto hubo un ejercicio electoral, pero artificial y torcido. Una mascarada. Elecciones viciadas, sin sustancia y sin verdadera representatividad.

A los gobernantes de los países neoliberales de este subcontinente les da miedo ser tildados de dictadores (pese a que, de hecho, sí lo son) y por eso hacen esa payasada electoral.

Hasta en Cuba hacen elecciones (por supuesto, de partido único y candidato único). En Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela los mandatarios buscan reelegirse el mayor número de veces posible. En otros países (Chile, México, Perú, Uruguay) se reeligen de forma más discreta. Y en el resto de países cambia el gobernante, pero sigue ejerciendo su grupo.

Por eso Drucker habla de la “democracia más electoral que real” (Drucker, 2004), y Dávalos de la “gimnasia electoral” (Dávalos, 2011). Las elecciones en Latinoamérica son algo que se hace como por no dejar de hacerse, por guardar las apariencias. Acaso los altos índices de abstencionismo (en donde el voto no es obligatorio) y el creciente protagonismo del voto en blanco en estos países refleje que la gente ya va captando que se trata de otra farsa montada por las élites opresoras.

f.  Linajes o dinastías familiares.

Otro rasgo distintivo de los países de América Latina: desde su creación están siendo manejados por un puñado de personas que pertenecen siempre a las mismas 80 o 100 “familias poderosas”.

Si uno analiza atentamente la Historia de los países latinoamericanos, se encuentra con que a lo largo de dos siglos de vida “republicana” y “democrática” (adjetivos que son puro maquillaje, atendiendo a que en realidad dichas naciones funcionan como oligarquías hereditarias) se repiten ciertos apellidos en la Presidencia, el Congreso y los ministerios, y otros cargos de poder.

El rol de presidente de la República lo ejerce casi siempre uno de los miembros de las dos primeras capas parasitarias del Estado. Dichas familias van rotándose el cargo, elección tras elección, manteniendo la fachada de “democracia representativa” que ni es democracia ni es representativa (Campos, 2014).

g. Tendencia a los liderazgos unipersonales y fuertes.

El latinoamericano parece gustar de los líderes aguerridos e histriónicos. Tal vez esto se deba a los rasgos histéricos de personalidad que por lo general se cultivan y promueven en los hombres y mujeres latinos desde su infancia. Tal vez también esté implicada la ancestral tendencia (que se remonta a los pueblos amerindios) a acatar dócilmente sistemas jerárquicos rígidos en los que se diviniza al líder.  

Creo que el ícono del “hombre fuerte” se instauró definitivamente en el inconsciente colectivo latinoamericano con los criollos “a caballo” que libraron las guerras de Independencia (Miranda, Bolívar, Sucre, San Martín, Santander, O’Higgins, etcétera); se consolidó con los terratenientes que ejercieron un poder altamente centralizado (Obando, De Rosas, Mosquera, Rodríguez de Francia, Páez, Santa Cruz, etcétera) y se afirmó definitivamente con la gavilla de dictadores militares que sometieron y desangraron al subcontinente durante el siglo XX.

Y en la medida en que el hembrismo cobra fuerza en América Latina, el arquetipo de “mujer de armas tomar” encaja a la perfección con esta herencia. Así, he observado de manera creciente la fascinación de las masas con las “mujeres fuertes” en el imaginario latinoamericano (para el que ser “fuerte” es ser rudo, vociferante, imponente y prepotente).  

h. Demagogia

Este es otro punto central de las democracias neoliberales latinoamericanas. Lo curioso es cómo el vulgo es tan estúpido como para creerse las mentiras de los políticos, que se llenan la boca con discursos “políticamente correctos” (o sea, marcadamente hipócritas) en los que dicen velar por los intereses de los más necesitados, cuando en realidad hacen todo lo contrario.

Tanto Mario Vargas Llosa como Pablo Dávalos han señalado esta paradoja del pueblo llano en América Latina: tiende a avalar, y a apoyar decididamente, a quienes lo oprimen. Yo mismo he señalado, en algunos ensayos, cómo pareciera que el latinoamericano tuviera cierta compulsión a la repetición de índole masoquista, que lo empuja a creer, de manera reiterada, siempre las mismas mentiras, y a apoyar los discursos menos realistas y más cargados de demagogia y promesas incumplibles; tan pronto aparece un candidato distinto, cuyo proyecto en realidad podría empoderar a los sectores populares (es decir, con un programa de gobierno en el que la educación es el eje central), el populacho simplemente suele darle la espalda. Un hábito sumamente desafortunado, que no trae sino desdichas a nuestra gente.

i. Violencia

Es tristemente célebre la violencia ejercida desde el Estado, contra los ciudadanos, en América Latina. No hablo de la justa defensa ante el terrorismo o el hampa, sino del uso arbitrario y abusivo de poder que muestran las fuerzas armadas y las entidades policiales en contra del ciudadano indefenso (casi siempre un hombre joven, o un estudiante). Como bien señala Dallanegra, se trata de una “violencia desde el Estado, como mecanismo represor, muy utilizado por gobiernos militares, o peor, por civiles pseudo – democráticos” (Dallanegra, 2003).

Todos las supuestas “democracias neoliberales” (en las que caben gobiernos de todo tipo de colores y denominaciones) ejercen la violencia de manera directa golpeando y asesinando civiles (muchas veces personas de bien, que están participando de una marcha o una protesta pacífica), y de manera indirecta amedrentando potenciales disidentes, amenazando a la intelectualidad y a los universitarios, y desapareciendo (de manera casi siempre impune) a quienes consideran elementos “peligrosos” o “desestabilizadores”.

j. Secularización

Por último, me parece ver que el objetivo de debilitar y acallar a la Iglesia Católica está en el itinerario “neoliberal” trazado para América Latina (por las multinacionales, por las grandes potencias y bloques económicos, y por instituciones como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial).

A diario observo de qué manera los gobiernos se hacen los desentendidos cuando ocurren desmanes contra los clérigos, los religiosos o las parroquias. No se habla de vandalismo, y la noticia ni siquiera aparece en los medios informativos “oficiales”. Se persigue a los funcionarios creyentes. Se obliga a realizar abortos a los médicos católicos en los hospitales públicos, pisoteando flagrantemente su derecho a la objeción de conciencia. Y en muchas ciudades se les prohíbe a sacerdotes y laicos el realizar actividades piadosas (tales como misas, procesiones o romerías) en parques y otros lugares públicos.  

Lo anterior no me extraña, teniendo en cuenta la doctrina social de la Iglesia Católica y su compromiso con las poblaciones vulnerables. Además de ese sólido corpus teórico llamado Teología de la Liberación (que representó el movimiento más importante dentro de la Filosofía Latinoamericana en la segunda mitad del siglo XX), con su acento en la solidaridad y la ayuda a los pobres, fue mal visto tanto por los empresarios protestantes de los Estados Unidos como por las oligarquías criollas, tradicionalmente clasistas, racistas y opresoras. La Iglesia fundada por Jesucristo se convirtió enseguida en “el enemigo a vencer”.

4. ¿Cuáles son los efectos negativos y positivos del neoliberalismo en América Latina?

Entre las cosas buenas que trajo la aplicación del ideario neoliberal a la región se encuentran, a mi parecer:

a. Reducción del tamaño de unos Estados paquidérmicos e inútiles.

b. Oportuno freno de la “hemorragia” dada por el gasto irresponsable.

c. Realce de los derechos de los individuos, en un subcontinente clásicamente inclinado a oprimirlos, torturarlos y aniquilarlos en aras de un Estado que funcionó como un monstruo omnívoro hasta la década de 1990.

d. Más tecnócratas y expertos, menos “apadrinados”. El nepotismo es típico de los mega-Estados, y aunque no es una práctica del todo superada (tristes ejemplos son Cuba y Nicaragua), sí es cierto que se ha reducido gracias al énfasis del Neoliberalismo en la meritocracia, la consultoría ejercida por expertos y la asignación de obras y estudios a grupos de profesionales altamente calificado.  En los Estados paquidérmicos de antaño no se obtenían contrataciones o licitaciones sino por la típica vía clientelista ya descrita.

e. Corrección de numerosos vicios económicos, que ya habían puesto a varios países al borde del colapso. La inflación galopante, la devaluación de las respectivas monedas nacionales y el estancamiento generalizado, fueron contenidos gracias a la aplicación de inteligentes políticas económicas. El exitoso despegue económico de Chile es una buena muestra de lo eficaz que fue atender los consejos de los Chicago Boys a tiempo; tan útil fue la estrategia, que aún los gobiernos socialistas de Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet siguieron el mismo derrotero. La terapia de shock invocada por Mario Vargas Llosa (e irónicamente llevada a cabo por quien lo venció en las urnas apelando a todo tipo de corruptelas) y la prudente dirección de Alejandro Toledo (el tecnócrata criollo por excelencia) a inicios del siglo XXI salvaron a Perú. En Brasil, Colombia, Ecuador y Uruguay las políticas neoliberales conjuraron el estancamiento económico. Es llamativo que Cuba, una vez derrumbada la Unión Soviética, se puso en línea con el Neoliberalismo y se posicionó como destino turístico antes que muchos de sus vecinos; con ese viraje en su política económica, la dictadura castrista salvó su pellejo.


Entre las cosas nefastas del neoliberalismo en América Latina considero:


a. Privatización de lo que no es éticamente privatizable, como el agua y otros recursos naturales.

b. Disminución del gasto social encaminado hacia los sectores Salud y Educación.

c. Creación de “patentes” en semillas y productos ancestrales amerindios.

d. Firma indiscriminada de Tratados de Libre Comercio desiguales, injustos y hasta contraproducentes para las naciones latinoamericanas.

e. Espaldarazo a la especulación financiera.

f. Uso del discurso económico para silenciar los discursos filosóficos, antropológicos y morales contrarios a la deshumanización traída por el capitalismo salvaje.

g. Secularización creciente.

h. Instauración de una perniciosa lógica de mercado en las relaciones humanas, que hace que no se considere al prójimo sino como un agente que puede o no satisfacer unos intereses egoístas. Con ello, además, las relaciones se hacen utilitaristas, y hasta la amistad se vuelve simple “alianza estratégica”.

i. Afianzamiento de las oligarquías criollas (el mismo grupito cerrado de familias que domina las naciones latinoamericanas, desde la creación de las primeras “Repúblicas” en el siglo XIX), que siempre han sido terratenientes, dueñas de las industrias y principales accionistas de grupos bancarios.

j. Deterioro del nivel de vida, con disminución del tamaño de la clase media y surgimiento de millares de “nuevos pobres”.

k. Plegamiento de las políticas nacionales a las directrices de entidades que representan sólo a los intereses de las potencias mundiales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo, Organización de Naciones Unidas, USAID, etcétera).

l. Fortalecimiento de la cultura light (Campos, 2016).

m. Aumento de la brecha (y no sólo económica; también sanitaria, educativa y social) entre ricos y pobres.

n. Inequidad global.

o. Sometimiento de los países endeudados (toda América Latina) a las potencias “acreedoras”.


p. Empeoramiento de las condiciones laborales del latinoamericano promedio.


David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)



REFERENCIAS

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Eastman, J.M. Perfiles políticos, 2000, Bogotá.
Rüstow, A. Das Versagen des Wirtschaftsliberalismus, 2001, Berlin.
Escalante, F. Historia mínima del neoliberalismo, 2016, Ciudad de México.
Vargas Llosa, M. Fines de siglo: Desafíos y Oportunidades, 1998, Madrid.
Campos Vargas, D.A. ¿Por qué perdió Vargas Llosa las elecciones de 1990?, 2016, Armenia.
Dávalos, P. La democracia disciplinaria. El proyecto posneoliberal para América Latina, 2011, Bogotá.
Dávalos, P. Alianza País o la reinvención del poder, 2015, Quito.
Dallanegra Pedraza, L. El Sistema Político Latinoamericano. Reflexión Política, vol. 5, núm. 10, junio, 2003, pp. 7-31, Universidad Autónoma de Bucaramanga, Bucaramanga.
Drucker, P. La sociedad poscapitalista, 2004, Bogotá.
Campos Vargas, D.A. El Príncipe y el pensar colombiano, 2014, Armenia
Campos Vargas, D.A. Sobre la cultura light, 2016, Armenia, 2016.
Campos Vargas, D.A. Contracultura en la cultura light, 2016, Armenia.