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sábado, 10 de septiembre de 2016

EL VENENO POPULISTA, por David Alberto Campos Vargas

EL VENENO POPULISTA

I

Quiero llamar la atención sobre una forma de gobierno típicamente latinoamericana: el populismo. Sí, encaja perfecto en el ontos latino híbrido, histriónico y exagerado. El populismo no habla, grita. No piensa, siente. No argumenta, aniquila a los opositores. Se sostiene en su propia capacidad hipnótica, y en la forma descarada con la que usa los recursos públicos.

Como he señalado en otros escritos, en el inconsciente colectivo latinoamericano las ideas “político” y “corrupto” son intercambiables (Campos, 2016). Y el arquetipo del político, en la mente del latino promedio, es el del populista.

¿Cómo entender lo anterior? Hay que tener en cuenta varios elementos: a) en América Latina hay mucha gente pusilánime, que literalmente se deja morir de hambre sobre un trono de oro, y que espera ansiosamente soluciones mesiánicas; b) en América Latina, tal vez por el acentuado elemento hispánico incorporado desde la Conquista, se asume que el líder bueno es el líder “generoso”, que reparte con sus propias manos (así lo haga disponiendo del patrimonio público): un hidalgo que no escatima en “caridad” para con los “menesterosos”; c) el latinoamericano suele ser un hombre carente de padre, de figura de autoridad masculina (entre otras cosas, porque la propia violencia del subcontinente se ensaña con los hombres, y todos los varones entre los 15 y los 45 años tienen un alto riesgo de perecer por muerte violenta: muchos dejan a sus hijos huérfanos en plena infancia).

El populismo, aunque hunde sus raíces en los totalitarismos alemán e italiano del siglo XX, encontró en esta realidad latinoamericana el caldo de cultivo idóneo. Si el nacionalsocialismo y el fascismo fracasaron en Europa, en América Latina se metamorfosearon y se convirtieron en el tipo de gobierno dominante.

E insisto, es una cuestión poderosa, inconsciente. El psiquismo del latinoamericano promedio está lleno de fantasías, temores y anhelos populistas. El latino de a pie espera un redentor, un mesías que lo saque de la cloaca. Espera un líder que le solucione todos sus problemas. Y, como es tan dado a lo inmediato, espera que dicho líder le arroje monedas de manera gratuita, sin esfuerzo y sin trabajo. Y, como suele estar añorando al padre bueno que casi nunca tuvo, el latinoamericano está inconscientemente inclinado a todo tipo de paternalismos.

El inconsciente colectivo latinoamericano configura de este modo un tipo de ciudadanía y un tipo de ejercicio del poder. Unos ciudadanos débiles, apáticos, con poca iniciativa, deseosos de un Estado enorme que los proteja de su propia mediocridad (pretensión ingenua, pues los Estados hinchados suelen favorecer dicha mediocridad). Y unos políticos con delirios de grandeza, que de verdad se consideran salvadores de sus naciones (así sean en realidad sus verdugos); políticos beligerantes, que disfrutan subiendo el volumen de la voz y armando camorra.

II

El populismo latinoamericano, afianzado en ese arquetipo del conquistador fuerte y a caballo, encarnado en hombres machistas y mujeres hembristas, sedientos de poder y henchidos de soberbia (Campos, 2016), se vino gestando desde los primeros tiranos del siglo XIX (Páez, Rosas, Obando, Flórez, Rodríguez de Francia, Mosquera, etcétera), se nutrió de modelos europeos como Benito Mussolini y Adolfo Hitler (que encarnaron totalitarismos populistas, con pretensiones de “redención de los oprimidos”, y que se basaron en el pueblo llano para organizar su camino hacia el poder hegemónico), y se proyectó al siglo XXI como un producto criollo por excelencia.

La comparación es triste, pero cierta. Así como hubo un boom latinoamericano literario, también hubo un boom latinoamericano totalitario. Y el totalitarismo producido en estas latitudes resultó ser un producto gustador, pese a lo nocivo. ¿La clave? Esa misma necesidad latinoamericana de un Estado paternalista y omnipresente, que reemplazara de algún modo al padre ausente de millares de huérfanos. Y el estilo y el discurso “políticamente correcto” de los populistas latinoamericanos. El populismo latinoamericano, en consecuencia, siempre fue un veneno bien disimulado, servido en vajilla elegante, y servido como si se tratase de maná.

Getulio Vargas admiraba a Hitler, pero nunca imitó su mano férrea. Los esposos Perón tenían claras simpatías tanto por Hitler como por Franco, pero se cuidaron mucho de aparentar que eran unos demócratas convencidos. Y en general, aunque todos los regímenes populistas latinoamericanos han sido asesinos, se han cuidado muy bien de no perpetrar genocidios. Son, de hecho, hipócritas y ladinos en sus discursos: se llenan la boca con conceptos trillados como “igualdad de oportunidades”, “promoción de la mujer”, “progreso”, “redistribución de la riqueza”, “equidad social”, “prosperidad para todos”. No quieren quedar como “malos padres” en el imaginario de sus menesterosos y traumatizados hijos.

El boom totalitario latinoamericano incluyó todo tipo de especímenes: comunistas, socialistas, socialdemócratas, liberales, democristianos, conservadores, falangistas y fascistas. Sí, todo el espectro. Desde ávidos lectores de Marx hasta personajes que coleccionaban “recuerdos” nazis.

III

El populismo latinoamericano es marcadamente paternalista. Ya he mencionado el deseo inconsciente del latino de tener un proveedor de infinita generosidad, un protector fuerte y viril (y ahí se incluye a la “mujer berraca”, tropelera y agresiva, que le encanta al machihembrismo criollo), y un guía espiritual en el cual pueda confiarse ciegamente.

Vale la pena mencionar los temores, también inconscientes, de los latinoamericanos: el temor a hacer enojar a ese padre simbólico, y las ansiedades de castración y de abandono frente al líder. Por eso el ciudadano de estas tierras suele ser cobarde y servil con sus políticos. Teme disgustarlos. Teme ofenderlos. Les rinde pleitesía. Eso favorece, obviamente, tanto el clientelismo como el tráfico de influencias, y otras formas de corrupción.

El populismo latinoamericano se correlaciona con el paternal deseo de complacer esas fantasías populares (dicho de otro modo, esas fantasías del inconsciente colectivo latinoamericano)... y eso se remonta al siglo XIX. Aún antes de instaurarse un populismo propiamente dicho (que, como ya he mencionado, es un producto que surge de la imitación de Hitler y Mussolini en la primera mitad del siglo XX), ya en los albores de las Repúblicas latinoamericanas se veía venir ese modelo: el del líder político que reparte dádivas y “cuida” a su asustadizo pueblo.

Es una especie de sino. Tanto de dominadores como de dominados. Todos esperan que el “padre” simbólico (el Estado, el gobierno, el dictador de turno) haga las veces de salvador y obre un milagro. Todos quieren ser buenos padres, así sólo tengan vocación de maltratadores y abusivos.

Dicho de otro modo, los políticos latinoamericanos han tendido al populismo por lo mismo que han tendido a asumir ese papel paternalista de manera inevitable. Se han sentido (y se siguen sintiendo) llamados a ello. Hasta los más eximios gobernantes del Centro y el Sur de América han tenido cierta dosis de paternalismo: basta leer algunas cartas y proclamas de Simón Bolívar, y se encuentra uno con que el Libertador pretendía ser un “sol” para su gente. En la amargura de algunos documentos de José de San Martín se puede rastrear el despecho de uno que quiso ser padre, pero no fue muy querido por su familia. Un padre echado de la casa, exiliado, lleno de melancolía.

De paternalismo también estuvieron cargados los actos de Antonio José de Sucre, Bernardo O’Higgins, José Gervasio Artigas y Miguel Hidalgo. Y las reflexiones de Domingo Faustino Sarmiento en su Facundo. Y los discursos de Rafael Núñez. Y los eruditos pero viciados textos de Miguel Antonio Caro.

E insisto, del temor al padre simbólico encarnado en el político (un padre percibido como irascible, eventualmente violento, potencialmente peligroso) viene esa costumbre tan latinoamericana de agasajar a los politicastros sin que se lo merezcan. De hacer fiestas y desfiles, más por miedo a ofenderlos que por verdadera admiración. De lamerle las suelas a los zapatos de sus gobernantes.

IV

El populismo y la corrupción van de la mano en Latinoamérica. No es una casualidad. Tratando de maquillar sus robos con “obras de caridad” y arrebatos de generosidad, los gobernantes latinoamericanos se enriquecen de manera exorbitante. Y no hay diferencias, por más que se tengan visiones políticas divergentes: la vida de pachá que se daba Fulgencio Batista es la misma vida de pachá que se da Fidel Castro; el neoliberal Fujimori robó tanto a su nación como lo hicieron Odría o Velasco. 

En este mismo orden de ideas, para nadie es un secreto que los hijos de Alvaro Uribe, Tomás y Jerónimo, se vieron beneficiados económicamente durante el gobierno de su padre (2002-2010). O que Baby Doc heredó una inmensa fortuna de Papa Doc. O que Keiko Fujimori se beneficiara de todo el dinero robado por su padre entre 1990 y 2001.

Y así como roban, los populistas latinoamericanos llevan a cabo políticas nepotistas sin ruborizarse (recuérdense las familias Trujillo, Duvalier, Rojas Pinilla, Castro, Pinochet, Ortega o Kirchner-Fernández, por sólo dar unos nombres). Y hacen que sus familias tengan prebendas y ventajas. La imagen del hijito de Juan Manuel Santos (un pituquito de cabo a rabo) “paseando” con sus amiguitos de la high class bogotana en un helicóptero de la Fuerza Aérea es elocuente. El “paseíto” fue millonario. Y se pagó con el dinero de los colombianos. Pero claro, ¿cómo negarle ese capricho al muchachito?

V

El populismo latinoamericano hace también uso del lenguaje. Pretende escudarse en un discurso hipócrita, “políticamente correcto” y plagado de mentiras.  

Los líderes populistas hablan y hablan, durante horas. El programa Aló, Presidente de Hugo Chávez prácticamente monopolizaba la televisión venezolana. Fidel Castro daba el tostón con peroratas que parecían eternas. Alvaro Uribe realizaba “Consejos Comunales” (reuniones populares que él mismo usaba como propaganda y vitrinazo, y en las que desplegaba todo su estilo de gamonal inculto) a diario. Y así…hasta Evo Morales, el más discreto de los populistas, de vez en cuando afloja la lengua y parece que no se va a detener nunca.

VI

El populismo latinoamericano aparenta seguir regímenes presidencialistas cuando en realidad configura regímenes dictatoriales. Es decir, permite la realización de dictaduras disimuladas.

De manera inescrupulosa, los populistas latinoamericanos son felices en una democracia electorera (Druker, 2004) en la que se convoca a elecciones y se “demuestra” que la perpetuación en el poder es derivada de la “voluntad popular”, cuando en realidad se trata de elecciones amañadas, con resultado cantado de antemano (Campos, 2016). Es decir, los gobernantes populistas se encargan de montar un show electoral porque temen ser llamados dictadores: son demócratas de palabra, y tiranos de hecho.

En realidad, en América Latina nunca ha habido democracias propiamente dichas, sino oligarquías y tiranías disfrazadas de “democracias representativas”. Y siempre se ha jugado a la hipocresía y la mentira, con un cinismo que ni el mismo Maquiavelo jamás habría podido imaginar (Campos, 2014).

VII

El populismo pervierte la democracia. Saca lo peor de ella, lo que en potencia la hace (y qué giro tan paradójico) un totalitarismo. Porque si bien la democracia es buena y deseable (en tanto que forma aceptable de gobierno, preferible a la tiranía, la oligarquía o la monarquía), también es cierto que no es una forma perfecta de gobierno. ¿Y por qué no es perfecta? Porque encierra, en sí misma, el mayor de los peligros: que la mayoría gana, por el simple hecho de ser mayoría (así se trate de una mayoría errada, estúpida e ignorante).

Quiero insistir en lo anterior: la naturaleza dual de la democracia. La democracia es un alivio en donde hay dictadura. Es una joya cuando logra ser directa (es decir, cuando logra brillar en todo su esplendor, sin asumir su triste y deshonroso rol de democracia representativa, eufemística denominación de las oligarquías que han dirigido los Estados desde la Modernidad hasta la Neoposmodernidad). Pero también puede ser peligrosa. Su presunción (insensata a todas luces) de que la mayoría es “necesariamente” razonable (algo que la Historia ha desmentido a lo largo de centurias) la expone a hacerse un gobierno de ineptos. Y si esos ineptos resultan ser lo suficientemente fuertes en lo militar y/o en lo económico, la democracia termina siendo un totalitarismo.

E insisto, esto es una horrible paradoja, pues habitualmente el concepto democracia es antítesis del de totalitarismo. Pero así sucede. Situémonos en Venezuela a finales del siglo XX. Ahí está, en unas elecciones de risa (la contendora era una reina de belleza, tan bruta como él), alzándose victorioso un chafarote vulgar y megalómano. Y sí, fueron elecciones libres. Luego vinieron varias elecciones forzadas, manidas, cada vez más sucias. Y en cada nueva elección se iba “legitimando”, al menos en apariencia, una dictadura naciente. Ya para 2010 el régimen venezolano era claramente totalitario. Y para terminar de asemejarse a la Unión Soviética (a la que ya se parecía por la opresión violenta de la oposición, la censura de los medios de comunicación, y la vulneración cotidiana de los derechos individuales), muerto Chávez quedó su “heredero” a cargo (así como Stalin relevó a Lenin). Ahora, en 2016, la dictadura (disfrazada de democracia) de Maduro es tan evidente que a Leopoldo López se le tiene preso y en condiciones nada dignas, sólo por no estar de acuerdo con el régimen; la policía venezolana golpea, encierra y tortura a cientos de universitarios y ciudadanos de a pie por el simple hecho de participar en una marcha (a todas luces pacífica); los únicos diarios circulantes son los dirigidos por adeptos al “líder”.

Así también ocurrió en la Italia de la década de 1920, o en la Alemania de la década de 1930. Y en la Argentina de los esposos Perón. Y en el Perú de Fujimori. La democracia, al ser mal manejada, termina pariendo (o defecando, para ser más precisos) totalitarismos.

VIII

¿Y qué catalizador transforma una democracia en un totalitarismo? La posibilidad que la masa estúpida e ignorante vocifere y se apodere de todo. Por eso es tan importante que la masa sea lo menos ignorante posible, lo más bondadosa posible, lo mejor educada posible. De lo contrario, se convierte en una turbamulta ciega, presta al asesinato y a la asonada, sumamente vulnerable y manipulable por un ególatra que sepa seducirla.

El ascenso del Nacionalsocialismo ilustra este modus operandi populista: se tiene al encantador de serpientes (Hitler) junto a otros psicópatas (Goebbels, Göring, Hess, Himmler…toda una camarilla de trastornados) que dirigen partido político popular; se tiene un pueblo cargado de odio y de prejuicios (con un antisemitismo que se remontaba a las persecuciones que Martín Lutero azuzó contra los judíos, y que se reavivaba con el mito del “usurero banquero judío” difundido por la propaganda nazi); se tiene a un gobierno democrático débil e inestable (en este caso, un aristócrata viejo e incapaz como político, el general von Hindenburg) abrumado por la presión del populacho; se tiene la situación económica desesperada como telón de fondo. ¿Qué más podía faltar? La masa, el componente indispensable de todo populismo (aquí, un montón de desempleados, ex soldados, obreros y borrachines furibundos...lo suficientemente ruidosos como para acallar a los sectores más educados y menos inflamables, y lo suficientemente violentos también, con un ejército privado temible: los camisas pardas dirigidos por Röhm, un fanático depravado y agresivo).

Y así, la misma historia siempre. En Italia el manipulador de masas fue Mussolini. En Argentina, los esposos Perón (la carismática Evita posaba de “dama de caridad” de los menesterosos, mientras en secreto los repudiaba, y se cuidaba muy bien de no darles sino las migajas de su millonaria fortuna) de mediados de siglo fueron el anuncio de los esposos Kirchner a inicios del siglo XXI (aunque, a decir verdad, Cristina Fernández no llegó jamás a ser tan idolatrada como Eva Perón). En Perú, Fujimori, que arrasó en las votaciones con un discurso que rezumaba demagogia, totalmente opuesto a lo que en realidad tenía en mente (clausurar el Congreso, instaurar una dictadura de facto y lanzarse por completo a la terapia de choque neoliberal que tanto le había criticado a Vargas Llosa, su rival en las presidenciales de 1990). En Colombia, Uribe, que hacía de patrón de hacienda en una farsa en la que la “hacienda” de ese arriero bipolar era todo un país. Obviamente, con la peor de las secuelas: Santos, sociópata de alto calibre, melifluo y camaleónico, capaz de traicionar hasta a los uribistas que votaron por él. Una mezcla de Samper, Uribe y Pastrana, tomando lo peor de cada uno. En Bolivia, un cocalero ignorante (pero eso sí, con muchos doctorados honoris causa que no le concederán nunca a usted, querido lector, porque en este mundo no siempre brilla la justicia) que terminó siendo presidente de la República y (como es usual entre los populistas) se hizo reelegir. En Venezuela, Chávez. Verdadero megalomaníaco, locuaz y ramplón, muy dado a las explosiones de chabacanería y a las logorreicas improvisaciones de su mentor, el también dictador Castro (sólo que, a diferencia de Castro, sus salidas eran mucho menos ingeniosas: delataban su mediocre formación académica).

IX

El populismo latinoamericano, insisto, es el hijo perfecto del nacionalsocialismo y el fascismo. Como ellos, mezcla elementos de izquierda y elementos de derecha en un sancocho en el que no importa decir la verdad, sino convencer. A toda costa, así sea a punta de bombardear al pueblo de mentiras.

¿Qué tuvieron en común Adolfo Hitler y los populistas latinoamericanos? La oratoria electrizante. El discurso pobre en ideas pero altamente emotivo, que conmueve a los incultos y a los inflamables. Todos ellos, más que buenos oradores (apelativo que encaja mejor en figuras como Cicerón o Churchill), eran oradores de feria. Masivos. Masificables. Populares.

Y, en todos los casos, el sanedrín de psicópatas, agrupados en un movimiento que, invariablemente, es “popular” en el peor sentido de la palabra. Y las promesas económicas (incumplibles, grandilocuentes y cargadas de resentimiento hacia los ricos), usualmente en un clima monetario desfavorable. Y, por supuesto, la masa (el ingrediente indispensable en todo desastre populista).

Resumiendo, se puede afirmar que el populismo es un pan inmundo que resulta de juntar la peor de las masas (un vulgo apasionado, voluble, manipulable e ignaro) con la peor de las levaduras (el líder fogoso y beligerante, que contagia de su fanatismo y su personalidad trastornada a la masa), calentado en el horno de la inestabilidad económica.

X

Creo que Krauze tiene razón cuando afirma que el populismo latinoamericano es especial, al definir sus líneas básicas: a) exaltación del líder, b) fabricación de la “verdad” oficial, c) abuso de la palabra, d) movilización permanente de grupos sociales resentidos, e) uso discrecional de fondos públicos (esto es, el uso del erario como patrimonio privado de la familia gobernante), f) asistencialismo, g) desprecio del orden legal, h) aliento del odio de clases, i) búsqueda de enemigos externos y j) cancelación de las instituciones de las democracias liberales (Krauze, 2005).
Efectivamente, se hace una exaltación del líder tan descarada que el mismo ícono se separa de la persona: es endiosado, se le atribuye una capacidad sobrehumana en el imaginario colectivo. Dondequiera que se mire en este trágico subcontinente, está el rostro del gobernante enorme, maquillado, hipócrita, en todo tipo de publicidad (medios audiovisuales, cuadros, pancartas, murales, vallas y avisos). Aparece a toda hora y sin ser llamado: el ciudadano ve invadida su intimidad cuando, aún en un partido de fútbol, aparece el presidente tratando de lavarle el cerebro con sus mentiras.

La “verdad oficial” es también fabricación del establishment populista. De tanto ser narradas, y repetidas, las mentiras de las oligarquías latinoamericanas terminan haciéndose pasar por verdades. Y el incauto se traga entero esas declaraciones oficiales, esas versiones oficiales, esa “Historia” oficial.

En cuanto al abuso de la palabra, tenemos ahí el hostigante protagonismo de los gobernantes populistas: todos ellos, sean de derecha (Ibáñez del Campo, los esposos Perón, Rojas Pinilla, Trujillo, Fujimori, Uribe, Santos, etcétera), de centro (López Michelsen, Humala) o de izquierda (los hermanos Castro, Velasco, García, Chávez, Lula, los esposos Kirchner, Rousseff, Correa, Ortega, Morales, Maduro), fustigan a sus desdichados oyentes a toda hora. Es como si estuvieran siempre en campaña (lo cual no tiene nada de raro, porque siempre están buscando reelegirse).

La movilización permanente de grupos sociales resentidos es otra estrategia de los populistas. La violencia de sus discursos está centrada en el combatir a los grupos que ellos señalan de “dominantes” (evitando cuidadosamente que sus oyentes capten que quienes ejercen el dominio son precisamente ellos, los populistas reelegidos una y otra vez).

Como el líder populista se muestra como el “redentor” de los “desfavorecidos”, y necesita disimular su poder y su fortuna crecientes, se afana en buscar cada vez nuevos chivos expiatorios: por eso, cada dos semanas, se las ingenia para crear un enemigo público distinto (algún intelectual, algún librepensador, algún disidente, algún empresario “caído en desgracia” por tener la “alevosía” de denunciar al régimen).

El uso discrecional de fondos públicos, como elegantemente señala Krauze, es el uso del dinero de todos los contribuyentes como “caja menor” de la familia y los amigotes del gobernante populista. En ese desfalco constante del erario se han ido todas las esperanzas de la pobre América Latina.

Recuerdo que cuando era niño ya se hablaba de las “promesas sin cumplir” en Latinoamérica: el subcontinente llevaba ya treinta años esperando, aguardando a salir del subdesarrollo. Han pasado treinta años y la situación permanece. Siempre “a punto de”, pero sin conseguirlo. Creo que ese triste fenómeno no tiene mucho que ver con el carácter festivo, inmediatista y desorganizado del latinoamericano promedio. Ni con lo poco ahorrativos y poco previsivos que parecen ser los de estas latitudes. En realidad, si uno se pone a pensar en ello, ¿qué país puede salir del subdesarrollo si cada año lo viven saqueando sus políticos?

Otro punto clave de los populismos es el asistencialismo. Es que, efectivamente, los gobernantes populistas no desean que la gente salga de la pobreza. Necesitan pobres. Necesitan votantes. Sólo desean perpetuar los circuitos de pobreza para jamás agotar su electorado. Por eso no esperan que la gente se eduque, y mucho menos que trabaje por sí misma. Por eso desestimulan la iniciativa individual y persiguen la propiedad privada. En cambio, para mantener al vulgo dócil y necesitado, completamente dependiente de ellos, dan subsidios y “ayudas sociales” (que no son ninguna ayuda, porque mantienen a las personas estancadas y aletargadas) de todo tipo.

El desprecio del orden legal y la cancelación de las instituciones de las democracias liberales son otro sello del populismo (Vargas Llosa, 2010), precisamente porque los populistas abominan los límites a su poder (Krauze, 2005). Y esta es otra de las razones por las que el populismo triunfa en Latinoamérica: no hay otro pueblo más dado al irrespeto a la ley y a la norma (acaso por esa misma carencia de figura paterna que ya he señalado). Por lo tanto, si un gobernante se pasa por la faja la Constitución (o tiene la ocurrencia de cambiarla porque le vino en gana, para poder acrecentar su influencia), clausura un parlamento o anda “sin Dios ni ley”, en América Latina sólo provoca risas y comentarios irónicos (cuando en cualquier otro lugar del mundo detonaría un muy justificable tiranicidio). Así de acostumbrados estamos a la ilegalidad. Así de acostumbrados estamos a que lo jurídico se viole con frecuencia (y con vehemencia). Y claro, uno se pone a observar y encuentra que muchos de los compatriotas son felices haciéndole pistola a la norma. Y cuando viaja, encuentra que en todo el subcontinente las personas tienden a detestar las reglas y a tratar de evadirlas, violarlas o ignorarlas.

El aliento del odio de clases es otra de las armas del populismo. El populismo es ganador de entrada, porque utiliza a la mayoría de la población (la gran masa poblacional: el populacho) a su favor. Lo tonto de esa mayoría imbécil radica en que no se percata de que es manipulada, y peor aún, hasta se considera beneficiada por el mismo líder que la mantiene en el fango con su asistencialismo y sus desatinadas medidas económicas. Es más, esa masa de idiotas (Mendoza, Montaner y Vargas Llosa, 1996), alimentada durante décadas con basura marxista, une a su inveterado resentimiento una enorme dosis de violencia (obviamente presentada como “deseo de justicia social” por sus agitadores) y llega hasta el terrorismo en su sed de sangre y su envidia.

Ya en El nacimiento de la tragedia, o cinco ensayos sobre la filosofía del siglo XIX advertí que ese concepto de la lucha de clases, tan manido por los representantes del mamertismo latinoamericano, era un concepto en sí mismo incendiario, peligroso e incitador a la violencia (Campos, 2014). Ahora puedo añadir que es un concepto flojo y beligerante, sólo apto para promover el terrorismo, que debe ser superado por los de cooperación y solidaridad, mucho más sublimes (y mucho más aptos para construir la paz y el entendimiento entre las personas). Pero como a los populistas no les interesa construir la paz, sino fungir de incendiarios, les seguirá siendo una idea rentable por varias décadas más (hasta el día en que esas mismas masas que manipulan se eduquen y se liberen de verdad).

XI

Al populista le importa ganar para perpetuarse en el poder. Lo demás le tiene sin cuidado. Por eso se puede ser populista siendo facho tan fácil como se puede ser populista siendo mamerto. Las ideas no importan: sólo la emoción en bruto.

Por eso he anotado que en América Latina se hace una política sin virtud y sin escrúpulos, verdadera cloaca de clientelismo, parasitismo de estado y linajes familiares y oligarquías perpetuándose en el poder (Campos, 2016). Una política populista, cargada de polarización y fanatismo.

En ese orden de ideas, en donde sean peores (esto es, más notorias) la ignorancia y la irracionalidad, más fuertes serán los populismos. En consecuencia, cuanto más hagamos los latinoamericanos por ganar la verdadera libertad (que sólo se logra, en el siglo XXI, a través del conocimiento relevante y la alta cultura, y de la actitud autónoma que se aleja de la actitud temerosa, servil y dependiente frente a los políticos), más cerca estaremos de superar para siempre esta desafortunada tradición.

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)


REFERENCIAS

Campos Vargas, D.A. ¿Qué puede enseñar Aristóteles a los ciudadanos latinoamericanos?, 2016, Armenia.

Campos Vargas, D.A. Neoliberalismo: miserias y aciertos, 2016, Armenia.

Drucker, P. La sociedad poscapitalista, 2004, Bogotá

Campos Vargas, D.A. El Príncipe y el pensar colombiano, 2014, Armenia

Krauze, E. Decálogo del populismo iberoamericano, 2005, Madrid
Vargas Llosa, M. Sables y Utopías, 2010, Madrid

Mendoza, P.A., Montaner, C., Vargas Llosa, A. Manual del perfecto idiota latinoamericano, 1996, Madrid

Campos, D.A. El nacimiento de la tragedia, o cinco ensayos sobre la Filosofía del siglo XIX