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jueves, 7 de julio de 2016

LA CERILLA SUECA, por Anton Chéjov

En la mañana del 6 de octubre de 1885, en el despacho del stanovoy (jefe local de policía) del segundo distrito, presentóse un joven bien vestido y manifestó que el corneta retirado de la Guardia, Marko Ivanovich Kliansov, había sido asesinado. Mientras declaraba, el joven estaba pálido y muy agitado. Le temblaban las manos y miraba con ojos horrorizados.
—¿Con quién tengo el honor de hablar? —le preguntó el stanovoy.
—Soy Pieskov, administrador de Kliansov, agrónomo y mecánico.
El stanovoy y los alguaciles que acudieron con Pieskov al lugar del suceso encontraron lo siguiente:
Junto al pabellón en que vivía Khansov se aglomeraba la muchedumbre. La noticia del suceso había recorrido con la rapidez de un relámpago todas las cercanías, y la gente, gracias a ser día festivo, llegaba al pabellón desde todo el contorno del pueblo. Reinaba un rumor sordo. De cuando en cuando se veían fisonomías pálidas y llorosas. La puerta del dormitorio de Kliansov se hallaba cerrada. La llave estaba colocada en la cerradura y por la parte de adentro.
—Por lo visto los asesinos penetraron por la ventana —observó Pieskov al inspeccionar la puerta.
Se dirigieron a la parte del jardín sobre la que daba la ventana del dormitorio. La ventana, cubierta por un visillo verde y desteñido, tenía un aspecto triste y lúgubre. Un ángulo del visillo aparecía ligeramente doblado, y permitía de este modo ver el interior de la habitación.
—¿Ha mirado alguno de ustedes por la ventana? —preguntó el stanovoy.
—No, señor — contestó el jardinero Efrem, anciano bajito, canoso y con cara de sargento retirado —. No está uno para mirar cuando el espanto le hace temblar el cuerpo.
—¡Ay Marko Ivanovich, Marko Ivanovich! —clamó el stanovoy mientras miraba hacia la ventana—. Ya te decía yo que ibas a terminar mal. Ya te lo decía yo y no me hacías caso. ¡La corrupción no trae buenos resultados!
—Gracias a Efrem. —dijo Pieskov—: si no hubiera sido por él no nos habríamos dado cuenta. Él fue el primero a quien se le ocurrió que aquí debía de haber pasado algo. Esta mañana se me presentó y me dijo: “¿Por qué tarda tanto el señor en despertarse? ¡Hace ya una semana que no sale del dormitorio!”. En cuanto me lo dijo sentí algo así como si me hubieran dado un hachazo en la cabeza. En el instante se me ocurrió una idea… Desde el sábado pasado no se dejaba ver, y hoy es ya domingo. ¡Hace siete días! ¡Se dice muy pronto!
—Sí, amigo… —suspiró otra vez el stanovoy—. Era un hombre inteligente, culto ¡y tan bueno! Era el primero en todas las reuniones. ¡Pero qué corrompido era el Pobre, que en paz descanse! Yo siempre lo esperaba. ¡Esteban! —gritó el stanovoy dirigiéndose a uno de los alguaciles —: Ve inmediatamente a mi casa y manda a Andrés para que avise en seguida al ispravnik (comisario de distrito). Di que han asesinado a Marko Ivanovich. Y ve a buscar al mismo tiempo al inspector… ¿Hasta cuándo va a estar allí tomando el fresco? Que venga cuanto antes. Luego te vas a avisar al juez instructor Nicolai Ermolech para que acuda inmediatamente. ¡Espera, te daré una carta!
El stanovoy dejó vigilantes alrededor del pabellón, escribió una carta para el juez de instrucción y se marchó a tomar el té a casa del administrador. Al cabo de unos diez minutos estaba sentado en un taburete, mordía cuidadosamente los terrones de azúcar y sorbía el té, ardiente como una brasa.
—¡Ya, ya..! —exclamaba—. ¡Ya, ya…! Noble rico, “amante de los dioses”, como decía Pushkin, ¿y qué ha resultado de todo esto? ¡Nada! Bebedor, mujeriego y… ¡Ahí tiene usted…! Lo han asesinado.
Al cabo de dos horas llegó el juez de instrucción. Nicolai Ermolech Chubikov (así se llamaba el juez), anciano, alto, robusto, de unos sesenta años, desempeñaba su cargo hacía ya un cuarto de siglo. Era célebre en todo el distrito como hombre honrado, inteligente y amante de su profesión. Al lugar del suceso vino también con él su fiel ayudante y escribiente Diukovsky, joven, alto, de uno veintiséis años.
—¿Es posible, señores? —empezó a decir Chubikov al entrar en la habitación de Pieskov, estrechando rápidamente las manos de todos—. ¿Es posible? ¿A Marko Ivanovich lo han asesinado? ¡No, es imposible! ¡Im-po-si-ble!
—Ya lo ve usted… —exclamó suspirando el stanovoy.
—¡Señor, Dios mío! ¡Pero si lo he visto yo el viernes pasado en la feria de Tarabankov! Él y yo estuvimos tomando vodka.
—Pues ya lo ve usted… —volvió a suspirar el stanovoy.
Suspiraron, se horrorizaron, tomaron el té y luego se marcharon hacia el pabellón.
—¡Paso! —gritó el inspector a la multitud.
Al entrar en el pabellón, el juez instructor comenzó, ante todo, a inspeccionar la puerta del dormitorio. La puerta resultó ser de pino, pintada de amarillo, y parecía intacta. No se hallaron señales especiales que pudieran proporcionar algún indicio. Comenzaron a forzar la puerta.
—¡Señores, que se retiren los que estén de más aquí! —dijo el juez de instrucción cuando después de unos cuantos hachazos consiguieron romper la puerta—. Se lo ruego a ustedes en interés de la inspección… ¡Inspector, que no entre nadie aquí!
Chubikov, su ayudante y el stanovoy abrieron la 1¦ puerta, e indecisamente, uno tras otro, entraron en el dormitorio. A su vista se presentó el siguiente espectáculo:
Junto a la única ventana había una cama grande con un enorme colchón de plumas. Sobre él se hallaba una manta arrugada. La almohada, con la funda de indiana, estaba en el suelo, también muy arrugada. Encima de la mesita, que aparecía delante de la cama, había dos relojes de plata y una moneda de veinte kopecs, también de plata… Allí mismo encontraron cerillas azufradas. Fuera de la cama, de la mesita y de la única silla, no había otros muebles en el dormitorio. Al mirar debajo de la cama el stanovoy vio un par de docenas de botellas vacías y un gran frasco de vodka. Debajo de la mesita estaba tirada una bota cubierta de polvo. Después de haber lanzado una ojeada por la habitación, el juez instructor frunció el entrecejo y se puso colorado, murmuró apretando los puños.
—Pero ¿dónde está Marko Ivanovich? —preguntó en voz baja Diukovsky.
—Le ruego a usted que no intervenga en esto —respondió severamente Chubikov—. ¡Tengan ustedes la bondad de mirar bien por el suelo! Este es el segundo caso que se me presenta en mi carrera —añadió dirigiéndose al stanovoy y bajando la voz—. En 1870 tuve un caso igual. Usted se acordará seguramente. El asesinato del comerciante Portretov. Allí también pasó lo mismo. Los canallas lo asesinaron y sacaron el cadáver por la ventana… Chubikov se acercó a la ventana y, después de correr el visillo, la empujó ligeramente. La ventana se abrió.
—Se abre, luego no estaba cerrada… ¡Hum! Hay huellas en el alféizar. ¿Lo ve usted? Aquí están las huellas de las rodillas… Alguien ha entrado por aquí… Hace falta inspeccionar, pero muy bien, la ventana.
—En el suelo no hay nada de particular —dijo Diukovsky—. Ni manchas ni rasguños. He encontrado solamente una cerilla sueca apagada, ¡Aquí está! Creo recordar que Marko Ivanovich no fumaba; y en su casa utilizaba cerillas azufradas y no suecas. Esta cerilla nos puede servir de indicio.
—¡Cállese —usted, hágame el favor! —exclamó el juez de instrucción haciendo un movimiento con la mano—. ¡Venirnos ahora con una cerilla! No puedo soportar las fantasías ardientes. Mejor sería que registrase bien la cama en lugar de buscar cerillas.
Después de inspeccionar la cama Diukovsky declaró:
—No hay ni una sola mancha de sangre ni de ninguna otra clase… Tampoco hay roturas recientes en el colchón. En la almohada hay huellas de dientes. La manta, en algunas partes, tiene ciertas manchas con olor y sabor de cerveza… El aspecto general del lecho permite suponer que ha habido lucha.
—¡Sin que usted me lo diga sé que ha habido lucha! Nadie le ha preguntado nada de luchas. Antes de buscarlas valdría más…
—Aquí no hay sino una bota, pero no se ve la otra por ninguna parte.
—¿Y qué?
—Pues que lo han estrangulado precisamente cuando se descalzaba. No le dieron tiempo sino de descalzarse un solo pie.
—¡Oh, oh, qué lejos le lleva la fantasía…! ¿Cómo sabe usted que lo han estrangulado?
—En la almohada hay huellas de dientes. La misma almohada aparece muy arrugada y está tirada en el suelo, a unos dos metros y medio de la cama.
—Pero ¿qué historias nos está usted contando? Lo mejor es que nos vayamos al jardín; y a usted le valdría más recorrerlo que estar aquí revolviendo todo esto… Eso lo haré yo sin usted.
Al llegar al jardín comenzó la exploración por buscar en la hierba que estaba pisoteada justamente debajo de la ventana. Una mata de brardana que crecía junto a ella y pegada a la pared aparecía tronchada. Diukovsky consiguió descubrir en ella unas cuantas ramitas rotas y un pedazo de algodón. También encontró algunos finos hilos de lana color azul oscuro.
—¿De qué color era el último traje de Ivanovich? —preguntó Diukovsky a Pieskov.
—De dril amarillo.
—Perfectamente. Los asesinos, entonces, llevaban traje azul.
Cortaron unas cuantas yemas de bardana y las envolvieron muy cuidadosamente en un papel.
En aquel momento llegaron el ispravnik Artsebachev Svistkovsky y el médico Tintinyev. El ispravnik saludó a todos e inmediatamente se dedicó a satisfacer su curiosidad; el médico, alto y muy delgado, con los ojos hundidos, la nariz larga y la barbilla puntiaguda, sin saludar ni preguntar a nadie, se sentó en un tronco, suspiró y dijo:
—¿Conque los servios han vuelto otra vez a agitarse? ¿Qué es lo que quieren? No lo sé. ¡Ay, Austria, Austria! ¿Es esto, acaso, cosa tuya?
La inspección de la ventana por la parte exterior no dio resultados. La de la hierba y matas cercanas a aquélla dieron muchos indicios útiles para la investigación. Diukovsky, por ejemplo,—consiguió encontrar en la hierba un reguero de manchas, largo y oscuro, que iba desde la ventana hasta unos metros más allá, a través del jardín. Dicho reguero terminaba debajo de una mata de filas en una mancha grande de color castaño oscuro. También debajo de la misma mata fue hallada una bota, que resultó ser la pareja de la que había en el dormitorio.
—¡Esto es sangre, y de hace mucho tiempo! —dijo Diukovsky mirando las manchas.
El médico, al pronunciar Diukovsky la palabra sangre, se levantó y lánguidamente lanzó una mirada a las manchas.
—Sí, es sangre —murmuró.
—De modo que si hay sangre no fue estrangulado —dijo Chubikov mirando mordazmente a Diukovsky.
—Lo habrán estrangulado en su cuarto, y aquí, temiendo que no estuviera bien muerto, tal vez lo hicieron con arma blanca. — La mancha que está debajo de la mata demuestra que el cuerpo permaneció allí bastante tiempo, hasta que los asesinos encontraron el medio de sacarlo del jardín.
—Bien. ¿Y la bota?
—Esta bota me afirma aún más en mi creencia de que lo han matado cuando estaba descalzándose, antes de acostarse. Se habría quitado una sola bota, y la otra, es decir, ésta, pudo descalzársela solamente a medias. Luego ella se desprendió sola al arrastrar hasta aquí el cadáver…
—¡Qué habilidades! —exclamó riéndose Chubikov—. ¡Se le ocurren una tras otra! ¿Cuándo aprenderá usted a no entrometerse con sus suposiciones? ¡Valdría más que en lugar de fantasear se ocupara usted de hacer el análisis de la hierba y de la sangre!
Después de la inspección y de haber sacado el plano del lugar, todo el personal se dirigió a casa del administrador para redactar el informe y para comer. Durante la comida hablaron del suceso.
—El reloj, el dinero y otras cosas están intactos —comenzó a decir Chubikov.
— El asesinato se ha realizado sin fines interesados: tan cierto es esto como que dos y dos son cuatro.
—El asesino debe de ser un hombre inteligente —exclamó, interviniendo, Diukovsky.
—¿De dónde saca usted eso?
—Tengo en mi poder la cerilla sueca, cuyo uso no conocen aún los aldeanos de este país. Esa clase de cerillas la emplean solamente algunos hacendados, pero no todos. No fue uno solo el matador, sino, por lo menos, tres: dos sujetaban a la víctima, y el tercero lo estranguló. Kliansov era muy fuerte y los asesinos debían de saberlo.
—¿De qué podría servirle la fuerza si estaba durmiendo?
—Los asesinos debieron de sorprenderlo cuando se descalzaba. Quitarse las botas no quiere decir estar durmiendo.
—¡No hay que inventar historias! ¡Coma usted y no fantasee!
—Y a mi entender, señor —dijo el jardinero Efrem colocando el samovar encima de la mesa—, este asesinato debe de haberlo cometido Nicolacha.
—Es muy posible —dijo Pieskov.
—¿Y quién es ese Nicolacha?
—El ayuda de cámara del amo, señor —respondió Efrem—. ¿Quién pudo hacerlo sino él? Es un bandido, un bebedor, un mujeriego tan corrompido que… ¡Dios nos libre! El le llevaba al señor la vodka, él lo acostaba… Entonces, ¿quién pudo asesinarlo sino él…? Además… me atrevo a declarar a usía que en una ocasión dijo en la taberna que iba a matar al amo. Todo por Akulka, por una mujer… Es que tenía relaciones con la mujer de un soldado… Al señor le había gustado e hizo todo lo posible para atraerla, y Nicolacha…. naturalmente, se enfadó… Ahora está en la cocina, tumbado y completamente borracho. Está llorando… ¡Miente, no le da lástima del señor!
—En efecto, por esa Akulka bien pudo ponerse furioso —dijo Pieskov—. Es mujer de un soldado, pero… no en vano la bautizó Marko Ivanovich con el nombre de Naná. Tiene algo que recuerda a Naná… algo atractivo.
—La conozco… la he visto —dijo el juez instructor sonándose con un pañuelo rojo.
Diukovsky se puso colorado y bajó la vista. El stanovoy golpeó con los dedos en el platillo. El ispravnik comenzó a toser y a buscar algo en su cartera. Solamente al médico, por lo visto, no le produjo impresión alguna el recordar a Akulka y a Naná. El juez instructor ordenó que trajeran a Nicolacha. Éste, mozo joven, de cuello largo, nariz prolongada y llena de pecas, pecho hundido, entró en la habitación: traía puesta una levita del señor. Tenía la cara soñolienta y llorosa. Estaba borracho y apenas se sostenía sobre sus piernas.
—¿Dónde está el señor? —le preguntó Chubikov.
—Lo han asesinado, excelencia.
Dicho esto, Nicolacha parpadeó y comenzó a llorar. —Sabemos que lo han asesinado; pero ¿dónde está ahora? ¿Dónde está su cuerpo?
—Dicen que lo sacaron por la ventana y lo enterraron en el jardín.
—¡Hum…! Los resultados de la inspección son conocidos ya en la cocina… ¡Muy mal..! Oye, querido, ¿dónde estuviste la noche que mataron al señor? ¿Es decir, el sábado?
Nicolacha levantó la cabeza, estiró el cuello y quedó pensativo.
—No le puedo decir, excelencia —dijo —. Yo estaba un poco bebido y no recuerdo.
—¡Álibi! —exclamó en voz baja Diukovsky, sonriendo y frotándose las manos.
—Muy bien. Pero… ¿por qué hay sangre debajo de la ventana del señor?
Nicolacha volvió a levantar la cabeza y quedó nuevamente pensativo.
—¡Piensa más deprisa! —le dijo el spravnik.
—Enseguida. Esa sangre no es nada, excelencia. Es que he degollado una gallina. Y la he degollado muy sencillamente, como se acostumbra, pero se me escapó de las manos y echó a correr… Por eso hay sangre allí.
Efrem declaró que, efectivamente, Nicolacha degollaba todas las tardes, y en varios sitios, una gallina, pero nadie había visto que una gallina, no degollada por completo, corriese por el jardín.
—¡Álibi! —exclamó sonriéndose Diukovsky.
—¡Y qué álibi más estúpido!
—¿Y has tenido relaciones con Akulka?
—Sí, señor. No puedo negarlo.
—¿Y el señor te la quitó?
—No, señor; me la quitó aquí, el señor Pieskov, y al señor Pieskov se la quitó mi amo. Esto fue lo que pasó.
Pieskov se turbó y comenzó a frotarse el ojo izquierdo. Diukovsky clavó en él sus ojos, notó la turbación y se estremeció. Observó que el administrador llevaba pantalones azules, cosa en la que hasta entonces no había reparado. Los pantalones le hicieron recordar los hilos azules encontrados en la bardana. Chubikov, por su parte, lanzó una mirada de sospecha sobre Pieskov.
—Retírate —le dijo a Nicolacha—. Y ahora permítame una pregunta, señor Pieskov. Usted, naturalmente, estuvo aquí el sábado.
—Sí. A las diez cené con Marko Ivanovich.
—¿Y después?
Pieskov quedó confuso y se levantó de la mesa.
—Después…. después… A decir verdad, no recuerdo —balbuceó—. Aquella noche había bebido demasiado. No recuerdo ni dónde ni cuando me dormí… ¿Por qué me miran todos ustedes de esa manera? ¡Como si yo fuese el asesino!
—¿Dónde se despertó usted?
—Me desperté en la cocina de los criados, cerca de la estufa… Todos lo pueden afirmar: por qué me encontré cerca de la estufa, no lo sé.
—No se agite… ¿Conocía usted a Akulka?
—Eso no tiene nada de particular.
—¿De sus manos pasó alas de Khansov?
—Sí… ¡Efrem, sirve más hongos! ¿Quiere té, Evgraf Kusinich?
Durante cinco minutos reinó un silencio pesado, agobiador. Diukovsky callaba y no quitaba los ojos escrutadores del pálido rostro de Pieskov. El silencio fue interrumpido por el juez instructor.
—Habrá que ir a la casa grande para hablar allí con la hermana del difunto, María Ivanovna —dijo—. Ella podría hacernos alguna declaración interesante. Chubikov y su ayudante agradecieron la comida y se dirigieron a la casa señorial. Encontraron a la hermana de Kliansov, María Ivanovna, mujer de unos cuarenta y cinco años, rezando delante de los iconos. Al ver a los visitantes con las carteras y el uniforme, palideció.
—Ante todo, pido perdón por haber interrumpido sus rezos —comenzó a decir muy galantemente Chubikov—. Venimos a pedirle cierto favor. Usted, naturalmente, lo habrá oído ya… Se sospecha que su hermano ha sido asesinado. ¡La voluntad de Dios..! La muerte no se compadece de nadie, ni de los zares ni de los labradores. ¿No podría usted ayudarnos con algunas declaraciones?
—¡Ay! ¡No me pregunten ustedes! —dijo María Ivanovna, palideciendo aún más y tapándose la cara con las manos—. ¡No puedo decirle nada! ¡Nada! ¡Se lo suplico a ustedes! Yo, nada… ¿Qué puedo yo..? ¡Ay, no, no… ni una palabra de mi hermano..! ¡Ni siquiera en la hora de la muerte he de decir nada…!
María Ivanovna se echó a llorar y se marchó a otra habitación. Los jueces cambiaron una mirada, se encogieron de hombros y se retiraron.
—¡Qué mujer del demonio! —exclamó Diukovsky, en tono insultante, al salir de la casa grande—. Por lo visto sabe algo y lo oculta, también se nota algo en la cara de la doncella… ¡Que aguarden, pues, demonios! Lo averiguaremos todo.
Por la noche, Chubikov y su ayudante, iluminados por la pálida luna, se volvieron a sus casas; en el coche hicieron mentalmente el balance del día, Ambos estaban cansados y callaban. A Chubikov, por lo común, no le gustaba hablar yendo de viaje, y el charlatán Diukovsky callaba por complacer al viejo juez. Al término del viaje el ayudante no pudo resistir más el silencio.
—Que Nicolacha ha tomado parte en este asunto —dijo—, non dubitandum est. Hasta por su caraza se nota lo granuja que es… El álibi lo descubre por completo. Tampoco cabe la menor duda de que en este asunto no es él el iniciador. El muy estúpido ha sido el brazo mercenario. ¿De acuerdo? Tampoco representa el último papel en este drama el modesto Pieskov. Los pantalones azules, la confusión,. el dormir cerca de la estufa lleno de miedo después del asesinato, álibi también es Akulka.
—¡Charle, charle..! ¡Ahora le toca a usted..! Según usted, todo el que conocía a Akulka es asesino… ¡Oh vehemencia! Debería estar usted todavía chupando el biberón sin cuidarse de asuntos importantes. Usted también ha ido detrás de Akulka; por consiguiente, ¿es uno de los complicados?
—También fue cocinera de usted, pero… No hago nada. La víspera del domingo por la noche jugábamos los a la baraja; de otra manera podría sospechar igualmente de usted —No se trata de ella, mi querido amigo. Se trata del sentimiento trivial, bajo y repugnante. A ese joven modesto no le agradó no haber triunfado. El amor propio… Quería vengarse… Y luego sus labios carnosos dicen todo lo que es. ¿Se acuerda usted de cómo apretaba los labios cuando comparaba a Akulka con Naná? ¡Que el canalla se abrasa de pasión, no cabe duda! Pues bien: es el amor propio ofendido y la pasión insaciada. Esto es bastante para cometer un asesinato. Tenemos dos en nuestro poder; pero ¿quién será el tercero? Nicolacha y Pieskov sujetaron a la víctima. Pero ¿quién será el que la estranguló? Pieskov es tímido, es cobarde en general. Los tipos como Acolacha no saben ahogar con una almohada; prefieren un hacha … El que estranguló fue otro; pero ¿quién pudo ser?
Diukovsky se caló el sombrero hasta los ojos y quedó pensativo. Calló hasta que el coche llegó a la casa del juez de instrucción.
—¡Eureka! —dijo entrando en la casa sin quitarse el gabán—. ¡Eureka, Nicolai Ermolech! ¿Cómo no se me ha ocurrido esto antes?
—Déjelo usted, hágame el favor… La cena está ya preparada. ¡Siéntese y vamos a cenar!
El juez de instrucción y Diukovsky pusiéronse a cenar. Diukovsky se sirvió una copa de vodka, se levantó, irguiéndose y, centelleándole los ojos, dijo: —¡Pues sepa usted que el tercero que intervino, el que estrangulaba, era una mujer! ¡Sí..! Hablo de la hermana del difunto, María Ivanovna.
Chubikov apuró la copa y detuvo la mirada en Diukovsky. —Usted… no da en el clavo. Tiene la cabeza un poco…. ¿no le estará doliendo?
—Estoy perfectamente bien. Quizá sea yo el loco, pero ¿cómo se explica usted la confusión de ella cuando nos presentamos? ¿Cómo se explica usted el no querer declarar? Supongamos que todas estas cosas son tonterías, ¡está bien!, ¡perfectamente!; pues entonces acuérdese de las relaciones que existían entre ellos. Ella odiaba a su hermano. Es staroverka (miembro de una secta ortodoxa), y él un mujeriego y un descreído… Ahí tiene usted por qué es el odio. Dicen que él logró convencerla de que era el ángel de Satanás. Delante de ella se entregaba a prácticas de espiritismo.
—¿Y qué?
—¿No lo comprende usted? Ella, staroverka, lo mató por fanatismo; no sólo mató al corruptor: libró también al mundo de un anticristo, y está persuadida de que ha logrado un triunfo para su religión, ¡Usted no conoce a estas solteronas, estas staroverkas! ¡Lea usted a Dostoievsky! ¡Mire usted lo que dicen Leskov, Pechersky..! ¡Es ella, es ella, así me maten! Es ella quien lo ha estrangulado. ¡Es una mujer mala! Para despistarnos estaba rezando delante de los íconos cuando entramos. Como diciendo: “Me voy a poner a rezar para que piensen que rezo por el difunto, para que crean que no los esperaba”: ¡Amigo, Nicolai Ermolech, deje a mi cargo este asunto: déjeme que lo lleve hasta el final! ¡Hágame el favor! ¡Yo lo he empezado y lo terminaré!
Chubikov movió negativamente la cabeza y frunció el entrecejo.
—Nosotros también sabemos llevar asuntos difíciles —dijo —. Y usted no debe meterse en lo que no le incumbe. Escriba usted lo que yo le dicte. Esta es su misión.
Diukovsky se enfadó y salió dando un portazo.
—¡Qué listo es este pícaro! —murmuró Chubikov mirando en pos de Diukovsky—. ¡Qué listo! Pero también es vehemente e inoportuno. Habrá que comprarle una tabaquera en la feria.
Al día siguiente por la mañana fue conducido a casa del juez de la aldea Kliausovka, un mozo que tenía la cabeza grande y labio leporino, el cual dijo llamarse pastor Danilka, que prestó una declaración muy interesante..
—Yo estaba un poco bebido —dijo—. Hasta la medianoche estuve en casa de mi compadre. Al ir a casa, como estaba borracho, me metí en el río para bañarme. Me baño… y en esto veo que van dos hombres por el dique y que llevan algo negro. ¡Uuuuh…! grité. Y ellos se asustaron y, pies, para que os quiero. Se dirigieron a la huerta de Makar. ¡Que me parta un rayo si no llevaban un cordero!
Aquel mismo día, a última hora de la tarde, fueron detenidos Pieskov y Nicolacha y conducidos en convoy a la ciudad del distrito. En la ciudad los metieron en la cárcel…
Pasaron doce días.
Era por la mañana. El juez de instrucción, Nicolai Ermolech, estaba sentado en su despacho junto a una mesa verde, y hojeaba la causa de Kliansov; Diukovsky, inquieto, paseaba de un rincón a otro como lobo enjaulado.
—¿Está usted persuadido de la culpabilidad de Nicolacha y Pieskov? —decía acariciando nerviosamente su incipiente barbita—. ¿Por qué no quiere usted convencerse de la culpabilidad de María Ivanovna? ¿Tiene usted pocas pruebas?
—No digo que no estoy persuadido. Estoy convencido de ello; pero, por otro lado, tengo poca fe… Pruebas de verdad no las hay, sino que todo es puras presunciones… fanatismo, etcétera.
—¡Usted lo que quisiera es que le presentasen el hacha, las sábanas ensangrentadas..!¡Leguleyos! ¡Pues yo se lo demostraré a usted! ¡Yo lo haré dejar de mirar fríamente la parte psicológica de esta causa! ¡Su María Ivanovna irá a Siberia! ¡Yo se lo demostraré a usted! ¿Le parecen poco las presunciones? Pues tengo yo algo fundamental… ¡Ello le demostrará las razones de mis deducciones! Déjeme que lo averigüe mejor.
—¿De qué habla usted?
—De la cerilla sueca… ¿Se le ha olvidado? ¡A mí, no! Yo averiguaré quién fue el que la encendió en la habitación del muerto. No la encendieron ni Nicolacha ni Pieskov, a quienes, al registrarlos, no les hemos encontrado cerillas, sino el tercero, es decir, María Ivanovna. Yo se lo demostraré a usted. Déjeme usted que vaya por el distrito a averiguar las cosas.
—¡Bueno, está bien, siéntese usted…! Vamos a proceder al interrogatorio. Diukovsky se sentó junto a una mesa y metió su larga nariz en los papeles.
—Que entre Nicolai Tetejov —gritó el juez instructor.
Entraron a Nicolacha. Estaba pálido y delgado como una astilla. Temblaba.
—¡Tetejov! —empezó a decir Chubikov—. En 1879 estaba usted procesado por el juez del primer distrito por delito de robo, y fue usted condenado a prisión. En 1882 lo procesaron por segunda vez y volvieron a meterlo en la cárcel… Nosotros estamos enterados de todo…
En el rostro de Nicolacha reflejóse el asombro. La omnisciencia del juez de instrucción lo dejó pasmado. Pero pronto el asombro convirtióse en expresión de profundo dolor. Se echó a llorar y pidió permiso para ir a lavarse y tranquilizarse. Lo sacaron de la sala.
—¡Que entre Pieskov! —ordenó él juez.
Entraron a Pieskov. El joven, durante los últimos días, había cambiado físicamente. Estaba delgado, pálido, casi demacrado. En sus ojos leíase la apatía.
—Siéntese usted, Pieskov —dijo Chubikov—. Espero que esta vez sea usted más razonable y no mienta como las otras veces. Todos estos días negaba usted su participación en el asesinato de Kliansov, a pesar de las múltiples pruebas que hablan en su contra. Muy mal hecho. La confesión aminora la culpa. Hoy hablo con usted por última vez. Si hoy no confiesa, mañana ya será tarde. Bien. Declare…
—No sé nada…. ni sé tampoco qué pruebas son esas —dijo Pieskov.
—¡Muy mal hecho! Pues permítame que le relate cómo ocurrió el suceso. El sábado por la noche estaba usted en el dormitorio de Khansov, bebiendo con él vodka y cerveza. (Diukovsky clavó la mirada en el rostro de Pieskov y ya no la apartó durante todo el monólogo.) Nicolacha les servía a ustedes. A la una de la madrugada Marko Ivanovich le manifestó su deseo de acostarse. Siempre se acostaba a la una. Cuando estaba descalzándose y dando órdenes, relativas al gobierno de la casa, usted y Nicolai, a una señal convenida, agarraron al señor, que estaba borracho, y lo arrojaron sobre la cama. Uno de ustedes se le sentó en los pies, otro encima de la cabeza. En ese momento entró por el vestíbulo una mujer conocida de usted, vestida de negro, la cual había convenido de antemano con ustedes todo lo referente a su participación en este asunto criminal. Ella tomó la almohada y empezó a ahogarlo. Durante la lucha se apagó la vela. La mujer sacó del bolsillo una caja de cerillas suecas y la encendió. ¿No es cierto? Veo en su rostro que digo la verdad. Luego…. después de haberlo ahogado y de haberse, convencido de que ya no respiraba, usted y Nicolai lo sacaron por la ventana y lo colocaron junto a la mata de bardana. Temiendo que reviviese le dio usted con un arma blanca. Después se lo llevaron y lo pusieron por algún tiempo debajo del arbusto de lilas.
Luego de haber descansado y pensarlo bien se lo llevaron … Lo sacaron atravesando la empalizada … Enseguida se dirigieron a la carretera … Luego siguieron por el dique. En el dique los asustó a ustedes un mujik… Pero ¿qué le pasa a usted?
Pieskov, pálido como la muerte, se levantó tambaleándose.
—¡Estoy sofocado! —dijo—. Bien… ¡Así sea..! Pero déjeme usted salir…, hágame el favor.
Sacaron a Pieskov.
—¡Por fin confesó! —exclamó Chubikov satisfecho—. ¡Se ha rendido! ¡Con qué habilidad lo he agarrado! Le he expuesto el asunto con claridad…
—Y no ha negado tampoco lo de la mujer vestida de negro —dijo riéndose Diukovsky—. Sin embargo, me atormenta horrorosamente la cerilla sueca. ¡No puedo contenerme más! ¡Adiós! Allá me voy.
Diukovsky se puso la gorra y se marchó.
Chubikov comenzó a interrogar a Akulka. Ésta declaró que no sabía. nada de nada…
—¡Yo he vivido solamente con usted y no conozco a nadie más! —dijo.
A las seis de la tarde volvió Diukovsky. Venía agitado como nunca. Le temblaban las manos hasta tal punto que no fue capaz de desabrocharse el gabán. Le ardían las mejillas. Se veía que traía novedades.
—Veni, vidi, vici —exclamó, entrando como una tromba en la habitación de Chubikov y desplomándose en un sillón—. ¡Juro por mi honor que empiezo a creer en mi genio! ¡Escuche usted, el demonio nos lleve! Escuche y asómbrese, da risa y tristeza al mismo, tiempo. Tenemos en nuestro poder a tres… ¿no es eso? ¡He encontrado al cuarto, o, mejor dicho, a la cuarta, porque también es mujer! —Y ¡qué mujer!
¡Sólo por una ligera caricia en sus hombros daría yo diez años de vida! Pero…escuche usted… He ido a Khansovka y me he puesto a describir espirales alrededor de ella. Visité por el camino todas las tenduchas, tabernas y bodegas, pidiendo en todas partes cerillas suecas… En todas partes me contestaron: “No tenemos”. He estado recorriéndolo todo hasta ahora mismo.
Más de veinte veces perdí la esperanza y otras tantas volví a tenerla. He andado durante todo el día, y solamente hace una hora di con lo que buscaba. El sitio está a unas tres verstas de aquí. Me despacharon un paquete de diez cajas de cerillas, y faltaba una… Pregunté enseguida: ¿Quién ha comprado la caja que falta?
“Fulana de Tal… Le gustan las cerillas suecas”, me dijeron. ¡Querido Nicolai Ennolech, no es posible concebir lo que puede a veces hacer un hombre expulsado del seminario y repleto de lecturas de Gaborio! ¡Desde este mismo día comienzo a respetarme…! ¡Uf!.. ¡Bueno, vamos!
—¿Adónde?
—A casa de la cuarta… Hay que darse prisa. Si no…, si no, me abrasaré de impaciencia. ¿Sabe usted quién es ella? ¡No lo adivinará usted! ¡La joven esposa de nuestro voy, Evgyaf Kusmich, Olga Petrovna…. ésa es! ¡Ella fue la que compró aquella cajita de cerillas!
—¡Usted …. tú…. usted …. ¿se ha vuelto loco?
—¡Muy sencillo! En primer lugar, ella fuma. En segundo lugar, estaba enamoradísima de Kliansov. Éste la cambió por Akulka La venganza. Ahora recuerdo que los he encontrado a los dos, en una ocasión, escondidos en la cocina, detrás de la cortina. Ella le hacía mil promesas, y él fumaba su cigarrillo y le echaba el humo en la cara. Bueno, vámonos… Aprisa … porque ya está oscureciendo … Vámonos.
—Yo no me he vuelto loco todavía para ir a molestar por la noche y por tonterías de chiquillo a una señora noble y honrada.
—¡Noble, honrada..! Después de eso, es usted un trapo y no un juez de instrucción. ¡Nunca me había atrevido a injuriarlo, pero ahora es usted el que me obliga a ello! ¡Trapo! Es usted un trapo. Vamos, querido Nicolai Ermolech, se lo ruego.
El juez hizo un movimiento de desprecio con la mano y escupió.
—¡Se lo ruego a usted! ¡Se lo ruego a usted no por mí, sino por el interés de la Justicia! ¡Se lo suplico a usted, en fin! ¡Hágame usted ese favor por lo menos una vez en la vida!
Diukovsky se arrodilló. —¡Nicola Ermolech! ¡Sea usted bueno: me llamará usted canalla y malvado si me equivoco acerca de esta mujer! ¡No olvide usted qué causa tenemos! ¡Es toda una causa! ¡Es una novela y no una causa! ¡Llegará a ser célebre en todos los rincones de Rusia! — ¡Fíjese usted, viejo insensato!
El juez frunció el entrecejo e indecisamente alargó la mano para recoger el sombrero.
—¡Bueno, el diablo te lleve! —dijo —. Vámonos.
Había ya oscurecido cuando el coche de] juez llegó a la casa del stanovoy. —¡Qué cochinos somos! —dijo Chubikov, asiendo la cuerda de la campanilla . Estamos molestando a la gente.
—No importa, no importa… No tenga usted miedo… Diremos que se nos ha roto una ballesta del coche.
A Chubikov y a Diukovsky los recibió en el umbral una mujer alta, robusta, de unos veintitrés años, cejas negras como el azabache y rojos labios carnosos. Era la propia Oiga Petroyna.
—¡Ah…, tanto gusto! —exclamó sonriendo francamente—. Han llegado ustedes precisamente a la hora de cenar… Mi Evgraf Kusmich no está en casa… Está en la del pope… Pero no importa, la pasaremos sin él… Siéntense ustedes… ¿Vienen ahora de hacer averiguaciones…?
—Sí… Es que se nos ha roto una ballesta del coche —comenzó a decir Chubikov, entrando en el salón y acomodándose en un sillón.
—¡Hágalo pronto …. atúrdala usted! —dijo en voz baja Diukovsky—. ¡Sorpréndala usted!
—Una ballesta… Un…, sí… y entramos aquí…
—¡Sorpréndala, le digo! ¡Se dará cuenta si empieza usted a divagar!
—Bueno, haz lo que quieras y a mí déjame en paz —murmuró Chubikov, levantándose y acercándose a la ventana—. Yo no puedo; ¿tú has armado este embrollo y tú tendrás que ponerle término!
—Sí, una ballesta… —comenzó Diukovsky, aproximándose a la mujer del stanovoy y frunciendo su larga nariz—. Hemos venido no para…. bueno…. para cenar…, ni tampoco para ver a Evgraf Kusmich. ¡Hemos venido a preguntarle a usted, señora mía, dónde está Marko Ivanovich, a quien usted ha asesinado!
—¿Qué? ¿Qué Marko Ivanovich? —balbuceó la mujer del stanovoy, y su ancho rostro tiñóse en un instante de un color rojo subido—. Yo… no comprendo…
—¡Se lo pregunto a usted en nombre de la ley! ¿Dónde está Kiansov? ¡Nosotros estamos perfectamente enterados de todo!
—¿Quién los ha enterado? —preguntó suavemente la mujer del stanovoy, sin poder resistir la mirada de Diukovsky.
—Tenga la bondad de indicarnos el lugar en que se encuentra.
—¿Pero cómo lo han averiguado ustedes? ¿Quién se lo ha contado?
—¡Nosotros estamos enterados de todo! ¡Lo exijo en nombre de la ley!
El juez de instrucción, animado por la turbación de la mujer, se acercó a ella y le dijo:
—Díganos usted dónde está y nos marcharemos. De lo contrario, nosotros…
—¿Para qué lo quieren ustedes?
—¿A qué vienen esas preguntas, señora? ¡Nosotros le rogamos que nos diga usted en dónde se encuentra! ¡Está usted temblando y confusa…! ¡Sí, lo asesinaron, y si quiere usted saber más, le diré que lo ha asesinado usted! ¡Sus cómplices la han delatado!
La mujer del stanovoy palideció.
—Vengan ustedes —dijo suavemente, retorciéndose las manos—. Lo tengo escondido en una cabaña. ¡Pero por amor de Dios, no se lo digan a mi marido, se lo suplico! ¡No podría soportarlo!
La mujer del stanovoy descolgó de la pared una llave grande y condujo a sus huéspedes, atravesando la cocina y el vestí bulo, hasta el patio. Reinaba ya una gran oscuridad. Caía una lluvia menuda. La mujer del stanovoy iba delante. Chubikov y Diukovsky la seguían por la hierba crecida, aspirando el olor del cáñamo salvaje y de la basura que había esparcida por aquellos lugares. El patio era muy grande. Pronto pasaron por el vertedero y sintieron que sus pies pisaban tierra de labor. En la oscuridad se divisaban las siluetas de los árboles y, entre éstos, una casita con la chimenea encorvada.
—Esta es la cabaña —dijo la mujer del stanovoy —. Pero les suplico que no se lo digan a nadie. Al acercarse al lugar, Chubikov y Diukovsky vieron que de la puerta colgaba un enorme candado.
—¡Prepare la vela y las cerillas! —dijo en voz baja el juez de instrucción a su ayudante. La mujer del stanovoy abrió el candado y dejó entrar a sus huéspedes. Diukovsky encendió una cerilla e iluminó la entrada de la pieza. En medio de ella había una mesa, sobre la cual estaban colocados un samovar, una sopera con restos de sopa y un plato con residuos de salsa.
—¡Adelante!
Entraron en la habitación contigua, en el baño. Allí también había una mesa. Encima de la mesa, una fuente muy grande, con pedazos de pan, una botella de vodka, platos, cuchillos y tenedores.
—Pero ¿dónde está es…? ¿Dónde está el asesinado? —preguntó el juez.
—¡Está arriba, en la litera! —murmuró la mujer, palideciendo y temblando cada vez más.
Diukovsky tomó la vela y subió hasta la litera, donde encontró un cuerpo humano, largo, que yacía inmóvil, sobre un colchón de plumas. El susodicho cuerpo emitía un ligero ronquido…
—¡Nos están engañando, el demonio los lleve! —gritó Diukovsky— ¡No es él! Aquí está durmiendo alguien que está bien vivo. ¡Hey! ¿Quién es usted, con mil diablos?
El cuerpo suspiró fuertemente con un silbido y comenzó a moverse. Diukovsky le dio con el codo. El durmiente se incorporó y alargó las manos a la cabeza que estaba junto a él.
—¿Quién es? —preguntó por lo bajo—. ¿Qué quieres?
Diukovsky acercó la vela a la cara del desconocido y lanzó un grito. En la nariz roja, en los cabellos encrespados y despeinados, en los negros bigotes, uno de los cuales estaba muy retorcido y vuelto hacia arriba en una postura impertinente, reconoció al corneta Kliansov.
—¿Es usted… Marko… Ivanovich? ¡No puede ser!
El juez miró hacia arriba y se quedó medio muerto…
—Soy yo, sí … ¡Ah! ¿Es usted, Diukovsky? ¿Qué demonio lo trae por aquí? ¿Y quién es aquel que está allí? ¿Qué tipo es ese? ¡Señor, el juez! ¿Cómo han venido ustedes aquí?
Khansov descendió rápidamente y abrazó a Chubikov. Oiga Petrovna se ocultó detrás de la puerta.
—Pero ¿cómo han venido ustedes? ¡Tomemos una copa de vodka, qué diablo! ¡Tra-ta-ti-to-tom…! ¡Bebamos! Sin embargo, ¿quién los ha traído a ustedes aquí? ¿Cómo se han enterado ustedes de que estoy aquí? ¡Bueno, qué más da! ¡Bebamos!
Kliansov encendió la lámpara y sirvió tres copas de vodka.
—Es que yo…. ¡yo no te entiendo! —dijo el juez abriendo los brazos—. ¿Eres tú, o no lo eres?
—Vamos, déjame… ¿Vas a echarme un sermón de moral? ¡No te molestes! ¡Joven Diukovsky, bébete tu copa! ¡Be-ba-mos, a-mi-gos!… Pero ¿qué hacen ustedes ahí? ¡Vamos a beber, bebamos!
—Yo, sin embargo, no lo entiendo —dijo el juez apurando rápidamente su copa—. ¿Por qué estás aquí?
—¿Por qué no voy a estar si me encuentro bien aquí?
Kliansov apuró otra copa y comió después un pedazo de jamón.
—Vivo aquí, como ven, en esta casa de la mujer del stanovoy … Aislado, entre árboles, como un duende… ¡Bebe! ¡Es que me dio lástima de la pobre! Me compadecí de ella y… vivo aquí en la cabaña, como un ermitaño… Como, bebo… La semana próxima pienso marcharme de aquí… Ya estoy harto…
—¡Inconcebible! —dijo Diukovsky.
—¿Por qué inconcebible?
—¡Inconcebible! ¡Por amor de Dios, dígame cómo ha ido a parar su bota al jardín.
—¿Qué bota?
—Hemos encontrado una bota en el dormitorio y la otra en el jardín.
—¿Y para qué quiere saberlo? No es cosa suya. ¡Beban, el demonio los lleve! ¡Me han despertado! ¡Pues beban! La historia de la otra bota es muy interesante. Yo no quería venir aquí, no estaba de humor…, pero ella llegó a mi ventana y empezó a reñirme… ¡Ya sabes tú cómo son las mujeres, por lo general…! Yo, como estaba algo bebido, tomé la bota y se la tiré, a la cabeza… ¡Ja, ja! ¡Toma, por reñirme! Ella entró por la ventana, encendió la lámpara y empezó a darme guerra. Me hizo levantar, EDRW me trajo, aquí y aquí —me encerró—. Aquí me alimento… ¡Amor, vodka y fiambres! Pero ¿adónde van? Chubikov,¿adónde van?
El juez escupió y salió de la cabaña: detrás de él, Diukovsky, cabizbajo. Ambos se sentaron en el coche y se marcharon. Nunca les pareció el camino tan largo y tan aburrido como aquella vez — Ambos callaban. Chubikov, durante todo el camino, iba temblando de rabia; Diukovsky escondía el rostro en el cuello del gabán, como si temiera que la oscuridad y la llovizna leyesen la vergüenza en su rostro.
Al llegar a su casa, el juez de instrucción encontró en su cuarto al médico Tintinyev. El doctor estaba sentado junto a la mesa y, suspirando fuertemente, hojeaba la revista Niva.
—¡Qué cosas pasan en este mundo! —dijo, recibiendo al juez con una sonrisa triste—. ¡Otra vez Austria ha…! Y Gladstone también… de una manera…
Chubikov tiró el sombrero debajo de la mesa y comenzó a temblar.
—¡Esqueleto del demonio! —gritó—. ¡Déjame en paz..! ¡Te he dicho mil veces que me dejes tranquilo con tu política! ¡No estoy ahora para política! Y a ti —añadió Chubikov dirigiéndose a Diukovsky y amenazándolo con el puño—, ¡a ti no te olvidaré por los siglos de los siglos!
—Pero…. ¿no era la cerilla sueca? ¡Vaya usted a saber…!
—¡Que te ahorquen con tu cerilla! ¡Quítate de mi vista y no roe irrites, porque no sé lo que voy a hacer contigo! ¡No vuelvas más a poner los pies aquí!
Diukovsky suspiró, tomó el sombrero y salió.
—¡Me voy a emborrachar! —decidió al salir de la casa, dirigiéndose tristemente a la taberna.
La mujer del stanovoy, al volver de la cabaña a su casa, encontró a su marido en el salón.
—¿A qué ha venido el juez aquí? —preguntó el marido.
—Ha venido a decir que han encontrado a Klimsov… Figúrate, lo han encontrado en casa de una mujer casada.
—¡Ay Marko Ivanovich, Marko Ivanovich! —exclamó suspirando el stanovoy y levantando los ojos al cielo—. ¡Ya te decía yo que la corrupción no trae buenos resultados! ¡Ya te lo decía yo! ¡No me has hecho caso!


Anton Pávlovich Chéjov (Rusia, 1860-1904)