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miércoles, 27 de julio de 2016

CRISTIANISMO Y VIOLENCIA, por David Alberto Campos Vargas

CRISTIANISMO Y VIOLENCIA

David Alberto Campos Vargas, MD*




A Manuel José Blanco




Introducción


Una calumnia generalizada en contra del Cristianismo es que ha sido, a lo largo de la Historia, patrocinador de hechos violentos.

Nada más opuesto al corpus doctrinal y teórico de esta religión, que desde sus orígenes se ha esmerado en ser un puente entre Dios y el Hombre (y no podía ser de otra manera, porque su fundador fue el mismísimo Dios hecho hombre). De hecho, muchos de los que han hecho esa calumnia no han tardado en retractarse, rendidos ante la enorme evidencia documental que la desmiente.

Sin embargo, algunos sectores interesados en difamar al Cristianismo (muchos de ellos vinculados con el terrorismo islámico) se resisten con tozudez a todo tipo de argumentación lógica. Lo de ellos es fanatismo puro y duro, de características delirantes. Y precisamente porque los delirios son irreversibles e inmodificables, y modifican la personalidad de manera permanente, para ese tipo de fanáticos no está concebido este escrito.

Sí está concebido, en cambio, para todos los agnósticos y ateos científicos, mucho más dispuestos (por lo general) a atenerse a la razón y a la evidencia. Y para todos los que tengan algún tipo de duda, y que quieran contrastar con hechos lo que alguien, de manera no siempre malintencionada, alguna vez les ha insinuado.    


Iglesia y Paz: breve revisión histórica

La Iglesia iniciada por Jesucristo representa un soplo de bondad, belleza y amor a una Humanidad que, por su naturaleza, necesita de ello para contrarrestar sus pulsiones, bastante bien estudiadas ya por los teóricos del Psicoanálisis.

Jesús mismo, Amor encarnado (en tanto que Dios encarnado), no hizo sino dar muestras del más sublime pacifismo a lo largo de su vida. Un pacifismo total, una entrega absoluta al prójimo que sufre. Un pacifismo pedagógico, ilustrativo y convincente, pues cada una de sus palabras era respaldada por sus actos.

El coherente pacifismo de Jesús se evidencia a lo largo de toda su vida, como bien narran los Evangelios genuinamente inspirados por el Espíritu Santo (los de los santos Marcos, Mateo, Lucas y Juan). Recordemos, por ejemplo, uno de sus sermones más famosos, el de las Bienaventuranzas, en el que señaló: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. O cuando afirmó: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas”. Más adelante, cuando acababa de instituir la sagrada eucaristía en la Última Cena, en el discurso de despedida de sus discípulos insistió: “Les dejo la paz, mi paz les doy; no la doy como la da el mundo” (es decir, hace hincapié en su paz absoluta, sólo derivable del perdón absoluto y del amor absoluto al prójimo, a ese Otro de Lévinas…y no a esa “paz” humana e imperfecta, que sólo es tregua o armisticio, que sólo es cese al fuego en medio de áridas negociaciones y desconfianza mutua).

Una de las más enigmáticas afirmaciones pacifistas del Señor se dio cuando les anunciaba a sus discípulos su pronto retorno (esto es, su resurrección). En esa ocasión les previno: “Les he dicho estas cosas para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo”. De nuevo, desnuda la naturaleza demasiado humana de esa paz que veía en su mundo, en su entorno social y político directo: la Pax Romana, una paz meramente nominal, era una paz falsa. Era simplemente quietud, ausencia de rebeliones en los terrenos sometidos. Una paz conseguida a través de la espada, del poderío militar y la conquista. Esa era la “paz del mundo”. Y, obviamente, en semejante mundo tan hipócrita e imperfecto, Jesús ya les advertía a sus amigos íntimos que iban a sufrir. Evidentemente, no era un mundo muy propenso a proteger a la gente amorosa. Pensemos un poco sobre eso. Si todavía hoy, en pleno siglo XXI, hablar de amor o de ternura es malinterpretado por muchos necios como debilidad, imagínense cuán difícil sería ser amable o amoroso en una época en la que las naciones se expandían sometiendo, esclavizando y hasta aniquilando a otras. Pero el mismo Hijo de Dios los reconfortaba con esa promesa espléndida: los sufrimientos en el mundo no importan casi, porque Él es muy superior a ese mundo imperfecto. Él venció al mundo, en efecto, desde el mismo instante en que permitió su aparición (ese famoso punto cero en la Historia del Cosmos, en el que toda esa realidad que llamamos Universo comenzó). Y nos lo demuestra a toda hora, no sólo reservándonos paz y dicha para el Reino de los Cielos, sino también dándonos paz y dicha aquí y ahora, bien sea a través de milagros (algunos grandes, espectaculares, que dejan boquiabiertos hasta a mis incrédulos colegas…otros pequeños, bonitos de lo mismo que son tan cotidianos), o bendiciones, o ayudas (directas e indirectas) que nos envía para decirnos, como a aquellos discípulos, que vale la pena hacer bien las cosas, así en este mundo defectuoso suframos persecución por ello. El Señor les dijo, de manera metafórica, que Él era la paz verdadera. Que quien estuviera junto a Él (amándolo, recordándolo, cumpliendo sus preceptos) tendría paz legítima e inagotable.

Otro pasaje que me ha gustado siempre nos recuerda el episodio de la aprehensión del Señor; en esa ocasión se mostró, de nuevo, el carácter divinamente pacífico de Jesús. Van a apresarlo. Pedro, el único de sus discípulos que tenía una espada en el momento, hace lo que humanamente cabe: da un espadazo y le corta una oreja a uno de los captores. Meditemos en eso. Pedro es justicia humana en su más franca expresión. Él se da cuenta que van a hacer prisionero a alguien sumamente bondadoso, que no merece ser reo de nadie, y que además es su amigo. Obvio, hace lo que cualquier ser humano justo en su situación haría. Pero Jesucristo, siempre más sublime, le da una lección de justicia divina: no sólo le dice que envaine su espada, sino que, con enorme misericordia, y añadiendo otro milagro a su ya extensísimo prontuario, le deja la oreja en su sitio y completamente sana. Y a su fiel amigo le regala una advertencia que, de haber sido atendida por los seres humanos que vinieron, habría evitado todo tipo de guerras y atrocidades en las que por desgracia es rica la Historia: “El que a hierro mata, a hierro muere”.

Y ese maravilloso Dios hecho Hombre siguió predicando pacifismo aún después de muerto. De hecho, después de su resurrección, su saludo a sus discípulos, en reiteradas ocasiones, fue: “La paz con ustedes”. ¿Qué les quiso decir con eso? La respuesta es fácil: Él sabe que la paz es lo más valioso y esquivo en este mundo violento, de seres humanos que hasta por instinto tienden a la agresividad. Y Él los ama inmensamente, porque son sus discípulos más queridos. Por eso les desea aquello que hace tanta falta. Por eso los saluda de una manera especial, a un mismo tiempo una expresión festiva y una bendición amorosísima.


El Cristianismo continuó siendo portavoz de clemencia, tolerancia y pacifismo con sus primeros pensadores y difusores. En los Hechos de los Apóstoles, así como en las cartas de San Tiago, San Juan, San Pedro y San Pablo el mandato del amor al prójimo y de conducta pacífica asoma con frecuencia. Tengamos en cuenta lo excepcional de este mensaje de paz, tolerancia y mansedumbre en una época en la que el Imperio Romano echaba cristianos a los leones en el circo, los crucificaba o los convertía en antorchas vivientes. De hecho, el contemplar cómo esos mártires eran torturados mientras mantenían la amabilidad y perdonaban a sus victimarios convenció a muchos paganos de las bondades del Cristianismo.

El llamado a ser pacíficos, mansos y amables continuó a lo largo de la Filosofía Patrística. Baste leer los textos filosóficos de Orígenes, Clemente de Alejandría o San Jerónimo. Aún hoy famosos por su bello estilo, los sermones de San Juan Crisóstomo fueron una llamada insistente a vivir a Cristo viviendo un auténtico amor fraterno. Destacó en esta época la figura de San Agustín de Hipona, un intelectual sumamente estudioso y ávido de verdad, quien expuso claramente la postura cristiana ante la paz en su célebre Ciudad de Dios. San Agustín fue enfático en señalar que el mundo al que debemos aspirar, la Ciudad de Dios, debe ser muy distinto del mundo en que vivimos, la Ciudad del Mundo. La Ciudad de Dios, señaló, es pródiga en amor y consideración por el prójimo, no conoce crímenes ni guerras, y sus habitantes viven en armonía.

La llamada a vivir el amor de Cristo en la convivencia pacífica, tolerante y respetuosa continuó con San Francisco de Asís (que nos legó, además, una hermosa Oración por la Paz), San Antonio de Padua, San Buenaventura, Santa Clara de Asís, San Alberto Magno y, por supuesto, Santo Tomás de Aquino. Con respecto a este último doctor de la Iglesia, vale la pena recordar que propuso el concepto de persona humana como algo universal, una dignidad propia de todos y cada uno de los seres humanos (algo verdaderamente revolucionario en su época), y que, en ese orden de ideas, todos los seres humanos estamos llamados a convivir pacíficamente, por el simple hecho de ser humanos. También condenó expresamente el uso la guerra, a la que consideraba un último recurso, y sólo justificaba en caso de que cumpliera las características de ser netamente defensiva o ir en contra de una tiranía de consabido actuar malévolo. Todo lo que no cupiera dentro de las características de guerra justa, fue para Santo Tomás pecaminoso. Y sobra decir que el Aquinate jamás encontró un ejemplo real de guerra justa en la Historia.

En medio de la especialmente convulsa época en la que le tocó vivir, Erasmo de Rotterdam fue un humanista cristiano en todo el sentido de la palabra. Sus escritos invitan a la tolerancia, al encuentro amable con el otro, al respeto absoluto por la dignidad de la vida del otro en tanto que ese otro es también un hijo de Dios. Erasmo fue un pensador completo, ecuménico, y al mismo tiempo un gran apologista de la Iglesia. No incurrió jamás en fanatismos.  

El Cristianismo siguió abogando por la paz en la recién conocida América, especialmente gracias a los frailes franciscanos y dominicanos que fueron la única fuerza visible frente a los atropellos de los conquistadores. Lo que se conservó de las culturas amerindias originales fue obra de juiciosas traducciones hechas por ellos, y también de ellos vinieron los principales alegatos a favor de los pueblos originarios. Verdaderos campeones de la lucha por los derechos de los mal llamados “indios” fueron fray Antonio de Montesinos, fray Bartolomé de las Casas y San Martín de Porres.

El pacifismo inherente a la doctrina cristiana también se volcó hacia el servicio a los más necesitados, sobretodo a través de hospitales, escuelas y universidades. Se puede afirmar, sin asomo de duda, que la Iglesia ha hecho más por la salud y la educación del mundo que cualquier Estado. Ya desde el siglo IV la atención hospitalaria corrió a cargo de prelados, monjas y frailes, aún en el corazón mismo de los imperios de Occidente y Oriente, Roma y Bizancio, ante la dejadez y el descuido de sus gobernantes.

Este rol de la Iglesia como elemento progresista se acentuó cuando tras la fractura del imperio romano de Occidente emergieron los primeros reinos y ducados en Europa occidental y central. Los reyes y sus vasallos solían desentenderse del bienestar de los que consideraban súbditos.  Hospicios, orfanatos, ancianatos, hogares de paso y hostales para los más necesitados fueron abiertos, administrados y atendidos por comunidades religiosas (entre las que aparecieron órdenes dedicadas exclusivamente a la atención hospitalaria) o directamente por párrocos y capellanes. Con la aparición de los primeros Estados modernos (Inglaterra, Francia, España, Portugal), y aún con el ascenso político de sectores marcadamente hostiles la situación no se modificó. Lo que hoy en día conocemos como “políticas públicas” dentro del marco de los Estados sociales de Derecho, fue algo asumido por la Iglesia a cabalidad. Destacaron especialmente San Camilo de Lelis y San Juan de Dios, de dadivosa entrega a los enfermos, y algunas de cuyas técnicas aún se utilizan en los cuidados de Enfermería. 

Los siglos XVIII y XIX fueron especialmente duros para la Iglesia. Tras una errónea interpretación de los pensadores ilustrados, en realidad más inclinados al anticlericalismo que al ateísmo, muchos partidarios de las democracias liberales y de las monarquías “ilustradas” se dedicaron a perseguirla, tanto en Europa como en América. Algunas órdenes religiosas, como la Compañía de Jesús y la Orden de Predicadores, sufrieron especial animadversión y fueron expulsadas de varios países. Aún así, fieles a la doctrina pacífica del Cristianismo, los sacerdotes y los frailes se comportaron con mucho decoro en tan difícil situación, y siguieron asumiendo las riendas de la Educación y la Salud públicas, que los diferentes Estados aún no asumían conscientemente. Hombres formidables, como San Juan Bautista de La Salle y San Juan Bosco, asumieron como un verdadero deber cristiano la educación y la proyección laboral de los jóvenes más menesterosos (aquellos olvidados por sus respectivos gobernantes,que se quedaban en la grandilocuencia retórica del “compromiso con los pobres” pero en realidad no velaban por ellos).

Sobra decir que a medida en que los conflictos tendieron a involucrar varias naciones, en el ámbito geopolítico de los siglos XIX y XX, la Iglesia asumió un compromiso inequívoco con la paz mundial. A veces pareció que clamaba en el desierto, como cuando el Papa Benedicto XV trató en vano de evitar la carnicería de la Primera Guerra Mundial, a la que llamó atinadamente “el suicidio de la Europa civilizada”. Pero en otras ocasiones, la oportuna diplomacia del Vaticano evitó derramamientos de sangre.

Junto a personalidades como Karl Jaspers (una de las grandes figuras del existencialismo y la fenomenología del siglo XX) y Robert Schuman (vehemente pacifista y padre de la Unión Europea), los Papas Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II constituyeron la mejor prueba de que el Cristianismo es, en cuanto a la búsqueda de la paz y la fraternidad entre los pueblos se refiere, la religión por excelencia.

Hoy por hoy, el prestigio de la Iglesia como propulsora de la paz en todo el mundo es enorme, aún en países en los que el Catolicismo en particular, y el Cristianismo en general, son una minoría. Aparte de valientes organizaciones no gubernamentales, el Papado se erige en una institución abiertamente defensora de la paz y de las resoluciones no violentas de los conflictos intra e internacionales. La Iglesia es, también en el siglo XXI, una organización comprometida con el diálogo y la entrega amorosa al otro.


Eje argumentativo: una cosa es el Cristianismo, y otra cosa las brutalidades que se cometen en su nombre

El Cristianismo es la religión del amor desinteresado. Si ser cristianos es imitar a Cristo, como decía Tomás de Kempis, todos los cristianos están llamados a ser mansos, humildes, amables, pacíficos y serviciales.

Es incontrovertible que una propuesta tan maravillosa es la antítesis de la violencia. Jesucristo, Amor encarnado, vino al mundo a dar amor, a enseñar amor, y dejó en su Iglesia su semilla de amor. La guerra, y todas las formas de conducta violenta, son en esencia anticristianas.

En consecuencia, procede de manera claramente maligna el que utiliza al Cristianismo para tratar de darle respetabilidad o credibilidad a cualquier tipo de empresa bélica o de conducta agresiva. Una religión es tan encaminada a hacer del hombre algo noble y amoroso no puede ser nunca asociada con algo que no sea sublime.   

Ahora bien, en el mundo de la política, la guerra y el crimen (que son en realidad la misma cosa, con gradación distinta) es frecuentemente usado el recurso de maquillar lo deleznable. La mentira, vista como “estrategia” tanto por militares como por dirigentes políticos a lo largo de la Historia, pone a disposición de las peores acciones los mejores ideales.

En el caso de Occidente, y especialmente en Europa, los malévolos han usado al Cristianismo de manera horrible, como tapadera de los proyectos más abominables. No hay que ser teólogo para notar lo pecaminoso que hay en eso: cuando uno invoca a Cristo para atacar al prójimo, está atacando a Cristo en primer lugar.  

El Cristianismo está hecho para traer alegría y esperanza. El Cristianismo es pacífico. El Cristianismo está volcado al servicio del prójimo. Y efectivamente, el Señor bendice y recompensa a quienes tratan de asemejarse a Él. En cambio, aborrece a los que usan Su nombre para camuflar intrigas, proyectos militaristas o colonialistas, guerras civiles o conflictos mundiales.

Claro, muchos gobernantes y guerreros se llaman asimismo “cristianos” cuando en realidad ofenden a Cristo con su conducta. Pobres. No saben que con ello se condenan.  

Evidentemente, una cosa es el Cristianismo, la religión basada en la vida, el ejemplo y las enseñanzas de Jesús (amor al prójimo y pacifismo, misericordia y caridad, englobados en la certeza de que el Reino de los Cielos y la vida eterna sí son posibles para el que se abre al Amor), y otra cosa la barbarie humana, motivada por el afán de lucro, el afán de poder y el afán de dominio.


Derribando calumnias

Un análisis detallado, concienzudo y profundo de cómo se dieron esos hechos de violencia de los que muchos incautos suelen culpar al Cristianismo (una religión que, por el contrario, se basa esencialmente la promoción de la paz, el amor al prójimo y la concordia) nos muestra cómo los malvados han intentado, a lo largo de la Historia, ocultar su fealdad bajo la máscara de la religión más amable del mundo. Debemos ser sumamente prudentes para no caer en esa trampa. No podemos, como pretenden los hampones, confundir la religión con la política.

También debemos ser sumamente cautelosos a la hora de recibir y metabolizar la “información” que muchos divulgan, la mayoría de las veces por ignorancia, pues muchas veces dicha “información” no es sino calumnia.

Enunciaré a continuación algunas de las principales calumnias con las que se ha intentado mancillar la Iglesia (obviamente sin éxito, dada la enorme cantidad de evidencias que las desmienten):

1. El carácter “misionero” del Cristianismo ha sido causa de invasiones y hechos bélicos.

Falso. Jesús no dijo nunca: “Vayan y hagan la guerra”, sino “Vayan y anuncien el Evangelio”. Su vida entera fue un acto de amor. Su personalidad, ejemplo de honradez e integridad sobrehumanas. Su modo de actuar, una clara muestra de sensibilidad y mansedumbre.

A diferencia de otras religiones, que sí contemplan la “guerra santa” como una categoría conceptual, el Cristianismo no concede el apelativo de “santa” a ninguna guerra.

Incluso dentro de la vertiente tomista del pensamiento cristiano, una guerra puede, hipotéticamente, ser considerada justa, pero jamás será bella, ni santa.

El anuncio del Evangelio debe ser, como consta en los propios Evangelios y en todos los libros del Nuevo Testamento, y como se ha señalado en numerosos documentos eclesiales (encíclicas, exhortaciones apostólicas, cartas pastorales, etcétera), un acto amoroso, caritativo y libre. El cariño y la violencia son mutuamente excluyentes.

2. Cuando se hizo la religión oficial del Imperio Romano, la Iglesia pasó de un estatus de “perseguida” a un estatus de “perseguidora”.

Nada de eso. La afirmación es gustadora y pegajosa, pero falsa. La brutalidad con la que los cristianos fueron durante los reinados de Nerón, Domiciano, Trajano, Marco Aurelio, Septimio Severo, Maximino, Decio, Valeriano, Diocleciano y Juliano, afortunadamente no se volvió a repetir mientras duró el Imperio.

El mandato cristiano de ver a Dios en cada prójimo, y la ética cristiana basada en la tolerancia, la mansedumbre y el servicio, evitaron que, una vez establecido el Cristianismo como religión oficial, se diera una carnicería con los paganos.

El paganismo ya mostraba signos de debilitamiento desde los tiempos del emperador Claudio, quien bastante preocupado por lo que veía como un olvido creciente de la tradición romana trató de inyectarle fuerza. La belleza intrínseca del Evangelio, la universalidad del mensaje de Jesús, la formidable tarea de los primeros apóstoles y predicadores cristianos, el empuje teórico dado por los padres de la Iglesia, y la labor de numerosos apologistas, ya se encargaron de ganar en el terreno de las ideas muchos adeptos y simpatizantes para la causa de Cristo. Y, de manera irónica, cada intento imperial de acabar con el Cristianismo no hizo sino fortalecerlo. La ferocidad de los suplicios infligidos a los mártires cristianos, aunada a la actitud mansa, resignada y humilde de estos últimos, promovió un cambio de opinión en el pueblo romano. Millares de conversos abandonaron el paganismo por el simple hecho de notar cómo los cristianos respondían con cánticos y plegarias a las espantosas torturas de sus verdugos.

3. El Cristianismo provocó una época de Oscurantismo.

Frase acuñada por algunos autores de los siglos XVIII y XIX, que eran muy dados a las afirmaciones explosivas y, en cambio, muy poco dados a la rigurosidad de la investigación documental e histórica.

Lo que hoy en día sabemos es que el Cristianismo fue un motor de progreso científico y cultural. Casi todos los grandes intelectuales de esta época fueron, en efecto, frailes o sacerdotes o seglares patrocinados por el clero. Las escuelas catedralicias y monásticas, que fueron un hervidero de ideas, sirvieron para el intercambio de cosmovisiones aparentemente antagónicas pero en realidad complementarias: Avicena, Averroes, Maimónides, Aristóteles, Platón, Plotino y Cicerón se abordaron con seriedad y profundidad. El resultado de ese sincretismo fue justamente la filosofía Escolástica, una interesante mezcla de lo mejor de las tradiciones filosóficas hebrea, griega, latina, cristiana y árabe. Son de esa época titanes como Pedro Lombardo, San Anselmo de Canterbury, Hugo de San Víctor, Bernardo Silvestre, Thierry de Chartres, San Bernardo de Claraval, Pedro Abelardo, San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino y el beato John Duns Scott.

Además, de no ser por la paciente labor de miles de monjes traductores y copistas, a lo largo de toda la Edad Media, casi toda la cultura grecolatina se habría perdido. Destacaron especialmente los benedictinos en tan loable tarea Las mejores bibliotecas fueron las de las abadías benedictinas, y aún hoy, se redescubren cada cierto tiempo en ellas textos de la Antigüedad que se creían perdidos.

Los árabes salvaron a Aristóteles, pero no hicieron lo mismo con autores que les parecieron demasiado “infieles”. Los copistas cristianos, mucho más abiertos, rescataron del olvido todo lo que encontraron a su paso. La poesía y la narrativa antiguas tuvieron así su segunda oportunidad en Occidente.

Hubo muchos sacerdotes y frailes del Medioevo que trabajaron verdaderos científicos. Fueron por lo general versados en astronomía, geometría, zoología, botánica y química. Ellos prepararon con sus trabajos la gran revolución científica de la Modernidad.

De otro lado, ya en el siglo XX muchos historiadores echaron por tierra la falsa hipótesis de que la Edad Media fue una época “oscura”. Al contrario, sin Edad Media no hubiera podido haber Renacimiento, y mucho menos Modernidad. Sin el enorme empuje científico dado por Roger Bacon y su método inductivo, sin la actividad literaria de maestros como Dante Alighieri o Guido Cavalcanti, sin las investigaciones químicas de sujetos como Gerberto de Aurillac (más adelante Papa Silvestre II), Abelardo de Bath, San Alberto Magno, Nicolás Flamel o el propio Roger Bacon, sin la pintura de Pietro Cavallini y Cenni di Pepo, y sin los colegios y universidades fundados a granel durante la Edad Media, muy poco de lo que nos deslumbra de la cultura renacentista habría sido posible.

4. El Cristianismo es el culpable directo de las Cruzadas.

Cuidado. Hay que hilar fino. El buen historiador no se queda con las apariencias. Esa frase es una soberana falsedad. 

Sí, es cierto que el móvil aparente y nominal era “religioso”, pero ahí fue prostituido lo sagrado en aras de lo político, lo militar y lo económico. Ustedes saben de qué les hablo, porque han visto incluso hoy en día cómo se pretende utilizar la religión para hacer lo menos religioso del mundo, que es precisamente el aniquilar al prójimo

Las Cruzadas fueron, en realidad, una política imperialista disfrazada de piedad. Los turcos selyúcidas habían conquistado territorios del Imperio Bizantino, incluyendo la ciudad de Nicea (¡a tan sólo 100 kilómetros de Bizancio!). El emperador Alejo I solicitó ayuda a Occidente, y junto a otros nobles supo enmascarar sus deseos de expansión (y sus propios miedos, dado el poderío militar de los turcos) en una pretendida religiosidad.

Las Cruzadas también obedecieron al afán de los comerciantes y de la burguesía europea en ascenso, que veían con preocupación cómo los musulmanes entorpecían el comercio con el lejano Oriente. También se presentaron, a los ojos de muchos pequeños terratenientes, como una aparente “oportunidad” para ganar “fama y gloria”, una especie de ascenso social en la jerarquía feudal. Finalmente, muchos cruzados también esperaban multiplicar sus riquezas a costa del saqueo de las ciudades que iban a conquistar.

Otro factor, no muy mencionado en los textos de Historia, es que muchos vasallos veían en las Cruzadas la excusa perfecta para librarse de la opresión de sus señores feudales.  

Dicho de otro modo, el nombre “Cruzadas” es bastante incorrecto. De Cristo y de Cristianismo no tenían nada.

5. El Cristianismo aniquiló a los pueblos amerindios.

Qué gran falsedad. Los pueblos originarios de América perecieron a causa de la brutalidad de los conquistadores, de los trabajos forzados a los que eran sometidos, de las enfermedades nuevas que los diezmaron.

Fueron la espada y el arcabuz, y no el Evangelio, los que causaron la hecatombe. Fue la codicia europea, personificada en Fernando de Aragón, que se hacía llamar “el católico” cuando en realidad se opuso a que el Papa vigilara sus incursiones, y que nombró, con todo y la oposición directa del Pontífice, obispos en América a unos favoritos suyos ¡que ni siquiera eran sacerdotes!

Suena imposible, pero es verdad: los primeros “evangelizadores” que llegaron a América eran una partida de truhanes sin los más mínimos conocimientos en Teología. Cuando por fin se embarcaron hacia América los primeros teólogos y sacerdotes legítimos, encontraron todo tipo de obstrucciones y hostilidades de parte de esos mismos conquistadores que habían hecho fortuna reduciendo a los indígenas a esclavitud y poniéndolos a trabajar en sus haciendas.

La bondad del Cristianismo y la maldad de la Conquista se enfrentaron en todos y cada uno de los terrenos que España y Portugal iban conquistando en América. Dondequiera que un fraile trataba de educar, un conquistador lo amenazaba. Siempre que un misionero denunciaba abusos cometidos por los conquistadores ante la Corona y la opinión pública europea, los conquistadores (devenidos ahora en poderosos terratenientes) se daban las mañas para hacerlo desaparecer, o por lo menos, destituir. Muchos de los que denunciaron el genocidio amerindio, como fray Bartolomé de las Casas, fueron perseguidos y humillados por sus propios compatriotas. Muchos fueron repatriados a las malas.

Los únicos que se empeñaron en defender a los pueblos originarios de América fueron los religiosos. Denunciaron abusos, se enfrentaron a riesgo de sus vidas con los conquistadores y colonos (que con frecuencia eran sujetos sádicos y egoístas, e irrespetuosos con las creencias y la raza misma de los amerindios), y trataron de rescatar lo que pudieron de la producción cultural de los indígenas.

Que la “evangelización” fue brutal es un hecho. Pero eso, a la luz de lo que se conoce (quiénes fueron los supuestos “evangelizadores”, qué intenciones tenían en realidad, y cómo trataron a los auténticos hombres y mujeres de Dios en el Nuevo Continente), lejos de manchar la gloria del Cristianismo, nos hace preguntarnos: ¿Qué hubiera pasado si se hubiera hecho una evangelización de verdad, para gloria de Dios y para felicidad de todos? Por eso San Juan Pablo II hablaba con vehemencia de la necesidad de una Nueva Evangelización. Una evangelización genuina, auténticamente cristiana.

El genocidio de los pueblos originarios de América pudo haberse evitado, en realidad, de haber sido más cristiana la conducta de los europeos que conquistaron y colonizaron al Nuevo Continente. Fue justamente la ausencia de Cristianismo la causa de tantas desdichas.
 
6. El Cristianismo ha provocado la muerte (biológica o social) de algunos científicos, filósofos y escritores.

¿El Cristianismo? ¡En modo alguno! ¿Los malos cristianos? Sí. Esos sí que causan dolores de cabeza.

La diferencia entre un buen cristiano y un mal cristiano no está en manifestaciones externas de piedad o culto, sino en el grado de amor con el que logra ver a los demás. El buen cristiano ama hasta a sus enemigos, tal como enseñó Jesucristo. El mal cristiano es en realidad un anticristiano. Niega al amor, y al hacerlo niega a Cristo. No tiene misericordia, y al hacerlo se olvida de la principal enseñanza de Cristo.

Esos malos cristianos, o anticristianos, fueron los que usaron instituciones como la Congregación de la Inquisición (llamada luego Tribunal del Santo Oficio, y en la actualidad Congregación para la Doctrina de la Fe) como escenarios para descargar su vesania.

La Inquisición fue creada para educar y corregir de manera argumentada y razonable, por la vía de la predicación inteligente (apelando a la razón y jamás a la fuerza), pero esos anticristianos la pervirtieron, convirtiéndola en una horrenda máquina de intimidación, control social y cinismo.

Y si a esa maldad anticristiana le añadimos una buena dosis de ignorancia y fanatismo, tendremos como resultado ese montón de borricos que, del lado del catolicismo, hicieron retractarse al gran Galileo Galilei, o, del lado del protestantismo, decretaron la muerte de Miguel Servet. Pero hay que entender que esos asnos ni siquiera representan al Cristianismo.

Si un músico interpreta mal a Mozart, uno no puede ser tan cándido de criticar a Mozart. El error no está en la música de Mozart, sino en la torpeza del intérprete.

7. Otra calumnia, aunque cada vez menos frecuente (en la medida en que ya se conoce toda la documentación archivada en el Vaticano), es que el papa Pío XII se hizo el de la vista gorda ante el problema judío, en esos difíciles años transcurridos de 1933 a 1945.

No es de extrañar que hayan surgido todo tipo de leyendas negras contra el Papado en el siglo en el que dicha institución empezó a gozar de una marcada popularidad, y no sólo entre los cristianos de distintas denominaciones, sino también entre adscritos a otras religiones y la opinión pública general.

La verdad es que, como el mismo Fernando Vallejo reconoce, el siglo XX vio Papas de cualidades extraordinarias. Vallejo, con su prosa venenosa, los llama Papas "santurrones". En su torpe expresión, acaso este trastornado enemigo de la Iglesia trata a su modo de resaltar las elevadas virtudes de dichos Pontífices, entre los cuales hay tres santos (San Pío X, San Juan XXIII y San Juan Pablo II) y un beato (Pablo VI).

El Papa Pablo VI desclasificó todos los documentos (en total suman 11 volúmenes) relacionados con el genocidio judío en 1963. Y lo que se encontró, lejos de inculpar al Papa Pío XII, lo deja muy bien parado ante la Historia. 

Según los historiadores judíos Joseph Lichten y Richard Breitman, dedicados a denunciar el antisemitismo en todo el orbe, sobrevivieron al Holocausto 4500 judíos escondidos en el Vaticano, y 40 niños judíos nacieron allí (se dice que varios lo hicieron, literalmente, en la cama del Papa). Y gracias a su habilidad diplomática, que incluyó la expedición de pasaportes y nuevos documentos de identidad, el Papa Pío XII salvó 800.000 judíos de la muerte.

Cuando era apenas el cardenal Eugenio Pacelli, el futuro Pío XII contribuyó a preparar la encíclica Mit brennender Sorge (1937), en la que el Papa Pío XI condenó el nazismo. La encíclica, obviamente, fue prohibida por el gobierno nazi en Alemania, pero logró ser introducida de modo clandestino y leída a los fieles en las iglesias católicas. En dicha encíclica se señalan la malevolencia del régimen de Hitler, los peligros de la ideología nacionalsocialista y la diabólica pretensión nazi de lanzarse a una "guerra de exterminación".

Ya siendo Pío XII, Pacelli leyó al mundo numerosos discursos instando a evitar la guerra, de la que no fue nunca partidario. El New York Times, un diario de orientación para nada católica,  en su editorial de Navidad de 1941 elogió al Papa Pío XII por "ponerse plenamente contra el hitlerismo" y por "no dejar duda de que los objetivos de los nazis son irreconciliables con su propio concepto de la paz cristiana". En su mensaje de Navidad de1942, Pío XII habló expresamente contra aquellos que "por la única razón de la nacionalidad o raza persiguen y condenan a muerte o a la esclavitud progresiva" y repitió esta denuncia en un duro discurso el 2 de junio de 1943. En aquel período, nadie denunció los crímenes alemanes contra los judíos (sólo hasta finales de 1943 se pronunció una declaración conjunta de los aliados en la que se denunciaban los abusos alemanes, pero todavía no se hablaba de genocidio judío). En septiembre de 1943, Pío XII ofreció bienes del Vaticano como rescate de judíos apresados por los nazis. Cuando las SS exigieron a las comunidades judías de Roma que les entregaran 50 kilos de oro, Pío XII dio inmediatamente orden a sus oficinas para que hicieran lo necesario para conseguir esa cantidad. Y hasta el cese de la matanza en 1945, la discreción de Pío XII permitió que los judíos tuvieran en Italia una tasa de supervivencia mucho más alta que la de otros países ocupados por los nazis.

El Papa Pío XII impartió a todas las iglesias, conventos, parroquias, santuarios y seminarios católicos la orden de proteger a todos los judíos, dándoles asilo, refugio, documentos falsos y todos los recursos disponibles para evitar las deportaciones a los Campos de Exterminio.

Israel Zolli, gran rabino de Roma, se convirtió al Cristianismo después de la Segunda Guerra, tomando el nombre de pila del Papa: Eugenio. Y todo tipo de organizaciones y personalidades judías reconocieron varias veces oficialmente la gestión del Papa Pío XII.

Oficialmente fueron torturados y asesinados alrededor de 6000 sacerdotes, monjes y monjas por haber dado asilo a los perseguidos por el nacionalsocialismo.


En conclusión

El Cristianismo ha sido, es y será un aliado indiscutible de la paz mundial. Su comprensión de la paz sobrepasa las constreñidas visiones militares o políticas (que se quedan en la tregua, la negociación o el armisticio), precisamente porque aspira a concretar la doctrina de Jesucristo en el mundo.

Es evidente que se han cometido muchas barbaridades en nombre del Cristianismo, pero los bárbaros sólo han actuado como lobos disfrazados con piel de oveja. Nada más infructuoso que tratar de adornar lo que es a todas luces criminal, como la guerra.

Nada más afín al Cristianismo que el amor. Nada más contrario al Cristianismo que los hechos de violencia. Quien pretende escudarse en el Cristianismo para atacar al prójimo, se pone inevitablemente en contra de Cristo.

Recordemos que Jesús es el modelo perfecto. Si aprendiéramos a seguirlo, y a vivir su propuesta de caridad, pacifismo, humildad y mansedumbre, sería radicalmente distinta la realidad planetaria.

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)

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 Médico y cirujano, Pontificia Universidad Javeriana
 Especialista en Psiquiatría, Pontificia Universidad Javeriana
 Neuropsicólogo, Universidad de Valparaíso
 Neuropsiquiatra, Universidad Católica de Chile
 Filósofo, Universidad Santo Tomás de Aquino
 Diplomado en Educación Virtual, Universidad Konrad Lorenz
 Diplomado en Docencia Universitaria, Universidad del Quindío
 Director Departamento de Psiquiatría, Universidad del Quindío

1 comentario:

Anónimo dijo...

Excelente. Gracias por ese análisis tan profundo.