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domingo, 24 de julio de 2016

CONTRACULTURA EN LA CULTURA LIGHT, por David Alberto Campos Vargas



CONTRACULTURA EN LA CULTURA LIGHT
La Contracultura del siglo XXI

David Alberto Campos Vargas*

La neoposmodernidad y la globalización se imponen, de manera inexorable. Esa realidad no es necesariamente algo peligroso o trágico, como pretenden hacer creer algunos fanáticos de los totalitarismos del siglo XX, ingenuos que se resisten a creer que las utopías totalitarias (socialismo, nacionalsocialismo, comunismo y fascismo: cuatro venenos sociales de ropaje distinto pero pretensión idéntica: la supremacía de un Estado omnívoro que aniquila las individualidades y los derechos humanos) ya no son viables en una Humanidad que no quiere más hechos de sangre. Pero tampoco es algo necesariamente justo o bueno, como pretenden hacer creer los posneoliberales carentes de escrúpulos, que reducen el ser humano a simple agente de mercado. Es una realidad que nos exige, de manera imperiosa, filosofar.

Si no filosofamos todos (y cuando hablo de todos no sólo hablo de estudiantes, intelectuales o académicos, sino de toda la población) caeremos en la zona más oscura y siniestra de esa realidad neoposmoderna y globalizada que ya estamos viviendo. Una zona espantosa, de frivolidad pura y superficialidad extrema, que en este ensayo expondré con el nombre de cultura light.

Insisto en que no todos los constructos de la neoposmodernidad y la globalización son desechables; de hecho, la mayoría son valiosísimos para la Humanidad. Por ejemplo: hoy por hoy hay menos incautos dispuestos a asesinar o ser asesinados por nacionalismos estúpidos, menos pánfilos dispuestos a tragarse las mentiras de los políticos, o menos trastornados dispuestos a aniquilar personas de orientación sexual diferente.

Pero también hay peligros en esa neoposmodernidad globalizada. Superficialidad, materialismo, consumismo, narcisismo y estulticia pueden apoderarse del mundo, si le damos la espalda a la Filosofía y nos quedamos cruzados de brazos, asistiendo pasivamente al triunfo de la cultura light.

Por eso hoy, más que nunca, estamos llamados a ser filósofos y a hacer Filosofía. O nos lanzamos con audacia a hacerlo, o asistiremos a un verdadero colapso cultural.


¿Qué es la cultura light?

Es una cultura de masas hecha sin consideración a las mismas. Una cultura que contribuye a la inercia intelectual de una enorme cantidad de gente.

Todo en ella es tonto y banal, de una ligereza irritante. Y, por eso mismo, se expande con gran facilidad: no pasa por el filtro de la razón o del sentido común. Simplemente llega y se instala.

Me gusta llamarla light, y no ligera, porque en ella hay un indiscutible sabor anglosajón. Sabor a imbecilidad estadounidense, por creer que se es mejor persona por el hecho de comprar y consumir atolondradamente (es decir, de contribuir a la catástrofe ecológica planetaria) o por usar ropa y accesorios de ciertas marcas; imbecilidad también consistente en no hacer más que ver pornografía o canales de entretenimiento burdo y simplón. Sabor a mezquindad inglesa, a egoísmo y materialismo rampantes, por creer que se es mejor persona si se tiene una extensa historia crediticia, un enorme poderío mercantil, o varias cuentas bancarias con dinero muchas veces maldito (producto de la explotación del prójimo).

Debido a esa cultura light, la Humanidad casi se ha olvidado de la buena literatura y sólo consume (consume, no lee, ni mucho menos reflexiona sobre) libros de pacotilla, muchos de ellos destinados a convertirse en “éxitos de taquilla”, por lo mismo que la gente va a cine a ver bestsellers adaptados, o peor aún, refritos pésimos de películas y series que ya eran suficientemente malas cuando se lanzaron.

Por culpa de esa cultura light, actuar y hablar como tarados casi se ha puesto de moda. Y lo que es más grave, sujetos patéticos, a cuál más trastornado, salidos de cualquier reality show, son considerados líderes de opinión indiscutibles.

Lo que a esa cultura light le importa es justamente lo menos importante del mundo: chismes de farándula, opiniones de modelos y actores, estadísticas intrascendentes de alguna “diva” de la pantalla chica o de alguna “estrella” de música pop. 

Cultura light es, en ese orden de ideas, cultura de cotilleo. Por supuesto, una cultura barata. Pero cultura al fin de cuentas. Y como no me canso de repetir, bastante angustiado ante tan infausto panorama: cultura con gran facilidad de expansión. Cultura floja, hecha por y para gente fatua, con un insólito y peligroso potencial hegemónico.

¿Qué pasaría si esta cultura light termina afianzándose como cultura dominante? Definitivamente, las labores intelectuales y científicas quedarían completamente al margen. Las librerías terminarían siendo vitrinas de libros “escritos” (muchas veces dictados, para hacer honor a la verdad) por megalómanos y gurúes de feria, o peor, por ex reinas de belleza que fueron amantes de traquetos. El arte será simple arte pop, y ya no con originales aunque estúpidas latas de sopa. La música será un infierno de covers y mixes de temas comerciales, de aire cursi y letra insulsa, o de mensajes sexistas “bailables”, o en su defecto, una orgía electrónica hecha para gente descerebrada por acción de metanfetaminas. Y tendríamos que padecer, todos los días y a toda hora, entrevistas a “personajes” de revistas de cotilleo.

¿Qué más sucedería, si permitimos de manera acrítica y sumisa que la cultura light se imponga? Asistiríamos a un nuevo tipo de totalitarismo. Un totalitarismo sutil y pernicioso, en el que cada quien se sentiría dueño de su destino pero en realidad sería esclavo del mercado y la propaganda. Un totalitarismo del entretenimiento, del culto a la estupidez.

Si no hacemos filosofía y consolidamos una contracultura a tiempo, veremos un retroceso planetario en el que la superficialidad, el materialismo, el consumismo, los trastornos de personalidad y las relaciones interpersonales  enfermizas serán hegemónicos.


¿Qué tipo de contracultura anteponer a la cultura light?

Contracultura es la valentía de irse contra los valores establecidos de una sociedad evidentemente enferma. En el siglo XXI esto implica un sacudirse de la idiocia generalizada que es promovida por la cultura light.

Hacer contracultura es, en estos tiempos, filosofar. Atreverse a pensar. Darse cuenta que toda esa parafernalia orquestada para mantener a las personas en un estado de semiinconsciencia permanente y pendientes de banalidades sólo sirve a los intereses de la industria del espectáculo. Percatarse de que no todo lo que se ofrece como arte, literatura, música o cine es de calidad, y tener el coraje de exigir productos culturales verdaderamente buenos. Ir un paso más allá, y entender que la realidad es algo muy distinto de lo que ofrecen los medios masivos de comunicación.

Si la cultura que actualmente apunta a ser dominante es la de la farándula, la de la primacía de la emoción sobre el pensamiento, la mejor contracultura es la del rescate de los valores primordiales, el raciocinio y la sensatez.

Contracultura a la cultura light implica un dejar de creer que el fin de la vida es algo tan burdo y estéril como dedicarse a hacer dinero y malgastarlo. Implica resistirse a ver bazofias en el cine o la televisión. Implica escoger mejor en qué se utiliza el tiempo de ocio.

La contracultura del siglo XXI consiste en salir del ensueño colectivo y atreverse a más. Leer a los clásicos y a los verdaderos maestros. Preferir las buenas producciones a la cantidad de basura que suele llenar las salas de cine. Optar por la buena música, esa que casi nunca se anuncia masivamente, y dejar a un lado otras propuestas netamente comerciales. Dejar de creer que la realización de la existencia es verse como un modelo o un actor de teleserie. Salir del círculo vicioso en el que los comerciantes y publicistas tratan de meternos. Valorar lo que pertenece al espíritu, lo que no se compra, lo que jamás podrá ser mancillado por el afán mercantilista. Entender que el uso de la razón no es exclusivo de los académicos, y lanzarse a hacer lo más hermoso que hacen los seres humanos: pensar filosóficamente.  

Si la cultura light nos propone idiotizarnos frente a una pantalla, su contracultura radica justamente en elevarnos a través de las lecturas edificantes, el cultivo de la vida interior y el gusto por la actividad deportiva saludable. Si la cultura light trata de meternos la idea de que debemos lucir como supermodelos y ostentar como mafiosos, su contracultura consiste en reconocer que la única belleza que dura es la belleza del alma.

¿Vale la pena ir en contra de algo que parece tan poderoso, casi invencible? Por supuesto. Hay motivos éticos suficientes. Como psiquiatra veo cada año cientos de jóvenes ponerse al borde de la muerte sólo por lucir como tal o cual actriz, cayendo en trastornos de la conducta alimentaria. También veo cientos de personas alteradas por no haber alcanzado un supuesto “éxito” que la cultura light promueve: tener un auto de lujo, ser directivo de una multinacional o darse una vida pecaminosa e irresponsable en la que no hay cabida para el amor, sino para el narcisismo. Personas que ni siquiera se han dado cuenta de las maravillosas vidas que llevan, de las hermosas familias que tienen o de lo sanas que son, y que sufren por no tener una mansión. También veo cómo a un montón de niños y jóvenes les hacen matoneo en el colegio y la universidad, sólo porque hay ciertos cretinos que se creen árbitros de la moda y critican a sus compañeros de clase por no tener encima un trapo con determinado logo estampado. Y también veo gente talentosa que piensa en el suicidio sólo porque no ha logrado ser estrella de cine o no ha salido en ninguna ridícula revista de variedades. Y a personas trabajadoras sentirse menospreciadas por gente esnob y vacía. Y a esa misma gente esnob y vacía la atiendo porque, a pesar de todas las joyas, clubes, fiestas costosas y otras múltiples tonterías, cada cierto tiempo tienen ráfagas de lucidez y se dan cuenta que no han hecho nada en la vida.

Como profesor me percato a diario de todo el tiempo que pierden los estudiantes, chismorreando en redes sociales y visitando sitios web nada educativos. Tomo nota de cómo se deteriora su inteligencia, en la medida en que se acostumbran a leer poco y mal, y a escribir como trogloditas. Capto su confusión, a veces su desesperación franca, porque no van por lo que realmente quieren sino que asumen lo que la maldita cultura light les impone: hacerse selfies estirando la boca o sacando la lengua, haciendo miradas que pretenden ser “sensuales” o “interesantes” y en realidad revelan una enorme inseguridad, mostrando que son cada día más anoréxicos y andróginos…y luego pasarse una tarde entera esperando (muchas veces mendigando) que otras personas opinen cuán “guapos” están.

Y todo lector podrá añadir otro tipo de vivencias, a propósito de cuán urgente es una contracultura del pensamiento para contrarrestar los efectos nocivos de la cultura light en las distintas sociedades.

O empezamos una resistencia firme, o nos devorará ese espíritu de mediocridad y vanidades que ya tiene a medio mundo convertido en glamoroso estiércol.


¿Cómo hacer contracultura?

Podemos hacer mucho para resistir con eficiencia a esa cultura light que pretende convertirnos en juguetes del marketing:

1. Frente a la estulticia, filosofía. El primer paso es ponernos a pensar. Salir de la ignorancia y la pereza intelectual a las que la cultura light nos empuja. Usar la inteligencia, el juicio crítico y el raciocinio, y empezar a filosofar.

Todos los seres humanos del siglo XXI estamos llamados a pensar, a hacer filosofía. No podemos escudarnos en posturas conformistas y conducentes al fracaso, como la de hacernos los desentendidos. No podemos darnos el lujo de delegar la reflexión filosófica: esa escisión de la población entre “intelectuales” y “gente común” fue la que produjo, justamente, una cultura de masas basada en el chisme, la futilidad y la intrascendencia. Y la que nos tiene, como especie, al borde del colapso.

2. Frente al consumismo, conciencia ecológica. La Tierra agoniza, por ese comportamiento de plaga que exhibimos desde la revolución Industrial, y que se ha intensificado desde 1960. O dejamos de contaminar, o nos abocamos a la autodestrucción. O dejamos de comprar y consumir como autómatas compulsivos, o nos extinguimos (llevándonos de paso a casi todas las demás especies del planeta).

3. Frente a la frivolidad, trascendencia. Evitemos las conversaciones tontas. En vez de opinar sobre la cartera o el videojuego que compró tal o cual persona, volvamos a las preguntas fundantes de la Filosofía. Propongámonos conocer nuestro universo. Preguntémonos por nuestros orígenes, por nuestra historia y por nuestras aspiraciones. Recordemos que estamos llamados a hacer mucho más que vivir la vida simplona y mutilada que la cultura light propone.

4. Frente a la crisis de identidad, personalidad madura. Trabajemos en nuestro psiquismo. Crezcamos. ¿De qué sirve ser unos niñitos de pelo blanco, como esos que abundan en el mundo?

Aprendamos a mirar hacia adentro. El ruido y la alharaca de la mediocre cultura light nos quiere hacer creer que la existencia se reduce a comer y reproducirse. Eso es una bobada, créanme. Como científico, puedo asegurarles que eso también lo hacen las amibas. El necesario insight requiere de un profundo autoconocimiento, un constante cultivo de la vida religiosa, una permanente introspección. Busquemos observarnos de manera reflexiva, y aprender de nosotros mismos.

5. Frente a la oferta de literatura chatarra, exijamos literatura de calidad. No es que ya no queden buenas plumas, como piensan algunos nihilistas. Abundan los buenos escritores. Están ahí, esperando ser descubiertos. Pero tenemos que buscar. Si nos quedamos sólo con la basura que se vende más fácil, estaremos sentenciados a leer pendejadas. Pero si dejamos de comprar libros de pacotilla y empezamos a solicitar (a los libreros, a los tenderos, a los dueños de supermercados, a los propios editores) textos con un mínimo de altura intelectual, estaremos revirtiendo la creciente tendencia a editar e imprimir idioteces, y empezaremos a encontrar mejores libros en todas partes.

Lo anterior implica, por supuesto, tener un buen bagaje cultural. Sólo el buen lector aprende a diferenciar un bodrio de un buen libro. Leamos, entonces, con todo el entusiasmo.

6. Frente al periodismo sensacionalista, opongamos una postura crítica. A diario nos atropella un montón de diarios amarillistas, en cada esquina. Brillan por su ausencia, en cambio, las revistas cultas. Y no miento al afirmar que por cada revista de literatura o divulgación científica hay al menos diez de farándula. El mismo periodismo que posa de “serio” e “informativo” es muchas veces de lo más sesgado, y de manera descarada sirve a intereses de las élites políticas y económicas intentando inculcarnos ciertas cosmovisiones y conductas.

Empecemos por dejar de comprar periodismo de cloaca. Es de por sí un escándalo que se talen árboles y se malgaste papel imprimiendo tanto adefesio. Qué tristeza que muchos periódicos apenas sirvan para los excrementos de nuestras mascotas. ¡Y qué decir del periodismo radial o televisivo! Cualquier persona con dos dedos de frente reconocería cuánto tiempo se pierde en semejantes bestialidades. A tanto conocimiento inútil, a tantas noticias irrelevantes y a tantas producciones mediocres opongamos una contracultura inteligente. Apaguemos ese aparato, y busquemos algo realmente valioso para nuestra mente. Dejemos de lado ese pasquín o esa revista mediocres, y busquemos una lectura sublime.

7. Frente a la promiscuidad, rescatemos la autonomía. La cultura light se solaza en la sexualidad también light: sin amor y sin compromiso, casual y esporádica, mediada por la premura. Salgamos de ese pantano en el que nos metió la decadencia de Occidente. Hagamos respetar nuestra dignidad.

No se trata de volver a la hipócrita mojigatería del siglo XIX, sino de salir de la patológica promiscuidad del siglo XX, empeorada por el sexo light. Podemos hacer un uso libre de nuestros cuerpos y de nuestra sexualidad, por supuesto. Pero con quien valga la pena, en situaciones que valgan la pena, y sin el riesgo de hacernos daño o hacerle daño al prójimo. Sin infecciones, sin manipulaciones, sin la posibilidad de salir con el corazón hecho añicos.

8.  Frente a la superficialidad, profundidad. La cultura light es, en esencia, superficial. Por eso su énfasis en lo visual y mediático. La mejor forma de abrir una brecha en ella es alejarse de sus espejismos.

Cuando internet bombardee nuestros sentidos con trivialidades (dónde fue la boda de tales actores, cuál es el color favorito de tal modelo, dónde hace ejercicio tal presentadora de televisión, quién corteja a quién en determinada reunión, etcétera), estamos a un clic de escapar de la estupidez. Abramos otra página, busquemos algo de buena poesía, un portal de Historia, un blog de arte, cualquier cosa que sea en realidad importante para nuestras vidas.

Hay bastante bestia suelto por ahí, ansioso por hacernos saber si perencejo se lleva bien con su entrenador, o si menganita se hará una nueva cirugía. No podemos regalar nuestro valiosísimo tiempo. Alejémonos de tanta estulticia.

Dejemos de fijarnos en las apariencias. Recordemos al buen Platón, que la tenía bien clara. Si nos engolosinamos con las apariencias nos volvemos unos superfluos. Si tenemos dinero para vivir de esas apariencias, nos convertimos en unos seres horribles: superfluos engreídos. Y si no lo tenemos, nos convertimos en seres dignos de lástima: superfluos resentidos. Fíjense: no hay victoria alguna en ser superfluos. Por el contrario, si vamos más allá de lo evidente y atrapamos lo esencial, encontramos una dicha sin límites. Una felicidad completa, que no puede arrebatarnos nadie.

Lo profundo es un deleite. ¡Cuánto bien hace una persona profunda, una reflexión profunda, una conversación profunda!

9. Frente a la indiferencia, solidaridad. La cultura light es tan siniestra que hace sufrir a muchas gerentes por no tener cintura de reina de belleza, pero les permite dormir tranquilas sabiendo que explotan a sus trabajadores.

A menudo he visto ejecutivos preocupados porque ganaron menos millones de dólares la semana pasada, mientras a unos metros de sus elegantes empresas un hospital está a punto de cerrarse. O muchachitas angustiadas porque no alcanzaron a comprar el último celular el día anterior, cuando en el mismo salón de clase hay una o varias compañeras que no han desayunado.

Lo banal de la cultura light nos pone en riesgo de perder el foco. Si le hacemos caso, empezamos a preocuparnos más por las arrugas en los párpados que por las muertes causadas por el terrorismo. Empezamos a pensar más en darle gusto a nuestra vanidad que en ayudar a los demás. Y, hasta donde sé, no hay camino más directo al Infierno.

10. Frente al utilitarismo, amor. La cultura light nos enseña que lo que vale es lo que se toca, o peor, lo que se compra. Todo en ella es un negocio, incluyendo las relaciones interpersonales. El prójimo es un simple peón en un competitivo y enfermizo juego de ajedrez: algo que se usa y se desecha cuando deja de ser útil.

Con gente light nunca se puede establecer una amistad verdadera. Por su naturaleza engreída y egocéntrica, por su tendencia a lo superficial y aparente, por su trastorno narcisista de personalidad, y por lo mismo que tiende a juzgar a los demás por el dinero que tienen o por lo que físicamente se asemejen a ciertos estereotipos de belleza. La gente light no es de fiar.

Ahí es donde el amor entra en juego, como contracultura. Si escogemos nuestras amistades por las cualidades de su alma y no por tonterías como el color de su piel, la forma de su cuerpo o el grosor de su billetera, estaremos resistiendo (y derrotando) esa cultura light que hace tanto daño.

11. Frente al arte pop, arte total. Si la cultura light se esmera en presentarnos un supuesto “arte” digno de irse al excusado, estamos llamados a hacer y exigir un arte total, ambicioso en el mejor sentido de la palabra, con pretensión de significado profundo, con un sentido ético y estético.

No se trata de un arte grandilocuente, ni mucho menos de ese “arte” limitado y deformado por una ideología (como el mediocre arte soviético) que los regímenes totalitarios trataron de imponer en el siglo XX. Se trata, simplemente, de superar el hábito de muchos “artistas” contemporáneos que creen que tienen patente de corso para ir llamando “arte” a sus deyecciones.

Se deben acabar los imbéciles que se sienten “originales” torturando perros, colgándolos vivos para su falso “arte”. También los que pegan una tostada en un lienzo y pretenden pasar por sagaces. Y los cineastas que agreden al espectador con sus bizarras (y soporíferas) producciones. Y esos musiquillos de quinta, que bajo el leitmotiv bastante burdo de “perrea, mami, perrea” sólo buscan trillar un ritmo para que sus desprevenidas víctimas puedan menear el pandero.    


Filosofía y Contracultura: hacia una contracultura filosófica

Tenemos entonces esta situación: por un lado la cultura light con su estulticia, su consumismo, su frivolidad, su crisis de identidad, su literatura chatarra, su periodismo sensacionalista, su superficialidad, su promiscuidad, su materialismo, su indiferencia, su utilitarismo, su banalidad, su arte pop; en una palabra, su narcisismo patológico. Por el otro, la contracultura filosófica. Una propuesta lúcida y razonable, en la que prima el pensamiento y la esencia por sobre la estupidez y la apariencia, abanderando la conciencia ecológica, la trascendencia, la identidad madura, la literatura de calidad, el juicio crítico, la autonomía, la profundidad, la solidaridad, el amor, el arte total.

A estas alturas del milenio, necesitamos una contracultura que contrarreste la imbecilidad y la mezquindad de la cultura light. Y dicha contracultura, inevitablemente, debe hundir sus raíces en la Filosofía. ¿Por qué? Porque la Filosofía es la belleza de pensar. Lo más opuesto a lo light.

Se equivocan rotundamente quienes pregonan la muerte de la Filosofía. La humanidad necesita de la Filosofía hoy más que nunca.  

En resumen, a todos nos compete el hacer Filosofía. ¡Atrevámonos a pensar distinto! Sólo en la reflexión filosófica hallaremos esa contracultura de la que estamos tan sedientos.

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)

*
Médico y cirujano, Pontificia Universidad Javeriana
Especialista en Psiquiatría, Pontificia Universidad Javeriana
Neuropsicólogo, Universidad de Valparaíso
Neuropsiquiatra, Universidad Católica de Chile
Filósofo, Universidad Santo Tomás de Aquino
Diplomado en Docencia Universitaria, Universidad del Quindío
Director Departamento de Psiquiatría, Universidad del Quindío

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muchas gracias Doctor por sus reflexiones. Que Dios lo siga llenando de bendiciones.