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jueves, 9 de junio de 2016

EL INFIERNO DE BORGES, por David Alberto Campos Vargas

Despertó.

Se sentía fresco, desenvuelto y ligero: sutil como nunca.

Dio unos pasos, y notó que sus piernas no se arrastraban. Pensó que no sería preciso decir que se hallaba fuerte, porque la sensación de liviandad era incompatible con eso que solía denominar "fuerza".

Lo más interesante era que podía ver de nuevo. Pero no se trataba de esa visión simbólica (de largo alcance, mística, abarcadora) que había tenido en su vida anterior. No. Era una visión de verdad, biológica, humana. Los colores y los cuerpos se veían nítidos, claramente definidos...

Cuando vio la enorme biblioteca, sintió que todos los placeres de su vida confluían en ese punto.

En efecto, a lo largo de su existencia, así había imaginado al Cielo.

Corrió hacia ella.

Ahora que podía ver, ¡podría leer, entregarse para siempre a esa dicha sin nombre que sólo conocen los iniciados!

Casi trastabillando llegó al primer anaquel.

Tomó un libro al azar. Números. Sólo números. Números organizados de forma que no logró comprender. Millares de números 0 y 1, combinados de distintas maneras a lo largo del texto. Sin pensarlo dos veces, cerró ese libro y lo volvió a poner, delicadamente, en el sitio donde estaba. Tomó otro. ¡Qué sorpresa! Los mismos caracteres, reproducidos de distintas maneras. Soltó una risotada, y lo puso de vuelta en su puesto. "Las cosas de la vida", llegó a pensar.

Buscó un poco más abajo. Sabía que los mejores libros siempre estaban en los anaqueles inferiores. Y empezó a sentirse burlado cuando constató que todos los libros, independientemente de su forma, color o diseño, tenían el mismo contenido. Dejó ese mueble y buscó el de la derecha. De nuevo los números. 0 y 1, 1 y 0 reproducidos de manera simétrica. "Debe ser algún tipo de mensaje", pensó. Y trató de descifrarlo. ¿Se trataría de alguna información arcana, cuidadosamente codificada por esa Sublime Inteligencia que organiza el Universo?

*

Revisó luego, concienzudamente, todos los libros que pudo.

Apoyándose en Leibniz y Turing trató de encontrar algún sentido. Nada. Recordó a Russell, a Whitehead. Nada. Los números mostraban, en todos y cada uno de los libros, la misma configuración. Volvió a la estantería inicial. Efectivamente, el mensaje era idéntico.

Recordó todo lo que pudo. Lógica matemática, sistema binario, algoritmos de computación, cálculo infinitesimal. La forma del texto parecía completamente caprichosa, pero se consagró a la tarea de buscarle alguna interpretación.

*

Calculó que habrían pasado años, tal vez siglos...En la eternidad todo era distinto. El tiempo no corría. Ese Tiempo con mayúscula de los pobres seres humanos era allí apenas un tiempo tímido, casi inexistente, sólo posible en el pensamiento.

Después de haber abierto, leído (?) y estudiado 17.333 libros (suspendió su pesquisa ahí, por un presentimiento sólo explicable por su afición por la cábala y otras menudencias afines) decidió parar.

La biblioteca parecía infinita.

Trató de llorar. Trató de gritar, pero no emitía sonido alguno. "Esta debe ser una broma de Dios", se dijo. Desesperado, corrió y voló en medio de los pasillos de la enorme biblioteca.

*

Descubrió que empezaba a sentir cansancio, aunque su naturaleza sutil se conservaba. Se detuvo tras haber recorrido muchos kilómetros. Tomó un libro al azar y lo abrió. Los mismos caracteres, que ya sabía de memoria. Cerró el libro y lo arrojó al suelo, disgustado. Acometió otro anaquel. Lo mismo. Empezó a buscar afanosamente. Siempre esos números 0 y 1 en un párrafo que iba desde el inicio hasta el final de cada libro.

Un texto maldito, un texto indescifrable, un texto que se resistía a cualquier intento hermenéutico.

Maldijo a Dios. Se sintió impotente. Se sintió enfermo. Se sintió sumamente viejo.

*

Inició otra carrera, con el fin de adelantar su muerte. Pero al cabo de un tiempo (¿habrían pasado eones?) se percató que no podía morirse. Era eterno. Era inmortal.

Se detuvo nuevamente. ¿Qué estaría pasando, allá en ese otro Universo? La Tierra ya no existiría. A lo mejor ni siquiera esa galaxia llamada Vía Láctea.

¿Habría algo distinto a esa enorme, interminable biblioteca?

Trató de darse cabezazos contra una estantería. Nada. No sentía nada. Sólo una especie de dolor moral. Una cierta desesperanza.

*

¡Había pasado tanto, tanto tiempo! Aunque a veces lo asaltaba la sensación de que sólo se había tratado de un día, un día larguísimo, sumamente agotador.

Estudió otros 3000 volúmenes, constatando que el texto era, definitivamente, invariable. No existía otra cosa en esa maldita biblioteca.

Se sintió desfallecer.

*

Con esa notable de sensatez que exhibió en su paso por la Tierra, mucho tiempo ha, puso en orden sus ideas y recordó a su querido Dante.

Sí.

Sintió alegría. "Ahí estuvo siempre la clave", pensó.

¡Bendita lucidez, que acentuó siempre su ceguera biológica (como si la primera exorcizara la enfermedad médica que pugnaba por confinarlo), y que ahora llegaba a socorrerlo, a salvarlo de ese tormento!

Sonrió. Pensó en Dios, y trató de rendirle un homenaje: recitó, muy emocionado, el Padrenuestro (su oración favorita).

Ese había sido su Infierno. Nada mal, para tratarse del Infierno. Era un Infierno a su medida. Sin sangre, sin violencia. Repleto de libros. Un Infierno que era una enorme biblioteca. La misericordia divina era infinita.

*

Con clarividencia supo que tarde o temprano (¿qué podía ser tarde, en esa Eternidad que se imponía inevitable?) ese Infierno también terminaría.


David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)