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lunes, 11 de enero de 2016

POEMA DE CONFESIONARIO 93

En el gimnasio
Está el que se desgañita en una máquina
Tratando de desandar lo andado
Como en una Máquina del Tiempo.
El esfuerzo es noble.
Aunque el resultado incierto.

En el gimnasio
Algunos se empeñan
En ser lo que no son, ni serán
Y en no ser lo que son desde hace rato.
Corren, corren como si estuvieran ardiendo.
El propósito es apenas ilusorio,
Como la tenue esperanza del espejismo.

En el gimnasio
Pululan duelos y tempestades,
Se deja ver el claroscuro humano.
Algunos levantan pesas
Como queriendo olvidar el peso cotidiano.

En el gimnasio
El obeso sufre, pero no se rinde.
En él hay un pálpito, un deseo,
Un tipo de resistencia.
A su lado, el grupo de anoréxicas
Libra una batalla campal contra la grasa.
Todos esperan ser redimidos.
Mejor: ser resucitados.

En el gimnasio
El entrenador me observa.
No se enoja, pero tampoco sonríe.
Ahí estoy.
Tumbado en el suelo
Después de unos cuantos ejercicios.
Sí. Yo creo que él cree
Que no soy de sus muchachos.
Y tiene razón.
Yo leo mientras hago bicicleta
Y mientras ejercito las piernas.
Hablo por teléfono en la trotadora
(que, dicho sea de paso, uso de caminadora).
Sin embargo
(para pasmo suyo, y de la deportóloga)
ESTOY AVANZANDO.

Aquí estoy.
Escribiendo mientras me ejercito.
Me siento cada vez más ágil. En ambas cosas.
Parece que lo disfruto mucho.

Y por todos los que buscan una redención
En este antro de sudor y fantasías
Rezo en silencio.

David Aberto Campos Vargas (Colombia, 1982)