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domingo, 17 de enero de 2016

POEMA DE CONFESIONARIO 1

A los treinta y tres
Me doy cuenta
De muchas cosas que antes ignoraba, o quería ignorar.

A los treinta y tres
Había Otro realmente grande, realmente divino.
Él curaba ciegos, epilépticos y posesos.
También hacía danzar paralíticos
Y levantaba muertos.
Y enseñaba
Las cosas más bellas que se han dicho jamás.

A los treinta y tres
Intento escribir un libro que no sea tan malo.
Curo histéricas y depresivos.
No hago bailar a nadie
Y menos mal no me meto con los muertos.
Intento enseñar. No tengo discípulos sino estudiantes.

Y estoy contento.
Hago bien las cosas.
¿Para qué las comparaciones?
Esas se las dejo a los tontos y a los arrogantes,
A los que se creen dioses (y no son sino escupitajos de materia).

Él, el Señor, está fuera de concurso.
Dichoso yo, que recibo su ayuda
(No me quejo. Harta falta que hace.) 

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)