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miércoles, 9 de diciembre de 2015

SOBRE EL MALIGNO, por David Alberto Campos Vargas

SOBRE EL MALIGNO

Introducción

Satanás engaña. Es sumamente astuto. A veces aparenta ser bello y convincente. A veces se muestra como el mejor de los caminos (aunque no sea sino un camino de muerte, error y maldad). En esta época, cómo no, el simple hecho de mencionarlo ya hace que uno sea estigmatizado y atacado por una jauría de materialistas y ateos furibundos. Pero eso no me va a impedir hablar del Maligno. Al contrario: cuanto más confundida está la gente, más necesita escuchar una voz sensata que haga algo de contrapeso a tanta necedad.

Los que conocen mi formación científica y académica, y mi producción en los terrenos de la medicina y la psicología, me defenderán de esa jauría mencionada anteriormente. Mi compromiso es con Dios, el verdadero Juez, que determinará qué tan verdadero sea este ensayo. Yo espero que, cuando menos, sea útil a esta pobre Humanidad tan perdida y arrogante.

Este es un tema espinoso. Pertenece al campo de lo metafísico, de lo teológico: de esa estructura fascinante ante la que la Ciencia claudica y se revela incompetente. Como no soy teólogo también tengo un hándicap, pero creo que la Filosofía puede echarme una mano. Al fin de cuentas, gracias a la Filosofía uno puede aspirar a decir una que otra cosa con coherencia (aunque sin la total aspiración a estar diciendo la verdad), valentía y determinación, a sabiendas de las enormes limitaciones de la razón, la lógica y el pensamiento humanos en dichos temas.

Le pido al lector que me perdone las limitaciones. Y que si algo puede rescatar de este texto, que lo atribuya al muy necesario socorro del Espíritu Santo. Sí, que sonría el académico engreído y petulante. No me importa. Ante la pobreza de conocimiento, sólo sé que la bendita ayuda del Espíritu Santo es un paliativo magnífico. Quien haya pasado por experiencias similares me comprenderá: de repente, todo parece tan diáfano que se escribe casi al dictado. La fe, la intuición, el sentido común y un tipo de observación directa que no se limita a lo empírico y fenoménico, pueden ser de utilidad a esas pobres herramientas humanas enunciadas anteriormente, a la hora de abordar temas sobrenaturales y/o trascendentes. A veces la ayuda de Dios, que entiende y se muestra compasivo cuando un ignorante intenta hacer algo por explorar y comprender Sus misterios, es tremendamente eficiente.

Espero que quien acometa este escrito encuentre información útil, y ante todo edificante, que le permita llevar sus vidas con responsabilidad, virtud y amor a Dios. Ése es el camino para frustrar los planes del Maligno. Si logro este cometido, creo que este breve ensayo habrá cumplido su función y quedarán excusados sus defectos.

I

El Mal se asocia con el Maligno, con Satanás. Hace parte de él, y tiende a él. De él deriva: si rastreamos todas las particularidades y expresiones de maldad que tiene el mundo, a él llegamos.

Ahora bien: el Maligno es el origen de lo malo, pero no es el único agente de maldad. Cuenta con un ejército preparadísimo. Y con un montón de servidores, aunque hay que aclarar que dichos servidores ejercen su papel a veces de manera consciente y a veces no (cuando hacen de “idiotas útiles” de Satán, sin saberlo).

¿Por qué tiene a su servicio un ejército? Porque está librando una guerra. Es una contienda cósmica, cuyo teatro es el mismo Universo: la totalidad de lo que existe. Por ello nos involucra, y nos debería incumbir a todos los seres humanos, dotados como estamos de esa capacidad cosmológica que nos permite conjeturar y tratar de entender lo existente (la totalidad de los seres, el Universo), y de entendernos a nosotros como parte constitutiva de ello.
Todos los seres participamos de esa lucha. Sólo que la mayoría de las veces asistimos como agentes pasivos: es una lucha de la que no nos percatamos. Sólo si nos hacemos conscientes, si despertamos el espíritu, si nos despabilamos y hacemos al menos por un instante caso omiso de tantas distracciones (tantos espejismos…muchos de ellos puestos por los mismos agentes del Mal), podemos darnos cuenta.

¿Contra quién libra el Mal su guerra? Contra el Bien. Y es una lucha cósmica. Se libra tanto en lo micro como en lo macro: en cada alma, en cada familia, en cada comunidad, en cada nación, en cada planeta, en cada sistema solar y en todo el cosmos. Y esa es la Historia del Universo: una sucesión de asaltos (no siempre lineal…en ocasiones cíclica, en ocasiones sincrónica) en los que cada uno intenta triunfar.

Es una pena que este meme fundamental, presente en las más antiguas cosmogonías, y que hace parte del acervo del inconsciente colectivo, sea sistemáticamente ignorado por  algunos pensadores de la actualidad. De algunos de ellos se entiende la actitud, pues son declarados servidores del Maligno. Pero de otros sólo queda suponer o que están despistados, o que buscando un monismo a toda costa se tapan los ojos y pretenden desconocer de manera rampante la diferencia entre las huestes del Bien y las huestes del Mal.   

Desde el principio, el Bien y el Mal han librado esta batalla. Aunque Dios, personificación del Bien, fue primero en la Historia del Universo (pues se constituyó en el punto cero, el arranque del propio Universo, antecediendo aún a la primera Gran Explosión) y es más poderoso que el Mal, tampoco hay que desconocerle al Maligno, personificación del Mal, un enorme poder. Es como si, al hablar de fuerzas de cada uno de los bandos, nos encontráramos con una balanza ligeramente inclinada hacia el Bien (la parte más fuerte de dicha relación), pero no del todo.

Dios, sus seguidores, y todo lo que podríamos englobar bajo el concepto de Bien, son mucho más poderosos que Satán y sus secuaces. Pero el Maligno y los suyos también tienen sus armas, su fuerza y su estrategia. Por eso es que el Bien tiene fuerza suficiente para vencer al Mal en casi todas las ocasiones, pero insuficiente para aniquilarlo por completo.

Debemos tener en cuenta lo anterior, para entender mucho de nuestra misma Historia. Si observamos atentamente, nos encontramos con la misma situación descrita por Agustín de Hipona. La Ciudad de Dios y la Ciudad del Diablo pugnan buscando ser hegemónicas. Y yo añadiría: dicha hegemonía, dado lo parejo de la lucha y el relativo equilibrio de fuerzas, no se conseguirá sino hasta el llamado fin de los Tiempos, cuando el Señor venga, venza definitivamente a Satán y sus huestes, e instaure una nueva y sublime realidad: la del predominio del Bien.

II

¿Quién es Satanás? Un ser ex celestial, actualmente (y desde hace eones) maldito. Un pervertido, un degenerado, que se perdió la ocasión de estar conviviendo con el Señor, la Bondad Suprema, y se hizo un sujeto envilecido, que optó por hacer de “antagonista” a ese Sumo Bien.

Era un arcángel. Como tal, creatura de Dios. Pero si algún necio espera rebatirme diciendo: “¿cómo puede un ser maligno surgir de un ser absolutamente bueno como Dios?”, le he de recordar que sí, que es creatura de Dios, pero creatura indirecta. Como nosotros, los seres humanos. En efecto, uno no puede ser tan pánfilo como para defender un creacionismo a ultranza. Pero tampoco un lerdo que por defender el evolucionismo termine por negar a Dios. Hay que saber que todo viene de Dios, porque él es la causa primera de todo lo existente (porque es Eterno, y de él emana todo lo que conocemos: tanto más perfecto cuanto más cercano a Él, y tanto más imperfecto cuanto más lejano a Él).

Todos los seres deben su ser a Dios, pero hay una gradación, un espectro enorme. Los hay más perfectos (los más cercanos a Él) que otros.
La primera partícula de materia, que hizo posible el Big Bang, tenía una enorme relación con el Señor. Era casi perfecta, y contenía un número casi infinito de potencialidades. Pero no debemos confundirnos: algunos la llaman “partícula de Dios”, pero el término no es intercambiable con “Dios”. Dios, y la célebre “partícula de Dios”, no son la misma cosa. Ya hay una enorme diferencia cualitativa entre ellos. Dios es el ser no sometido al Tiempo, ni a la materia. La “partícula de Dios”, en la medida en que es emanación de Dios, y materia, y ser inserto en la Historia del Universo, ya no es Dios.
Los primeros seres dotados de conciencia en ser creados (arcángeles, ángeles, serafines, querubines, tronos), los más cercanos a Dios en el Tiempo (tiempo que emerge tan pronto emerge lo existente del Señor, el punto cero del Universo: tan pronto se inaugura la Historia del Universo), son más perfectos que un humano, un perro o un caballo, sin duda. Pero no por ello son perfectos. Sólo Dios es perfecto. Ellos (arcángeles, ángeles, serafines, querubines, tronos) son sólo más perfectos que otros. Por eso es que tienen defectos y vicios. ¿Creaturas de Dios? Obviamente, como lo son también un delfín o una estrella. Pero distintos de Él, en tanto que no son absolutamente perfectos (no son Dios, sino el resultado del devenir de esa materia con la que inició la Historia del Universo).  

Luzbel, también llamado Lucifer, fue un arcángel sumamente poderoso. Tenía el honor de ver a Dios cara a cara, esto es, de compartir con su Creador en la cotidianidad. Este mismo privilegio lo tenían otros muchos seres celestiales (ángeles, arcángeles, tronos, serafines, querubines), que convivían con el Señor en un estado de dicha espiritual tal que las palabras siempre serán insuficientes para describirlo (el Reino de los Cielos). Pero al muy cretino parece que no le bastó con eso. Quiso más, quiso (arrogantemente) igualarse a Dios (el único perfecto) y se rebeló contra Él.

Luzbel, igual que el resto de seres celestiales (y de todo cuanto existe en el Universo), era creación de Dios en tanto que a él debía su remoto origen (Dios, como punto cero universal, es el Principio de Todo, y superior al Todo mismo: el Ser de seres), y era sumamente poderoso,  mucho más que cualquier ser terrestre (igual que los demás seres celestiales, por haber sido anterior a los seres terrestres en la evolución del Universo...y por lo tanto menos alejado de ese punto cero universal que es el máximo de la perfección, la luz y la fuerza).

Pero de todas formas, inevitablemente, Luzbel era ya algo bastante alejado de Dios. Algo mucho más imperfecto, en la medida en que no era en modo alguno ese punto cero universal, sino que ya hacía parte del Universo, de la materia (lo que entraña en sí mismo la finitud, la imperfección, la caducidad) calidad de ser perecedero

Por eso tenía, entre sus rasgos de carácter, soberbia y avaricia. Por eso era voluble, creído y buscapleitos. Luzbel era, en resumidas cuentas, un tonto inmaduro.

Por eso Luzbel, o Lucifer, se hizo “adversario”, se hizo Satán, demonio de demonios, líder de los malignos. Quiso ocupar el puesto que sólo le compete a Dios (el único que es el que es, el único ser que existe en sí mismo, sin necesidad de otro. Quiso destronar a su (nuestro) Señor. Y, obviamente, perdió.

Perdió todo lo que tenía de bueno: su poderío, su fuerza, su belleza, su profunda inteligencia. Falló, tomó una decisión estúpida, y fue vencido.
Como señaló el Papa Pablo VI, no se trata entonces de una entelequia o un ser imaginario. Es un ser personal, singular, concreto. Es el Maligno. Existe en la realidad terrena (no es un mero concepto) y se la pasa acechando al hombre, y a otros seres vivientes, para hacerlos sufrir.

Sí, para hacerlos sufrir. Porque es tan patético, que su único consuelo, una vez perdido ese primer combate (en el que San Miguel, al mando de las huestes del Señor, lo humilló y derrotó y envió al Infierno), es el de atormentar a otras creaturas alejándolas del Bien (alejándolas de Dios). Como quien dice, es un neurótico envidioso, que tras perder su privilegio de estar y compartir con el Señor trata a toda costa de hacerle perder ese vínculo con Dios a los otros seres. Porque piensa, como tonto inmaduro que es, “que si (Dios) no es para mí no es para nadie”.

III

Por ello es que Satanás es enemigo de todos, hasta de los pajarillos del campo. No soporta ver a otros en contacto con el Divino: o los hace caer, o los hace morir. Mejor dicho: busca hacerlos caer o hacerlos morir. De la cercanía con Dios, de las propias circunstancias biográficas y del grado de preparación para llegar al Reino de los Cielos depende si se hace eficaz dicho propósito o no.

Note el lector inteligente que, hasta en esa aparente victoria, Satán es un pobre imbécil. Su aparente triunfo sólo consolida el triunfo del Señor: muchos seres bondadosos y preparados, en el lance de la muerte, simplemente acceden de manera expedita y eficiente a Dios. Al Maligno le sale el tiro por la culata.


IV

Con el hombre Satán tiene una envidia especial. Varios pensadores han señalado que al bobo no le cabe en la cabeza que Dios le tenga tanto cariño (y tanta paciencia) al hombre (a tal punto que se hizo hombre, en la divina persona de Jesús, para redimirlo), y seguramente están en lo cierto.  

Por eso Satanás es feliz haciéndole daño. Por eso se deleita haciéndolo tropezar y caer, a veces de manera sutilísima. Conoce bien al hombre, por lo que hace uso hasta de las pulsiones y demás elementos del psiquismo humano para hacerlo actuar de manera desequilibrada, desconsiderada y causadora de sufrimiento.

Pero también por eso el Señor Jesucristo vino a salvar a los seres humanos. Dios los vio tan vulnerables a las maquinaciones del Maligno que decidió protegerlos: Dios mismo, en un nuevo acto de amor, se hizo hombre para socorrerlos.

¿Más vulnerables que otras especies? Sí, más vulnerables. Todos los seres humanos podemos caer sumamente bajo, de no ser por el bendito auxilio de Dios, y cierto tipo de conciencia ética del cual ya hablaba Aristóteles hace más de dos milenios.

V

Pero Satanás es también un rival de Dios. Un rival muy inferior, por lo que siempre resultan patéticos sus intentos ante el poder infinito del Señor. Incluso en el esplendor de su fuerza, cuando aún era uno de los arcángeles al servicio de Dios, Luzbel no era rival para Él. Por eso Dios mismo no entró en combate con Satanás ni su ejército del mal cuando hubo la primera gran rebelión, sino que designó a otro de sus arcángeles (San Miguel) comandante de sus huestes.

Tan mediocre es el mal, y tan torpe Lucifer, que aunque grande era su ejército no tardó en ser barrido por el ejército del bien, liderado por San Miguel arcángel. Uno a uno, los seguidores de Luzbel (otros seres celestes, sin duda fuertes...pero obviamente mucho menos poderosos que las huestes del Señor) cayeron derrotados y fueron precipitados al Infierno.

Pero ¿qué es el infierno? Un estado de sufrimiento y privación, de pesadilla y espejismos, en el que el hambre de Dios (de Bien y de Amor supremos) nunca es saciada y se vuelve un mortificante anhelo. Un estado tan horrendo, que cada espíritu que en él se encuentra es presa de sus propias fantasías y temores, alucinando en consecuencia con lo que le es más temible y doloroso. 

Como esos espíritus malditos vivencian su Infierno desde hace eones, padecen y se exasperan con aquellos espíritus bondadosos que, gracias a su buen comportamiento, reciben los dones y favores de Dios. Los malditos, cargados de envidia, buscan entonces atacar a los espíritus bendecidos, las almas del Señor. No pueden hacerle frente a los seres celestiales (ángeles, arcángeles y tronos), porque desde esa derrota inicial han perdido mucho de su fuerza y su poder originales. Ni hablar de Dios, al que sólo pueden intuir en ese estado de degeneración, postración, frustración, impotencia y derrota en el que se encuentran. Pero sí pueden hacerle daño a espíritus más débiles. Es decir, en este planeta, aún los animales y el hombre son vulnerables a ellos.

Por eso algunos inmundos pueden poseer a seres humanos y animales, hasta enfermarlos seriamente y provocarles la muerte. En especial a aquellos que son espíritus débiles (sea porque se encuentran alejados de Dios, es decir, del Bien y del Amor, sea porque padecen de trastornos neuropsiquiátricos especialmente incapacitantes). Y, a los que no logran poseer, enfermar y aniquilar, tratan de hacerlos caer por múltiples vías.

Una vía frecuente es la del pecado. El pecado es todo tipo de actuación en la que el hombre o el animal se desliguen de su estado ideal de buena relación con Dios. Algunos teólogos lo han definido como una ofensa a Dios, y están en lo cierto, porque Dios, que es Amor Infinito, en verdad sufre cuando una de sus creaturas pierde el rumbo y obra (y en ese obrar cabe no sólo la acción, sino también la intención y el pensamiento) de manera inadecuada. Por eso el pecado le duele a Dios. Él, como Padre solícito, desea que todas sus creaturas gocen al menos de un poco de esa infinita armonía que irradia de Él mismo.

¿Sufre entonces, preguntará el lector sarcástico, también Dios por Satanás? Sí, un poco, en su justa medida. Por un lado, en su infinita sabiduría, Dios sabe que Satanás se ha labrado su propia desgracia, al apostarle al lado oscuro. En su justicia perfecta, Dios sabe que los abominables actos de Satanás y sus huestes (que no se limitan a la rebeliòn inicial, sino que se reactualizan cada instante, en la medida que buscan atormentar y hacer caer a cuanto ser viviente envidian y encuentran vulnerable) les hacen merecedores de ese suplicio eterno, implacable y variopinto que es el Infierno. Pero también siente enorme pesar por esos pobres desgraciados, que alguna vez compartieron con él pero que por su soberbia perdieron el privilegio de su infinitamente grata compañía, y se sentenciaron a sí mismos a ese Infierno de horrores en el que el dolor y el sufrimiento toma la forma que cada quien le imprima (la forma de lo que cada quien considere más desagradable y pavoroso).

    
VI

Una parte del Universo le apunta al Bien, y trata de acomodarse a su armonía. Es la Armonía Divina, de la que derivan las otras armonías del Universo (estados no tan perfectos como Dios, el Bien y la Perfección Supremos, pero igual dotados de algún grado de belleza, bondad y/o equilibrio), y que permite que los seres se alejen de la entropía, de la dispersión, de la destrucción.

Otra parte del Universo le apunta al Mal, y trata de acomodarse a su caos. Es el caos del Maligno, del que derivan (en grado mayor o menor) todas las carencias, las monstruosidades, las perversiones e infamias de las que son capaces los seres del Universo. Es algo generalizado, común a todos y cada uno de los seres (exceptuando a Dios): la entropía, la dispersión, la destrucción.

Ahora bien, ni el Bien ni el Mal triunfan por completo (al menos hasta cuando suceda el fin de los Tiempos), se mantienen en una especie de empate técnico (aunque, con algunos puntos de ventaja, y debido a su mayor poder, exista una tendencia a la victoria de parte del Bien). El Bien (y su personificación, Dios, que es el Supremo Bien del cual habló Platón) es más fuerte y hace muy bien las cosas, buscando ennoblecer, purificar y embellecer al Universo, pero no logra (hasta cuando llegue el momento) suprimir por completo al Mal. Y el Mal, por su parte, hace muy bien su oficio: trabaja cada instante, de manera constante y decidida, por robarle al bien sus terrenos.

Cada ser tiene una potencialidad hacia un polo u otro. O tiende hacia el Mal, y avanza por un camino de desorganización, de entropía y daño que conduce a la muerte (de sí mismo y/o de otros seres), o tiende hacia el Bien y avanza en un camino que, de ser permanente, conduciría a la eternidad, a la permanencia, a la perfección, a la integridad y el equilibrio plenos. Por desgracia no lo es, pues el Maligno conspira para que los seres no logren alcanzar ese polo en el que está Dios, la perfección y la bondad absolutas…por lo que se hace un camino no completo, un camino-haciéndose, una perpetua búsqueda, un perpetuo caminar una senda de la que, aunque se vislumbra, no se alcanza el final: una vía en la que así como avanzamos, por obra del Maligno retrocedemos.

Como ya se ha dicho, aunque el Bien es poderoso (y más poderoso que el Mal) no logra vencer al Mal por completo. Por eso es que ningún ser logra igualar a Dios: si es virtuoso, siempre tendrá algo que lo mancille, algo que lo haga imperfecto, algo de lo que carezca para ser semejante a Dios. Y aún si es vil y dañino, también podemos encontrar en ese ser algo de luminoso, algo de bello, algo de bondadoso. Por eso encontramos que un gran santo puede tener arrebatos de cólera o mundanidad, o que un gran asesino pueda mostrarse en cierto momento generoso o dulce (y me viene a la cabeza una foto de Hitler dándole de comer a un venado, o la imagen de Stalin conmoviéndose ante un poema).

Como ningún ser alcanza la perfección de Dios (porque si la pudiera alcanzar, tendría que ser Dios mismo…y sólo Dios es Dios, y el resto de los seres es lo que cada uno es), nos encontramos con que todos los seres llevan dentro de sí algo de bueno y algo de malo, algo de eternidad y algo de impermanencia, algo de vida y algo de muerte. Por eso es que todos los seres reproducen, en sí mismos, la gran batalla cósmica entre el Bien y el Mal. Por eso llevan dentro de sí el germen de su propia destrucción. Por eso logran en ocasiones bondad y belleza, y en otras maldad y fealdad. Por eso están destinados a la caducidad, aunque puedan lograr cierta longevidad. Por eso terminan pereciendo, pese a brillar en ocasiones como muestra pura de la Vida.

La observación atenta del ser humano nos lo muestra: exhibe dentro potencialidades de bondad y de maldad. Erróneo, y muy ingenuo, sería afirmar que es imagen y semejanza de Dios, puesto que tiene unas tendencias especialmente destructivas, tanáticas, peligrosas para sí mismo y para los demás. Tendencias de las que ya nos han hablado asiduamente Freud, Klein, Bion y otros brillantes pensadores. Cabe, sin embargo, una pequeña gran aclaración: no todas esas tendencias están encerradas en la llamada pulsión de muerte: no podemos reducir al ser humano así…ese fue uno de los errores del Psicoanálisis, y en general de toda teoría que intente creer que tiene el monopolio de la verdad y que quiera pretender explicarse al ser humano, ser tan complejo, desde una sola óptica. Pero también erróneo, y sumamente pesimista, sería afirmar que el ser humano es una antípoda completa de Dios. El ser humano también tiene unas tendencias de luz, creativas, sanadoras, hacedoras de bienestar. Y, de nuevo, es prudente 
señalar que dichas tendencias no pueden ser reducidas a la simple pulsión de vida o al Eros.

El ser humano, en resumidas cuentas, siempre y cuando cuente con el auxilio de Dios, puede hacerse a su imagen y semejanza. Pero esta no es una situación de base, sino una meta que se alcanza. Y yo añadiría que sólo se alcanza tras un fecundo trabajo espiritual.

Resumiendo: Bien y Mal como dos fuerzas (poderes, realidades, dimensiones, tendencias) antagónicas pero complementarias. Universo como gran teatro de la lucha entre ellas. Existencia (de cada ser, de todos y cada uno de los seres) como pequeño teatro en el que también se da esa pugna, que es en fin de cuentas una coexistencia entre dichas fuerzas o tendencias. Y salvación venida de Dios, que siempre le ayuda al hombre en esa difícil faena.

VII

En consecuencia, asistimos a un escenario (el Universo) en el que las fuerzas del Bien y las fuerzas del Mal hacen sus respectivas conquistas esperando debilitar a su contraparte. Vistas desde cierto ángulo, constituyen un Todo, del que se puede decir que son sus integrantes complementarios. Pero ello no nos puede llevar al error (que he visto en Saramago y otros autores) de creer que entonces Dios, como supuesta totalidad, incluye también una faceta maligna. Eso es una aberración.

¿Cuál es la realidad? Dios, el Sumo Bien, no es la Totalidad. Es el punto cero, el origen…pero no la suma de todas las cosas, pues las cosas malas no le pertenecen. La maldad no es de su jurisdicción. La maldad surge como una fuerza aparte.

La Totalidad sí puede ser expresada como una contraposición de complementarios/opuestos, tal como han insistido arcanas tradiciones (como el Taoísmo), pero no vamos a achacarle a Dios, personificación de la Bondad, los aspectos malvados, defectuosos y horrendos de esa Totalidad.
Esos aspectos malvados, defectuosos y horrendos son el producto mismo de la evolución, de la Historia del Universo. Dios puso a andar la maquinaria (esa gran maquinaria llamada Cosmos)…las desviaciones y los engendros no se le pueden achacar a Él, sino al mismo devenir, al mismo movimiento de las fuerzas evolutivas.

El Maligno no puede provenir de Dios, pues Dios es infinitamente bueno, perfecto. Su inmaculada perfección no puede ser compatible con algo imperfecto o malvado. ¿Cuándo aparece Satanás? Justo cuando Luzbel se deja llevar por su arrogancia. Ese arcángel, creatura indirecta de Dios, casi perfecta pero al mismo tiempo defectuosa, le dio cabida en su interior a nefastas abominaciones.  

VIII

Así como al rastrear todas las cosas buenas hacia sus orígenes, nos encontramos con el Sumo Bien, el bien de bienes, lo más perfecto dentro de lo que cabe a la ida misma de la perfección, también nos encontramos con el Maligno si vamos a las fuentes de los actos malos.

Puede el lector preguntarse, si ya está embebido en el cándido relativismo de la Posmodernidad: “¿Y qué define que un acto sea bueno o malo?” o acaso “¿Lo bueno o lo malo no son algo subjetivo, algo relativo, meros juicios de valor”? Bueno, sobra decir que en este relativismo moral se entronca buen parte de la perdición de los últimos años.

Hay cosas buenas y cosas malas. El bien y el mal son ideas claras y distintas, son evidentes en sí mismas. El error estuvo en borrar los límites y confundir las ideas. La Humanidad empezó a “justificar” (a creer que justificaba) actos malos y a ensuciar la bondad de los actos propiamente buenos. Esto, obviamente, sólo contribuyó a alejarla más de los senderos del bien y la virtud. Y a darle mucho gusto al Maligno.

La claridad de lo que es bueno y lo que es malo es innegable y evidente. No está sujeta a la variabilidad de las culturas, de las razas, de los códigos o de las convenciones: es una claridad que se da en todas las latitudes. En todo tipo de Estados, en todo tipo de naciones. Puede que los códigos, las constituciones y hasta las costumbres de las naciones varíen, pero todas comparten unos puntos clave. Ninguna persona mentalmente sana diría que es algo bueno arrebatarle a otro hombre lo que ha conseguido con su esfuerzo, o asesinar sin motivo o por diversión a un hombre pacífico indefenso.

Por supuesto, el Maligno y su ejército no han cesado de trabajar, y ya han convencido a buena parte de la Humanidad del relativismo moral, de que todo puede ser bueno o malo según las circunstancias. A los que tenían bien clara esa diferencia (aún sin ser cristianos) y abogaban por el bien y la virtud, como los grandes maestros de la Filosofía clásica (Sócrates, Platón, Aristóteles) otros intelectuales se han encargado de criticarlos o atacarlos usando la mofa y el sarcasmo (obviamente, pues dichos espíritus inferiores, con cosmovisiones de menor alcance, saben que no pueden vencerlos por medio de la razón o la argumentación lógica).

IX

El mal existe, y tiene sus sirvientes. Satanás, el Maligno, es el primero. Otros demonios y espíritus malditos, son sus lugartenientes. Los espíritus confundidos y los hombres ignorantes, sus soldados e idiotas útiles. Los hombres (y otros seres vivos) buenos, sus víctimas.

Una vez más: si bien Dios es el principio de todo, el punto inicial, el punto cero cuya existencia permite el inicio de la Historia del Universo, nunca podremos afirmar, de manera ingenua y errada, que Él originó al Maligno. En modo alguno. El Mal y el Maligno, y sus secuaces, emergieron como una entidad aparte, del propio Universo (de la propia materia, emanada de Dios pero distinta a Él, y cada vez más distinta en tanto que va pasando el tiempo, en la Historia del Universo).

El Mal es parte de la materia, se confunde con la materia, está inserto en ella. Nada hay más material que el Maligno, que vive empantanado en el mundo de lo material, de lo sensible. 

Él insufla de energía a todos los seres malvados, les ayuda, los apoya, les da ciertas “ventajas” dentro de esa enorme lucha, a nivel cósmico, que libra contra el Bien (Dios).

Él mueve cuidadosamente sus piezas dentro de ese gran juego cósmico en el que espera vencer a Dios y sus huestes. Él también tiene sus huestes, sus fieles seguidores. Y colaboradores. Y un montón de idiotas útiles, incautos que con conocimientos muy someros de Filosofía y Teología se lanzan a opinar cosas que en vez de aclarar el panorama lo enturbian, arrastrando así a miles de almas que dudan.

X
 
Satán es muy distinto a Dios. Es evidente que no puede provenir de Dios, pues Dios es infinitamente bueno, perfecto (su inmaculada perfección no puede ser compatible con algo imperfecto, depravado y malvado como el Maligno).

Satán tiene un rostro, pero a la hora de presentarse a otros seres (incluídos hombre y animales) puede tomar una infinidad de rostros. Se disfraza muchas veces, para pasar desapercibido. A veces toma la apariencia del bien. Muchas veces, de algo o alguien sumamente hermoso.

El maldito tiene mil caras, y termina siendo casi ubicuo. Tiene múltiples servidores, menos poderosos que él pero de todas formas peligrosos, porque alejan al hombre de la vida espiritual (de la vida contemplativa), y cortan en el animal su lazo con el Dios que sustenta la vida y la existencia.

Una de las confusiones de la Posmodernidad es la de creer que “Bien” y “Mal” son categorías, juicios de valor, o meras ficciones. Eso le hace mucho daño al mundo. El zarpazo del Maligno empieza por ahí. Por eso hay que estar alerta.

XI

¿Podrá alguna vez Luzbel cambiar, y obtener el perdón de Dios? Algunos teóricos han especulado sobre eso. Cabe la posibilidad, al menos en el plano de la hipótesis filosófica. Pero parece algo tan lejano que casi raya en el disparate. Recuerdo textos de Papini y Saramago que mostraban esa posibilidad. ¡Ni idea! Cabe sólo rezar porque el día de Jesucristo llegue, el Mal sea derrotado de manera definitiva y (puede pasar, al menos a nivel teórico, aunque es harto inverosímil) Satán recuerde lo que era (un ser de luz) y se deje de tonterías y antagonismos con el Señor. 


Pero mientras existan la guerra y la discordia, las dictaduras y la opresión, la discriminación y el racismo, los militarismos y la estupidez humana, el ser humano tendrá que seguir lidiando con Satanás, venciéndolo con la ayuda del Señor.

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)