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domingo, 25 de octubre de 2015

TANGO DEL VIUDO, por Pablo Neruda


Oh Maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia, 
y habrás insultado el recuerdo de mi madre 
llamándola pena podrida y madre de perros, 
ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer 
mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre, 
y ya no podrás recordar, mis enfermedades, mis sueños nocturnos, mis comidas
sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún, 
quejándome del tròpico, de los coolies coringhis, 
de las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño 
y de los espantosos ingleses que odio todavía.

Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola!
He llegado otra vez a los dormitorios solitarios, 
a almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez 
tiro al suelo los pantalones y las camisas, 
no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes.
Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte, 
y qué amenazadores me parecen los nombres de los meses, 
y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.

Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde 
el cuchillo que escondí allí por temor de que me mataras, 
y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina 
acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:
bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces, 
de los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre, 
y la espesa tierra no comprende tu nombre 
hecho de impenetrables substancias divinas.

Así como me aflige pensar en el claro día de tus piernas
recostadas como detenidas y duras aguas solares,
y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
y el perro de furia que asilas en el corazòn,
así también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora,
y respiro en el aire la ceniza y lo destruido, 
el largo, solitario espacio que me rodea para siempre.

Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración 
oída en largas noches sin mezcla de olvido, 
uniéndose a la atmòsfera como el látigo a la piel del caballo. 
Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, 
como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada,
cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo, 
y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma, 
y la paloma de sangre que está solitaria en mi frente 
llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos, 
substancias extrañamente inseparables y perdidas.

Pablo Neruda (Chile, 1904-1973)