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viernes, 9 de octubre de 2015

DE LA PSICOTERAPIA, por David Alberto Campos Vargas

La psicoterapia es el acto médico por excelencia. El doctor, en su oficio de sanador, y al mejor estilo de los sanadores de antaño, se encuentra con la persona que sufre y se pone a su disposición, para  acompañar y allanar su camino hacia la salud.

Por eso es un encuentro tan importante, tan decisivo. No es un encuentro casual, ni una conversación de amigos. Es tal vez el más íntimo de los encuentros. Tiene la solemnidad, el rito y el secreto de la confesión. Tiene la proximidad y las emociones del examen físico. Tiene las condiciones de afecto, calor y acogida del maternaje, y del paternaje su sentido de protección, cuidado y mejoramiento.

La psicoterapia es un encuentro para el diálogo, pero no el diálogo desprevenido y muchas veces impertinente de dos conocidos que se juntan a hablar, sino el diálogo fecundo entre dos personas que se encuentran para solucionar el principal problema de la existencia: cómo ser feliz y pleno.

El psicoterapeuta es el médico que está dispuesto a ayudar, y también a aprender, en esa travesía fascinante que implican el autoconocimiento, la individuación, la transformación y la maduración. En suma, esa travesía mágica llamada terapia.

En esta época de atolondramiento, confusión e ignorancia, sí que vale la pena el conocimiento. Y, de manera especial, el conocimiento de la propia naturaleza, y de la propia vida psíquica. Por eso es necesaria la psicoterapia.

En esta época de masificación, ausencia de singularidad y adormecimiento colectivo, sí que es buena esa individuación que conduce a la autonomía, a la originalidad, a la veracidad: la construcción y el fortalecimiento de la propia personalidad, que justamente entre más fuerte es más dada a amar. Por eso es hermosa la psicoterapia.

En esta época de estancamiento hedonista, de pusilanimidad, sí que es deseable un poco de alquimia, de transmutación: esa transformación que nos hace más libres, más plenos, más cercanos a lo trascendente. Por eso es sublime la psicoterapia.

En esta época de pobreza moral y culto a la personalidad trastornada, sí que es imperioso el hacer que la gente salga de la imbecilidad generalizada y le apueste a la madurez. Madurez para crear. Madurez para hacer de éste un mundo más bello. Madurez para vivir una vida que valga la pena.

Plenitud existencial. A eso apunta la psicoterapia bien hecha. Por eso es un acto médico tan complejo y fascinante. Por eso debe hacerse bien, y por profesionales que en realidad sepan cómo funcionan el cerebro y el organismo.

Los diletantes, los ignaros y los que improvisan pueden hacer daño. Estoy cansado ya de ver cuán deletérea es una terapia hecha por un aficionado, o peor aún, por alguien que cree que sabe, pero ni siquiera conoce a cabalidad al ser humano.

Felicidad. Sensación de estar lleno, de realizarse como persona humana. Los filósofos y los poetas han hablado sobre eso. Los doctores podemos darles una mano, haciendo realidad ese ideal.

Ayudar y aprender. Ayudar para aprender. En la psicoterapia se tiene una intención, un deseo de ayuda. Se quiere ayudar a ese Otro que es el paciente, a quien se respeta y estima. Y el paciente tiene el deber de ayudar al doctor cumpliendo su tarea: brindarle toda la información, con una confianza plena.

Ambos, médico y paciente, están abocados al conocimiento. La misma mente y sus 
productos son fenómenos dignos de ser aprehendidos, y son fuente de experiencia y aprendizajes. Ambos, paciente y médico, se deben asomar, sin miedo y sin prejuicios, a ese vasto mundo que se explora en la terapia. Y aprovecharlo bien.

La psicoterapia, como todo acto médico, está destinada a sanar, a aliviar los síntomas, a mitigar el sufrimiento. No siempre cura, pero siempre funciona. Es más poderosa aún que los fármacos, y su efecto es mucho más duradero.

Hacer psicoterapia implica una participación activa de ambos, médico y paciente, en aras de conseguir varios resultados: disminuir el sufrimiento, crecer como personas, madurar, hacerse más equilibrados. Y esto les sucede a ambos, al paciente y al terapeuta. No puede ser de otra manera. La relación es bidireccional.

La psicoterapia implica una donación. El paciente se da, se suelta. Cuanto más libre de dudas y temores, mejores serán los resultados. El doctor también se dona. Se entrega. Pone lo mejor de sus recursos, de sus saberes, de su cultura y de sus experiencias, y permite al paciente sacar de ahí lo que considere de provecho. Cuanto más generoso sea, mayor será el beneficio para su paciente.

La psicoterapia implica acompañamiento. Por eso se hace, como mínimo, entre dos. Calidez, respeto y profesionalismo, de la mano, reforzando ese vínculo que por sí mismo sana.

El médico no puede hacer el camino por su paciente, así como el buen padre no puede estar viviendo la vida por su hijo. Por el contrario, el terapeuta y el buen padre dejan al Otro (ese otro que cuidan con cariño) caminar por sí mismo.

¿Hay caídas? Sí, sin duda. Pero el paciente aprende a levantarse, a sacudirse el polvo y a proseguir con la aventura de la vida. ¿Uno se asusta, como terapeuta? En modo alguno. Acompaña y comprende. Algo tan simple que aparenta ser difícil.

La psicoterapia como camino es una realidad interesante.  El paciente asume su proceso con responsabilidad, juiciosamente. Si lo hace coaccionado, o poco convencido, no logrará gran cosa. Por eso se requiere de su genuino compromiso.

¿Y cómo se allana ese camino? Trabajando fuerte. El proceso psicoterapéutico no es necesariamente doloroso ni largo, como se creía a mediados del siglo XX, pero sí es siempre exigente. Como implica un esfuerzo intelectual, volitivo y afectivo, además de económico (el paciente da unos honorarios al terapeuta, y el terapeuta dedica al paciente un tiempo que podría estarle dedicando a otros rubros), las personas con algo de pereza o tacañería (o a las que les fastidia pensar) suelen sacarle el cuerpo.

La gente que no entiende lo anterior considera ingenuamente que la psicoterapia es fácil, que tiene pocos fundamentos teóricos, o que su técnica es ejecutable por cualquiera. Craso error. Tal vez sea por ello que hay más de un despistado pretendiendo hacer psicoterapia en treinta minutos, en la premura y las imitaciones de una consulta externa institucional (puede ser un tiempo menor, si se trata de una institución o un gerente que sólo piensen en lucrarse, y no en ofrecer un servicio de calidad al paciente: de esas instituciones y gerentes que abundan).

En ese orden de ideas, también se equivoca gravemente el científico que desdeña el poder y el alcance de la psicoterapia. De esos he conocido, tristemente, varios. A veces son académicos reconocidos, lo cual produce cierto desconcierto. ¿Qué puedo decir sobre eso? Que muestran una ignorancia rotunda, en atención a lo que la propia neurociencia viene mostrando desde la década de1990 (que la psicoterapia modifica rotundamente las neuronas, y con ello el cableado y la propia configuración cerebral), y a los hallazgos clínicos (la mejoría evidente) que se remontan a los tiempos de Bleuler, Jung o Janet.
La farmacoterapia sí es útil, necio sería negarlo. Pero sus bondades se potencian con la psicoterapia. Del mismo modo, si superamos el modelo tradicional de psicoterapia e involucramos al sistema familiar, y al contexto social del paciente, tendremos una victoria aún mayor en cuanto a los fines de la terapia (alivio del sufrimiento, conocimiento, individuación, transformación y maduración).

Para terminar, considero que aún no se ha superado con suficiencia ese dualismo mente-cuerpo que tanto ha daño ha hecho a la Salud Mental. A diario, muchos médicos, enfermeros, psicólogos y demás profesionales de la salud, siguen escindiendo al paciente. Unos le apuestan a un psicologismo furibundo, y en su nesciencia despotrican de la psiquiatría y de toda aproximación neurobiológica. Esos psicologistas fracasan a diario. Los he visto empantanados hasta en los escenarios clínicos más sencillos. Otros son acérrimos organicistas, creen que no existe psiquismo alguno y consideran a la psiquiatría una especialidad menor. Esos organicistas padecen en su práctica clínica, y se acaban enfermando hasta ellos mismos. Y su drama radica en que ni siquiera se dan a sí mismos la posibilidad de sanarse, porque ignoran el remedio.

Creo que los enfoques más abarcativos e incluyentes, como el de la psiquiatría de enlace, ayudan a paliar la división y el atraso arriba mencionados. Sólo cuando se tiene una mirada holística la díada médico-paciente tiene verdadera chance de alcanzar sus objetivos.


En la medida en que los profesionales de la salud valoremos la psiquiatría y la psicoterapia 
en su justa medida, podremos estar hablando de una verdadera Salud Mental.

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)