Follow by Email

jueves, 3 de septiembre de 2015

LA DEPRESIÓN COMO APRENDIZAJE, por David Alberto Campos Vargas

Está claro que la depresión es una enfermedad médica. No tiene que ver con falta de voluntad, ni con debilidad, ni con falta de fe. Es un síndrome psiquiátrico, con evidentes escenarios clínicos y un manejo médico para cada uno de ellos.

Lo que pasa es que como no se trata de una herida abierta y visible, como no evidencia hemorragia, mucha gente ignorante se encarga de torturar a quienes la padecen con cuentos tan cándidos como ofensivos. En consecuencia, los que sufren de esta enfermedad, además de tener que lidiar con ella, tienen entonces que enfrentarse a la incomprensión, los comentarios estresantes y poco empáticos, y a veces la hostilidad de sus familiares y conocidos.

Los distintos tipos de depresión, son una clara condición médica con un correlato biológico innegable. Insisto: el problema no radica ni en la falta de voluntad, ni en una supuesta debilidad, ni mucho menos en una hipotética falta de fe. Por eso la pueden padecer personas con una formidable fuerza de voluntad, personas luchadoras y determinadas. Por eso la pueden padecer personas fuertes, vigorosas y rebosantes de energía. Por eso la pueden padecer personas profundamente espirituales, llenas de fe y devoción.

Se deprimen religiosos y sacerdotes, pastores y teólogos. Se deprimen líderes, organizadores, empresarios y deportistas de alto rendimiento. Se deprimen científicos, filósofos, héroes y veteranos. No es un capricho. No es pusilanimidad. No es pecado. No es cobardía. La depresión es enfermedad, y como tal, debe abordarse profesionalmente.

Les puedo asegurar que la gravedad de la depresión no es un invento. A diario, en todas partes del mundo, la gente se suicida. Casi siempre, detrás de esos suicidios, está la depresión. También a diario, millares de personas llegan tarde a trabajo, o no asisten, o lo hacen a media máquina. En más de la mitad de ellas, existe un tipo de depresión.

La depresión afecta el rendimiento, la productividad y la eficiencia. La depresión enlentece, en todos los contextos. Por eso las personas y las familias, las ciudades y las naciones, son afectados por ella en su economía.

Teniendo en cuenta lo anterior, se hace imperioso que las personas consulten a tiempo. Que se haga un diagnóstico y que se inicie un tratamiento razonable, pertinente y certero. Sin embargo, también por ahí los mitos hacen mucho daño. Además de los consabidos cuentos, como que “todo es ponerle ganas” o que “no hay que ser desagradecidos con la vida”, o las patéticas intervenciones con llas que intentan “motivarlos”, los que rodean al paciente no saben buscarle ayuda. Lo habitual en América Latina es que primero lo lleven a donde una vecina rezandera, o que consulten a un “homeópata” o a un “bioenergético” (muchos de los cuales ni siquiera son médicos, y ejercen de manera ilícita y flagrante), o que lo intenten “curar” en algún sitio de teguas y yerbateros. De ahí, más angustiado aún, el pobre paciente prosigue su trágica romería y es llevado con algún guía religioso. Si se trata de una persona ética, dicho guía le indica que consulte a un especialista, pero no siempre ocurre así, y a veces termina siendo sometido a todo tipo de ridiculeces (como rituales de dudosa eficacia o inmersiones traumáticas). 

Si no se ha suicidado ya, el paciente consulta a un médico general o a un psicólogo al cabo de seis a ocho semanas de haber iniciado sus síntomas. A veces ya la enfermedad ha remitido un poco, y el paciente, si aún vive, tiene que lidiar con comentarios ofensivos como “¿Si ve?, usted no tenía nada”.

Y qué desgracia, muchos médicos y psicólogos generales subestiman la gravedad de la situación. En vez de proceder con eficiencia, y solicitar valoración por psiquiatría, la mayoría de psicólogos hace alguna intervención floja (un consejito trillado, una frase que consideran “motivacional”, y que ya ha oído antes el sufrido paciente, o una falsa "terapia" poco estructurada), y llenos de narcisismo (o peor aún, a veces con el afán de hacerse un dinero a costa del paciente) evitan derivarlo a tiempo con un psiquiatra adecuado. En vez de remitir con prontitud a ese ser humano que sufre, muchos médicos generales se contentan con formular un sedante (casi siempre el menos adecuado). No tienen ni idea de la psiquiatría, pues se formaron con la tonta idea de que no es una especialidad útil. O peor aún, de que es algo "fácil", que no es sino decir una burrada y recetar algo que deje fundido al paciente. Por culpa de ellos, muchos pacientes con depresión son sometidos a un sufrimiento innecesario. Por ese mal hábito de muchos médicos generales, la depresión avanza y todos sus daños (a nivel de pareja, familia, comunidad y trabajo) se multiplican.Y cuando por fin se deciden a remitirlo, casi siempre es demasiado tarde y el paciente tiene afectado hasta su juicio.

Si ni siquiera en las facultades de medicina y psicología se trata con respeto a la psiquiatría, y mucho menos al paciente psiquiátrico, ¿qué puede esperar quien está pasando por una depresión? Es insuficiente la información de la que dispone la opinión pública al respecto. El común de la gente del Tercer Mundo ni siquiera sabe qué hacen los médicos psiquiatras. Se llenan de pavor, o hasta se irritan, si un buen amigo les aconseja asistir a psicoanálisis u otro tipo de psicoterapia. Se indignan ante la sugerencia de ir a psiquiatría. ¡ Y cuánto tiene que pasar para que un paciente sea llevado a donde un verdadero terapeuta, y no donde un diletante sin estudios universitarios y sin certificación!

Por eso es mandatorio educar, sensibilizar, darle otras luces y otras perspectivas a la comunidad.

El siguiente paso, una vez asumida la depresión como una dolencia verdadera, y una vez logrado que en el imaginario colectivo que el tener una enfermedad mental y el buscar su tratamiento no sean vistos de manera despectiva, es ver qué se hace con la depresión.

Los pacientes merecen ser tratados adecuadamente. Un enfoque integral y transdisciplinario, del que mucho se habla pero poquísimas veces se aplica en situaciones reales y concretas, es fundamental. No bastan las medidas farmacológicas, ni las medidas psicoterapéuticas, ni las psicosociales por sí mismas. Se requiere, para un tratamiento contundente, abordarlo todo, y abordarlo bien.

Todo ciudadano debe saber que no es suficiente una medicación, y que sería muy ingenuo esperar una especie de panacea o fármaco milagroso que borre todos los síntomas depresivos. Si el psiquiatra no es un buen psicoterapeuta, está frito. Del mismo modo, si no se tienen en cuenta los contextos familiar y social del paciente, poco se hace.

El adecuado abordaje es el más completo, el más abarcativo posible. Un tratamiento total. Involucrando a la familia y a los amigos del paciente. Modificando sus ambientes de estudio y/o trabajo. Brindándole una asesoría completa, que tenga en cuenta también sus necesidades básicas (entorno, vivienda, seguridad social, empleo, etcétera). Dándole una mano desde lo médico, lo psicológico, lo religioso, lo lúdico, lo deportivo y lo ocupacional.

Por eso se equivoca el que pretende hacer psiquiatría si no cuenta con las condiciones adecuadas (formación tanto en psicoterapia como en neurociencias, calidad de vida, una personalidad bien estructurada, una vida espiritual fuerte, una cultura amplia y un entendimiento lo más completo posible de la naturaleza y la condición humanas). Por eso se hunde en pantanos peligrosísimos el psiquiatra que no se encuentre con la suficiente preparación, o que descuide su propio derecho a la felicidad.

Holístico. Integral. Transdisciplinario. Así debe ser el abordaje de un paciente que se encuentra padeciendo un episodio depresivo. Mal hace el que se jacta de ofrecer salud mental si no tiene en cuenta todas las dimensiones de la existencia, si descuida lo recreativo o lo trascendente en su paciente en aras de lo simplemente farmacológico, o si se centra en la psicoterapia descuidando los entornos académico, laboral, familiar y social del paciente, o si se dedica a lo ocupacional sin tener en cuenta el apoyo médico. 

Pero no cesa ahí el acompañamiento. Un buen psiquiatra tiene que ayudarle a descubrir a su paciente nuevas potencialidades. Esa es una psicoterapia bien hecha: la que permite aprender, crecer, madurar (tanto al paciente como al psiquiatra). La que abre nuevos horizontes.

El paciente tiene que utilizar esa vivencia de enfermedad como una vía hacia la madurez y la plenitud. Este es un punto clave:¿Qué partido le puede uno sacar, como persona, a la depresión? Esto es, ¿cómo puedo usarla yo, como psiquiatra o como paciente, para aprender de mí, de los otros y del mundo? Y a partir de dichos aprendizajes, ¿cómo puedo (podemos) crecer?

Porque la depresión, si bien es una enfermedad grave, que afecta el desempeño del paciente y perjudica todas sus dimensiones existenciales, si tiene el tratamiento adecuado puede traer consigo una oportunidad. Un montón de posibilidades. Justamente la adecuada terapéutica abre esas posibilidades ocultas y permite que la depresión sea una bonita ocasión para que el paciente emerja más fuerte, más vital y más pleno.

La depresión puede ser una oportunidad para la introspección. La gente vive acelerada, en una premura incesante, angustiada por un montón de trivialidades que constituyen la agitada vida actual.

En medio del ritmo febril al que nos empuja esta época, no queda tiempo para el pensamiento. Y no hay mejor vía hacia la maduración que ese ejercicio de mirar hacia adentro, contemplar la propia mente, profundizar en el propio psiquismo. Por eso hoy en día, los que se quieren un poco, buscan con fruición retiros espirituales, intercambios culturales, yoga, pilates, psicoanálisis y actividades afines. Los que no, pueden encontrar una ocasión para estar consigo mismos en la vivencia depresiva. Como si la enfermedad fuera el último recurso que usara su cuerpo para hacerlos soltar el pie del acelerador.  

La persona que experimenta una depresión puede aprovecharla para desentenderse, por una temporada, de las tontas distracciones de la cotidianidad.

En aras de la productividad, obsesión de muchas sociedades occidentales, la mayoría de la gente ha perdido el rumbo. No tiene más dirección que aquella que, de manera tiránica y desconsiderada, sus empresas o jefes le marcan. Eso es algo sumamente triste. Algunos historiadores marcan un supuesto 
final de la esclavitud y la servidumbre en la línea del tiempo, pero se equivocan. Hoy en día, por doquier estamos viendo cómo a millones de personas en el mundo les restringen su derecho a la felicidad y a la plenitud, las acosan laboralmente, les niegan las condiciones mínimas para el digno ejercicio de sus profesiones.

Ahí puede entrar la depresión, ofreciendo un noble servicio. Si se le sabe sacar el jugo, un episodio depresivo ayuda a poner en perspectiva todo lo que se hace, todo lo que se deja de hacer y todo lo que se podría hacer con la propia vida. Y la liberación puede ser maravillosa. 

La depresión puede ser, de este modo, emancipadora. Nos puede cuestionar de manera filosófica. Nos puede hacer pensar si en realidad estamos viviendo la vida que queremos, o simplemente estamos aplazando nuestros sueños para cumplir la codicia o el afán de poder de otros. 

Me encanta cuando un paciente, elaborado el proceso, suelta un montón de cargas que lo tenían aplastado y se lanza a vivir, por fin, la vida feliz que se merece.

La depresión también puede ser una oportunidad para el descubrimiento de que se tiene un alma que hay que cuidar.  

Vivimos una época peculiar, de materialismo extremo. Mucha gente anda por ahí creyendo que la felicidad se puede comprar, y que se es más exitoso en la medida en que se es más adinerado. Mucha gente vive en la más completa ignorancia, despreocupada de los cuidados del alma y de las cuestiones trascendentes. En medio de tanto afán por amasar fortunas, no me extraña que hoy en día casi todo el mundo se sienta insatisfecho, a la deriva. Y pobre, sumamente pobre.

Aprender de la depresión es empezar a darse cuenta que existe un psiquismo. Que se le puede dar otro tipo de ingresos a la existencia. Que no sólo de pan vive el hombre.

A veces la gente sólo se percata de la existencia de la vida psíquica, o se toma la molestia de cultivarla, si siente la conmoción existencial generada por un episodio depresivo. Lo ideal sería no necesitar de semejante aliciente, pero a veces es lo único que puede despertar a las personas de los pantanos del materialismo.

De otro lado, un uso sabio de la experiencia depresiva conlleva la oportunidad de hacerse más empático, más compasivo. Lo he visto en muchos pacientes. Es como si el haber pasado por dicha situación los hubiese despertado de su individualismo (otro gran defecto, junto al materialismo, de la Posmodernidad) y les hubiese mostrado, por fin, que existe todo un entramado de seres en el Universo, y que es gracias a ellos que pueden mantener la existencia propia.

Por eso animo a mis pacientes a que utilicen ese poder transformador que tiene el vivir, elaborar y superar el episodio depresivo. Que no le tengan miedo a sacar provecho de dicha crisis existencial. Se puede experimentar, a partir de ella, un interesante renacimiento, del que se emerge menos atado al egoísmo y más motivado a cuidar y respetar a los demás.

Todos los médicos (tanto si son psiquiatras como si no) se hacen mejores personas, y por supuesto mejores profesionales, si han sabido aprovechar la ocasión. Lo importante es eso. Aprovecharla. Si simplemente se centran en quitarse los “molestos síntomas”, y no hacen un proceso verdadero, seguirán siendo como eran. Por eso me gusta, cuando trabajo con médicos o con psicólogos que se deprimen, el trabajar acerca del cómo pueden emerger más expertos y capacitados para atender con calidad.

Otra oportunidad que brinda la depresión, si se le afronta como camino, es la de aprender a no juzgar a la ligera a las personas que estén padeciéndola. Uno no logra entender completamente y con claridad a estas personas que están sufriendo un cuadro clínico depresivo si antes no ha probado al menos un poco de esa hiel.

Tras haber salido de las tinieblas de la depresión las personas pueden empezar a valorar mejor todo lo que tienen de luminoso en sus vidas. Ya han visto la oscuridad. En consecuencia empiezan a percatarse, de manera más vívida, de tanta luz que hay en ellos, y en los demás.

Muchos pacientes, al recuperarse de su depresión, me han comentado que después de ese evento se vuelven más agradecidos con sus vidas, con sus familias, con sus amistades, con los dones con los que han sido bendecidos. Cuando he escuchado lo anterior, no he cesado de animarlos a que sigan descubriendo ese camino. A veces llegan bastante lejos. Se convierten en personas sumamente bondadosas e iluminadas, llenas de amor por el prójimo.

Otro escenario de aprendizaje está dado por la pérdida y el duelo. Sí, los seres humanos somos bastante dados a hacer apegos, y nos da bastante duro el experimentar la ida, el cambio o la desaparición de lo que consideramos nuestras cosas más preciadas. Y la depresión bien aprovechada puede servir como un antídoto frente a esta situación.

Hay quienes se deprimen por cosas que en su momento consideran “lo más importante”…y al cabo de unos años, mirando en retrospectiva, llegan hasta a reírse por haber dado tanta importancia a esas cosas. Descubren que estaban apegados a cosas superfluas, o a personas o situaciones que no podían durar eternamente.

Lo ideal en la psicoterapia es que los pacientes capten que no se les puede exigir infinitud a los seres que en realidad son finitos, impermanentes y 
perecederos. Y que, por eso mismo, se debe aprovechar la magia del presente. Si en verdad aman a una persona, si en verdad están satisfechos viviendo en un lugar o trabajando en una institución, deben dar lo mejor de sí mismos en ese instante.  

Es hermoso constatar que muchos pacientes logran comprender lo anterior, y empiezan a valorar enormemente el aquí y el ahora. Van dejando tanta inhibición, tanta insensatez, y se vuelven más generosos a la hora de ayudar y dar muestras de cariño. Entienden que un abrazo afectuoso en vida es mucho más útil que una enorme corona de flores cuando ya ese ser amado ha muerto.

Ese tipo de pacientes que han aprendido de la depresión empiezan a gozarlo todo, a disfrutar mejor cada experiencia, cada pequeño placer de la vida, como leer algo bueno, relajarse y sonreír al escuchar una canción o acariciar una mascota. Y no se dejan enturbiar la vida por sujetos que quieran hacerles daño robándoles esos dulces momentos de virtuoso placer.

La experiencia de la depresión puede ser una lección con respecto a no aferrarnos a lo que es perecedero o puede tener un final. Del aferramiento surge buena parte de ese miedo enorme que le tienen muchos a la muerte, y
de esa desconsideración y brusquedad con la que suelen tratar al anciano o al moribundo, y de ese estéril afán por verse jóvenes.

Esta época está tan llena de confusión que hay millares de sujetos, en todo el mundo, pretendiendo ser inmortales y dándole la espalda a las realidades ineludibles del envejecimiento, la caducidad y la muerte. Por eso vemos abuelas intentando pasar por lolitas, viejos verdes haciendo el ridículo, cincuentones al borde del infarto en el gimnasio. Y jóvenes tan pánfilos, tan despistados, tan nulos intelectualmente, que no tienen noción de lo creativo, y mucho menos de lo religioso o trascendental. Y por eso los vemos, a todos ellos, aterrorizados cuando repentinamente requieren ser hospitalizados o se encuentran de cara a la enfermedad y la muerte, y su mundo de fantasía narcisística se les viene abajo.

Cuando una persona ha pasado por un episodio depresivo y ha aprendido bien la lección, se enfrenta ya a la enfermedad y a la probabilidad de morir con mayor naturalidad, con interesante estoicismo, como si supiera de antemano que eso ya iba a pasar, que “estaba ya en el presupuesto”. Y lo más sorprendente es que tiene mayores oportunidades de sobrevivir, y hasta de curarse.

Otra interesante oportunidad de la experiencia depresiva es la de empezar a ver más allá, de abrirse a la trascendencia. He constatado, a lo largo de mi carrera, que muchos de los que no tenían ninguna idea de Dios, de Cielo o de Infinito, o que incluso sentían aversión por ellos, emergen de un episodio depresivo con mayor apertura, sedientos de vida espiritual.

Y sí. Muchos agnósticos y ateos, tras superar la depresión, empiezan un interesante camino de vivencia religiosa. Descubren ese aspecto de su personalidad que había quedado escindido, que habían dejado de lado. Empiezan un proceso de integración, de recuperación de esas partes de ellos mismos que creían inexistentes o innecesarias. Muchos me han manifestado que a partir de entonces sus vidas han sido más completas, más fecundas, más dignas de ser vividas.

*

En resumen, la depresión es una entidad real con un diagnóstico y un tratamiento definidos. Una realidad de doble naturaleza: hunde y estanca si no es manejada profesionalmente, pero también empuja a la transformación y a la plenitud existencial si se trata adecuadamente y se aprovecha como oportunidad, como camino.

Los más básicos no saldrán de un episodio depresivo sino atemorizados, deseosos de que jamás vuelva a ocurrir. Pero los más sublimes saldrán con unas ganas inmensas de ayudar, de comprender amorosamente y de acompañar a otras personas que estén pasando por algún tipo de sufrimiento.



David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)

Médico psiquiatra, psicoterapeuta
dalbcampos@hotmail.com

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Doctor Campos que Dios lo llene de bendiciones!! Muchas gracias por todo

Anónimo dijo...

Muchas gracias Doctor. Dios lo bendiga