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lunes, 20 de julio de 2015

Creer para ver. Un acercamiento a la existencia de Dios en la posmodernidad, por David Sánchez Londoño

Hoy día el absolutismo es visto con ojos de juicio: aquel que se pronuncia sobre la veracidad o falsedad universal de una premisa es catalogado como “intolerante”, mientras que aquellos que realizan juicios relativos y no necesariamente transferibles son galardonados como racionales, progresistas, portadores de conciliación y paz. Pero al ser enfrentado con una posición absoluta lo más juicioso es, en vez de rechazarla inmediatamente por su naturaleza no relativa, abrirse a la posibilidad del carácter categórico de tal afirmación, y para ello es necesario que esta posición sea presentada con la tolerancia y respeto que pueden no tenerse al profesar lo que es verdad por encima de las otras verdades. Esta es, al menos, la posición que toma San Agustín en su De Libero Arbitrio cuando es cuestionado sobre la existencia de Dios, posición cuyo análisis constituye la esencia de este ensayo. No obstante, antes de tratar las premisas desarrolladas por San Agustín en su texto, se hace menester echar un vistazo a uno de los mayores opositores del absolutismo cristiano, teniendo como absolutismo cristiano la creencia de que el Dios de la biblia es el único dios.

Expondré este opositor, el postmodernismo, por medio de una corta anécdota. El relativismo postmoderno Recuerdo de manera muy vívida cómo hace algunos meses comencé una discusión con un amigo graduado en filosofía en cuanto a la naturaleza pagana (es decir, que rinde adoración a dioses diferentes al Dios cristiano revelado en la biblia) de la Noche de Brujas. Saltan a mi mente argumentos muy lógicos suministrados por ambas partes: sentía estar discutiendo de par a par con este joven estudiado en el arte de la retórica y la disertación. Finalizado el debate informal sobre la existencia de Dios, la existencia de su opuesto enemigo, y de su influencia en ciertas celebraciones aparentemente inofensivas, llegamos a conclusiones muy lúcidas: me sentí victorioso, habiendo defendido desde la razón aquello en lo que creo fervientemente.

No obstante hoy pienso que este fue, más que un triunfo, un empate: no importa cuánto me fuera concedida la victoria desde la razón en ciertas ocasiones de la discusión, y no importa cuán sensatas se pudieran considerar mis premisas y mi defensa de las mismas. El hombre no dejaría de declararse ateo. En esta vivencia se ve una de las características del pensamiento postmoderno: es relativista.

Como lo explica claramente Donadío en su disertación Relativismo y Postmodernidad, en esta época es común no aceptar ningún juicio de carácter absoluto, aún si es sustentado de manera objetiva y universal. Sin importar cuánto se discuta sobre las cuestiones absolutas y verdaderas, esta discusión tendrá lugar sólo a manera de ejercicio, y nunca para llegar a una verdad absoluta e inquebrantable: los juicios categóricos son opacados por la búsqueda de verdades personales, aquello que es cierto para un solo individuo, un pragmatismo moderno. No cabe lugar para un juicio universal como, “Dios existe”, resignando a los creyentes de hoy a afirmar “para mí Dios existe”, siendo vista la contraparte absoluta de esta posición como anticuada. Alguien que afirme por su fe que “Dios existe y que quien no crea lo mismo está equivocado” se verá como, más que un opositor digno de ser objetado o defendido, como un iluso irracional.

Sin embargo existen aquellos para quienes la fe no es una opositora de la razón. Ellos afirman que, por el contrario,son complementarias: no se pueden realizar juicios racionales sin tener fe, y no se puede hablar de una verdadera fe sin hacer uso de la razón. En otras palabras: Dios existe y es necesario creer en él para hacer uso de la razón. Uno de los filósofos más conocidos que defendieron tal aserción fue San Agustín, cuyos argumentos vamos a analizar en el restante de este escrito.

Para ello presento un fragmento de su texto ya mencionado, De Libero Arbitrio, en su traducción de García López para "La Filosofía en el Bachillerato". Fragmento de De Libero Arbitrio:

San Agustín. ¿Estás seguro, al menos, de la existencia de Dios? 

Evodio. Sí, y con una certeza incontestable; pero tampoco en este caso es el examen de la razón, sino la fe, quien me da tal certeza. 

Agustín. Bien. Si alguno de esos insensatos de los que se ha escrito: “El insensato dijo en su corazón: Dios no existe”, viniera a repetirte esa proposición y, rechazando creer contigo lo que tú crees te manifestara el deseo de conocer si tu crees la verdad, ¿dejarías a ese hombre en su incredulidad o creerías que hay algún medio de persuadirlo de lo que tú crees firmemente? Sobre todo si no tuviera la intención de luchar acérrimamente, sino el deseo sincero de saber. 

Evodio. Lo último que acabas de decir me ilustra bastante sobre la respuesta que le daría. Pues, aunque fuera el hombre más absurdo, me concedería ciertamente que no hay lugar para discutir, de ningún tema, con un hombre de mala fe y un obcecado, y con mayor razón de un tema tan importante. Hecha esta concesión, él sería el primero en pedirme que creyera que se entrega a esta investigación de buena fe y que, respecto a esta cuestión, no hay en él ninguna perfidia u obstinación. Entonces le expondría esta demostración, que creo que es fácil para todo el mundo: puesto que, le diría, quieres que otro crea, sin conocerlos, en los sentimientos que tu sabes ocultos en tu alma ¿no es aún más justo que creas tú en la existencia de Dios, sobre la fe de los libros de esos grandes hombres, que nos aseguran en sus escritos que han vivido con el Hijo de Dios; y eso tanto más cuanto que ellos declaran en esos libros haber visto cosas que serían imposibles si Dios no existiera? Y este hombre sería demasiado insensato si me criticara por creerles, él, que quiere que yo le crea a él mismo. Pero lo que, con justicia, no podría criticar, tampoco podría encontrar ninguna razón para negarse a hacerlo él mismo. 

Agustín. Pero te diré, a mi vez, que si consideras, sobre la cuestión de la existencia de Dios, que es suficiente remitirse al testimonio de esos grandes hombres, de los que hemos juzgado que nos podemos fiar sin temeridad, ¿por qué no remitirnos igualmente a su autoridad sobre estos puntos que nos hemos propuesto estudiar como dudosos y totalmente desconocidos, en lugar de fatigarnos con esta investigación? 

Evodio. Porque habíamos convenido que deseábamos conocer y comprender lo que creemos. 

Agustín. Te acuerdas perfectamente del principio que habíamos establecido al comienzo mismo de la discusión anterior, lo que no negaremos ahora; pues,si creer y comprender no fueran dos cosas diferentes, y si no debiéramos creer primero las sublimes y divinas verdades que debemos comprender, en vano hubiera dicho el Profeta: “Si antes no creéis, no comprenderéis”. Nuestro Señor mismo, tanto porsus palabras como porsus actos, exhortó primero a creer a quienesllamó a la salvación. Pero a continuación, cuando hablaba del don mismo que daría a los creyentes, no dijo: la vida eterna consiste en creer en mí,sino: “En esto consiste la vida eterna: en conocer al único y verdadero Dios y al que envió a vosotros, Jesús Cristo”. Y dice además a los que ya creían: “Buscad y encontraréis”. Ya que no se puede decir que se ha encontrado lo que se cree, sin conocerlo aún; y nadie alcanza la aptitud de conocer a Dios si antes no ha creído lo que después debe conocer. Por ello, obedeciendo los preceptos del Señor, persistamos en la investigación. Si, en efecto, buscamos por invitación suya, Él mismo nos mostrará también las cosas que encontremos, en la medida en que pueden ser encontradas en esta vida por hombres como nosotros. Y, verdaderamente, como hemos de creer, a los mejoresles es dado, en esta vida, ver esas cosas y alcanzarlas con una evidencia más perfecta y, ciertamente, después de esta vida, a todos aquellos que son buenos y piadosos. Esperemos que así ocurra con nosotros y, despreciando las cosas terrestres y humanas, deseemos y amemos con todas nuestras fuerzas las cosas divinas. 

En este escrito destacan dos grandes premisas, defendidas de manera consecutiva. Por un lado, (A) alguien que espere que se crea su opinión como verdadera debe estar dispuesto a aceptar la opinión de otro (en este caso la existencia de Dios) como verídica; si alguien quiere debatir por debatir sin estar abierto a cambiar su opinión, no vale la pena discutir. Y por el otro lado, (B) aunque es correcto buscar comprender a fondo las cuestiones en las que se cree por fe, es imposible conocerlas y comprenderlas si no se cree en ellas primero. De esto se podría concluir que para conocer a Dios es necesario primero estar abierto a creer en él y en efecto creer en él,siendo imposible conocerle si nos empeñamos en afirmar su inexistencia o su existencia relativa en vidas individuales pero no en la vida de todos; no obstante, antes de afirmar una conclusión tan tajante es necesario analizar las premisas de San Agustín, remitiéndonos para ello a la retórica de El Imperio Retórico de Chaim Perelman. Premisa - Obligatoriedad de la apertura por parte de los interlocutores Premisa: “Sería demasiado insensato si [este hombre] me criticara por creerles[a quienes afirman haber vivido con el Hijo de Dios], él, que quiere que yo le crea a él mismo. Pero lo que, con justicia, no podría criticar, tampoco podría encontrar ninguna razón para negarse a hacerlo él mismo”. Aquí San Agustín afirma lo siguiente: si un hombre espera que le crea ciegamente, en cuanto me dice ser un hombre sensato abierto a conocer, igualmente se puede esperar que él crea ciegamente en mi premisa. En otras palabras: Yo te creo que tu quieres aprender, tú créeme a mí que te enseñaré. Dentro de las categorías de premisas acuñadas por Perelman esta premisa forma un argumento que se basa en la estructura de la realidad, porque asume que si alguien busca que le crean debe de estar abierto a creerle a otros, generando un nexo entre la voluntad de aceptar nuevas ideas del orador y la voluntad de aceptar nuevasideas del auditorio. Dependiendo de la audiencia de este discurso, esta premisa es parcialmente efectiva. En el mundo actual la cosmovisión más común es la relativista, en donde no existe una sola verdad; es justo por esta cosmovisión que más que nunca es cierto que si A le cree a B, B estará dispuesto a creerle a A, ya que cada uno tiene su propia verdad y al compartir creencias están enriqueciendo su realidad. En este caso la premisa se torna válida. Pero la creencia cristiana, absoluta por definición, no cabe en este modelo al afirmar alguien que Dios es la verdad y no hay ninguna otra: “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Jn 14:6). Al acercarse alguien con una creencia en Dios a otra persona, de entrada muchas veces está afirmando a su interlocutor: mi verdad es la verdad, no escucharé la tuya. El interlocutor entonces tomará la misma posición: no escucharé tu “verdad”. Por ello, aunque la creencia cristiana por definición esincompatible con muchas otras creencias, al presentar la posición cristiana como absoluta lo único que se hace es generar aversión a la misma. Es muy posible que el carácter absolutista de la creencia cristiana no fuera un impedimento en la época de este escrito; después de todo, en la edad media era la ley en muchos lugares el profesar esta fe, y lo extraño habría sido no aceptarla como absoluta.

Así San Agustín alcanza con éxito a su audiencia con esta premisa. El problema ocurre al trasladar la premisa a la actualidad, donde la multiplicidad de verdades rechaza la posibilidad de una Verdad Única. Por este rechazo a lo absoluto se hace menester en la actualidad, al profesar la fe en Dios o al presentar cualquier otra posición categórica, no exponerla como tal. Por el contrario se debe hacer esta exposición con mucha tolerancia y respeto hacia las creencias ajenas, aun cuando por el mismo absolutismo manejado se crea que estas otras creencias no son adecuadas. Premisa - Obligatoriedad de la fe por parte del no creyente Premisa: “No se puede decir que se ha encontrado lo que se cree, sin conocerlo aún; y nadie alcanza la aptitud de conocer a Dios si antes no ha creído lo que después debe conocer” Esta segunda premisa es, posiblemente, la que tiene más potencial de generar discusión: es necesario creer para entender, creer para ver, creer para conocer. El argumento es sencillo: no puedes conocer algo en lo que no crees. A partir de esto se llega a que la única manera de conocer a Dios y percibir su existencia es primero creer en él; quien no cree en Dios es ciego a sus manifestaciones. Esta otra premisa forma un argumento que crea una nueva estructura de la realidad (no puedes conocer sin antes creer), creando una disociación entre el conocimiento y la creencia. El éxito de esta premisa nuevamente depende del auditorio: para los oyentes de la época podría haber sido muy veraz, para las personas de hoy no tanto. En una sociedad más abierta a lo absoluto, era aceptado el creer de manera dogmática en algo que luego, ya aceptada su existencia, se podría conocer poco a poco. Esto no es posible en una sociedad como la actual claro está: el dogma es echado a un lado a favor de la crítica y el análisis minucioso, y resulta un poco descabellado proponer creer en algo que no se conoce y cuya existencia es dudosa.

El paradigma del mundo actual suele ser: ver para creer; no es extraño que una propuesta como creer para ver no se considere muy popular y, cada día más, sea rechazada por las mentes más aparentemente lúcidas. Está escrito en el antiguo testamento en el libro de Jeremías: “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.” (Jer 33:3) Aunque el mundo de hoy esté empeñado en creer solo en la medida que ven, visión popularizada entre otras cosas por el método científico, la misma palabra de Dios afirma que sólo quien cree y busca a Dios puede conocer sus secretos. Se vuelve entonces (al menos desde estos escritos) un poco ingenuo el pretender probar únicamente por medio de la razón la existencia de Dios, ya que esto requeriría aprender sobre él, lo cual según él mismo es imposible sin primero tener fe. Nuevamente a causa del rechazo a lo absoluto se hace complicado que alguien decida creer en Dios con sus preceptos y prejuicios en cuanto debe “ver para creer”.

Es necesario un “paso de fe” para poder conocer a Dios, y al menos desde la experiencia propia he visto que después de este paso de fe inicial el conocimiento del que habla San Agustín en efecto comienza a ser revelado.

A través de este texto, San Agustín de Hipona quiso tratar el tema del libre albedrío pero, en el proceso, dio un pequeño argumento en cuanto a la existencia de Dios y de los requisitos para conocerlo. Él afirmó que para llegar a un conocimiento en cuanto a Dios y su existencia se debe tener una mente abierta a escuchar la verdad que otro quiere proporcionar (tanto para el creyente como el no creyente), y que además el conocimiento sobre la existencia o inexistencia de Dios sólo se puede alcanzar en la medida que se acepta su existencia, por lo que alguien que admite su inexistencia pero trata de probar lo contrario por medio de la razón verá sus intentos frustrados. En otras palabras, alguien que desee conocer a Dios debe estar abierto a una nueva verdad, que en este caso es absoluta y no relativa, y debe dar el paso de creer en la existencia de Dios por fe y no por razón;solo así es que la razón comenzará a comprender el conocimiento que por la fe fue revelado.

Creer en lo incomprobable y aceptar una realidad absoluta son dos pasos que por la coyuntura del postmodernismo se hacen difíciles, y esto hace que el discurso de San Agustín no tenga un efecto tan poderoso en la audiencia de hoy como lo hizo en su audiencia contemporánea. Es quizás por esto que hoy hay tantas personas que no creen en Dios: no quieren creer una verdad absoluta sin antes comprobarla, cuando pueden optar por la alternativa de aceptar una multiplicidad de verdades. Pero, por su misma naturaleza, Dios no puede ser conocido sin primero haberse admitido su existencia. La postmodernidad tiende a una multiplicidad de realidades, a que cada persona tenga su propia verdad mientras esta no entre en conflicto con las demás, y tiende además a que estas verdades nazcan de la experiencia y de lo tangible.

A partir del discurso de San Agustín se hace evidente que para conocer a Dios es necesario primero creer en él, y para hablarle a alguien que no crea en Dios sobre él es menester hablar no como alguien que tiene la verdad suprema y es sordo a otras realidades, sino como alguien dispuesto a conocer y respetar la opinión, la realidad del otro.

Ambos interlocutores deben estar abiertos a respetar y considerar la “verdad” ajena, aun cuando ésta pretende ser absoluta. De lo contrario, estamos condenados a una coyuntura donde cada persona tiene su propia realidad, donde todo es verdad y nada lo es, donde aquel que tiene la valentía de afirmar: esta es la verdad, es visto no como una persona segura de sus convicciones sino como un anticuado irracional. Vivimos en un mundo donde todos los caminos llevan a Roma, pero el mensaje cristiano es que nadie viene al Padre sino por el arrepentimiento y la obra de Cristo en la cruz. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.” (Jn 3:16-18)

Asumiendo que todos los caminos llevan a Roma, quienes siguen a Jesús llegarán a Roma al igual que todos los demás; pero si en efecto nadie viene al Padre sino por Jesucristo, ¿Qué pasará con todos los que tomaron otro camino?

Referencias

Agustín de Hipona. (S. IV-V). Tratado del Libre Albedrío. En A. M. García López, La Filosofía en el Bachillerato. Obtenido de http://www.webdianoia.com/medieval/agustin/agustin_text3.htm

Donadío Maggi de Gandolfi, M. C. (2009). Relativismo y Postmodernidad. Buenos Aires, Argentina. Perelman, C. (1998). El Imperio Retórico: retórica y argumentación. Grupo Editorial Norma.


David Sánchez Londoño (Colombia, 1994)