Follow by Email

miércoles, 22 de julio de 2015

CÓMO SE LLEGA A DIOS A TRAVÉS DE LA PSIQUIATRÍA, por David Alberto Campos Vargas

1

Este es un ensayo que había querido escribir desde hace mucho. Ha sido gratificante el haber tenido al fin las herramientas para hacerlo, y el empuje final para lograrlo.

Lo quiero compartir a toda la comunidad académica con cariño y humildad.

De Dios se han escrito bellezas, como los poemas de San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, o los mejores pasajes de San Agustín de Hipona y San Anselmo de Canterbury. Competir en beldad contra esos titanes me pareció que excedía el objetivo de este escrito.

Pruebas lógicas de la existencia de Dios, desde la Filosofía y la Teología, se pueden encontrar en la obra cumbre de Santo Tomás de Aquino, la Suma Teológica, y también se pueden rastrear en  Orígenes, Blas Pascal, Wilhelm Leibniz y Emanuel Kant. No creí original volver sobre esos senderos ya transitados.

Pruebas ontológicas sobre la existencia de Dios se han intentado desde Plotino y Clemente de Alejandría hasta René Descartes, así que tampoco consideré insistir en ellas.

A grandes estudiosos de la mente humana, como William James, Carl Gustav Jung y Víktor Frankl, les debo mucho de lo que sé en cuanto a la experiencia religiosa desde una perspectiva psicológica. Pero ese aspecto de Dios, como dador de sentido a la vida humana, será relato de otra ponencia.

Aquí trataré de exponer, de manera condensada, el cómo he encontrado a Dios a lo largo de mi ejercicio profesional.


2

Quise claridad y precisión, y ceñirme a lo estrictamente científico, por lo que solamente me moveré en los terrenos de la Psiquiatría, como especialidad médica encargada de comprender el cerebro y su relación con la conducta. Pido de antemano se me excuse el lenguaje técnico y médico, pero es el mejor camino.

Como científico, estoy interesado en datos sólidos, coherentes y lógicos. No me puedo dar el lujo de la apología o la polémica, pues mi terreno no son las opiniones ni las especulaciones sino los fenómenos observables. La evidencia. No me interesaba seducirlos: este no es un texto político. No me interesaba convertirlos: este no es un texto pastoral.

He procedido a la manera que nos enseñó Francis Bacon: de lo particular a lo general, en el más puro método inductivo.

3

Cuando a uno le hablan de la existencia de Dios desde la ciencia en general, y desde la neurociencia o la psiquiatría en particular, enseguida se produce cierto incómodo alertamiento. Uno piensa enseguida: “¿Y ahora con qué me saldrán?”. Porque son tantos los autores interesados en hacer dinero escribiendo libritos lacrimógenos que ya uno no puede fiarse.

Los supuestos “testimonios incontrovertibles” que uno encuentra en esos textos que se consiguen en supermercados y en librerías esotéricas no resisten la prueba. De ellos se ríen a carcajadas ateos y agnósticos. Pueden servir como una amena lectura de aeropuerto, pero no para un ensayo que aspire a un nivel apropiado de racionalidad. Así que pueden estar ustedes bien tranquilos. No les voy a hablar de eso.

Quise ceñirme a lo visto en pacientes sin comorbilidad psiquiátrica grave, sin grandes traumas, sin antecedente de abuso de psicotóxicos, sin embriaguez alcohólica o debida a otras sustancias, sin trance hipnótico o elevada sugestionabilidad.

4

He visto muertos desde que tenía nueve años. A los doce años ya me fui encontrando con algo relevante: algunos muertos lucían mejor que otros. Sus rostros reflejaban tranquilidad, sosiego. Algunos hasta quedaban sonriendo.
Otros cadáveres, en cambio, mostraban en su rostro un enorme sufrimiento, como si el trance de la muerte les hubiese sido angustioso u horripilante.  
A los quince años ya había encontrado que, invariablemente, los cuerpos de quienes parecían haberse ido tranquilos pertenecían a personas con algún tipo de fe o creencia religiosa. Como si eso hiciera que sus cadáveres, efectivamente, mostrasen menos signos de angustia.

Haciendo mis prácticas clínicas en Medicina, observé que esos que morían con angustia hacían su paso a la muerte, frecuentemente, con los ojos abiertos o fuertemente cerrados, arrugando la frente, haciendo un gesto con la boca semiabierta y las comisuras labiales hacia abajo, contrayendo activamente los músculos cervicales y dorsales. En muchas ocasiones también giraban sobre sí mismos y se movían y dejaban sus camas revueltas.

Despedirse del mundo era algo que le costaba mucho más a cierto tipo de personas: las que creían firmemente que no había nada después de su paso por la Tierra. Yo lo notaba, una y otra vez: los pacientes que no tenían ninguna filiación religiosa, y que se declaraban ateos o agnósticos cuando yo les hacía la historia clínica de ingreso, se resistían enormemente a morir y mostraban los signos anteriormente descritos.

Y, en el otro polo, estaban los pacientes con una fuerte religiosidad. Todos ellos, fuese la que fuese su religión, me comentaban que esperaban encontrarse con Dios y con sus seres queridos después de morir. Todos ellos me referían que se sentían optimistas de cara a la muerte, a la que en modo alguno atribuían un significado de culminación o finitud, sino más bien de tránsito, de paso o puente hacia una vida mejor, más plena y más feliz.

En los pacientes que creían que existía algo después de la muerte fui notando, en efecto, cierta facilidad para despegarse, para desprenderse de este mundo. Lo paradójico es que morían con mucha menor frecuencia que los ateos o agnósticos. Vi curaciones inexplicables en pacientes desahuciados (muchos de ellos con cáncer en estadíos avanzados) que sólo tuvieron su fe  como posibilidad. Y los que morían, en efecto, no se resistían, ni apretaban mandíbulas o puños, ni se movían dramáticamente en el lecho, ni arrugaban marcadamente el rostro. Incuso estando adoloridos, parecían dar el paso con mucha menor dificultad.

Obviamente, yo interpreté esos datos a la luz de los conocimientos que tenía en ese entonces. Pensaba que era simple obra de la autosugestión. La fe de esas personas, pensaba yo, las programaba psíquicamente para morir tranquilos. Además, me decía a mí mismo (era por entonces ateo) que seguramente ante la perspectiva de un mundo mejor, en el que habitaba su Dios y estaban sus queridos familiares y amigos, hasta se morirían con gusto.

También creía yo que el sufrimiento de agnósticos y ateos se relacionaba de manera exclusiva con que estaban muy apegados a este mundo al que creían su única posibilidad, su única oportunidad de existir.

En 2002, estando con pacientes oncológicos (había tomado una electiva en psiquiatría de enlace en el Instituto Nacional de Cancerología), hice otro hallazgo que me conmovió. La primera vez fue en pleno día, a eso de las diez de la mañana, y acompañado por dos estudiantes. Un hombre con carcinoma hepático estaba agonizando. Lo habíamos visto el día anterior, y habíamos intentado una terapia de apoyo. En aquella ocasión él nos dijo que estaba tranquilo, que lo único que esperaba era morir sin dolor. Esperaba reencontrarse con su esposa, ya fallecida, y con otros seres queridos. Quería que le suministraran morfina y le mitigaran el dolor. Después de terminada la sesión, se despidió de nosotros y tuve la intuición de que esa había sido la última para él.

Cuando llegamos ya estaba expirando. No se percató de nuestra presencia. Tenía la mirada fija en la ventana de su habitación. Algo diminuto salía de su cabeza. Parecía una gota de sudor, pero poco a poco se iba desprendiendo de la piel. Al final, resultó ser una especie de esfera luminosa, de unos dos milímetros de diámetro, que despedía un halo ligeramente azulado. Los estudiantes a mi cargo y yo nos quedamos en silencio. Vimos cómo la esfera ascendía y llegaba al vidrio de la ventana, con el que parecía fundirse, y le perdimos el rastro.

En ese momento no me atreví a decirles a los estudiantes que eso debía ser lo que algunos llamaban alma. Me parecía poco pedagógico y bastante especulativo. Pero tampoco existía otra sustancia que tuviera movimiento propio, brillara y no estuviera sometida a la fuerza de gravedad. Así que opté por mirarlos y comentar: “Pasan cosas interesantes, ¿no?”. Ellos estaban tan pasmados que no atinaron a contestarme. A los pocos segundos, notamos que había muerto por la ausencia de actividad en el electrocardiógrafo del monitor. Corrimos a llamar a los enfermeros.

Salimos para dar espacio al personal que iba entrando a la habitación. Nos encogimos de hombros y caminamos hacia la oficina de psiquiatría, tres pisos más arriba. Los tres estábamos lo suficientemente conmovidos como para no abrir la boca. Le comentamos a la psiquiatra el asunto. Ella tampoco supo dar una explicación. Sólo nos lanzó una mirada inquisidora, se arrellanó en su sillón y encendió un cigarrillo.

Seguí atento a dicho fenómeno. Tan pronto sabía que un paciente estaba agonizando, me las ingeniaba para entrar a su habitación. Me servía el tener bata y uniforme, y cierta complicidad de las enfermeras (una de ellas, que me acompañó, pudo también notar el fenómeno…tengo entendido que se hizo una mujer sumamente devota). Completamos once observaciones el tiempo que duró mi rotación (dos meses). Siempre la microesfera luminosa, moviéndose por sí misma y de manera antigravitatoria, segundos antes de que cesara completamente el ritmo cardiaco.

Tomé atenta nota de fenómeno. En ese entonces me lo traté de explicar como una especie de proyección de algún tipo de contenido inconsciente compartido por todos nosotros, los observadores, que provocaba el que viéramos todos la misma cosa. Pero nunca me creí semejante explicación tan retorcida.

Seguí avanzando en mis estudios. Dejé de ser ateo. Al iniciar el Internado, en diciembre de 2003, ya me habían llamado la atención otras cosas: los creyentes, en comparación con los ateos, se suicidaban menos, se enfermaban menos, vivían más tiempo, tenían sobrevidas mayores (aún tratándose de las mismas enfermedades). 

En 2004, en los Hospitales universitarios La Samaritana y San Ignacio, continué muy atento a ese extraño fenómeno de los moribundos y la microesfera luminosa. Volví a percatarme del asunto, pero sólo en dos ocasiones, pues solamente pude estar presente en media docena de muertes. Curiosamente, en quienes noté el fenómeno también observé una muerte sin mayores turbulencias, sosegada (como ya he especificado, a pesar del dolor o la gravedad de la enfermedad), sin mayores traumatismos; tomé atenta nota de otra variable al revisar sus historiales: eran personas religiosas, en el sentido amplio de la palabra. Así no fueran fervorosamente religiosos, al menos tenían la esperanza de dar con un ser superior al continuar su vida en otro mundo.

Por supuesto me abstuve de compartir estos hallazgos con mis profesores, pues dado el ateísmo militante de casi todos ellos me arriesgaba a que me tomaran por un tonto y me impidieran graduarme. Pero los fui guardando atentamente, consciente de que eran algo digno de ser recordado.

Tan pronto me gradué como Médico y Cirujano me fui a vivir a Chile. Conseguí un trabajo en la municipalidad de San Pedro de Melipilla. El trabajo incluía una humilde casita en la vereda de Loyca. Dicha morada estaba conectada con la posta (el centro de salud) a través de una puerta y un corredor. La casita era bastante modesta, por no decir fea, pero era gratis, y yo me había ido a Chile con dos camisas, dos trajes y un par de zapatos. Así que acepté enseguida. En esa casita, recién llegado, el 2 de febrero 2005, viví otra cosa que me llamó la atención.

Estaba pasando allí mi primera noche. Todo estaba en silencio. No había nadie más, ni en la posta ni en mi casa. La enfermera había terminado su turno a las seis de la tarde. Yo estaba cansado. Serían como las ocho de la noche cuando me acosté a dormir. En la madrugada me desperté, sobresaltado, por unas voces que se oían cada vez más fuerte. Provenían de la posta. Eran voces de hombres, unas seis o siete. Creí que se trataba de un grupo de heridos. Me levanté enseguida y abrí la puerta…Nada. Oscuridad y silencio completos. Creí que había tenido algún mal sueño y cerré la puerta. Cuando me disponía a meterme de nuevo en la cama, volvieron los gritos. Eran gritos desgarradores. Decían, con toda claridad: “¡Ayuda!, ¡ayuda!”. También emitían gemidos y sonidos lastimeros. Definitivamente convencido de que no se trataba de una ilusión, abrí de nuevo la puerta que comunicaba la casa con la posta. Y, de nuevo, profundo silencio. Sentí miedo, que se convirtió en verdadero pánico cuando, al cerrar la puerta, se reanudaron los gritos y empecé a escuchar que se movían muebles en la posta.

Tuve la certeza de que eran fantasmas. Recordé que en esa casa no había vivido nadie desde hacía cinco años, según me había contado la enfermera que me recibió, y que ningún médico había querido quedarse allí a dormir desde hacía mucho. Sí, fantasmas, sin duda alguna. “Esta maldita casa está embrujada”, pensé. Y me acordé del consejo de un viejo campesino que alguna vez me había dicho qué hacer cuando viera o escuchara fantasmas: insultarlos. Decirles groserías. Así que solté un rosario de maldiciones, expresiones soeces y garabatos de grueso calibre, vociferando casi tan alto como esos espíritus. Al rato hice una pausa y les grité: “¿Por qué me molestan?...Déjenme tranquilo…Yo sólo vine a trabajar…Quiero trabajar, estoy para ayudar”. Enseguida se callaron. Todos los ruidos cesaron.

Todavía asustado, aunque algo contento por mi victoria, recé un padrenuestro por ellos y me acosté de nuevo.

Al despertar, me puse una bata y salí corriendo hacia la posta. Había una mesa patas arriba, una lámpara en el suelo con el bombillo quebrado, sillas tiradas, una camilla en el pasillo, una banqueta movida de su sitio. Menos asustado por ser de día, rechacé la hipótesis de los fantasmas y me dije a mí mismo que había sido una partida de borrachos maleducados la que había estado allí. Reorganicé las cosas y fui a darme un baño. A las nueve llegó la enfermera y, mientras devoraba el desayuno que amablemente me había llevado, le conté la historia. Los ojos se le abrieron y se descompuso. Me dijo que sí, que en esa posta pasaban cosas raras y que no le gustaba hacer turnos allí.

Averiguando sobre el incidente con otras personas (el jardinero, la aseadora, el chofer de la ambulancia), llegué a saber que en un muro aledaño a la posta (que daba a la ventana de mi dormitorio) habían detenido y fusilado a unos jóvenes de la zona, durante la dictadura.

Ya en la noche, cuando de nuevo empecé a escuchar los gritos, les dije en voz alta que se calmaran, que iba a rezar por ellos. Se calmaron, y pude hacer el rosario sin interrupciones. Y así lo hice dos noches más. Dejaron de importunar.

En otra ocasión, durante el verano de 2006, estaba en la posta de San Pedro y vi de repente una mujer bastante bonita, vestida de blanco. Levanté la mano improvisando un saludo, pero no me respondió. Casi me voy de espaldas cuando atravesó una pared y desapareció. Le comenté a algunas enfermeras y todas me dijeron haberla visto al menos una vez desde que estaban trabajando (la más antigua estaba contratada desde 1994). Me comentaron que era un espíritu bueno, bastante tímido. Lastimosamente no volví a verla.

Pero sí pude ver otros. No sentía nunca susto, porque eran todos conocidos (pacientes recientemente fallecidos), y tuve siempre la sensación de que venían amistosamente, como a saludar: una señora risueña que había muerto de un evento cerebrovascular; un hombre diabético e hipertenso que había sufrido un infarto de miocardio; el anciano esposo de una señora que vivía a dos kilómetros de la posta, que sufría de falla renal.

El último que vi en Chile se me apareció con una testigo. Eso fue una ventaja epistemológica, pues me corroboró que no eran producciones de mi mente sino entidades reales, fidedignas. Fue el de un paciente que había muerto por falla respiratoria; tenía una bula enfisematosa gigante y yo lo había atendido en tres ocasiones. La enfermera de turno estaba a mi lado, organizando unas gasas: también lo vio y soltó un grito; él se esfumó enseguida.

Ya de vuelta en Colombia, hacia mediados de 2007, seguiría presenciando cosas lo suficientemente extrañas como para percatarme de que había al menos un mundo distinto de éste.

Trabajé, de junio a diciembre de 2007, en una vereda llamada García, perteneciente al Hospital Miguel Barreto de Tello. Escuché a varios pacientes que habían tenido experiencias límite por enfermedad. Algunos de esos testimonios se me hacían apasionantes, pues eran de pacientes que habían estado gravemente enfermos o en coma y habían experimentado una verdadera conmoción en sus vidas.

Me hablaban de ese otro mundo, lastimosamente no con la claridad y la precisión que yo quería. Todos coincidían en que era algo tan hermoso que no se podía poner en palabras. Que se sentía una gran tranquilidad. Que sentían luego una necesidad imperiosa de rehacer sus vidas, portarse mejor y ser personas más amorosas y compasivas. Todos esos pacientes me insistían también en que se convertían en seres más espirituales, más deseosos de conocer a Dios.

Ya en 2008, haciendo la Residencia en Psiquiatría, empecé a ver milagros. Un paciente con glioblastoma multiforme avanzado, por lo demás asintomático (el diagnóstico fue por hallazgo casual, en una resonancia magnética cerebral), padre de dos niños y católico practicante, se curó realmente después de haber sido desahuciado y declarado no reanimable. Le pregunté qué método había utilizado. Me dijo que siempre había tenido una fe absoluta en la misericordia divina. Otra paciente, con cáncer de mama ya diseminado y a quienes los tratantes le habían insinuado que no viviría más de dos meses, se restableció completamente y provocó que un cirujano amigo, antaño musulmán, se convirtiera al catolicismo. Mi amigo y yo indagamos de manera exhaustiva qué pudo haberle quitado de encima a enfermedad, y no hubo medicamento, ni intervención homeopática, ni caldo de gallinazo, ni ritual chamánico de por medio. La única variable relevante que encontramos fue, llamativamente, el rezo diario del rosario.

Tal vez el caso más espectacular fue el de una anciana que, al enterarse de su diagnóstico de cáncer gástrico, le insistió al capellán del hospital que le diera la comunión todos los días, durante los casi doce días que estuvo hospitalizada. Sin quimio ni radioterapia, y ante la incredulidad de sus tratantes, su dolencia desapareció. Así de simple. Se esfumó. Le hicieron ecografías, tomografías y resonancias de abdomen, y nunca más vieron el tumor.  

Trabajando como psiquiatra en Medellín, escuché en 2011 el relato de una joven. Curiosamente, su versión tenía muchas similitudes con los relatos de las otras personas que me habían hablado de su experiencia en lo que podríamos llamar Cielo o “Más Allá”. Estaba terminando la secundaria. Cierta tarde, mientras iba caminando del colegio a su apartamento, sintió que la abrumaba la sensación de tranquilidad, amor y deseo de ayudar. Una luz radiante la tenía enceguecida, pero alcanzaba a ver contornos de seres sumamente luminosos. Entre ellos su fiel mascota, que había muerto hacía dos años, y que se abalanzaba sobre ella y le lamía la cara como en el pasado. Al cabo de dicha experiencia, la paciente quedó como agotada y se sentó a llorar en un parque. Cuando me contó el hecho, ya llevaba un mes de voluntaria en una organización de beneficencia.

Procedí a hacerle todas las pruebas neuropsicológicas del caso, que puntuaron bien. Le mandé hacer dos electroencefalogramas, una resonancia magnética cerebral y una videotelemetría, que salieron normales. La envié a valoración por neurología, psicología clínica y psiquiatría de enlace, y los dictámenes concluyeron que era una muchacha sana. Al final me rendí ante la evidencia y entendí que las personas también podían tener visitas esporádicas al Cielo sin tener que estar gravemente enfermas.

Ese mismo año, mi esposa me había insistido en que, en situaciones de enorme peligro (atendíamos a veces pacientes extremadamente violentos, sicarios y miembros de bandas criminales), invocara al arcángel San Miguel. Me pareció un consejo interesante. A los pocos días, me encontraba en el consultorio pasando revista con la residente de psiquiatría y el enfermero, bastante avergonzado, entró con aire misterioso cerrando la puerta del consultorio con llave. “Perdone, doctor”, dijo. “Yo no quería asignarle este paciente a usted, pero me tocó. El doctor Arroyave ya tenía veinte. Este tipo es muy malo, muy peligroso, doctor. Anoche intentó ahorcar a un compañero. Perdón”.   

La residente y yo nos miramos. Al poco tiempo entró al consultorio un hombre corpulento, de unos treinta años, moreno, de mirada fiera. Tenía los brazos cubiertos de tatuajes y la cabeza rapada. La residente empezó a azorarse. Él lo notó y le hizo un gesto intimidante. Luego me miró despectivamente y dijo: “¿Usted es el que me va a atender?”. Antes de que pudiera contestarle, le dio una patada al sofá y empezó a vociferar: “Yo me voy de esta clínica… Nadie va a detenerme”. Entonces invoqué mentalmente a San Miguel. Lo que siguió fue de lo más interesante. El paciente miró con miedo y sorpresa algo que estaba detrás de mí, y gritó: “¡San Miguel siempre se mete!”. Luego retrocedió, nos pidió excusas y se sentó en el sofá. Fue de lo más colaborador. Cuando el sujeto salió, la residente me preguntó qué había sucedido. Le dije la verdad, y ella me contestó que con razón, que había sentido una extraña fuerza escoltándonos.

Empecé a incluir prácticas como el yoga, las técnicas de meditación zen y la elaboración de mandalas dentro de mis sesiones, con excelente resultado. En 2012, de vuelta en Bogotá, añadí también ejercicios espirituales ignacianos y oraciones a mi arsenal terapéutico. Hasta el momento, no he encontrado el primer paciente que se enoje u ofenda y sí, por el contrario, muchos me lo han agradecido vivamente. Dichos elementos enriquecen la psicoterapia y contactan con lo más profundo del paciente, ayudándole a dar sentido y plenitud a su existencia.

Desde 2013 he visto, justamente en el Quindío, dos casos de verdaderas posesiones. Al respecto creo pertinente anotar que muchísimos casos, casi el cien por ciento, no son sino falsas posesiones: estados disociados de conciencia, producto de la sugestión, la histeria colectiva o graves trastornos de personalidad. Estos dos casos han sido manejados de manera interdisciplinaria, con sacerdote, psicólogo y pediatra, además de mí. Con ellos he confirmado que existe una realidad que no logran captar tan fácilmente nuestros sentidos, y que así como hay espíritus amigables también los hay siniestros, malévolos y agresivos. También he llegado a vislumbrar que sí existiría una especie de mundo intermedio entre este mundo material y aquel Cielo del que me han hablado tantas bellezas los que han estado ahí. 

Dicho mundo intermedio estaría habitado por espíritus confundidos, aún insuficientemente luminosos, que ya no son de este mundo pero aún no están listos para acceder al Cielo, y por eso son propensos a efectuar posesiones y fenómenos tipo poltergeist. Vale la pena seguir investigando esta línea. Por ahora me abstengo de hacer otro tipo de declaraciones, pues como señalé al inicio en este texto quiero ceñirme a la evidencia.   

Ahora, a mediados de 2015, sigo recopilando experiencias. Ha habido un montón de milagros, como el que experimenté en mí mismo el año pasado. Gracias a Dios me curé de una grave enfermedad laríngea. No he vuelto a ver pacientes moribundos, pero sigo notando, en general, que los que creen en algo más allá de la muerte asumen su realidad con mayor optimismo, y no se deterioran tanto como los ateos o agnósticos.

Con respecto a los otros hallazgos mencionados, el ejercicio clínico me los corrobora a diario.

He logrado cimentar buenas relaciones con mis pacientes en buena medida gracias a esa incorporación de elementos espirituales que otros psicoterapeutas no hacen, en buena medida por desconocimiento, y también por un tremendo miedo a tratar los aspectos trascendentales de la vida. Prefieren hacer una “charlita” irrelevante, o dedicarse a prescribir fármacos. Pero siempre será muchísimo más fértil profundizar y comprender.

5

Conclusiones

1. Los creyentes tienen menos severidad de síntomas cuando padecen trastornos depresivos o trastornos ansiosos, en comparación con agnósticos o ateos. También cometen suicidio en menor proporción, se enferman menos y tienen mayor supervivencia.

2. Los creyentes se acercan con mayor tranquilidad a la muerte en la agonía final y definitiva, en comparación con agnósticos y ateos.

3. Hay algo en los creyentes (probablemente el alma) que emerge de ellos al momento mismo de morir, y que busca desprenderse de lo físico y material. También exhibe resistencia a la gravedad y naturaleza luminosa.

4. Las personas con alguna filiación religiosa tienden a vivir más meses que los ateos o agnósticos en el escenario de enfermedades terminales.

5. Agnósticos y ateos tienen un riesgo aumentado de morbimortalidad.

6. El Cielo, Más Allá o Paraíso parece que sí existe, si se deduce su existencia a partir de los relatos de los numerosos individuos que lo han visitado, relatos que exhiben además coincidencias estadísticamente significativas. Vale la pena aclarar que dichos individuos pertenecen a distintas etnias y creencias religiosas, y que no necesariamente han pasado por experiencias cercanas a la muerte.

7. Parece que los espíritus se pueden mover con versatilidad entre el Cielo y este mundo material. Cuando vienen a este mundo, lo hacen habitualmente para despedirse, pedir algo (muchas veces oraciones, o que se les ayude a completar cierta tarea que dejaron inconclusa), saludar o simplemente recordar los sitios y las personas que frecuentaron.

8. Parece que ciertos espíritus, tal vez por malignidad moral y mala conducta exhibidas en su paso por este mundo material, se quedan a medio camino entre este mundo y el Cielo, y son proclives a tomar posesión de personas con trastornos mentales severos.

9. Las personas con algún tipo de filiación religiosa son más propensas a experimentar milagros o curaciones médicamente inexplicables.

10. En líneas generales, el ejercicio de la Psiquiatría se enriquece y ennoblece cuando tiene en cuenta las dimensiones religiosa y trascendente de las personas.


Esto es lo que tengo hasta ahora. Ustedes, los lectores, sabrán sacar sus propias conclusiones. Espero que algunos se aventuren a investigar más sobre el asunto. Lo cierto es que yo, definitivamente, he encontrado a Dios en mi camino.

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)  

*Médico y cirujano, Pontificia Universidad Javeriana
Especialista en Psiquiatría, Pontificia Universidad Javeriana
Neuropsicólogo, Universidad de Valparaíso
Neuropsiquiatra, Universidad Católica de Chile
Director Departamento de Psiquiatría y Profesor de planta, Facultad de Medicina, Universidad del Quindío 
Filósofo, Universidad Santo Tomás de Aquino