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domingo, 28 de junio de 2015

¿DEMOCRACIA? DISERTACIONES SOBRE POLÍTICA Y PSICOANÁLISIS, por Gustavo Adolfo Zambrano Sanjuán

“Lisa, el objetivo de la democracia es elegir a representantes para que ellos piensen por nosotros” Homero J Simpson.


La democracia ha estado presente desde los albores mismos de la humanidad, cuando la mayoría de las decisiones tribales recaían sobre los miembros de éstas y en la que, por el tamaño de las comunidades, cada uno de los integrantes era considerado como un igual. Sin embargo, como forma de gobierno, surgió en la antigua Grecia hacia el S VI AC, siendo el significado etimológico de la palabra “Gobierno del Pueblo” (δημος, deimos, pueblo y Κράτος, Kratos, gobierno). Es de destacar que independientemente del origen etimológico de la expresión, la democracia estaba harto lejana de lo que usualmente nos imaginamos: los ciudadanos libres de la polis ateniense no eran sino unos pocos miles (se estima que apenas un 25%), en contraste con las decenas de miles de esclavos, extranjeros y mujeres que vivían en la urbe y no tenían derecho al voto. No hay que pasar por alto que figuras importantes de la antigüedad, como es el caso de Aristóteles, no tenían en gran estima a la democracia, la cual llegó a considerar -junto con la tiranía y la oligarquía- una de las tres formas “degeneradas” de gobierno (en contraposición a la república, la aristocracia y a la monarquía).

Luego de la caída de Atenas durante la guerra del Peloponeso y tras la muerte de Pericles, la democracia perdió ímpetu como forma de gobierno, prevaleciendo en Grecia otras formas mucho más “eficientes” como las tiranías (forma de gobierno totalmente diferente a las que nos podemos imaginar hoy en día). En contraste, en la antigua Roma se implantó, en respuesta a la caída de la monarquía etrusca hacia finales del sigo VI AC, el sistema republicano, en el cual, y al igual que lo sucedido en Grecia, sólo los varones libres nacidos en la ciudad de Roma y de cuna noble -Los Patricios- tenían derecho a elegir y ser elegidos, derecho que se le concedió luego a la plebe y posteriormente a los nacidos en las provincias imperiales (quedando por fuera de este derecho nuevamente las mujeres y los esclavos). Dicho régimen político vio menguado su poder luego de la aparición del imperio hacia el último decenio del S I AC.


Es necesario, sin embargo, hacer una precisión al respecto. Si bien es cierto que en el imaginario popular el referente de la democracia como forma de gobierno y el sistema republicano se enfocan en Grecia y la Roma antigua, como ya se dijo, ésta apareció en casi todas las culturas, con un nivel de evolución mayor o menor en cada caso. Es así como vemos en las tribus celtas, galas y germánicas que el líder de estos clanes era elegido mediante votación por los demás miembros de la tribu; el caso de los vikingos es aún más complejo, llegando a crear el primer parlamento en Islandia, el Althing (el más antiguo del mundo) cuyos miembros eran elegidos mediante el sufragio universal; y en el Nuevo Mundo vemos casos como el de la liga de Haudenosaunee, confederación de varios pueblos norteamericanos que en el S XVIII crearon una constitución, si se quiere incluso tan avanzada como las más modernas de hoy en día, en donde todos eran iguales ante la ley, con los mismos derechos tanto para los hombres como para las mujeres y con derecho a voz y al voto en todos los casos.

Después de la caída del imperio romano de occidente, la configuración política de Europa cambió y las monarquías se hicieron presentes en donde se habían establecido antaño las tribus bárbaras que invadieron el Imperio, forjándose el concepto de”nación-estado”, además del establecimiento de regímenes casi teocráticos, con una supremacía de la Iglesia sobre el poder seglar. Sin embargo, y a pesar de que se vivió un retroceso en las formas de gobierno, a través de varios filósofos se perpetuó el concepto de un gobierno no regido por monarquías o aristocracias, sino emanado del pueblo, apareciendo figuras de la talla de Marsilio de Padua, Guillermo de Ockham, pasando por los útópicos como Tomás de Aquino, Tomás Moro y posteriormente Hobbes, Locke y especialmente Rousseau, en donde se aprecian las nociones de la soberanía del pueblo y la supremacía del poder seglar sobre el secular (Ockam). Con el paso del tiempo y la evolución de las sociedades (aparición de la burguesía, con creciente poder económico y luego político), debidas en parte a los avances científicos y técnicos emanados del renacimiento, así como en las exploraciones geográficas de los siglos XVII y XVIII, se le dio un nuevo lugar al hombre y a la sociedad como regentes de su propio destino, que llevaría a varias naciones a implantar un sistema ya no regido por un monarca sino por un representante del pueblo, proceso que inició con la Revolución Inglesa que llevó al poder a Cromwell, continuando con la independencia de los Estados Unidos y luego con la implantación de la I República Francesa y la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano y que se prolongó con la independencia de las colonias en América y la disminución de las funciones de las monarquías en Europa. Sin embargo, no es sino hacia mediados del siglo XIX y coincidiendo con la revolución industrial -época de grandes cambios no sólo económicos sino especialmente sociales- y con el declive en el poder de las monarquías reinantes, que el pueblo empezó a exigir verdaderos y profundos cambios al sistema democrático para hacerlo más equitativo y por ende más representativo.


A la par de estos cambios en el manejo del estado se va creando un “mito”, y éste consiste en que la “única”, o por lo menos la principal, forma de solucionar los problemas sociales, económicos y políticos de un estado era la de la vía democrática, descartando de lleno las otras formas de gobierno. Dicha corriente tomó fuerza a principios del siglo XX con los primeros movimientos feministas y sindicales, y tras el fin de la I Guerra Mundial, muchas de las monarquías que aún existían especialmente en Europa, desaparecieron y en su lugar se constituyeron regímenes democráticos y aparecieron simultáneamente las democracias populares o las dictaduras del proletariado, regímenes comunistas en Rusia (URSS) y en Hungría. Los primeros a su vez dieron paso al poco tiempo a regímenes autoritarios (recordemos la premisa aristotélica), para luego, al final de la Segunda Guerra Mundial, con el triunfo de las “democracias” sobre los regímenes totalitarios, imponerse nuevamente en el escenario mundial, llegando hasta el extremo de querer instaurar esta forma de gobierno en pueblos y latitudes en donde tal mecanismo no sólo no ha existido sino que nunca ha sido aceptado, por resultar totalmente ajeno a su historia y costumbres.


Pero es menester hacerse una pregunta al respecto: ¿Por qué la democracia se ha vuelto un valor en sí mismo?, ¿En qué momento la democracia pasó a convertirse en una idea de corte fanático? Estas preguntas son difíciles de responder; sin embargo, considero que debemos hacer unas precisiones necesarias para efectuar una aproximación más crítica sobre el sistema político en el que nos vemos inmersos y que, en la mayoría de las veces, defendemos con gran pasión y ahínco.


Al fracasar -en mayor o en menor medida- algunas otras formas de gobierno en la solución de los problemas de las poblaciones, al cambiar las relaciones entre las diferentes clases sociales, la presencia de las crisis en las religiones (especialmente en el catolicismo) y ante el auge de lo que el Dr. Hernán Santacruz Oleas define de manera precisa como “el hijo bastardo del judeo-cristianismo”, es decir, el comunismo, que cambió las esperanzas y las promesas de una recompensa en la vida ultraterrena por las recompensas y por el paraíso de los trabajadores en la tierra, las esperanzas de muchas personas que no compartían la visión totalitaria del comunismo se trasladaron hacia la figura de la democracia, obviamente manipulada por los poderes políticos de cada nación, los cuales, en muchos casos, se perpetuaron incluso con el cambio en las formas de gobierno.


En cuanto al aspecto psicodinámico que involucra la democracia (como se plantea hoy en día) como una idea de corte fanático, es importante hacer mención a un concepto expuesto por W.R. Bion, psicoanalista británico, quien al hacer una aproximación teórica sobre el origen del pensamiento distingue de manera clara dos elementos importantes: Los elementos “alfa”, que sirven para la producción de los pensamientos de vigilia, de los pensamientos oníricos, de la formación de sueños y de recuerdos; y los elementos “beta”, que no pueden construir pensamientos y sirven únicamente para ser evacuados a través de la identificación proyectiva y que son considerados en muchas ocasiones como mnemes letales, incapaces de ser digeridos por el aparato psíquico de la persona, irreductibles en su forma y mortales en su fin, y que hacen parte de lo que el mismo autor denominó la parte psicótica de la personalidad. Bion, en el estudio sobre el origen del pensamiento, señaló cómo
es el objeto ausente el que estimula la aparición del pensamiento, considerando por ende a la vida grupal como el “enemigo” de la actividad mental porque en el grupo no existe objeto ausente: se está continuamente rodeado de objetos presentes, lo que impide los procesos de duelo y de introyección del objeto ausente, encerrando al sujeto en un pensamiento uniformado por la vida grupal al facilitar la imitación bidimensional, que es lo que se ve no sólo con el bombardeo constante de información sobre los peligros de una sociedad que no esté incluida dentro orden democrático, sino en el gran movimiento de masas que se aprecia con tal de mantener la cohesión de nuestra sociedad y de nuestro “modo de vida” contribuyendo a una cosmovisión de un relativismo maniqueísta de la sociedad, la cual está dividida exclusivamente entre el bien-democracia-occidente y sus aliados, muchos de los cuales son irónicamente dictaduras y monarquías, y el mal-dictadura/monarquía-oriente, dentro de las que se incluyen muchas democracias.


Veamos ahora a la democracia no como una mera abstracción, sino como una idea fanática (que es en lo que se ha convertido en las últimas décadas). En épocas de crisis, de inestabilidad y de profundos cambios como las que ha atravesado el mundo en los últimos tiempos, surge la necesidad de tener verdades eternas que sirvan de manera especial para reafirmar nuestra propia identidad y sentirnos mucho más seguros, reforzando nuestros núcleos narcisísticos y de paso los de la comunidad a la que pertenecemos. Desde esa torre narcisista se establece una clara diferencia entre la persona y/o la comunidad y así es más fácil encasillar a quienes creemos son los enemigos de la comunidad, del país y por ese motivo se los puede combatir. Para Amos Oz, esta es “la típica reivindicación fanática: si pienso que algo es malo, lo aniquilo junto a todo lo que lo rodea”. Si el narcisismo es compartido por un grupo y el superyó se puede fusionar en un superyó grupal que sanciona y acredita la acción, estarán dadas las condiciones para cometer los mayores crímenes en nombre de un ideal, de una patria, de una bandera o de un dios. Dichos crímenes lo que muestran es la incapacidad del grupo para contener y modular las ansiedades más primitivas en detrimento de formas de expresión más inocuas. Para Donald Meltzer el fanatismo -como patología del pensamiento y partiendo desde la teoría Kleiniana- se origina en un proceso regresivo que iba desde la imaginación hacia un estado por él llamado como amental y que estaba caracterizado por un abandono de la posición depresiva a favor de la posición esquizo-paranoide, luego por el paso del objeto total al objeto parcial y de éste al narcisismo, para finalmente llegar a una etapa de aislamiento tal como podemos verlo en el autismo. Por último tenemos el desmantelamiento autista, es decir, la unidimensionalidad del autismo propiamente dicho. De esta manera se puede decir, como lo plantea Tabbia, que el antídoto contra el fanatismo consiste en observar la complejidad de la realidad, desde todos los ángulos de vista posible.

Esto requiere la capacidad de salir de sí mismo para aventurarse a lo desconocido del objeto, pero para esa aventura es necesario estar intrapsíquicamente integrado y sostenido en objetos internos totales, complejos y con capacidad para la interrelación.


Otro punto que es menester tratar es el concerniente a las masas y el de la autoridad, ambos analizados inicialmente por Gustave Le Bon y posteriormente por Freud en “Tótem y tabú”, en la “Psicología de las masas y análisis del yo” y en “La masa y la horda primitiva”. En estas obras se ve el papel de la masa en cuanto es un conglomerado fácilmente manipulable, en donde la función del pensamiento da paso a la alta carga afectiva que la rodea, pasando fácilmente al acting, que es la mejor forma para no pensar. En “Tótem y tabú”, escrito en 1913, Freud propone una teoría del poder democrático centrada en tres necesidades: necesidad de un acto fundador, con el cual se derroca la figura del padre-líder-tirano; la necesidad de la ley en reemplazo del líder muerto, con el objetivo de mantener unido al grupo mediante la tradición y las leyes; y por último la necesidad de la renuncia al despotismo.


No es necesario explorar mucho para darnos cuenta que actualmente la democracia -más que una de las tantas formas de gobierno existente- se ha convertido en un concepto totalmente abstracto, difuso, llegando a ser considerado por muchos como la máxima realización de la humanidad o, en el peor y más abundante de los casos, como una verdad incuestionable, y a semejanza de los totalitarismos pasados, se ha convertido no sólo en el vehículo para la realización máxima del hombre, sino además en la meta de toda sociedad. Si a esto le sumamos el marcado componente religioso que se le ha puesto a la democracia, en especial desde los sucesos del 11 de septiembre de 2001, en donde por los momentos de crisis vividos en todo el mundo, emanados en la pérdida de la seguridad que movió los cimientos del narcisismo no sólo de modo individual sino también grupal, se hizo necesario definir la propia identidad (especialmente en occidente), diferenciarnos de los “otros” y tener “verdades absolutas”, lo que conllevó a su vez a lanzar una cruzada para “convertir” a los “infieles” y “bárbaros”, al igual que hacían los cristianos en la Edad Media con los musulmanes o los herejes. Sin embargo, y si observamos de manera detenida, nos damos cuenta que las mismas razones que llevaron a una raza a considerarse “el pueblo elegido por Dios”, o a la cacería de brujas y herejes durante la inquisición, a la persecución de los judíos en la Alemania Nacionalsocialista, a los letrados y a los pequeños burgueses en la extinta URSS, a los intelectuales y profesionales durante el reinado del terror de Pol-Pot en Camboya o de la Revolución Cultural en la China, y a la lucha de clases ampliamente pregonada por el comunismo; están presentes, esas mismas razones, en la lucha que se ha emprendido por parte de occidente en contra de quienes no tienen un régimen democrático como se ha implementado en estas latitudes, lo que ha llevado a un baño de sangre en gran parte de la tierra.


Enrique Carpintero dijo en uno de sus artículos que “cuando una civilización se proclama como la única verdad los otros se transforman en bárbaros. De esta manera los bárbaros son necesarios -como plantea Kavafis en su poema- ya que, en nombre de la civilización, se puede justificar cualquier exterminio”. Y es lo que vemos en todos estos ejemplos: Un predominio marcado no sólo de la función tanática sino además de un funcionamiento psicótico del pensamiento donde priman en demasía los objetos beta y donde cualquier crítica al sistema democrático es considerada como una herejía, en donde las proyecciones masivas del objeto malo introyectado hacia otros es la norma, y donde un narcisismo hipertrofiado ha dado paso a una paradoja en la cual existe un mundo unidimensional sin posibilidades para la diversidad, contario a lo que plantea originalmente la democracia. Aquí hay que mencionar a Hanna Segal, quien en un artículo del año 2003 señalaba que después que terminó la guerra fría “la OTAN buscaba un nuevo enemigo para justificar -proyectar, diría yo- la continuación de su poder militar. George Kennan estaba impactado al descubrir, en sus visitas a las capitales occidentales, que a pesar de la desaparición de la supuesta amenaza soviética -nuestra aparente razón para mantener un arsenal nuclear- los países occidentales no podían concebir el desarme nuclear. Era como una adicción. La potencia de fuego nuclear aumentaba constantemente. Para huir de las ansiedades persecutorias o aliviar las confusionales se necesitan compulsivamente enemigos denigrables y destruibles. La adicción anestesia el pensamiento”.


No hay que pasar por alto que en nombre de la democracia y de las diferentes formas de ésta (comunismo, democracia parlamentaria) se han cometido los mayores crímenes de la humanidad, mayores incluso -me atrevería a decir- que los de la religión. En el afán de idealizar a la democracia, y a los fundadores de ésta, especialmente en la época contemporánea, se ha llevado a suponer que la democracia fue una comunidad de comprometidos letrados republicanos, que con el paso del tiempo se convirtió en una sociedad compuesta principalmente por sujetos fanáticos y en muchos casos maleables. Los escenarios de un edén democrático, así como el del cielo terreno de los regímenes totalitarios, son tan simplificadores como dudosos, y es en este intento de encontrar el paraíso donde aparece el infierno. No debemos -insisto- olvidar que en los últimos cien años hemos cambiado los antiguos héroes de las epopeyas por algo muchísimo más siniestro y peligroso: los partidos políticos y sus representantes, quienes han realizado las mayores barbaries en la historia de la humanidad en nombre de la impunidad democrática o totalitaria.


En nuestra generación, y especialmente en la que vendrá, se impuso como un deber histórico el de implantar -sin importar los medios que se usen- la democracia en todos los confines de la tierra. Compartimos el mismo sino trágico de otras generaciones llevadas al delirio criminal por personas
iluminadas, fanáticas, que se preocupan más por lo que los demás deberían vivir que por ellos mismos, personas que son capaces de tender la mano tanto para ayudar como para matar al mismo tiempo. Desde que el concepto de la democracia se invistió del misticismo, la implantación de éste como una suerte de cruzada moderna se ha manejado al antojo de las grandes potencias y de las mentes fanáticas. Debemos recordar que en gran parte de la tierra nunca se ha manejado un sistema democrático como los que conocemos, y que pese a lo que muchos de nosotros podríamos querer y creer, la democracia no es ni el único ni el mejor sistema de gobierno.


Así como han existido democracias exitosas desde todos los puntos de vista, también han existido democracias que no tienen nada que envidiarles a las perores dictaduras, tiranías y monarquías que se han presentado. Recordemos cómo muchos de los logros de la civilización en cuanto a avances humanos se han creado y materializado en medio de otras formas de gobierno. No podemos comparar el gobierno de unos emperadores como Augusto, Adriano, Marco Aurelio, Trajano, la dictadura de Camilo en la República Romana, los sultanatos del golfo pérsico y los regímenes semidemocráticos como el de Egipto, entre otros, que sirvieron y sirven de manera abnegada y tolerante a sus súbditos; con el de muchos gobernantes de hoy en día, que bajo la égida de la democracia y reduciéndola simplemente al mero hecho de contar unos votos, en una suerte de “tiranía referendizada” (muchas democracias se ha degenerado hacia tiranías de la peor clase), han llevado a muchos países a la miseria, al caos y al abandono.


Cabe mencionar que una parte importante de los países del África meridional son democracias que no han podido resolver los problemas básicos de su población a diferencia de los países de la cuenca mediterránea africana, muchos de ellos dictaduras y monarquías, que le han dado a la población unos estándares de vida bastante elevados en comparación a los de sus vecinos del sur. En el caso de los países de oriente la situación no sólo es más compleja sino más aberrante. La mayoría de éstos nunca han tenido un sistema de gobierno democrático (la inmensa mayoría son dictaduras o monarquías absolutistas), y si bien estas formas de gobierno pueden llegar a ser cuestionables desde nuestro punto de vista, han sido sumamente exitosas en mantener el orden, la armonía y la prosperidad de sus pueblos y que han permitido mantener cierto grado de cohesión en sus respectivos países.


Donald Winnicott en “Algunas reflexiones sobre el significado de la palabra democracia” menciona tres puntos importantes que se deben tener en cuenta para que en un pueblo la democracia sea eficiente y especialmente aceptada: el primero es que la base para una sociedad es la personalidad humana total, con sus falencias y aciertos; el segundo es el que ni la democracia ni la madurez pueden ser implantadas en una sociedad; y el tercero hace referencia a que la democracia se inicia en una sociedad en donde sus miembros sean el producto de un buen hogar común.


Para finalizar, no quiero dejar de platear el más manido de los argumentos que se esgrimen a favor de la democracia, y es que es la voz de la mayoría y que por ende no se equivoca, constituyéndose en lo que se conoce como un tipo de falacia denominada "Argumentum ad Populum", o sofisma populista, pues pretende que la mayoría tiene la razón, o la verdad. Por cuestiones de tiempo no me voy a detener en mostrar los innumerables ejemplos de que esta premisa es totalmente falsa.


La democracia entonces no es la fórmula mágica para salir de los problemas que acechan a una comunidad, como se ha podido colegir de las políticas de las grandes potencias en los últimos años, sino que ésta debe ser el instrumento, el camino, mas no la meta. Para que un sistema democrático pueda no sólo ser eficiente sino además sólido (lo que implica que esté “vacunado” contra el fanatismo y protegido de la tiranía de las mayorías) se deben cumplir unos ciertos requisitos tanto por parte de las personas como de las instituciones que rigen a una sociedad. Dentro de las principales falencias que encontramos es la de la falta de educación y de preparación de las personas, la cual es quizá el mayor obstáculo para que una democracia, en las condiciones globales actuales, y particularmente en la sociedad colombiana, pueda desarrollarse adecuadamente. Así, la base fundamental para que la democracia funcione, es que las personas estén ilustradas, en el sentido kantiano de la palabra, es decir, debe tratarse de personas autosuficientes y autodeterminables, con comprensión e interés absoluto en los temas públicos, para de este modo lograr establecer un debate argumentativo, con las reglas del discurso y del lenguaje establecidas, entre otros, por Robert Alexy, Jürgen Habermas, dentro de un foro público, para la construcción de las reglas de la sociedad y el manejo de la política y los asuntos del estado, tal como sucedía en los albores de la democracia. Sin embargo por el tamaño de la población y la complejidad cada día mayor del Estado, esto se convierte en algo menos que una utopía, pero en contraposición deberíamos, hablo de la sociedad, acercarnos lo más posible a dicho punto, cuando menos ilustrándonos e interesándonos en la política y los asuntos públicos. Sin embargo, y para más inri, lo primero que oye uno de las personas es el mal concepto que sobre los políticos y sobre la política se tiene en términos generales.


Esto nos conduce al segundo problema: la participación de la ciudadanía en la construcción y permanente desarrollo de la democracia. En un medio como el nuestro, donde no hay educación (al menos de calidad), y donde se manejan intereses personales y asuntos coyunturales, mas no de fondo, la ciudadanía solamente tiene una participación muy limitada, al punto de que se concibe, tristemente, a la democracia como sinónimo de elecciones, lo que resulta muy contraproducente, pues las votaciones no se hacen en conciencia, con fundamentos y por políticas serias de estado, sino por intereses particulares e inmediatos, de favorecimiento de la posición personal de cada votante, lo que a su vez conduce a que, cuando el gobierno falla, por intermedio de sus representantes elegidos popularmente, las personas no se sienten responsables de esto y simplemente, se contentan, como facilismo mental para sobrellevar la culpa, en hacer responsables a los demás que eligieron a esa persona, pues esa ecuación de elecciones = democracia, releva a las personas de tener que participar activamente en los asuntos públicos.

En este mundo estamos llenos de personas que, a guisa de Homero y de la frase con la que se inicia esta ponencia, se desligan de todos los asuntos concernientes al manejo del estado, dejando en terceros la responsabilidad de nuestro bienestar. Un ejemplo patético de esta "colectivización de la culpa", para sentirse mejor y no tener que cambiar la "costumbre democrática del voto", única expresión que conocen de este mecanismo, lo tenemos con el congreso y sus congresistas: no hay persona en Colombia que no despotrique de los congresistas, pero igual siguen votando por los mismos, pase lo que pase, y en el peor de los casos hay personas que creen que una mejor salida a este dilema es la de la abstención, es decir, no se sabe qué es peor, si el que vota por los mismos pero los critica, o el que simplemente no ejerce su derecho al voto, que más que derecho, resulta una obligación como ciudadano comprometido con el desarrollo y futuro de su país.


Además, y para rematar el problema, la participación electoral de la ciudadanía, resulta bochornosa: no podemos hablar de elecciones, mucho menos de sistema democrático, que funcionen adecuadamente, si tenemos presente que de los casi 45 millones de colombianos, de los cuales son aptos para votar casi 22 millones, el 65% o 70% de la población vive en la pobreza, y el 25% al 30% en la miseria, lo que los hace presas fáciles de la demagogia al votar más que contra la miseria a favor de ésta. Esto sin contar que del censo electoral no participan en elecciones más de la mitad, y en Colombia existen más de 7 millones de personas que ni siquiera existen para el Estado: indigentes, desplazados, entre otros. Desgraciadamente se ha asimilado el concepto de democracia al de sistema electoral, que es lo que predomina no sólo en nuestro país sino en muchas otras sociedades y que hace que la democracia sea un sistema en muchos de los casos inviable.


Muchos se preguntarán entonces ¿Cuál es el mejor sistema de gobierno? No creo que haya una respuesta definitiva a este interrogante, y como se dijo, las formas exitosas de gobierno dependen más de las calidades del pueblo y de la de los gobernantes que de la forma en sí, así como de las condiciones históricas, sociales y políticas de una comunidad. Para Platón el ideal de gobierno era el filósofo o una aristocracia de personas de altísimas cualidades humanas, para Aristóteles las formas de gobierno “correctas” eran lamonarquía, la aristocracia y la república, y para Rousseau, así como para los políticos del S. XVIII y XIX, era la democracia. No propongo un cambio en la forma de gobierno, pero sí creo conveniente pensar en desmitificar el concepto de la democracia, volverlo más terrenal, mas profano, hacerlo más humano para que de esta manera pueda ser mejorado por todos nosotros y para que podamos aceptar que no sólo bajo la democracia se puede vivir y crear las condiciones para que se construya, de manera adecuada, el camino que nos lleve hacia el verdadero sentido y objetivo de la democracia: la libertad y la realización personal, que conlleve la prosperidad general.

Gustavo Adolfo Zambrano Sanjuán (Colombia, 1975)