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domingo, 24 de mayo de 2015

La sabiduría de los pueblos amerindios, por David Alberto Campos Vargas

Cuando Jung visitó a los indios Puebla y habló largas horas con su líder religioso, el jefe Lago de montaña (1), se encontró con una interesante realidad: no solamente los mitos amerindios escenificaban los mismos contenidos simbólicos (arquetipos) que él ya había rastreado en muchas culturas europeas y asiáticas, sino que también contenían un cierto tipo de conocimiento ancestral que en verdad era mucho más saludable (en términos de equilibrio psíquico) que el estilo de vida acelerado, parcializado y neurotizante de las grandes urbes occidentales.

Con esa experiencia, Jung confirmó cabalmente que había un inconsciente colectivo lleno de ideas, imágenes y representaciones, del cual podíamos aprender todos los hombres (en todas las latitudes, en todos los países de la Tierra). Un inconsciente colectivo siempre dispuesto a ayudarnos, cargado de experiencias de vida e iluminaciones de todos los que nos antecedieron. Y comprendió que de ahí podíamos extraer enormes enseñanzas sobre nosotros mismos, el Universo y Dios.

Estos pueblos eran sabios, no en el sentido grecorromano de la palabra, sino en un sentido peculiar. Su sabiduría tenía que ver con la forma en que vivían. No se entendían, como los europeos, como entes desligados de la Naturaleza, en constante oposición a ella (y, por eso, como seres dominadores y conquistadores del mundo natural…y por supuesto, verdaderos predadores y contaminadores), armados con una ciencia y una técnica hechos para usufructuar al otro (y ese otro podía ser otro hombre, al que se vencía en la guerra y se esclavizaba, o un animal que se mataba o se domesticaba, o la vegetación que se aniquilaba, o el mismo suelo tratado sin consideración).

En la sabiduría amerindia no existe tal escisión. El hombre no es una realidad ontológica separada de su mundo; está, literalmente, conectado a él. Conectado, no simplemente inmerso como lo llegaron a ver Husserl o Heidegger (2,3). Y ese hombre en la Naturaleza, o mejor dicho ese hombre-Naturaleza se entiende a sí mismo como un hijo de la Tierra, como parte del Universo. Por eso no la ataca. Por eso no siente necesidad de dominarla. Por eso no se siente superior a otros seres vivos. Por eso no incurre en el burdo antropocentrismo de la tradición Occidental, ni comete los descalabros ecológicos que Europa y Estados Unidos (y desde hace dos décadas también China, India y Brasil) vienen haciendo, en detrimento de la calidad de vida de toda la Humanidad, y de todos los habitantes del planeta.

Cada palabra, cada rito, cada símbolo amerindio es una ventana a lo ancestral, a lo arcaico, a lo que nuestra especie ha guardado por milenios como algo valioso e irremplazable (4,5). Ese contacto con realidades trascendentes y antiquísimas, que en Occidente son llamadas mitos con algo de desdén, es fuente de vida, armonía y plenitud para el hombre (y, por extensión, para todos los habitantes del cosmos, con los que se encuentra imbricado).

No se trata de creer, ingenuamente, que la razón y la lógica son indeseables. Al contrario. Son fantásticas, y me arriesgo a decir, como filósofo, que son lo más bello y sublime que ha producido el hombre. Permiten pensar, y el pensar, en sí mismo, es la más hermosa de las experiencias. Se trata es de entender que tanto la lógica como la razón tienen sus límites, y que por ello acuden en su auxilio la intuición, la magia, la religión y la vivencia de lo sobrenatural. Sólo así, uniendo esas vertientes (integrando esas dimensiones), el hombre llega a ser completo, sano y exitoso. Ir en pos de una sola de esas dimensiones es mutilarse, limitarse, quedarse en lo parcial y darle la espalda al saludable holismo.

El verdadero sentido de la vida no está en las unicidades, sino en la multiplicidad. No se encuentra en lo unívoco, ni en lo dogmático. No está en sectas ni en partidos. Está en entenderse en relación con. Por eso Suárez (6) e Iriarte (7,8) nos insisten en que esas culturas primitivas tienen mucho que enseñarnos: su respeto por los ecosistemas, la armonía en la que se desenvuelven con su entorno, la notablemente menor agresividad e infelicidad que tienen sus miembros (si se las compara con otras culturas), sus interesantes cosmovisiones (en las que no hay contradicción entre el hombre y su mundo, ni oposición entre el conocimiento y la religiosidad, ni separación entre emoción y pensamiento), su estilo de vida respetuoso con la Naturaleza.

Aclaro que esa sabiduría amerindia no es la que usaron las civilizaciones precolombinas que hicieron la guerra, sometieron a otras y edificaron reinos e imperios. De hecho, esas civilizaciones fueron tan cruentas y barbáricas (9) que hasta representan un exabrupto en el habitualmente bello panorama de los americanos que vivían antes del encuentro con la técnica, el antropocentrismo y las lógicas de dominación europeas. De hecho, es la sabiduría de los pueblos americanos pequeños, casi insignificantes para muchos; de esos que no mencionan casi nunca los historiadores, de los que uno sólo lee cuando una mano amiga le muestra un buen texto.

En síntesis, bien le vendría a esta pobre Humanidad asfixiada y esquizofrénica detenerse y tomarse un reflexivo descanso. Y descubrir todo lo que hay de hermoso en la Naturaleza, en la intimidad, en lo trascendente, en los mundos que no vemos ni palpamos.

Y los primeros habitantes de América pueden darnos muchas luces, en ese camino hacia la plenitud y la felicidad que decimos anhelar.      

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)


REFERENCIAS

(1) Jung, C.G. Obras completas, Madrid, 2010
(2) Varios autores, Filosofía actual en perspectiva latinoamericana, México, 2012
(3) Campos, D.A. Breve Historia de la Filosofía, Bogotá, 2012
(4) Campos, D.A. ¿Qué podemos aprender de Jung acerca de los sueños?, Armenia, 2015
(5) Campos, D.A. Psicoterapia jungiana en nuestros días, Medellín, 2011
(6) Suárez, J.A. La sabiduría amerindiana, Bogotá, 2013
(7) Iriarte, A. La razón vulnerada, Neiva, 2006
(8) Iriarte, A. El arte de maravillar, Neiva, 2005
(9) Watson, P. La gran divergencia, Nueva York, 2011