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domingo, 24 de mayo de 2015

La filosofía latinoamericana durante la Conquista, por David Alberto Campos Vargas

Aunque por desgracia no fueron precisamente los letrados los principales inmigrantes a estas tierras, sino sujetos de la peor calaña (violentos, arrogantes, pendencieros, desconsiderados, fanáticos, codiciosísimos y ruidosos), sería una exageración decir que la Conquista fue sólo una cadena se sufrimientos y hechos de sangre.

También hubo pensadores, muchos de ellos nacidos en España pero residentes en América durante largos periodos de sus vidas (1), que se plantearon importantes cuestiones filosóficas en torno a la misma realidad que vivían, y los mismos procesos de la Conquista (2,3).

Por supuesto, como estaban tan influenciados por la filosofía escolástica (y, en especial, con la versión oficial y eclesiástica del Tomismo), no vamos a encontrar en ellos pasajes de excesiva originalidad. Tampoco rigor académico. Pero sí unos escritos amenos, y al mismo tiempo duros, en los que se retrata con fidelidad la situación de América entre 1492 y 1650. Muchos de esos textos, incluso, tienen una clara intencionalidad: denuncian los abusos que españoles y portugueses cometieron, los malos tratos que los amerindios sufrieron, y el muchas veces caótico y antijurídico funcionamiento de estas tierras, dominadas casi siempre por encomenderos crueles y ambiciosos, por gobernadores llenos de soberbia y avaricia, o por capitanes y conquistadores más preocupados por hacerse de oro y plata que por evangelizar.

La filosofía fue vista, por algunos de esos autores (en especial por Bartolomé de las Casas), como una herramienta humana para indagar en la realidad humana (4) y para proponer un mejoramiento del orden social brutalmente implantado (5). En otros, tristemente, la filosofía fue manipulada y prostituida, en aras de justificar los excesos o de aliarse con el establishment.

La problemática social evidenciada en la Conquista hizo que fuesen justamente los temas ético-políticos los protagonistas de las disquisiciones de dichos filósofos (6), en especial los referidos a qué tan injusto era el trato a los amerindios (sí, causa indignación verlo desde nuestro siglo, desde la Neoposmdoernidad, pero en aquella época muchos creían que no era del todo injusto…y algunos pocos –los peores- que era completamente justo).

El asunto terminó convirtiéndose en una polémica, a veces de altura intelectual y a veces netamente política, acerca de las relaciones interpersonales e internacionales, los derechos del Papado y las Coronas europeas frente a pueblos en realidad ajenos a ellos pero que ellos consideraban dentro de su esfera (7), el derecho de los pueblos a su libre autodeterminación (8), la guerra justa y la injusta (9), el ser del amerindio (muchos imbéciles se preguntaron, en esos sórdidos días, si tenía alma y podía ser considerado persona humana), los métodos de la Conquista y, por supuesto, el cómo debía expandirse la “Cristiandad” (10).

Para Mires (11), frente a la cuestión del amerindio surgieron tres corrientes de pensamiento: a) la corriente esclavista, que despojaba a los habitantes primigenios de América de su dignidad de personas y estaba al servicio de los métodos y los intereses de los conquistadores; b) la corriente centrista, que exigía unos mínimos de respeto a los amerindios pero no los consideraba iguales en dignidad a los europeos, y que velaba sobretodo por los intereses de la Corona; c) la corriente indigenista, que luchaba por el respeto a los amerindios y denunciaba el maltrato del que eran sistemáticamente víctimas.
El principal ideólogo de la corriente esclavista fue Juan Ginés de Sepúlveda; Francisco de Vitoria el de la centrista; fray Bartolomé de Las Casas, campeón de los derechos humanos y precursor de la teología de la liberación, fue el principal pensador de la corriente indigenista (12).    

En resumidas cuentas, a Ginés de Sepúlveda y los esclavistas les interesaba sobretodo el minimizar los daños causados a los pueblos nativos, y validar las lógicas de dominación, enriquecimiento y poder de conquistadores y encomenderos (13); para ellos el amerindio debía ser oprimido necesariamente, pues era de naturaleza inferior, era un “infiel”, un “salvaje” sin alma, del que se podía disponer como bestia de carga o animal destinado al trabajo forzado (14). Para ellos, la violación de la mujer amerindia no era mal vista, pues ella estaba completamente instrumentalizada y despojada de su valor como ser humano. La muerte del hombre amerindio (muchas veces arbitraria, ruin, sumamente cruel) era un desenlace presupuestado, algo esperable para el español o el portugués. No generaba culpa alguna. Era, simplemente, algo que ocurría.

A Francisco de Vitoria y los centristas les interesaba el bienestar de la Corona; eurocentristas y arrogantes, veían que todo se tenía que valorar según el beneficio del Reino. Esto, obviamente, en clara contravía contra el derecho de gentes (precursor del derecho internacional) del que ya se hablaba desde Tomás de Aquino, y del que supuestamente Vitoria mucho sabía (pero del que se hizo el desentendido en la cuestión amerindia). Ellos simplemente supeditaban todo a los intereses de sus respectivas naciones (así vulneraran claramente los de las naciones oprimidas). Lo único positivo es que abogaban por un trato más moderado hacia el amerindio, y señalaban la incorrecta forma en la que procedían la mayoría de conquistadores.

De los indigenistas, verdaderos filósofos (en tanto que comprometidos como intelectuales, y defensores de la verdad y de la vida), destacaron Antonio de Valdivieso, Cristóbal de Pedraza, Juan del Valle, Agustín de la Coruña, Antonio de Montesinos, Pablo de Torres, y por supuesto Bartolomé de Las Casas. Para ellos, los amerindios eran seres humanos y en consecuencia tenían unos derechos inalienables. La vida de los nativos americanos era inviolable, y todo atropello contra ella (no sólo como asesinato, sino también como maltrato, o humillación, o dominación) era un pecado, una inmoralidad y un acto ilegítimo.

La vasta obra de fray Bartolomé conviene ser leída y conocida en su totalidad, pues pese a que han pasado los siglos se siguen cometiendo todo tipo de abusos contra el amerindio en América, y contra el mestizo americano en todo el orbe.

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)


REFERENCIAS

(1) Pijoan, J., Historia Universal, Barcelona, 1960
(2) Varios autores, La filosofía en Colombia, Bogotá, 2012
(3) Varios autores, La filosofía en América Latina, Bogotá, 2013
(4) Idem
(5) Campos, D.A. Breve Historia de la Filosofía Colombiana, Armenia, 2015
(6) Varios autores, La filosofía en América Latina, Bogotá, 2013
(7) Rubio, J. Historia de la filosoía latinoamericana, Bogotá, 1979
(8) Larroyo, F. La filosoía iberoamericana, México, 1978
(9) Varios autores, La filosofía en América Latina, Bogotá, 2013
(10) Gutierrez, G. Dios o el oro en las Indias, Salamanca, 1989
(11) Mires, F. En nombre de la cruz, San José, 1986
(12) Varios autores, La filosofía en América Latina, Bogotá, 2013
(13) Mires, F. En nombre de la cruz, San José, 1986
(14) Campos, D.A. La brutalidad de la conquista de América Latina, Armenia, 2015