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lunes, 11 de mayo de 2015

La Filosofía Colombiana entre 1760 y 1960, a vuelo de pájaro. Por David Alberto Campos Vargas

La emancipación en América Latina fue un proceso que se nutrió del proyecto ilustrado y del afán progresista y racionalista de la Modernidad (1,2,3). Y la filosofía colombiana no escapó a dicho contexto.

No es gratuito que todos los que de una u otra forma tuvieron que ver con la independencia en Centro y Suramérica, desde la primera generación de precursores (Miranda en Venezuela, Nariño en Colombia, Rodríguez en Chile) hasta los libertadores (Petion en Haití, O’Higgins en Chile, San Martín en Argentina, Artigas en Uruguay, Sucre en Bolivia, Hidalgo en México), y por supuesto, el Libertador de libertadores, Simón Bolívar, en todas las naciones beneficiadas por su incansable brazo), conocieron y admiraron autores como Voltaire, Locke, Rousseau, Hume, D’Alembert, Paine, Diderot, y toda la pléyade de intelectuales europeos de avanzada (racionalistas, pacifistas, antimonárquicos y en general antiautoritarios) que configuró el movimiento ilustrado o iluminista (4,5,6).

Colombia ocupó un lugar protagónico durante esa época; su territorio fue un campo de experimentación para el ideario bolivariano (que tenía, obviamente, ecos de los maestros del Libertador, Simón Rodríguez y Andrés Bello), y, de manera algo similar a los Estados Unidos de América, una confederación de nacionalidades dispares pero unidas bajo la presidencia del gran caraqueño (y tal vez ahí estuvo su ruina: la excesiva dependencia de la Gran Colombia con respecto a su creador hizo que desapareciera fácilmente a su muerte, cosa que no ocurrió en Norteamérica, donde el país y las instituciones sobrevivieron a cambios de gobierno y a la desaparición física de los Padres Fundadores). 
Durante todo este proceso ideológico y práxico que fue la emancipación latinoamericana, y hasta la muerte de Bolívar en 1830, se dieron las siguientes características en nuestra filosofía: a) énfasis en el quehacer político, sobretodo en cuanto a la legitimidad de la independencia, el camino del centralismo versus federalismo y la posibilidad de la integración supranacional versus la atomización nacionalista en las provincias y naciones recién liberadas (7,8); b) uso de periódicos y panfletos para la difusión de ideas y generación de polémica, una constante en el siglo XIX, también en Europa, como he anotado en otros ensayos (9,10); c) empoderamiento de la burguesía criolla frente al debilitamiento de la rancia aristocracia ibérica residente en América (11); d) alejamiento de las cuestiones teológicas, morales y pedagógicas, en aras de un mayor acercamiento a las llamadas “ciencias útiles” y al análisis socio-político (12).

Creo que en Colombia merecen mención aparte los artículos periodísticos (sabrosos, punzantes y llenos de ingenio) de Antonio Nariño en La Bagatela, la Carta de Jamaica del Libertador, y el Catecismo o instrucción popular, de Juan Fernández de Sotomayor. En todos ellos bulle el espíritu de la época: a) se deslegitima la “donación” del Papa Alejandro IV, al hacer hincapié en que el poder del papado es exclusivamente espiritual y no temporal, y en que no se puede regalar lo que es ajeno; b) se devalúa ferozmente a la Conquista y sus métodos, por sanguinarios e inapropiados, y se pone al conquistador español al nivel de un ladrón armado; c) se diferencia religión de política, haciendo énfasis en que una cosa es el Catolicismo (que todos los líderes de la independencia profesaban) y otra la monarquía española; d) se rescata el concepto de soberanía popular y se menciona a los colombianos como ciudadanos en vez de súbditos, en el contexto de una República.
Ahora bien, la muerte de Bolívar en 1830 y el desmembramiento de la Gran Colombia, así como el ascenso de caudillos de exacerbado nacionalismo en las distintas naciones recientemente liberadas, dejó a Colombia relativamente a la deriva, sin el papel protagónico que sin duda tuvo en el contexto suramericano de la independencia (no hay que olvidar que fueron en su mayoría soldados colombianos y venezolanos los que vencieron en Pichincha, Junín y Ayacucho, y que la mayoría de recursos y pertrechos del ejército libertador salieron de las arcas colombianas).

Empezó entonces cierto rezago de la filosofía colombiana, que volvió a depender de lo que se producía en Europa. La tremenda producción intelectual vivida en los años (febriles, por cierto) que prepararon la independencia (1780 a 1810), a cargo de José celestino Mutis, Camilo Torres, Francisco Antonio Zea, Antonio Nariño, José Manuel Restrepo, Francisco de Caldas, José Félix de Restrepo, José Domingo Duquesne, Custodio García, Eloy Valenzuela, Jorge Tadeo Lozano y otros, y en los años que siguieron a la definitiva emancipación de Colombia (dada por las victorias de Bolívar en las batallas del Pantano de Vargas y Boyacá, en 1819), con la pluma siempre contundente del propio Libertador (que como ideólogo y redactor de constituciones, y como autor de numerosas cartas, discursos y proclamas fue sin duda un sol orientador para Latinoamérica), un Nariño maduro y algo desencantado pero sumamente lúcido en sus análisis políticos (sirvan de ejemplo sus cáusticos y mordaces artículos en Los Toros de Fucha), y el aporte de otros autores como Simón Rodríguez, Luis Vargas, José Ignacio Márquez, etcétera, empezó a declinar en la medida en que los intelectuales colombianos perdieron originalidad y se convirtieron en meros amplificadores de las ideas europeas, especialmente las benthamistas, o en simples paladines de la tradición colonial en contra de dichas ideas importadas.

Jeremy Bentham se hizo sumamente popular en el ambiente académico colombiano, y su fama fue mucha, gracias a sus defensores como a sus adversarios. Es por ello que muchos historiadores consideran que el periodo de la filosofía colombiana comprendido entre 1830 y 1860 fue prácticamente un debate entre benthamistas y antibenthamistas.
Los postulados básicos de Bentham fueron (14): utilidad como principio rector de todas las cosas; concepción de placer en su sentido amplio de felicidad y bienestar; proyectos de reforma jurídica y social encaminados a lograr el mayor placer para la mayoría de la gente; creencia del hombre como ser llamado a la felicidad desde su propia vida terrena; aristotelismo y sensualismo en epistemología); sus obras, especialmente las relacionadas con la filosofía del derecho, fueron importadas y aclamadas por el presidente Santander (15,16), y defendidas por Vicente Azuero, Ezequiel Rojas, Medardo Rivas, José Hilario López, José María Samper, Angel María Galán, Aníbal Galindo, y otros académicos que terminarían reunidos en torno a Rojas y su Partido Liberal (17, 18) .    

¿Por qué causó tanto furor el benthamismo? Marquínez propone (19) estas razones: a) rechazo a la escolástica colonial, en casi todos los sectores educados de la sociedad colombiana; b) necesidad de un nuevo orden jurídico; c) anglomanía imperante en los círculos santanderistas (que, finalmente, eran quienes gobernaban); d) escasez de textos filosóficos en español (que contrastaba con sendas traducciones de Bentham, efectuadas por Ramón Salas); e) magnetismo personal y carisma del filósofo inglés, conocido mundialmente por sus luchas a favor de la educación popular y la libertad de prensa.
Los antibenthamistas (Francisco Margallo; los Caro, padre e hijo; Mariano Ospina Rodríguez; Pedro Alcántara Herrán) argumentaban que no podía reducirse la felicidad humana a la simple consecución del placer, que la ética hedonista tenía sus desviaciones y peligros, que el utilitarismo chocaba con la ética cristiana y que las ideas adquiridas (que Bentham tomó prestadas de sus ilustres coterráneos y predecesores, Hume y Locke) iban en contravía con la idea de una moral universal directamente impresa por Dios en la conciencia humana (20, 21).

Con la Constitución de Rionegro (1863) la generación de los románticos (José María Samper, también benthamista, Manuel Ancízar, Manuel María Madiedo, Manuel Murillo Toro, José Rojas Garrido), que se pueden definir como liberales radicales y progresistas, partidarios del federalismo, poco amigos de la Iglesia católica y acérrimos críticos del autoritarismo tanto en lo moral como en lo político (22) coronó su máximo triunfo. ¿Qué buscaban? Separación entre Estado e Iglesia, secularización de la educación y la vida del colombiano, fin de las instituciones y vestigios de la tradición, cambio y construcción de una civilización nueva.

Afines a los románticos, los positivistas colombianos (Ignacio Espinosa, Salvador Camacho Roldán, Nicolás Pinzón, Diego Mendoza, Francisco Alvarez, Ernesto Rothlisberger, César Guzmán), también propugnaron un progreso basado en la superación de lo considerado supersticioso o arcaico (para ellos, todo lo que oliera a religión, conservadurismo o tradicionalismo), en la erección de la ciencia y la técnica como rectoras absolutas de la vida del hombre, y en la valoración del progreso técnico y la enseñanza laica como vías de transformación social y superación definitiva del orden colonial (23, 24).  

A románticos y positivistas se enfrentarían los tradicionalistas (José Eusebio y Miguel Antonio Caro, Sergio Arboleda, Rafael Núñez), quienes sepultarían los ideales de Rionegro con la Constitución de 1886. Todo lo que se escriba sobre ellos será insuficiente. Sus personalidades (contradictorias y fascinantes), sus obras (de enorme valor literario), y sus actos políticos (de influencia mayor que la de Bolívar, Santander o Mosquera, a la hora de configurar el psiquismo nacional colombiano) hacen de ellos, a mi parecer, referentes de primer orden si se quiere entender al ser colombiano.

El ideario tradicionalista colombiano (25) comprendía: a) aspiración a la paz y al orden (téngase en cuenta la azarosa vida de la joven República de Colombia, envuelta en facciones partidistas, guerras civiles, sublevaciones y levantamientos); b) aspiración a la soberanía moralizante de un Estado organizado y paternalista, en el que la consolidación del orden y la sacralidad de las instituciones permitieran la libertad y el progreso verdaderos; c) centralismo; d) rescate del hispanismo y del catolicismo como elementos de cohesión nacional; e) simpatía por posturas filosóficas moderadas y conservadoras; f) rechazo del anticlericalismo de románticos, radicales y positivistas; g) creencia en la religión (específicamente, la católica) como elemento esencial de la estabilidad social.
Algo más tarde, los neoescolásticos (muchos de ellos neotomistas, al estilo de Maritain, como Rafael María Carrasquilla y sus discípulos, la llamada escuela del Rosario: Francisco y José Renjifo, Tomás Escallón, Francisco Barrera, Luis María Mora, Luis Vergara, Samuel Ramírez, entre otros) darían nueva fuerza al conservatismo imperante. Sus postulados básicos fueron: a) ortodoxia católica, b) revaloración de la ética, la teología y la metafísica; c) homologación de cátedra y púlpito, aunada al deseo de una educación dirigida por el clero ilustrado; d) carácter catequético y formativo; e) negación de la soberanía popular: el pueblo es sólo intermediario de la voluntad de Dios; f) creencia en que la legitimidad de todo poder proviene del Señor: si no se acercan a lo divino (que para el obispo Carrasquilla era lo mismo que decir: si no concuerdan con lo enseñado por el magisterio de la Iglesia), la autoridad y la ley pueden desobedecerse; g) creencia en que la naturaleza misma está sujeta al mandato de Dios (homologación de ley natural con ley divina).   

Conviene aclarar que aunque en lo político los tradicionalistas y neoescolásticos tuvieron una clara ventaja (Colombia estuvo, desde 1880 hasta 1930, bajo los gobiernos de la Regeneración y de la Hegemonía del Partido Conservador), románticos y positivistas continuaron trabajando y produciendo hasta bien entrado el siglo XX. Y como un movimiento de resistencia frente al asfixiante clericalismo de los neoescolásticos empezó a surgir un grupo de pensadores originales, creyentes pero libres de ataduras en sus apreciaciones antropológicas y religiosas. Se trata de filósofos in estricto senso, que no escribieron solamente durante intervalos (un mal endémico del pensamiento latinoamericano, como bien apunta Mario Vargas Llosa en El Pez en el agua) sino que consagraron sus vidas al estudio filosófico y a la comprensión de la sociedad colombiana y el ser colombiano. Entre ellos destacaron: Carlos Arturo Torres, Luis López de Mesa y Fernando González Ochoa.

La obra principal de Carlos Arturo Torres fue Idola Fori (Los ídolos del Foro), en la que condensó todo su pensamiento: lucha contra todo dogmatismo y todo tipo de extremismo; búsqueda de un espíritu de ecuanimidad y tolerancia en filosofía, religión y política; huida de las posturas radicales e intransigentes; eclecticismo filosófico; denuncia del fundamentalismo y la violencia inherentes a los “ídolos del foro”, incendiarios pensadores que irresponsablemente contribuyen a perpetuar los antagonismos, los sectarismos y las facciones en la sociedad colombiana. Torres fue un convencido de los frutos de la tolerancia, a la que creía capaz de perfeccionar al espíritu humano, frente a las tendencias aberrantes y mutiladoras de los fanáticos.

Para Torres, el hombre estaba llamado a la perfectibilidad, en el sano equilibrio entre espíritu y materia, en la vida vivida intensa y plenamente, sin excesos (que conducen a monstruosidades y deshumanizan), en una autoliberación (26). Creía en la indisolubilidad entre lo físico y lo metafísico. En consecuencia, su ideal de vida plena es la vida equilibrada, creativa, en la que la fe y la razón, la ciencia y el arte, el orden y la irreverencia juegan un rol complementario y mediador.

Mi colega Luis López de Mesa fue un hombre fuera de serie, talentoso y erudito. Lastimosamente se desentendió de la política a temprana edad (después de haber sido ministro de Educación y de Relaciones Exteriores): hubiera sido un presidente mucho más capaz (y capacitado) que todos los borricos que dirigieron tan mal la República de Colombia a lo largo de la primera mitad del siglo XX. Tal vez era demasiado honesto, para tan terrenos (por no decir mezquinos) menesteres. Médico psiquiatra, historiador y, ante todo, audaz pensador, cubrió casi todos los campos de la sociología, la antropología, la etnografía y el análisis histórico-político.

De su voluminosa obra destacan: Introducción a la historia de la cultura en Colombia, Cómo se ha formado la nación colombiana, Disertación sociológica, Escrutinio sociológico de la historia colombiana. En su método, el doctor Mesa se desmarcó del confesionalismo y la cerrazón neoescolásticas y se abrió hacia la reflexión secularizada, práctica y osada del científico que observa sin sesgos o prejuicios.

Entre sus ideas destacan: concepto de cultura como el conjunto de hipótesis con que un pueblo en determinado estado de desarrollo mental interpreta el mundo; dialéctica de la historia entre la alienación y la libertad; hombre como ente creador de espíritu; creencia en que un pueblo es un pueblo histórico solamente si ha aportado una cosmovisión, una interpretación peculiar del mundo (27).

Por último, vale la pena recordar la crítica que López de Mesa siempre hizo a la sociedad y a la cultura colombianas, sobretodo en cuanto a que viven hipotecadas espiritualmente a las culturas de Europa y tienen miedo de asumir la originalidad a la que están llamadas (28).

De otro lado, creo que es paradigmática la figura de Fernando González Ochoa (1895-1964). Encarnó, como Sartre o Camus, al arquetipo del filósofo escritor, del literato que se atreve a pensar y no se queda en el simple describir. Tuve la oportunidad de conocer y visitar en reiteradas ocasiones la casa-museo en que se ha convertido el que fuera antaño su hogar (hoy en día Fundación Otraparte), y siempre me ha inquietado en su obra esa cualidad de unir metáfora y discurrir reflexivo, de aunar la imagen con el concepto, la belleza formal con la densidad conceptual.

Escribió bastante, a tal punto que fue en varias ocasiones candidato al Nobel de Literatura; dentro de sus libros destacan: Los negroides, Mi compadre, Santander, Mi Simón Bolívar.
Dentro de sus postulados (29) cabe señalar: vitalismo (en tanto que asumía la vida como supremo valor); llamado a la espontaneidad y la vitalidad existencial (a dejar de ser “santos de palo”, como le gustaba decir); conceptualización teórica del derecho a desobedecer; crítica de la Colombia colonial y simuladora; fundamentación de la necesidad de “desfachatez” e irreverencia en la juventud colombiana; consideración de la conciencia como un gran logro humano al que estamos llamados a ensanchar, expandir y consolidar; lucha contra el maniqueísmo moral impuesto por tradicionalistas y neoescolásticos en el país.

Como Torres y López de Mesa, el de González Ochoa fue un grito rebelde ante la inercia de una colombianidad pacata, parroquial, hipócrita, bipartidista y escindida, muy dada a la imitación de lo europeo y lo norteamericano, muy pudorosa en la superficie pero viciosa en sus costumbres (30).       

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)



REFERENCIAS

(1) Pijoan, J. Historia del Mundo, Barcelona, 1962
(2) Campos, D.A. Breve Historia de la Filosofía, Bogotá, 2012
(3) Vargas Llosa, M. Sables y Utopías, Madrid, 2014
(4) Campos, D.A. Influencia de Locke y Hume en la República de Colombia, Bogotá, 2013
(5) Fuentes, C. El espejo enterrado, México, 2008
(6) Salazar Bondy, Obras escogidas, Lima, 2000
(7) Varios autores, La Filosofía en Colombia, Bogotá, 2012
(8) Varios autores, La Filosofía en América Latina, Bogotá, 2012
(9) Campos, D.A. El nacimiento de la tragedia, o cinco ensayos sobre la filosofía del siglo XIX, Armenia, 2014
(10) Campos, D.A. Breve Historia de la Filosofía, Bogotá, 2012
(11) Paz, O. Obras completas, México, 2010
(12) Varios autores, La Filosofía en Colombia, Bogotá, 2012
(13) Varios autores, La Filosofía en América Latina, Bogotá, 2012
(14) Coppleston, F. Historia de la Filosofía, Madrid, 1980
(15) González Ochoa, F. Santander, Medellín, 2008
(16) Campos, D.A. El psiquismo de Santander y de Bolívar, Bogotá, 2012
(17) Varios autores, La Filosofía en Colombia, Bogotá, 2012
(18) Uprimmy, L. Teoría del Estado, Bogotá, 1968
(19) Marquínez, G. Benthamismo y antibenthamismo, Bogotá, 1988
(20) Idem
(21) Campos, D.A. Breve Historia de la Filosofía Colombiana, inédito
(22) Idem
(23) Jaramillo, J. El pensamiento colombiano del siglo XIX, Bogotá, 1964
(24) Molina, G. Las ideas liberales en Colombia, Bogotá, 1979
(25) Varios autores, La Filosofía en Colombia, Bogotá, 2012
(26) Torres, C.A. Idola Fori, Bogotá, 1990
(27) Varios autores, La Filosofía en Colombia, Bogotá, 2012
(28) Idem
(29) Idem

(30) Campos, D.A. Breve Historia de la Filosofía Colombiana, inédito