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domingo, 24 de mayo de 2015

Escolástica Colonial en Latinoamérica: una visión personal, por David Alberto Campos Vargas

Como filósofo, y como latinoamericano, valoro enormemente el esfuerzo de los personajes que, sin temor, discurrieron sobre temas filosóficos en la América de los siglos XVI y XVII, cuando todavía los filósofos de la metrópoli minusvaloraban todo lo que se hacía “en las colonias” (1) y en estas tierras sólo se hacían discusiones estériles, reiterativas, faltas de originalidad, acerca de los mismos tópicos de siempre.

Por eso hombres como Alonso de la Veracruz, Tomás de Mercado, José de Acosta, Antonio Rubio, Alfonso Briceño  y Juan Martínez de Ripalda fueron unos fuera de serie. Se atrevieron, en medio del prejuicio y de la misma inoperancia de la corte imperial, y del atraso y la pobreza dadas por la pésima situación socio-política en la que España tenías sumidas a sus tierras de ultramar, a escribir y a publicar.

Se han escrito mejores cosas, sin duda alguna. Ellos mismos fueron conscientes de la superioridad de pensadores como Aristóteles, Tomás de Aquino o Duns Escoto. Pero lo hermoso es que no se dejaron amilanar. Se desperezaron, se sacudieron la modorra mojigata, ultramontana y confesionalista, y se lanzaron a hacer filosofía.

Eran los tiempos de Carlos V y Felipe II, a cuál más engreído y colonialista, tiempos en los que la Corona española se ufanaba de ser el poder político más fuerte en el orbe. Sí, ya no era el Papado. Las controversias políticas y religiosas, las constantes conspiraciones, intrigas y canalladas al interior del Vaticano, el estallido rebelde que fue la Reforma de Lutero, y las hábiles maquinaciones de los monarcas españoles (empezando por Fernando “el Católico”, quien hábilmente usó la excusa de la evangelización para subordinar a los prelados y frailes a las conveniencias políticas de su reino), habían dado al traste con cualquier intentona de la Roma cristiana de revivir el esplendor imperial del que gozó durante la Edad Media. Tiempos en los que no se permitía a los súbditos de las Américas pensar por sí mismos.

Obviamente, en medio de la cerrazón ideológica y el dogmatismo de Felipe II, que encerró a su propio país y a sus colonias en un feo soliloquio de catecismo simplón y esparció en ellos un tufillo a monasterio, prohibiendo el estudio en universidades extranjeras y publicando el primer Índice de libros prohibidos (un esperpento tan impresentable que da náuseas el sólo imaginarlo), y de la inercia dada por su política de puertas cerradas (indignado como estaba por la derrota de su “Armada Invencible” y del creciente contrabando, respuesta justa a la economía cerrada que trató de montar), el ejemplo y la determinación de estos valientes merecen todo el aplauso.

A continuación, expondré de manera sintética sus principales aportes a la Filosofía Latinoamericana:      

a) Alonso de la Veracruz (1507-1584) fue más allá que su maestro Francisco de Vitoria, y no trató de legitimar la conquista ni de justificar el maltrato a nuestros ancestros; fue un humanista que trató de renovar la filosofía escolástica y planteó serias dudas sobre la supuesta justificación de las guerras de conquista (de hecho, fue amigo de Bartolomé de Las Casas). Fue autor de Recognición de las súmulas, Resolución dialéctica y Especulación física (2).

b) Tomás de Mercado (1530-1576) fue un inteligente observador, y a partir del creciente comercio transoceánico enunció por primera vez la teoría cuantitativa del dinero y su relación con los precios (3); abordó también cuestiones como el crédito, el precio justo, la mercancía, los contratos y las restituciones. Escribió Comentarios a Pedro Hispano, Comentarios a la lógica magna de Aristóteles, Suma de tratos y contratos.

c) José de Acosta (1540-1600) fue un humanista cristiano, al estilo de Erasmo de Rotterdam; creyó en el valor y la dignidad de todos los hombres (incluidos amerindios y africanos, muy maltratados por los peninsulares en su tiempo), y fue un pacifista convencido. Creía que Evangelio y guerra eran simplemente incompatibles, y creía que la violencia de los conquistadores como un atentado contra la libertad (4). Fue autor de dos textos de Teología y de la célebre Historia natural y moral de Indias.

d) Antonio Rubio (1548-1615) fue un escritor sumamente claro y didáctico, por lo que sus textos fueron adoptados en distintas universidades: México, Alcalá, Lyon, Colonia, valencia, Londres, Brujas, Cracovia, etcétera. La claridad y concisión de sus Comentarios a toda la lógica de Aristóteles (llamados coloquialmente “Lógica Mexicana”) los hacen piezas de inestimable valor.

e) Alfonso Briceño (1590-1668), además de concienzudo evangelizador y maestro, fue uno de los pocos en apoyar la posibilidad de un conocimiento intuitivo de las cosas (muchos años antes que Husserl o Jaspers). Reclamó también un mejor trato para todos los nacidos en América, con frecuencia discriminados en España (aún tratándose de hijos de españoles), insistiendo en que todos los hombres son de la misma esencia y condición, así hayan nacido en distintos puntos del orbe. Fue autor de las Célebres controversias al primer libro de las sentencias de Juan Escoto.

f) Juan Martínez de Ripalda (1642-1707) propuso en De usu et abusu Doctrinae Divi Thomae el término concepto objetivo para referirse a las especies inteligibles o mediaciones que permiten el conocimiento de las cosas (5), insistiendo en que para percibir y aprehender las cosas se requiere formar imágenes de ellas.

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)


REFERENCIAS

(1) Varios autores, La filosofía en América Latina, Bogotá, 2013
(2) Campos, D.A., Apuntes de filosofía latinoamericana, inédito
(3) Varios autores, La filosofía en América Latina, Bogotá, 2013
(4) Abellán, J.L. Historia crítica del pensamiento español, Madrid, 1984
(5) Varios autores, La filosofía en América Latina, Bogotá, 2013