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jueves, 21 de mayo de 2015

BREVE RESEÑA SOBRE LA FILOSOFÍA COLOMBIANA CONTEMPORÁNEA Y ACTUAL, por David Alberto Campos Vargas

Es realmente encomiable el trabajo de los filósofos en Colombia, país en el que cuentan con muy pobre apoyo en su actividad productiva e investigativa, y en el que los lectores de filosofía no son más que un puñado de iniciados (muchos de ellos filósofos o estudiantes de Filosofía, Antropología o Sociología).

Ahora bien, si las cosas son difíciles ahora, en pleno 2015, imagínese el lector la odisea que fue el darle a la filosofía su justo sitio en el país. Ahora ya hay Facultades, revistas especializadas (todas ellas indexadas) y un respeto hacia el estudiante de filosofía que no se tenía antaño (en general, la sociedad colombiana no ha sido precisamente una sociedad que valore las Humanidades…usualmente vive distraída en discusiones políticas, campeonatos de fútbol y reinados de belleza). En este breve texto quiero describir cómo se dio esa odisea, desde 1960 hasta nuestros días.

La filosofía colombiana despegó con el impulso dado por esos titanes que fueron Carlos Arturo Torres, Luis López de Mesa y Fernando González Ochoa, a quienes me referí en mi anterior ensayo (1). Con ellos se destetó definitivamente de una tradición pseudotomista que pseudofilósofos que se dedicaron no a explorar en profundidad la fecunda obra del Aquinate (llena de pasajes lúcidos y hasta controvertidos, no siempre limitada por la doctrina cristiana sino también abierta a la tradiciones grecorromana y árabe, intemporal, bien fundamentada y sólidamente construida), sino a repetir lo que Balmes, Maritain y otros autores del oficialismo católico (como los papas Pío IX, Pío XII y León XIII) extrajeron del tomismo para hacer su propios discursos, siempre apologéticos y catequéticos, de intención más informativa que filosófica.

Como señala Herrera (2), era tan asfixiante el control que la Iglesia Católica ejercía sobre la enseñanza de la filosofía en el país, que los docentes elegidos para dictar las cátedras de filosofía se escogían no por sus méritos académicos sino por su posicionamiento ideológico favorable al conservatismo, al clero y a la tradición (realidad tan triste como la que se dio entre 1970 y 2000, cuando en un irónico viraje de la situación, se discriminó injustamente a los maestros creyentes y no alineados con el pensamiento marxista…cosa que comprueba los vaivenes de la Historia, y cómo los extremos se tocan, sobretodo a la hora de causar daño).

En esa sórdida tendencia medievalista, obviamente ajena a pioneros como López de Mesa y González Ochoa, y sí muy cercana a los teóricos de la Escuela de Lovaina, al padre Rafael María Carrasquilla, y a los autores (no muy originales, por cierto) impregnados del espíritu de la Regeneración (3), la filosofía aún era concebida como sierva de la teología (!) y era poco lo que podían hacer autores de marcado talante secularista, como Baldomero Sanín Cano, Julio Enrique Blanco o Agustín Nieto Caballero.

Sin embargo, ya para 1960 la filosofía pudo ocupar en Colombia un lugar propio. Ello gracias a varios fenómenos: a) las reformas educativas acaecidas entre 1930 y 1950, en las que la enseñanza se libró de la férula eclesiástica y se convirtió en una función del Estado; b) la consolidación de la creencia en que el conocimiento científico y filosófico jamás puede estar subordinado a principios religiosos; c) la Ley Orgánica Universitaria de 1936, que dio mayor autonomía a las universidades (que siempre habían padecido o por el control del clero católico o por el control –hasta más nefasto- del Estado, y por la inoportuna injerencia de los políticos en sus asuntos) y consolidó el concepto de Ciudad Universitaria; d) el esfuerzo de filósofos como Luis Eduardo Nieto Arteta, Rafael Carrillo y Danilo Cruz Vélez, que superaron la dicotomía neopositivismo-neoescolasticismo en la que se encontraban atrincherados muchos académicos (pelea tan boba como infértil); e) el influjo de autores como Hans Kelsen, Edmund Husserl, Martin Heidegger y Max Scheler, traducidos, comentados y dados a conocer por el gran José Ortega y Gasset (y su Revista de Occidente, verdadera ventana a la cultura europea para el mundo latinoamericano de la época), Cayetano Betancur y Abel Naranjo Villegas; f) la creación de la Revista colombiana de Filosofía (obra de Adalberto Botero y Abel Naranjo Villegas) y de la Academia Colombiana de Filosofía (4,5).      

Aunque no muy apreciado por Herrera y otros autores del texto de Filosofía Colombiana de la Universidad Santo Tomás (6), considero que el austríaco Víktor Frankl (médico psiquiatra, filósofo, psicoterapeuta, sobreviviente del genocidio nazi) le hizo mucho bien a la filosofía colombiana. Como profesor en la Universidad Nacional difundió a autores como Freud, Jaspers, Hartmann y Sartre, e instó a sus estudiantes a encontrar una filosofía propia, realmente emancipada, con una clara matriz hispanoamericana, y a descubrir y afianzar la identidad cultural colombiana. Creo que la crítica que hacen de su obra Espíritu y camino de Hispanoamérica (7) evidencia un pobre conocimiento de dicho autor y una malinterpretación de sus intenciones.

Frankl jamás pretendió hacer retroceder a la filosofía colombiana al Medioevo, como ingenuamente lo calumnian algunos (8), sino invitarnos a los colombianos a descubrir sus propias raíces indagando en los procesos de hispanización sufridos, rescatando lo único valioso que nos pudo ofrecer España durante la Colonia: el pensamiento de Francisco Suárez. Tampoco se alineó con la dictadura de Rojas, como pérfidamente sugiere Herrera (Herrera, D. La Filosofía en la Colombia contemporánea, en Varios autores, La Filosofía en Colombia, Bogotá, 2012, página 380); siempre fue un antagonista de las dictaduras, de los totalitarismos y de los militarismos. Lo digo con conocimiento de causa, pues he leído casi toda su obra. Un hombre al que casi mata Hitler no le hizo jamás juego a un chafarote como el dictador Rojas.

Caben destacar también  la Revista Mito (fundada en 1955 por Jorge Gaitán Durán y Hernando Valencia) y las revistas especializadas de todas las Facultades de Filosofía del país (Ideas y Valores, Uniersitas Humanística, Franciscanum, Análisis, Escritos, Filosofía y Letras, Universitas Philosophica, y por supuesto, los regios Cuadernos de Filosofía Latinoamericana editados por la Universidad Santo Tomás) como verdaderos motores de la filosofía colombiana entre las décadas de 1950 y 1990 (9), así como los Foros Nacionales de Filosofía iniciados en 1975, los Coloquios de la Sociedad Colombiana de Filosofía y los Congresos Internacionales de Filosofía Latinoamericana que se celebran desde 1980.

De esta nueva generación quiero mencionar los siguientes: a) Luis Eduardo Nieto Arteta (1913-1956), que se interesó en elaborar ontologías regionales en las que los diversos modos de ser configuran múltiples realidades, pues a su entender las ciencias de la cultura se diferencian de las ciencias de la naturaleza en que no tienen un sentido totalmente objetivo, sino subjetivo, y de la variedad de sujetos se desprenden variedad de modos de ser; b) Cayetano Betancur Campuzano (1910-1982), quien insistió en la responsabilidad del intelectual colombiano como líder de opinión llamado a la reflexión ética de los problemas sociales y económicos del país; c) Rafael Carrillo Lúquez (1909-1996), que consideró que el existir era un co-existir, y que por esa razón el hombre está llamado a trascenderse, a abrirse a nuevas posibilidades (en las que destaca el encuentro con el otro) para realizarse existencialmente; d) Danilo Cruz Vélez (1920-2008), muy interesado en la correlación hombre y cultura, en la que ninguno de los dos está subordinado al otro, pues según él, el hombre es un ente que sobrepasa a la naturaleza pero al mismo tiempo se ve sometido a lo que hace con ella (por eso mismo, creyó en que la cultura estaba dada por la libertad del hombre para trascenderse hacia el mundo, mundo que entendió como horizonte de posibilidades, y que moldeaba asimismo al hombre en tanto que constituía su horizonte de posibilidades); e) Rubén Sierra Mejía (nacido en 1937), interesado en superar la ambigüedad y la ambigüedad de la filosofía (de ahí su gusto por la filosofía analítica) y la caracterización del discurso como estructuración lógica; y f) Guillermo Hoyos Vásquez (nacido en 1935), que entiende al hombre como un ser con posibilidad de emancipación, siempre y cuando se asuma responsable de su quehacer, su historia y su accionar político (10)

En cuanto a la inoculación del comunismo y el socialismo en Colombia, cabe señalar que el mosaico de partidos de orientación marxista en el país llegó a ser enorme hasta la década de 1990, sobretodo por el conocido fenómeno de dichos partidos a escindirse y debilitarse en luchas intestinas (en las que la excomunión suele ir seguida del ataque directo al grupo disidente): el Partido Comunista Colombiano (vinculado con la guerrilla de las FARC), el Movimiento Obrero, Estudiantil y Campesino (MOEC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN), Acción revolucionaria Colombiana (ARCO), el grupo Estrategia (el único liderado por verdaderos filósofos: Estanislao Zuleta y Mario Arrubla), el Ejército Popular de Liberación (EPL, de orientación maoísta), etcétera. Es una pena que muchos de dichos grupos creyeran que el terrorismo y la violencia estaban justificados: de ahí que, para generaciones como la mía, no signifiquen más que esperpentos de actuar irreflexivo y conducta sociopática (11).

Sin embargo, hay un personaje interesante dentro de todo ese mamertismo, tan de moda el siglo pasado: el padre Camilo Torres (1929-1966). Su pensamiento, coherente y osado, estuvo signado por la doctrina social de la Iglesia y el compromiso por los desfavorecidos. El cura Torres se tomó a pecho el mensaje evangélico y quiso sintetizar cristianismo y justicia social. Sin emabrgo, tras fundar la facultad de Sociología en la Universidad Nacional y crear el Frente Unido del Pueblo, cometió la tontería de creer que el camino de las armas era el correcto. Fue cuando se vinculó al Ejército de Liberación Nacional y se convirtió en el primer “cura guerrillero”, encontrando en breve una temprana y trágica muerte en combate.   
Desde la década de 1970 hasta su asesinato en 1995 en un grotesco crimen de Estado (12,13), el intelectual, periodista y político Alvaro Gómez Hurtado contribuyó también al pensamiento colombiano (14,15,16), con conceptos como el acuerdo sobre lo fundamental como un llamado a la concertación nacional, entre los distintos sectores sociales, sobre el respeto a unos mínimos legales y económicos que satisficiesen la calidad de vida, o el de salvación nacional entendida como un imperativo moral colombiano (el de apostarle a la educación y al desarrollo social más allá de los sectarismos y las facciones partidistas). También cabe anotar a su amigo Gabriel Melo Guevara, buen analista político y autor de lúcidos estudios sobre la realidad nacional (17).

Ya a inicios de la década de 1990 Rafael Pardo se perfilaba como un interesante académico. Lástima que se haya ensuciado en los terrenos siempre siniestros de la política, pero creo que eso no puede empañar su actividad como autor. He podido leer todos sus libros, en los que se deja ver un claro conocimiento de la historia universal y nacional, y cierto talante desarrollista que también puede rastrearse en textos y discursos de Gómez Hurtado y del también asesinado Luis Carlos Galán Sarmiento (de quien, por su temprana desaparición, no se tiene un corpus filosófico propiamente dicho, pero sí retazos de su pensamiento, una mezcla de neoliberalismo y social-democracia, siempre presentes en sus discursos y entrevistas).

En el campo de la antropología, quiero rescatar a Gerardo Reichel Dolmatoff; en el de la historia y la historia de la filosofía a Jaime Jaramillo Uribe, Germán Colmenares, Antonio García y Leopoldo Uprimmy; en el de la sociología, a Salomón Kalmanovitz, Orlando Fals Borda y el ya mencionado cura Torres. Creo que todos ellos hicieron valiosos aportes en cuanto a la denuncia de las condiciones de dependencia económica y política que hacen todavía hoy de nuestro país un país subdesarrollado, y fueron valientes al mostrar los mecanismos neocolonialistas de los que se sirven aún hoy las potencias extranjeras (18,19).

Lastimosamente poco conocido (y por eso aprovecho para hablar de él en este texto) es el pensador huilense Antonio Iriarte Cadena, nacido en 1945 y muerto en 2012 (20,21); al estilo de Jung (22), intentó una antropología trascendente, rescatando la conexión del hombre con lo mitológico, lo espiritual y lo religioso que le habían quitado esos que yo llamo “sospechosos filósofos” del siglo XIX (23), quienes con su materialismo y su ateísmo dejaron al hombre mutilado, ciego y desvinculado del Universo. También se lanzó a fusionar taoísmo y física cuántica, dentro de una interesante propuesta que uno podría calificar de filosofía de la existencia de corte cosmológico (24).  

Aunque ha sido un desastre en sus últimas actuaciones políticas, creo que es justo rescatar al matemático y filósofo Antanas Mockus Sivikas (nacido en 1945), quien ha producido interesantes ensayos acerca de cultura ciudadana (entendida como una necesidad de hacer del ciudadano colombiano alguien comprometido con su polis, con su ciudad, y por extensión, con su país: un ciudadano que se siente a gusto cumpliendo sus deberes, cuidando los bienes públicos, respetando a los otros ciudadanos…en definitiva, haciendo de su país un lugar mejor, libre de torcidos y corruptelas), terreno en el que también se mueven autores como Germán Vargas, Emilio Guachetá, Guillermo Hoyos, Carlos Sierra y Edgar Guarín (25).

También deseo mencionar, dentro de la pedagogía, a los hermanos de Zubiría, a Olga Zuluaga y a Oscar Saldarriaga (26). Creo que sus aportes no sólo nutren al pensamiento colombiano, sino que también permiten un verdadero cambio social (cambio que no se encuentra ni en los dolorosos caminos del terrorismo, ni en los burocráticos vericuetos del economicismo y la burocracia estatal, sino en la educación).


Por último, quisiera aclarar que mi obra, y la de mi hermano Luis Fernando, aspiran a ser un punto original en la filosofía colombiana, superando esa triste costumbre de los intelectuales colombianos de atrincherarse en una doctrina y hacerse meros ventrílocuos de otros autores (sobretodo americanos o europeos de corte marxista). Ello con la enorme ayuda de maestros como Javier Aulí, Hernán Santacruz, Ulises Santaella, Miguel Zúñiga, Libardo Rojas, Alvaro Molina, Jair Velasco o Sandro Munévar, o amigos como Gustavo Adolfo Zambrano, que nos han dado interesantes luces desde sus respectivas disciplinas.  

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)

REFERENCIAS

(1) Campos, D.A. La filosofía colombiana entre 1760 y 1960, a vuelo de pájaro, Armenia, 2015
(2) Herrera, D. La Filosofía en la Colombia contemporánea, Bogotá, 1988
(3) Campos, D.A. Breve Historia de la Filosofía Colombiana, Armenia, 2015
(4) Herrera, D. La Filosofía en la Colombia contemporánea, Bogotá, 1988
(5) Sierra, R. La Filosofía en Colombia – Siglo XX, Bogotá, 1986
(6) Marquínez, G., Salazar, R., Rodríguez, E., Zabalza, J., Herrera, D., Tovar, L., La Filosofía en Colombia, Bogotá, 2012
(7) Frankl, V. Espíritu y camino de Hispanoamérica, Bogotá, 1953
(8) Marquínez, G., Salazar, R., Rodríguez, E., Zabalza, J., Herrera, D., Tovar, L., La Filosofía en Colombia, Bogotá, 2012
(9) Idem
(10) Herrera, D. La Filosofía en la Colombia contemporánea, Bogotá, 1988
(11) Campos, D.A. reflexiones sobre la Neoposmodernidad, Armenia, 2015
(12) Campos, D.A. La verdad sobre la muerte de Álvaro Gómez Hurtado, Medellín, 2011
(13) Gómez Hurtado, E. ¿Por qué lo mataron?, Bogotá, 2011
(14) Campos, D.A. Breve Historia de la Filosofía Colombiana, Armenia, 2015
(15)  Gómez Hurtado, A. Obras completas, Bogotá, 2010
(16) Gómez Hurtado, A. La calidad de vida, Bogotá, 2010
(17) Melo, G. El Estado y la Constitución, Bogotá, 1995
(18) Rodríguez, E. El socialismo: praxis y teorías, Bogotá, 1988
(19) Marquínez, G., Salazar, R., Rodríguez, E., Zabalza, J., Herrera, D., Tovar, L., La Filosofía en Colombia, Bogotá, 2012
(20) Iriarte, A. La razón vulnerada, Neiva, 2000
(21) Iriarte, A. El arte de maravillar, Neiva, 2006
(22) Jung, C.G. Obras completas, Madrid, 2010
(23) Campos, D.A. El nacimiento de la tragedia, o cinco ensayos sobre la Filosofía del siglo XIX, Armenia, 2014
(24) Iriarte, A. De profundis, Neiva, 2012
(25) Campos, D.A. Breve Historia de la Filosofía Colombiana, Armenia, 2015
(26) Idem