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sábado, 4 de abril de 2015

Sermón de las Siete Palabras, por Joseph Ratzinger (Benedicto XVI)

Primera Palabra
“PADRE, PERDÓNALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN” (Lc 23,34)
(Papa Benedicto XVI)
“Esta Palabra la pronuncia Jesús inmediatamente después de haber sido clavado en la Cruz. La primera oración que Jesús dirige al Padre es de intercesión: pide el perdón para sus propios verdugos. Así, Jesús realiza en primera persona lo que había enseñado en el sermón de la montaña cuando dijo: “A vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian” (Lc 6, 27), y también había prometido a quienes saben perdonar: “Será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo.” (Lc 6,35). En efecto, los hombres que lo crucifican «no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). Es decir, Él pone la ignorancia, el «no saber», como motivo de la petición de perdón al Padre, porque ésta ignorancia deja abierto el camino hacia la conversión. Jesús, que pide al Padre que perdone a los que lo están crucificando, nos invita al difícil gesto de rezar incluso por aquellos que nos han hecho mal, nos han perjudicado, sabiendo perdonar siempre, a fin de que la luz de Dios ilumine su corazón; y nos invita a vivir, en nuestra oración, la misma actitud de misericordia y de amor que Dios tiene para con nosotros: «perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», decimos cada día en el «Padrenuestro»”.

Segunda Palabra
“HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO.” (Lc 23, 43)
(Papa Benedicto XVI)
“La segunda palabra de Jesús en la Cruz, es una palabra de esperanza, es la respuesta a la oración de uno de los dos hombres crucificados con Él. El ladrón, ante Jesús, entra en sí mismo y se arrepiente, se da cuenta de que se encuentra ante el Hijo de Dios, que se hace visible el Rostro mismo de Dios, y le suplica: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino». La respuesta del Señor a esta oración va mucho más allá de la petición; en efecto dice: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso». Jesús es consciente de que entra directamente en la comunión con el Padre y de que abre nuevamente al hombre el camino hacia el paraíso de Dios. Así, a través de esta respuesta da la firme esperanza de que la bondad de Dios puede tocarnos incluso en el último instante de la vida, y la oración sincera, incluso después de una vida equivocada, encuentra los brazos abiertos del Padre Bueno que espera el regreso del hijo”. Pidamos, queridos hermanos, la gracia de una buena muerte para poder contemplar cara a cara a nuestro Salvador en el Reino de los Cielos.

Tercera Palabra
“HE AQUÍ A TU HIJO: HE AQUÍ A TU MADRE” (Jn 19, 26)
(Papa Juan Pablo II)
“Estas palabras del Mesías crucificado, al final de su vida terrena, dirigiéndose a su madre y al discípulo a quien amaba, establece relaciones nuevas de amor entre María y los cristianos. Las palabras de Jesús agonizante, en realidad, revelan que su principal intención no es confiar su madre a Juan, sino entregar el discípulo a María, asignándole una nueva misión materna. Así en la Virgen, la figura de la «mujer» queda rehabilitada (Eva había contribuido al ingreso del pecado en el mundo) y la maternidad asume la tarea de difundir entre los hombres la vida nueva en Cristo. Aunque en el designio de Dios la maternidad de María estaba destinada desde el inicio a extenderse a toda la humanidad, sólo en el Calvario, en virtud del sacrificio de Cristo, se manifiesta en su dimensión universal. Las palabras de Jesús: «He ahí a tu hijo», constituye a María madre de Juan y de todos los discípulos destinados a recibir el don de la gracia divina. En esta opción del Señor se puede descubrir la preocupación de que esa maternidad no sea interpretada en sentido vago, sino que indique la intensa y personal relación de María con cada uno de los cristianos. Ojalá que cada uno de nosotros, precisamente por esta maternidad universal concreta de María, reconozca plenamente en ella a su madre, encomendándose con confianza a su amor materno”.
Cuarta Palabra
“DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?” (Mt 27, 46)
(Papa Benedicto XVI)
“Gritando las palabras del Salmo 22, Jesús reza en el momento del último rechazo de los hombres, en el momento del abandono; reza, sin embargo, con el Salmo, consciente de la Presencia de Dios Padre también en esta hora en la que siente el drama humano de la muerte. Es importante comprender que la oración de Jesús no es el grito de quien va al encuentro de la muerte con desesperación, y tampoco es el grito de quien es consciente de haber sido abandonado. Jesús, en aquel momento, hace suyo todo el Salmo 22, el Salmo del pueblo de Israel que sufre, y de este modo toma sobre sí no sólo la pena de su pueblo, sino también la pena de todos los hombres que sufren a causa de la opresión del mal; y, al mismo tiempo, lleva todo esto al corazón de Dios mismo con la certeza de que su grito será escuchado en la Resurrección. En esta oración de Jesús se encierran la extrema confianza y el abandono en las manos de Dios, incluso cuando parece ausente, cuando parece que permanece en silencio, siguiendo un designio que para nosotros es incomprensible. Y esto sucede también en nuestra relación con el Señor: ante las situaciones más difíciles y dolorosas, cuando parece que Dios no escucha, no debemos temer confiarle a Él, el peso que llevamos en nuestro corazón, no debemos tener miedo de gritarle nuestro sufrimiento; debemos estar convencidos de que Dios está cerca, aunque en apariencia calle”.

Quinta Palabra
“TENGO SED” (Jn 19, 28)
(Papa Juan Pablo II)
“Es muy comprensible que con estas palabras Jesús aluda a la sed física, al gran tormento que forma parte de la pena de la crucifixión. El manifestar su sed, Jesús dio prueba de humildad, expresando una necesidad física elemental. También en esto Jesús se hace y se muestra solidario con todos los que, vivos o moribundos, sanos o enfermos, pequeños o grandes, necesitan y piden al menos un poco de agua (Mt 10,42). Es hermoso para nosotros pensar que cualquier socorro prestado a un moribundo, se le presta a Jesús crucificado. En el Salmo 68,22 se lee: “Para mi sed me dieron vinagre”. En las palabras del Salmista se trata de sed física, pero en los labios de Jesús la sed entra en la perspectiva mesiánica del sufrimiento de la Cruz. En su sed, Cristo moribundo busca otra bebida muy distinta del agua o del vinagre: como cuando en el pozo de Sicar pidió a la samaritana: “Dame de beber” (Jn 4,7). La sed física, fue símbolo y tránsito hacia otra sed: la de la conversión de aquella mujer. Ahora, en la Cruz, Jesús tiene sed de una humanidad nueva, como la que deberá surgir de su sacrificio, para que se cumplan las Escrituras. La sed de la Cruz, en boca de Cristo moribundo, es la última expresión de ese deseo del Bautismo que tenía que recibir para abrirnos a todos nosotros la fuente del agua que sacia y salva verdaderamente (Jn 4, 13-14)”.

Sexta Palabra
“TODO ESTÁ CONSUMADO” (Jn 19,30)
(Papa Juan Pablo II)
“Según el Evangelio de San Juan, Jesús pronunció estas palabras poco antes de expirar. Fueron las últimas palabras. Manifiestan su conciencia de haber cumplido hasta el final la obra para la que fue enviado al mundo (Jn 17, 4). Nótese que no es tanto la conciencia de haber realizado sus proyectos, sino la conciencia de haber efectuado la voluntad del Padre en la obediencia que le impulsa a la inmolación completa de Sí en la Cruz. Ya sólo por esto Jesús moribundo se nos presenta como modelo de lo que debería ser la muerte de todo hombre: la ejecución de la obra asignada a cada uno para el cumplimiento de los designios divinos. Según el concepto cristiano de la vida y de la muerte, los hombres, hasta el momento de la muerte, están llamados a cumplir la voluntad del Padre, y la muerte es el último acto, acto definitivo y decisivo, del cumplimiento de esta voluntad. Jesús nos lo enseña desde la Cruz. Jesús con su muerte revela que al final de la vida el hombre no está destinado a sumergirse en la oscuridad, en el vacío existencial, en la nada, sino que está invitado al encuentro con el Padre, hacia el que se ha movido en el camino de la fe y del amor durante la vida, y en cuyos brazos se han arrojado con santo abandono en la hora de la muerte”.
Séptima Palabra
“PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU” (Lc 23, 46)
(Papa Benedicto XVI)
“La oración de Jesús, en este momento de sufrimiento, es un fuerte grito de confianza extrema y total en Dios. Esta oración expresa la plena consciencia de no haber sido abandonado. Desde el comienzo hasta el final, lo que determina completamente el sentir de Jesús, su palabra, su acción, es la relación única con el Padre. En la Cruz, Él vive plenamente, en el amor, su relación filial con Dios, que anima su oración. Las palabras pronunciadas por Jesús después de la invocación «Padre» retoman una expresión del Salmo 31: «A tus manos encomiendo mi espíritu» (Sal 31,6). Estas palabras, sin embargo, no son una simple cita, sino que más bien manifiestan una decisión firme: Jesús se «entrega» al Padre en un acto de total abandono. Estas palabras son una oración de «abandono», llena de confianza en el amor de Dios. La oración de Jesús ante la muerte, es dramática como lo es para todo hombre, pero, al mismo tiempo, está impregnada de esa calma profunda que nace de la confianza en el Padre y de la voluntad de entregarse totalmente a Él. Ahora, en los últimos momentos, Jesús se dirige al Padre diciendo cuáles son realmente las manos a las que Él se entrega. Ahora que su muerte es inminente, Él sella en la oración su última decisión: Jesús se dejó entregar «en manos de los hombres», pero su espíritu lo pone en las manos del Padre”.

ORACIÓN FINAL
Señor Jesucristo, Tú nos has concedido la gracia de acompañarte, con María tu Madre, en los misterios de tu Pasión para que te acompañemos también en tu Resurrección; concédenos caminar contigo por los nuevos caminos del amor y de la paz que nos has enseñado. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén

Joseph Razinger, Papa emérito Benedicto XVI (Alemania, 1927)