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lunes, 6 de abril de 2015

REFLEXIONES SOBRE LA NEOPOSMODERNIDAD, por David Alberto Campos Vargas

A mis estudiantes, con gratitud


REFLEXIONES SOBRE LA NEOPOSMODERNIDAD


David Alberto Campos Vargas, MD,MSc


Desde que acuñé el término neoposmodernidad (1,2,3) para designar todo el entramado social, histórico, cultural, psíquico y existencial que se abrió paso con el nuevo milenio, he tenido varias veces el deleite de repensarlo, revisarlo y reestructurarlo.

Repensarlo todo es una labor maravillosa: dinamiza, rejuvenece, da nuevas luces. Por el contrario, la actitud (bastante prepotente, por cierto) de creer que ya todo está dicho y que hay una única cosmovisión válida sólo predispone a la esclerosis del pensamiento, a los peligros del dogmatismo y el fanatismo, y a un alejamiento sistemático de la  realidad.

Fiel a esta actitud, y aún a costa de corregirme y rectificarme en algunos conceptos (cosa que hago encantado, si con ello siento que avanzo un peldaño más en el conocimiento del mundo), ofrezco estas reflexiones:

1. Neoposmodernidad no es sinónimo de globalización

La globalización es un fenómeno vigente, todavía en proceso, pero no es precisamente actual. De hecho, empezó con los primeros intercambios económicos de la Antigüedad y se consolidó con las rutas comerciales establecidas en la Edad Media. Por ello ha permeado muchas generaciones y ha estado sometida al vaivén de cada época (y hasta a los caprichos de las ideologías y doctrinas dominantes de cada contexto). Es un desatino creer que sólo los neoposmodernos estamos globalizados. También otros fueron globalizados en sus concepciones del mundo, pretensiones, acciones, y devenires existenciales (piense el lector en personajes como Marco Polo o Cristóbal Colón, y me entenderá), y no por ello se les puede aplicar el término neoposmodernos.

De otro lado, podrá ser cierto que el proceso de globalización se ha acelerado febrilmente las últimas tres décadas, y en ese sentido un incauto podría suponer que es entonces analogizable a Neoposmodernidad; dicha hipótesis se desvanece cuando se entiende a la globalización como un proceso que viene viviendo la Humanidad desde hace muchos años, y que la simple coincidencia en la línea del tiempo entre el pico de aceleración de la globalización (1990 d.C. – actualidad) y la Neoposmodernidad es más un solapamiento que una genuina integración (y que, en ese orden, ambos contextos no son homogéneos, sino realidades coexistentes en el tiempo que dan la apariencia de ir unidos cuando en realidad no lo están).

Además, lo neoposmoderno implica unas situaciones que rebasan con creces los escenarios meramente económicos, mediáticos, tecnológicos y geopolíticos delimitados por el proceso de aceleración actual de la globalización.

2. Debemos cuidarnos de los ídolos

Un error garrafal de mi trabajo Nuevo Milenio es Neoposmodernidad fue el de haber señalado a ciertos líderes (que en su momento se perfilaban como “campeones” de la libertad, el liberalismo y la democracia… y que resultaron estar muy por debajo de las expectativas) como figuras claves de la Neoposmodernidad. Ahora, sin la efervescencia del momento y con el panorama más completo que dan los años y la Historia, puedo afirmar que Tony Blair y Barack Obama no fueron sino ídolos mediocres de un montón de gente esperanzada. Gente que, a la postre, terminó desilusionada y bastante escéptica con respecto a sus verdaderas intenciones.

Tampoco se trata de satanizarlos: en comparación con quienes los precedieron, hasta se podría decir que hicieron un buen trabajo. Pero el análisis concienzudo de sus actos nos muestra a unos gobernantes más mediáticos que sinceros, más pragmáticos que bienintencionados, y más charlatanes que eficaces.

La supuesta cruzada por la libertad y en contra del terrorismo internacional no fue sino una mascarada urdida por Blair para justificar los intereses expansionistas de su aliado militar y geopolítico (los Estados Unidos, en ese entonces comandados por un belicoso y paranoide George Walker Bush), y de paso reencauchar al Reino Unido en la tradición del imperialismo mal disimulado. En cuanto a Obama, es claro que jamás mereció el Nobel de Paz; le siguió apostando a los métodos de la Guerra Fría (su gobierno espiaba hasta a sus amigos y aliados), fue pusilánime frente a la invasión de Ucrania y en cambio salvajemente drástico en su trato con grupos panislamistas, y no concretó sus propuestas de pacificación y retiro definitivo de tropas estadounidenses de Afganistán e Irak.

Lo mismo en el escenario latinoamericano. Michelle Bachelet y Dilma Rouseff terminaron salpicadas de escándalos de corrupción y dieron varias muestras de demagogia y populismo barato; Antanas Mockus, que había librado una valiente batalla contra la maquinaria estatal y partidista en las presidenciales de 2010, defraudó y se convirtió en un político marioneta al servicio de los intereses de las clases dominantes en su país (a favor suyo podría argumentarse un deterioro cognitivo progresivo, resultado de su enfermedad de Parkinson); Rafael Correa hizo avanzar a Ecuador en infraestructura pero se fue olvidando poco a poco de los sectores más desfavorecidos; José Mujica, aunque aclamado en el resto de América por su estilo desparpajado y su honestidad sin tacha (ha sido tal vez el único político latinoamericano de los últimos setenta años que no ha dejado su cargo más rico de como lo recibió), quedó en deuda con el Uruguay si se tienen en cuenta sus promesas no cumplidas.

Creo que lo mejor es entender que la política tradicional (la de los partidos políticos funcionando como mafias, con un rígido sistema de padrinazgos y triquiñuelas; la de unos comicios casi siempre arreglados de manera directa o al menos sesgados de manera indirecta con el uso irresponsable de los medios de comunicación; la de la supuesta “democracia representativa” que ni es democracia ni es representativa) no puede jamás ser algo limpio y decente como muchos quisiéramos, por su propio funcionamiento.

Uno no puede pedirle peras al olmo. Un sistema que ha institucionalizado unas prácticas sociales que implican corrupción (compra y traslado de votos, manipulación de encuestas y mass media, asesinato o difamación de rivales, campañas sumamente costosas subvencionadas por los mismos que luego serán favorecidos, nepotismo, etcétera) y que ha mostrado por siglos ser incapaz de asegurar vida digna a sus participantes (pues solamente ofrece calidad de vida a quienes gozan de las llamadas “mieles del poder”), no puede ni podrá producir algo genuinamente bueno.  

Otra moraleja: cuando un líder intenta hacerse pasar por abanderado de los ideales de la neoposmodernidad debemos evitar, por muy grande que sea nuestra admiración o simpatía por dicho líder, seguirlo de manera acrítica y/o apasionada, puesto que habitualmente esos líderes de la actualidad pertenecen a otras épocas y otros paradigmas (los hay comunistas, hippies, marxistas, socialistas, desarrollistas, neoliberales y hasta yuppies…pero hasta ahora ningún neoposmoderno lo ha intentado seriamente), y sólo nos ven como target electoral. Nos utilizan, tal como en el siglo XX muchos farsantes usaron a “las juventudes” en sus campañas.

3. El optimismo no debe derivar en una pérdida del contacto con la realidad

El hecho de que se haya cambiado de milenio a nivel cronológico no quiere decir que se haya logrado ese mismo cambio a nivel mental. Seguimos siendo, como Humanidad, un sincretismo en el que todavía conviven elementos feudales y colonialistas, y hasta fundamentalismos religiosos, con los elementos progresistas y verdaderamente democráticos.

Creo que una falla de mis anteriores trabajos sobre la neoposmodernidad, los neoposmodernos y lo neoposmoderno (tal vez relacionada con la propia juventud y el idealismo con que los escribí) radicó justamente en una cándida creencia (más un deseo que una realidad): que la neoposmodernidad se iba a consolidar rápida y homogéneamente, en todo el planeta, y que no iban a quedar reductos desagradables de otros paradigmas y de otras épocas (colonialismo, racismo, hembrismo, machismo, totalitarismos, homofobia, eurocentrismo, etcétera).

La verdad es que, así como la Ilustración convivió con la monarquía, nuestra neoposmodernidad aún está disputándole (más lentamente de lo que quisiéramos muchos) terreno al Medioevo (4), la Modernidad (5) y la Posmodernidad arcaica. Aún no se ha instaurado del todo. Puede que tengamos redes sociales y autos movidos por energía solar, pero todavía hay países como Cuba o Corea del Norte, en los que tratar de asomarse al resto del mundo es considerado un acto delictivo. Muchos homosexuales ya pueden casarse, pero aún ser gay es ser un ciudadano de segunda categoría en el imaginario de muchos. Existe un activismo desinteresado y al margen de las caducas instituciones y de los corruptos partidos políticos, pero todavía la mayoría de la población se ciñe a viejos parámetros para organizarse social y jurídicamente. Está la posibilidad de reencontrarse con la espiritualidad (tan ferozmente atacada por los totalitarismos del siglo XIX y XX), pero aún hay países como China, en los que todo lo que tenga un cariz religioso es atacado por el establishment (muchos creyentes de distintas corrientes religiosas son llevados a prisión, sometidos a tortura y hasta asesinados para la obtención de transplantes de órganos). Para dar un ultimo ejemplo, no hay quien no pose de ecologista de dientes para afuera, al menos en mi generación…y es triste notar que de todos nosotros ¡muy pocos somos los que apagamos la luz al salir de una habitación!

4. El lado oscuro del cosmopolitismo

Sin duda alguna, es mejor ser cosmopolita que “patriota” o nacionalista. Los cosmopolitas no han derramado una sola gota de sangre. De “patriotas” (y lo pongo así, entre comillas, porque el verdadero amor a la patria no radica en odiar al extranjero, ni en entonar himnos a todo pulmón, sino en engrandecer la patria con la producción científica, filosófica, artística y literaria, o por medio de aquellas acciones que contribuyan a su bienestar). Es preferible el asumirse como ciudadano del mundo en vez de encerrarse en un montañerismo falto de miras o un provincianismo mediocre.

Cuando todos los seres humanos entiendan que somos la misma especie, y que la Vida es la misma (y la misma en dignidad, derecho y valía) en todas partes, comprenderán que esos límites arbitrarios y cambiantes (y, por lo mismo, cambiables) denominados fronteras no son sino una excusa de unos pocos para cobrar impuestos y hacer la guerra a conveniencia. Puede que ese mismo día, si además se da un cambio psíquico real en dichos colectivos, se acaben también las guerras entre naciones.

El cosmopolitismo permite además un mayor conocimiento, una ampliación del mundo de la vida. Cervantes alguna vez señaló que el mejor camino para saber mucho era “leer mucho y viajar mucho”, y no se equivocó. En general, la gente de mundo es mucho menos propensa a patriotismos estúpidos, a nacionalismos estériles o a brutalidades contra inmigrantes y turistas. En cambio, detrás de cada idiota o fanático que cree que su terruño es lo máximo y que lo que está por fuera es de menor calidad casi siempre se encuentra una mente poco cultivada, un mundo de la vida restringido, un psiquismo constreñido y propenso a la agresión y la violencia (6).

Pero hay algo negativo en el cosmopolitismo: se corre el riesgo de cierto desarraigo, de cierta desvinculación total y enfermiza. Lo he visto a menudo como psicoterapeuta. Muchos jóvenes brillantes salen de sus respectivos países buscando ampliar sus conocimientos y mejorar su calidad de vida, pero son tan deficientemente estructurados a nivel psíquico que terminan abandonando sus tradiciones, descuidando su idioma, olvidando a sus familias y a veces, tristemente, hasta avergonzándose de sus orígenes y ridiculizando su cultura. Así, de una actitud inicial neoposmoderna (de diversidad y respeto a la diferencia) pasan a una actitud absolutista, dogmática, totalitaria, en la que sólo una forma de ser, pensar y actuar es tenida en cuenta como válida y todo lo demás se hace aniquilable o prescindible. Dejan de ser neoposmodernos. Pasan a ser modernos, y del peor talante: modernos a lo Hegel.

5. Lo “políticamente correcto” no siempre es Neoposmodernidad

He observado desde los albores del milenio cierta tendencia de los grupos dominantes y las caducas instituciones estatales: intentar camuflarse con ropajes que no son los suyos. Desde hace dos décadas, el establishment simula no serlo con el uso de un lenguaje “políticamente correcto”.

Lo “políticamente correcto” tal vez sonaba bien en la segunda mitad del siglo XX…pero de tanto ser usado en discursos que nunca fueron llevados a la práctica (porque en realidad no eran discursos sentidos genuinamente, sino anzuelos para pescar votantes) terminó siendo lo que es hoy en día: una expresión despectiva, que denota doblez y falsedad. Unos discursos que se predicaron pero jamás se practicaron. Ante esa falsa de coherencia, lo “políticamente correcto” es hoy por hoy un lenguaje trillado, manido e hipócrita.

Pero fieles a su tradición, los miembros de las clases dominantes vienen intentando desde hace un lustro hacerse pasar por neoposmodernos. No lo consiguen, obviamente, porque no lo son. Pero es bueno recordar que hay que desenmascararlos, justamente para que no entorpezcan y/o desdibujen el ideario neoposmoderno. 

Lo que he visto es que los que más violan los derechos humanos son los que más se llenan la boca con ellos. Los más sexistas son los que más escriben en una prosa ilegible al estilo de “todas y todos las ciudadanas y ciudadanos” y corren a discriminar y dividir entre lo masculino y lo femenino en vez de lograr su integración. Como ya he señalado anteriormente, dentro de lo políticamente correcto también cabe un discurso pseudoecologista, de mucha gente que por puro esnobismo se dice animalista, ecologista o preocupada por el ambiente pero a la hora de la verdad contamina muchísimo más, consume el doble o hasta el triple que las generaciones anteriores y no es capaz de reciclar o de cuidar los recursos naturales. Muchas veces he notado que detrás del disfraz del ecumenismo se esconden fundamentalistas y fanáticos de la peor calaña, y que hablan de libertad y democracia quienes tienen unas claras pretensiones dictatoriales.

Y ahí no termina el asunto. Los más clasistas son los que más presumen de ser incluyentes. Las naciones que establecen monopolios y le apuestan decididamente al neocolonialismo comercial (y a veces, de forma taimada o abierta, al neocolonialismo geopolítico), y que generan y mantienen condiciones de atraso y dependencia en otras, son las que en la palestra internacional muestran un discurso integracionista y blasonan de “combatir la pobreza”. Muchos que añoran a tiranos como Stalin (y a sistemas políticos asfixiantes, sangrientos y represivos, como el comunista) intentan hacerse pasar por demócratas, y muchos furibundos neoliberales tratan de disimular sus señas y atacan, con pleno cinismo, “al injusto modelo económico neoliberal”.   

De esta forma, los genuinamente neoposmodernos (los que creemos en la re-significación del ser hombre o mujer, en el verdadero liberalismo político, en la tolerancia, en el resurgimiento de la vida espiritual, en el pluralismo y el genuino democratismo, en el aperturismo y el cosmopolitismo, en el respeto a la divergencia y las verdades personales) debemos estar atentos y evitar caer en las pérfidas trampas de aquellos que, por pura retórica, y de manera calculadora (pensando en resultados electorales, o sólo para tratar de “quedar bien”) exhiben en su verborrea reiteradamente palabras como “género”, “focalización”, “redistribución del ingreso”, “clases privilegiadas”, “imperialismo”, “capitalismo salvaje”, “neoliberal”, “burgués”, “nación”, “paz”, “democracia” e “igualdad de oportunidades”. Las dicen de dientes para afuera, pero sus corazones son duros y en sus espíritus no hay sino insensibilidad e hipocresía. Ellos son los más felices con que se excluya a la población homosexual y a los colectivos LGBT, ellos son los más interesados en hacer parte de la élite económica y política planetaria, ellos son los que más se lucran con la guerra y la venta de armas.

6. Ser neoposmoderno es algo muy distinto a ser “milenarista”

El término “milenarista”, “generación Y”, Millenial o “generación del Milenio” se restringe de manera exclusiva a gente que nació entre 1985 y 1995, y vivió su adolescencia en el periodo de tiempo comprendido entre 1995 y 2010, a un tipo de personas (adolescentes tardíos y adultos jóvenes estadounidenses y de Europa occidental y central, con acceso a recursos tecnológicos, comodidades y modos de vida que muchos contemporáneos latinoamericanos, africanos, europeos del este y asiáticos simplemente no tuvieron) que se caracterizan por haber retrasado (algunos indefinidamente) su entrada a la adultez plena. Una generación ambivalente, indecisa y con una preocupante tendencia a evadir la madurez (7), pero también una generación amistosa, generosa, que no quiere repetir los errores de sus padres y sus abuelos, opuesta a la guerra y al sexismo. Muchos de mis estudiantes universitarios pertenecen a dicha cohorte, y he de decir que los encuentro mucho menos peligrosos que los baby boomers, hippies y yuppies, y menos competitivos y fantoches que los de mi generación (la llamada “generación X”).

El lector preguntará: ¿puede un milenarista ser un neoposmoderno? ¡Por supuesto! Muchos de los neoposmodernos actuales son “milenaristas”. La neoposmodernidad cala fácilmente en ellos, pues son menos proclives al fanatismo político y religioso que las generaciones que los antecedieron, no tienen taras machihembristas, valoran más el ocio productivo y tienen actitudes más responsables con respecto al sexo y la familia que hippies  y yuppies.

Pero los neoposmodernos también son muchos de las llamadas “generación X” y “generación Z”, porque hay otros elementos que definen el ideario de la neoposmodernidad (ecologismo, cosmopolitismo, liberalismo, flexibilidad cognitiva, consciencia de una dimensión religiosa y trascendente en el hombre, superación del antropocentrismo, tolerancia frente a las distintas posturas y roles de género). Por eso es un error confundir neoposmodernos con milenaristas.

Otra cuestión: la neoposmodernidad se extenderá hasta bien entrado el siglo XXII (cuando ya los “milenaristas” estén muertos), abarcando seis o siete generaciones más. Como se restringe al simple cambio de milenio (así se hayan superpuesto a nivel cronológico, durante un momento en el tiempo), incluirá a las llamadas generaciones X, Y y Z, y otras tres o cuatro.

De otro lado, algunos de los de las generaciones de hippies y yuppies en sentido puramento cronológico son neoposmodernos en sentido hermenéutico y conceptual. Son personas que hoy en día tienen más de 50 años, y sin embargo tienen ya una actitud de neoposmodernos. Sería injusto, y desacertado, dejarlos afuera.

Reproduzco a continuación, de otro ensayo, un breve esquema que puede ser ilustrativo (8):

Baby-boomers                                                 Neoposmodernos  
Pobre conciencia ecológica                               Ecologismo
Antropocentrismo                                               Valoración de otras especies
Consumismo                                                      Regulación del consumo
Poca responsabilidad social                               Gran sentido social
Hippies                                                                Neoposmodernos
Promiscuidad                                                      Tendencia a la monogamia
Tendencia a la subversión                                  Tendencia al orden
Máxima espontaneidad                                        Autorregulación y planeación
Sexismo                                                               Ausencia de sexismo
Yuppies                                                               Neoposmodernos
Vida dedicada al trabajo competitivo                    Valoración del ocio productivo
Materialismo extremo                                            Materialismo utilitarista
Mercadeo-autopromoción                                      Rescate de la vida personal

7. La filosofía de la neoposmodernidad y la filosofía de la liberación

Algunos filósofos me han preguntado si es la neoposmodernidad de otra faceta de la llamada “filosofía latinoamericana de la liberación”. Les he contestado que es un honor que comparen mi trabajo junto al de grandes pensadores como Zea, Miró Quesada, Dussel, Salazar Bondy, Roig o Boff. Pero que no por ser yo colombiano o latinoamericano debo restringirme a lo puramente colombiano o latinoamericano. La neoposmodernidad es un fenómeno planetario, no circunscrito a América. Lo neoposmoderno es universal.

Claro: hay elementos en común. La neoposmodernidad es liberadora, pues saca al hombre de tres prisiones en las que aún se encontraba en los albores del siglo XXI: el antropocentrismo, el sexismo y el materialismo. La neoposmodernidad es liberación, rejuvenecimiento: dejar atrás un montón de supuestos del siglo XIX y XX que limitaban y constreñían la vida humana.

Pero no es, en modo alguno, heredera de las taras de la filosofía de la liberación, bastante salpicada de elementos revanchistas, materialistas, antropocentristas y marxistas. Ni comparte sus glorias (como la de haber dado una voz a la filosofía de América Latina, o la de haber ganado para nosotros, los pensadores nacidos en estas latitudes, un reconocimiento que nos habían negado sistemáticamente los filósofos eurocentristas).

La neoposmodernidad es, simplemente, un fenómeno mundial, planetario, sobre el que he llamado la atención. El hecho de haber nacido en Colombia viene a ser, in estricto senso, irrelevante para el caso (no así para otros de mis trabajos, centrados en la situación social y política de mi país y las naciones americanas).

8.   Lo neoposmoderno frente a los totalitarismos

La neoposmodernidad es, por definición, anti-totalitaria. Es pluralismo, variedad, versatilidad, flexibilidad.

Los totalitarismos, del tipo que sean (se suele captar fácilmente a los de tipo político, como el nazismo, el fascismo o el socialismo…pero suelen pasar inadvertidos muchos de tipo social, como el machihembrismo, o ideológico, como muchos dogmatismos y fundamentalismos), son enemigos de la pluralidad, de la divergencia. Ahogan todo lo que sea libre o liberador.
El siglo XX, uno de los más caóticos, desilusionantes y sangrientos de la Historia, fue el siglo de los totalitarismos. En especial de los totalitarismos ideo-políticos. De ahí la brutalidad, el tánatos imperante, el sufrimiento. De ahí ese horrendo despertar, ese doloroso percatarse, para la humanidad, de que las utopías del siglo XIX habían sido un fiasco.

Pero también el siglo XX tuvo un aspecto luminoso. Permitió comprobar, in situ, la falsedad de todos esos cuentos del siglo XIX (9). Mostró a la luz de qué estaban hechas en realidad esas retorcidas utopías, derivadas en buena medida del absolutismo brutal de la filosofía hegeliana y de la irracionalidad, la decadencia y el nihilismo vividos en la Europa occidental decimonónica.
Viviendo en carne propia los horrores de los totalitarismos, la humanidad del siglo XX aprendió (a los porrazos, pero aprendió al fin) que no podía seguirles haciendo el juego, so pena de marchar hacia su propio exterminio. Y del siglo XX, de las cenizas de la posguerra, de la supervivencia a toda clase de persecuciones y genocidios (sí, en plural, porque se habla mucho del genocidio perpetrado por los nazis, pero no tanto del perpetrado por los comunistas…y mucho menos del perpetrado por los estadounidenses, o de los genocidios perpetrados por distintas dictaduras en todo el orbe), y de las reflexiones de unos intelectuales comprometidos, nace la posmodernidad.

La posmodernidad fue un hito necesario en la Historia. Con ella se cuestionó el orden existente, se dejaron a un lado un montón de tonterías que aún subsistían en el inconsciente colectivo (por ejemplo, la obediencia ciega a la autoridad o la creencia de que se debía uno batir a duelo por nimiedades), y se allanó el terreno para los grandes cambios ocurridos en la segunda mitad del siglo XX, como la desaparición del bloque socialista y el reconocimiento pleno de los derechos de los trabajadores, las mujeres y las negritudes. Y, ante todo, la posmodernidad le permitió a la humanidad verse de otra manera, menos restringida y estereotipada, libre del modelo propuesto por la modernidad cartesiana y hegeliana.

La neoposmodernidad es heredera de la posmodernidad. Libre de ataduras, y crítica frente a todo intento absolutista o totalitario. Ahora, si bien la posmodernidad combatía los totalitarismos desde trincheras dadas por la modernidad (a través de gremios y sindicatos, de huelgas, de consultas populares y referendos, de revoluciones), la neoposmodernidad se enfrenta a los totalitarismos usando sus propios recursos (revistas virtuales, blogs, redes sociales, foros, creaciones literarias y artísticas).
 
9. Lo neoposmoderno frente al machihembrismo

Otro rasgo distintivo de la neoposmodernidad, coherente con su espíritu de tolerancia y apertura, es el del respeto a la diversidad sexual. En consonancia con ello, la neoposmodernidad supera las dualidades y los tontos enfrentamientos entre hombres y mujeres (es decir, ridiculeces como la llamada “guerra de los sexos”, o numerosos prejuicios de gente estulta, o los chistes machistas y hembristas que circulan tan frecuentemente entre resentidos e inmaduros), y da un paso más: abre el abanico de posibilidades de género, respetando a homosexuales, bisexuales, transexuales y metrosexuales en su calidad de personas humanas con plena dignidad y plenos derechos.

Los neoposmodernos no aceptamos discriminaciones o exclusiones, así tengan el disfraz de “igualitaristas”. No nos cabe en la cabeza que se le castigue impositivamente, socialmente o jurídicamente a alguien por su género.

Una de las grandes tareas de la neoposmodernidad, en ese orden de ideas, está en lograr un orden jurídico que proteja el derecho de dichas variantes de la sexualidad humana a consolidar un matrimonio y a estar protegidas en cuanto a seguridad social y mecanismos de herencia.
 
10. La neoposmodernidad no se deja atrapar por ningún “ismo”, a no ser que se trate de pacifismo o ecologismo

La neoposmodernidad, heterogénea y plástica, flexible y tolerante, es ajena a los partidismos y a los sectarismos de todo tipo.

Los “ismos” encierran grandes peligros. Ideologizan, fanatizan y estupidizan de tal forma a la gente, que no me equivoco si les achaco algo de culpa en todas las manifestaciones de violencia y agresión al prójimo.

Los únicos “ismos” que estarían en consonancia con lo neoposmoderno serían el pacifismo y el ecologismo. El primero porque tiende puentes, une y armoniza, valorando la singularidad y el derecho a la diferencia. El segundo porque re-dignifica la Naturaleza y la libera de una larga tradición filosófica (antropocentrista y deletérea) que la relegaba a un segundo plano y que la ponía al servicio del hombre en calidad de ente explotable y maltratable (10).

Dicho sea de paso, saludo con entusiasmo todos los nuevos movimientos encaminados a reivindicar los derechos de los animales y a proteger los distintos ecosistemas en peligro. Creo que conviene poner al hombre en su justo sitio y bajarlo de ese pedestal en el que lo pusieron Aristóteles y Tomás de Aquino (11), y hacerle entender que vive en relación con el Universo y está llamado, si pretende sobrevivir, a cuidarlo. Y que el hecho de ser un animal racional no lo convierte en un animal superior (12).

11. La neoposmodernidad no es infinita: está circunscrita a una realidad histórica de espacio-tiempo

Cada época tiene sus límites. Sería de un narcisismo imperdonable pretender que dure más allá de lo que tenga que durar. Es el último coletazo de la posmodernidad. No creo que se extienda más allá del XXII d.C.

Lo que vendrá luego puede ser al mismo tiempo fascinante y espantoso. Se puede uno imaginar un mundo altamente tecnificado, en el que los viajes al espacio serán algo cotidiano, y en el que la expectativa de vida sea francamente superior a la actual. Pero, al mismo tiempo, se corre el riesgo que aquel sea un mundo sin corazón, de una frialdad despiadada, sumido en el hedonismo y en el utilitarismo más extremo, sin vínculos de amistad o familia, tal como lo fantasearon Huxley y Wells (13,14).

12. ¿Cómo será la neoposmodernidad en su mayoría de edad?

Tan pronto se consigan los logros jurídicos que esperan los integrantes de la comunidad LGBT desde hace tiempo (15), y se modifique la forma en la que entendemos las fronteras (incluso puede pasar que aparezcan otros tres o cuatro conglomerados grandes de países, al estilo de la Unión Europea, con base en afinidades étnicas, geográficas, lingüísticas y económicas), cosa que puede llegar a configurar el cese definitivo de las trabas a los movimientos migratorios, la humanidad tendrá que vérselas con el peligro de su propia extinción.

Se acentuará entonces el aspecto ecológico del ideario neoposmoderno, en una carrera contra el tiempo. Se entenderá finalmente la importancia de cuidar como algo sagrado la vida en el planeta.

En filosofía se dará un interesante debate a propósito de la pluralidad de opiniones y la validez de las verdades personales; en últimas, puede que termine por darse un consenso: ciertas áreas del saber deben apuntarle al esclarecimiento de las verdades universales (no será extraño que la integración entre filosofía analítica, lógica simbólica y ciencia produzca avances de gran calado) y otras áreas del saber deben potenciar y liberar la creatividad en las llamadas verdades personales (y creo que esa podrá ser la justificación del arte, la teología, la estética y la literatura frente a los imbéciles que los atacan en aras dizque de hacer ciencia). Se resolverá, al menos temporalmente, el dilema entre el relativismo y el absolutismo, que ha ocupado buena parte de la filosofía de los siglos XX y XXI (16).

13. ¿Qué ofrecerá la neoposmodernidad a los siglos venideros?

Ya hemos visto cómo a ciertas épocas las idealizan unos y las devalúan otros; lo más prudente es situarse en el medio y entender que cada ser tiene luces y sombras, y que el tiempo no escapa a esa realidad ontológica.

De la neoposmodernidad podrán decir (como lo dicen de la posmodernidad) que no existió los más acérrimos materialistas, empeñados en imponer a los demás su visión del mundo y de la Historia. Para ellos la culminación de la Historia es el Estado socialista, así como lo era para Hegel la monarquía prusiana, o para algunos filósofos medievales la Cristiandad homogénea y unida bajo una supuesta monarquía divinizada. Algunos sociólogos y psicólogos podrán objetar contra ella que trastornó completamente las concepciones sobre emparejamiento, hogar y familia. Los nacionalistas y xenófobos (siempre habrá tontos mientras existan seres humanos, podemos estar seguros) criticarán el final de las fronteras y de las barreras arancelarias y migratorias; algunos le achacarán a dichos cambios las (inevitables) crisis económicas que sobrevendrán.

Pero todos estarán de acuerdo en que la neoposmodernidad contribuyó a distensionar las relaciones entre los seres humanos, entre éstos y los otros seres vivos, y entre las naciones. Valorarán que rescató la importancia de lo espiritual y lo trascendente cuando el neopositivismo y el materialismo por poco acaban con lo metafísico y sublime. Reconocerán que construyó un mundo más abarcativo y tolerante con la diferencia. Y, ante todo, agradecerán que no se erigiera ni como teocentrismo ni como antropocentrismo, sino que valorara en su justa medida a la Naturaleza.

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)

REFERENCIAS

(1) Campos, D.A. ¿Qué es la Neoposmodernidad?, Santiago de Chile, 2005
(2) Campos, D.A. Nuevo Milenio es Neoposmodernidad, Bogotá, 2013
(3) Campos, D.A. Fenomenología y posneoliberalismo: sus utilidades en el contexto de la Neoposmodernidad, Armenia, 2014
(4) Campos, D.A. El Medioevo en la otra esquina, Armenia, 2015
(5) Campos, D.A. El nacimiento de la tragedia, o cinco ensayos sobre la Filosofía del siglo XIX, Armenia, 2014
(6) Campos, D.A. Psicopatología en el Nacionalsocialismo, Bogotá, 2013
(7) Strauss, W., Howe, N. Millenials Rising: the next great generation, Nueva York, 2013
(8)  Campos, D.A. Fenomenología y posneoliberalismo: sus utilidades en el contexto de la Neoposmodernidad, Armenia, 2014
(9) Campos, D.A. El nacimiento de la tragedia, o cinco ensayos sobre la Filosofía del siglo XIX, Armenia, 2014
(10) Campos, D.A. Sobre el amor a la Naturaleza, Santiago de Chile, 2013
(11) Campos, D.A. Breve Historia de la Filosofía, Bogotá, 2012
(12) Campos, D.A. Conversaciones con Tommy, inédito.
(13) Huxley, A. Un mundo feliz, Madrid, 2000
(14) Wells, H.G. La máquina del tiempo, Madrid, 1993
(15) Honneth, A. El derecho a la libertad, Madrid, 2014
(16) Varios autores, Filosofía actual, México, 2012