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sábado, 4 de abril de 2015

PILATO ANTE JESÚS, por David Alberto Campos Vargas

David Alberto Campos Vargas, MD,MSc*

I

¿Pero quién es este hombre? Es alguien distinto. Es algo distinto.
Es humano, pero al mismo tiempo diferente de las bestias que lo traen amarrado. Es superior.

Lo traen por alborotador. Qué imbéciles. ¿Acaso existe uno, uno sólo de ellos, que no tenga vocación de conspirador e incendiario? Pero los hipócritas me dicen que lo han encontrado “alborotando” a su nación.  Que dizque incita a la plebe a no pagar sus tributos al César. Que se llama a sí mismo “Cristo Rey”.
No les creo ni una pizca. Me han hablado de él. Está emparentado con ese excéntrico al que llamaban “Bautista”, el que vivía como si fuese un Diógenes y predicaba como esenio. Pero a diferencia de aquél, este hombre es menos inflamable. Sus palabras son más dulces, a juzgar por lo que Félix y mi propia esposa me han dicho.

Es más amable. Hace amigos por doquier, y se relaciona hasta con mis propios soldados. Más alborotador seré yo. El es inocente, sin duda. Y estas ratas que lo traen, en cambio, son unos sujetos ruines y mentirosos. Merecen ser pasados por la espada.

II

Miserables. Engalanados con sus mejores vestimentas, azuzando a un montón de desharrapados ignorantes. ¿Maestros de la Ley? No lo creo. Ni verdaderos maestros, ni verdadera ley. Son unos hipócritas. Nos odian a los romanos, pero son incapaces de hacernos frente. Por eso revuelven el avispero, usando a los más tontos. Cobardes.

¿Y él…por qué ha llegado aquí? Por la vileza de los otros. Él es bueno, es justo, es virtuoso. Tal como me lo había descrito Claudia. Ella se cree vidente. Yo simplemente creo que ella sabe distinguir lo bueno de lo malo. Claro. En esta época corrompida ya hasta eso, simple, parece ser algo sobrenatural.
El rabí es bueno. Y ellos son malos. Otro pusilánime lo condenaría. Pero no puedo permitir esa injusticia.

III

Este hombre no puede ser condenado a muerte. Por eso sus enemigos buscan darle un cariz político a sus “crímenes”. Así caeremos, piensan, él y yo en la trampa.

¿Y cuáles son los supuestos crímenes? Hablar de amor y tolerancia. Asistir y curar a los enfermos. Anunciar un supuesto Reino de los Cielos. Dar esperanza a los pobres, y consuelo a los necesitados. Invitar al perdón y a la concordia. Ah, sí, y trabajar los sábados, ayudando a todo tipo de gente. Me lo ha dicho Félix, que no ha hecho sino seguir con morboso interés a este hombre y a sus amigos.

Es falso que quiera levantar a los judíos contra el César. Al contrario, en cierta ocasión les preguntó a los malditos a quién se representaba en una moneda. ATiberio César, por supuesto. Y los despachó diciendo que había que dársela al César, porque le pertenecía. ¿Y me vienen a decir que anda incitando a no pagar al César el debido tributo?

Los suyos dicen que es el Mesías. A algunos les cuesta creerlo, porque no es fuerte, ni rico. A los cafres del sanedrín les pone los pelos de punta. Dicen que sólo mencionar la posibilidad es un sacrilegio, y rasgan sus vestiduras. Y sus esbirros, como son tan pobres, no se atreven a rasgárselas. Sólo repiten como autómatas que es un sacrílego, y que debo condenarlo a muerte.

A mí el asunto me tiene sin cuidado. No creo ni en él, ni en Osirs, ni en Júpiter, ni en el divino Augusto. Creo en la buena estrella de los que se hacen a pulso y cuidan sus carreras. Creo en mí mismo.

Pero si él quiere convertir el agua en vino y levantar muertos, bien puede hacerlo. Yo no veo en eso nada de “alborotador”.

IV

Qué chusma tan desagradable. Gritan como si los estuvieran quemando... Sí. Eso sería bueno. Pero no lo haré yo. Soy estricto, y creo en las leyes romanas. Ya vendrá, más temprano que tarde, el que sí se atreva. 
Por poco me he librado de caer en la trampa. ¡Así que es galileo! Bueno, entonces no tengo por qué juzgarlo. Ya lo oyeron, ratas: NO tengo que juzgarlo. No es de mi jurisdicción. De buena gana los crucificaría a ustedes, pero no me está permitido. Salgan de aquí, estúpidos.

V

Quién sabe cómo esté el rabí. Pobre. Lo he mandado con Herodes. Sí, Herodes, el tarado ése. Lo más adecuado para ese montón de idiotas. Entre ellos se entienden.

Si Félix me hubiera dicho antes que era de Galilea, me hubiera evitado ese dolor de cabeza. Pero ya está hecho. Al menos se fueron.
¡Qué gentuza más desagradable!

VI

Sí, lo envió de vuelta. Una salida conveniente. Pero me puso en aprietos. Es un verdadero farsante, ese Herodes. No es capaz ni de ejercer sus más elementales funciones.

Ahora no tengo excusa. Tendré que dictar sentencia. Por más que intente decirle a la chusma que el rabí es galileo y que un caso como el suyo no es de mi competencia, tendré que hacer lo que Herodes no hizo.
Ladino. Ese siempre fue su estilo. Y el de toda su maldita familia de sátrapas.

¿Cómo me juzgará la Historia? Es lícito querer quedar bien con todos. Y, gracias a la infinita incompetencia de Herodes, no voy a lograrlo.
Si condeno al rabí, me ganaré el odio de muchos. Hasta mi leal Félix lo tomará a mal. Sí. Yo creo que le ha tomado cariño al rabí. Dice que los suyos son gentes generosas y compasivas. A mí me parecen algo invertidos. ¿Quién le apuesta a la sumisión, a “poner la otra mejilla” como dicen ellos? ¡Sólo un insensato! De la debilidad propia se aprovecha la maldad ajena.

Si lo absuelvo…esta turbamulta es capaz de arrasar con todo. Mi dulce Claudia. La descuartizarían, esos bárbaros. Dirigidos por Anás, Caifás y toda esa caterva de buitres, no tendrán consideración alguna. Si piden la cabeza de un hombre inocente, ¿qué se puede esperar de esos granujas?

VII

Ya saben, un hombre como yo no puede pretender grandes cosas. La excesiva ambición es enemiga de la vida tranquila. Yo siempre se lo advertí a Lucio, pero no me hizo caso. Y terminó mal.

Yo sólo pido lo básico. No pido una provincia, ni un consulado. Ni siquiera un triunfo. No es necesario que me comparen con el valiente Agripa, ni con el gran Cicerón. Para la gloria están ellos, o Druso, o el propio Julio. Yo sólo quiero alejarme de esta provincia. De esta molesta gente. Tener una villa, ojalá en Sicilia. Olvidarme de todo.

VIII

¡Cuánto ruido hacen! ¿Qué hice yo para merecer esto? ¿Acaso me castiga la fortuna por esos forajidos que mandé crucificar la semana pasada?
Otro hubiese dejado que la chusma acabara con la vida del rabí. Pero debo ser astuto. Ya Herodes se hizo el desentendido. Me contaron que le hizo preguntas estúpidas al detenido, que le pidió actos de magia, que lo trató como animal de circo. No me queda otra salida: voy a hacerlo azotar. Así apaciguo a estas bestias, y evito la muerte de un hombre bueno.

IX

¿Cuál es la verdad detrás de todo esto? Que a ese pobre hombre no le perdonan, por pura envidia, que sea coherente. Que los desenmascare con su conocimiento de esas Sagradas Escrituras de las que ellos tanto hablan, pero parecen conocer sólo lo que les conviene. Que irradie bondad mientras ellos son el vivo retrato de la arrogancia. Que haga milagros que ellos no pueden. Que predica mejor que ellos. Y que les diga lo cierto: que de toda su hipocresía, de todo su boato, no quedará nada. ¿Y acaso se condena a muerte por eso?

Pobre prefecto. Se ve que no está contento en estas tierras. Lo noto cansado. Y bastante preocupado. ¿Temerá por su suerte, ahora que ha caído en desgracia su protector?

X

Definitivamente, hay que usar la fuerza con ellos. ¿Seré yo quien lo haga? Lucio me decía que sí, que sin lugar a dudas. Que empleara todo mi poder. Que él manipulaba al César. Pero ese mismo César lo ha hundido. ¿Quién domina realmente, en este mundo?

Macrón y ese Calígula han urdido su caída. Y no me extraña que hasta Claudio, que finge ser tullido y tonto, hubiese estado al corriente del complot. Yo le decía a Lucio que no, que no soñara sueños ajenos. Pero su codicia era desmedida. Y su brutalidad.

*

El César ya no es un César. Es simplemente Tiberio, el resentido de siempre, pero ahora viejo y cansado. Y sediento de sangre.

Lo curioso es que mientras Tiberio se goza en su crueldad, la censura en los otros. Me ha reprendido ya por mi conducta “indecorosa”. Considera excesivas las crucifixiones con las que tengo a raya a esta gentuza.

XI

El prefecto no ha podido dormir. Su esposa le atormenta diciéndole que por nada del mundo condene a ese Jesús. Y el atolondrado Félix se ha pasado la jornada entera hablándole de los supuestos milagros del judío ése. ¡Puros trucos de magia! Yo los he visto hacer, y mejores, en Egipto. Claro, sin contar lo de levantar muertos. En eso sí debe tener un poder sobrehumano que le asista. Seguro invoca a esos demonios de las tierras que alguna vez conquistó Alejandro.

XII

Claudia le ha advertido al prefecto que no condene al rabí. Hasta en sueños ha visto lo horrible que sería. Hace poco vino a hablarme un tal Juan, dizque discípulo del rabí. Rompió en llanto. Me suplicó que le diera audiencia con el prefecto. Me convenció enseguida, pero el prefecto no ha tenido un minuto para verle. Entre fariseos, saduceos, curiosos y harapientos ha estado acorralado.

Si flaquea, y lo condena a muerte, perderá su alma. Y lo sabe. Por eso está tan asustado. Por supuesto no demuestra su miedo. Sólo arruga el rostro, frunce el ceño y se ofusca con facilidad cada vez mayor.

XIII

Y si lo condeno, ¿qué? Estos imbéciles estarán dichosos. Hasta me compondrán un himno, que para eso sí son buenos. Y luego, con la misma hipocresía, me agasajarán con una opípara cena tan pronto termine su Pascua.

Y si lo absuelvo…¡a apretar los dientes y pelear! Tiberio puede dar alaridos desde su isla, pero nada más. ¿Querrá venir por mí? Le costará. Lucio cayó porque estaba en Roma, demasiado cerca. Yo no. Mataré a todos estos desgraciados, soltaré al rabí, y me perderé de vista. Haré difundir el rumor de mi suicidio. Eso nunca sobra, tratándose de Tiberio.

XIV

Claudia no era vidente, lo tengo claro. Y Pilatos no era ninguna gloria de la jurisprudencia. El simple sentido común bastaba para entender que esa piltrafa no era capaz de atentar contra la seguridad de Roma.

Me conmovió que aceptara su suerte, resignado, sin soltar palabra. Jamás vi un condenado a muerte tan tranquilo. Como si se tratase de un estoico. 

Lástima que no hubiera conocido a Cicerón, seguro hubieran hecho buenas migas. Ambos demasiado honrados, demasiado pulcros para la gleba. Uno no puede ser tan bueno en medio de tanto hijo de puta.

XV

Ya el sol está encima. Qué calor hace. Toda esa gentuza gritando. Estos buitres merodeando, algunos acosándome con insolencia. “Procurador, ¿qué estás esperando?”. ¡Prefecto, idiotas, prefecto! Ese es mi cargo. Prefecto de Judea. Prefecto de esta tierra de nulidades.

“¿Qué estás esperando?”. Que se acabe todo, malnacidos. Que sea destruido vuestro maldito Templo. Que me pueda ir al fin del mundo, para escapar de Tiberio y Calígula, y de todos losTiberios y Calígulas por venir. Que no quede nada de vosotros. “El César exige que procedamos con cautela”, me oí decir. Ya se me está pegando lo de Vitelio. De tanto escuchar uno a la gente, termina pareciéndose a ella.

XVI

Al pobre Pilatos le faltó más determinación al inicio. Su carácter no era tan decidido como han querido ver algunos. Era más bien dubitativo. De ese tipo parsimonioso e  inseguro del que hablan los discípulos de Hipócrates. Claro que era inflexible… ¿pero acaso no lo es alguien sembrado de dudas?
Y aunque mostró decisión y fuerza al final, lo hizo demasiado tarde. No mostró altura de estadista. En esas instancias, la fuerza se desdibuja y deja de ser virtud. Se convierte en fiereza.

XVII

Hagamos cuentas. Tengo dos cohortes. Caballos, espadas y lanzas suficientes. Hay unos tres mil hombres más de reserva, en Cesarea, a media jornada de aquí.

Vitelio sonreirá. “¿Otro baño de sangre, Poncio Pilatos?”. “Sí, gobernador. Todo vale a la hora de defender tu tranquilidad, y la de nuestro César”.

XVIII

Reconozco esa mirada. Tan diferente de la del galileo. Tan llena de ira. ¿Por qué me casé con este hombre? Aún no lo sé. Es complejo. Es el hombre más difícil que he conocido.

Sé lo que trama. Como que me llamo Claudia Prócula. Acabará con todos.
Y hará bien. El galileo es el verdadero hijo de Dios. Es la bondad hecha carne. ¡Ojalá se apiade de nosotros!

XIX

Sí. El viejo hasta lo felicitará. A él siempre le ha gustado la sangre. O puede que ni se entere. No ha vuelto a salir de Capri. A duras penas sale de su villa, donde se la pasa rumiando penas y rencores.

“¿Otro hecho de sangre a cargo del prefecto?”. Sí, contestaré. Y a mucha honra. Hacía mucho no sentía que estaba defendiendo a Roma con justicia. Con Germánico hacíamos un trabajo grande. Éramos la gloria de Roma. Hasta los bárbaros nos mostraban cierta admiración. No éramos crueles. Pero sí éramos fuertes. Implacables. Luego vino Egipto, y luego Judea. Qué aburrimiento. Poner a estos miserables en su sitio nos devolverá la alegría de vivir.

XX

Trato de dialogar con él, pero es inútil. Está sumido en cierto tipo de oración. Es, ciertamente, de otra naturaleza.

La primera vez lo atosigué con preguntas. Y no respondió. Sólo nos miró con rostro bondadoso. Sólo unas ratas como Anás y Caifás querrían la muerte de semejante ser tan lleno de luz.

Quiero saber más de él. Hasta ahora sólo tengo: nacido en Belén, criado en Nazaret por una virgen y un honrado carpintero, aplicado en sus estudios, hacedor de milagros, predicador. Ah, y Claudia diciéndome que no haga nada en contra suya, porque es justo y lo han traído por envidia. Y Félix con el cuento de yo no sé qué bienaventuranzas.

XXI

Ya ni siquiera me mira. Luce muy mal. Parece que no ha comido desde hace mucho. Voy a ordenar que le den algo de beber. Un buen vino. Brindaría con él, porque me cae bien, pero estas arpías pondrían un grito en el cielo. ¡Cállense, bastardos!

XXII

El detenido rehusó beber, pero lo hizo con tanta dulzura que el prefecto no se molestó. De hecho, se le aguaron los ojos. Por eso rápidamente se retiró del lugar.

Los que lo trajeron no le aceptaron al prefecto su propuesta. Según ellos, no bastarían mil azotes. Pusieron el grito en el Cielo. El trató de persuadirlos. Les dijo que no había cometido delito alguno como para darle muerte. Ellos, de manera grosera e impertinente, olvidando su condición de inferiores, sólo atinaron a contestarle: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”.

Y, de nuevo, vi cómo palidecía y parecía a punto de llorar. El prefecto no es un hombre decidido. Pero hombres decididos sí hay en el Imperio. Llegará el día en que no quede nada de esto. El día en que, como decía este lúcido rabí al que ahora quieren crucificar, no quede piedra sobre piedra.

XXIII

¿No voy a poder hacer nada por el rabí? Así lo creen ellos. Hubieras escuchado, Claudia, los gritos de júbilo de esas bestias. Alzaban las manos empuñadas y vociferaban exultantes, cuando el populacho infeliz contestó mi pregunta.

“¡A Barrabás!”. Pueblo estúpido. Masa de idiotas. Como siempre. Aristóteles lo escribió. También Platón. El pueblo no piensa, el pueblo es un lote de peleles inflamables. Un mentiroso hábil (un demagogo) les dice una mentira y se la creen, porque carecen hasta de sentido común en su estado de muchedumbre.

La canalla es siempre inepta. Plebe ignorante, que sólo se rige por las más bajas pasiones, y corre a cometer todo tipo de iniquidades.

De ejemplos está llena la Historia. La masa imbécil mató a Sócrates. Al mismo Aristóteles, si no hubiera marchado al exilio, lo hubiera linchado el pueblo llano ateniense.

Y ahora, esa misma plebe, manipulada por los inmundos “maestros de la ley”, pide la crucifixión de este rabí (que es el más excepcional de los sujetos).
No llores, Félix. Ya tengo la solución.

¿A mí qué me queda? Que Vitelio, como gobernador de Siria, me destituya. Que el emperador de turno (puede ser Tiberio, o Calígula) sentencie mi muerte. “Así terminó Pilato. Como su amigo Sejano”, dirán los historiadores. Adiós para siempre.

Pero así no son las cosas. Los hombres somos dueños de nuestro destino. Y crucificar a este rabí es mancharse, corromper en grado máximo la propia reputación. No me mancharé. Y no me dejaré matar.

XXIV

De repente, cambió la mirada del prefecto. Yo creía que iba a romper en llanto, a postrarse en el suelo y cubrirse de tierra la cabeza, en un arrebato histérico. De esos que le daban a David, el héroe de esta nación. Pero no fue así. Cuando falló su último truco  (utilizar la Pascua como excusa para ser magnánimo, y soltar al galileo), y la multitud vociferó que quería suelto a Barrabás, se retiró discretamente y le dijo algo a dos de sus hombres. Sus ojos parecían grises, verdes, en llamas. Jamás sabré cómo describirlos. Pero en su rostro había cierta especie de paz.

XXV

La vida es un extraño laberinto.

Gano algo, aunque no sé qué. La salvación, dirían Claudia y Félix. Gano más que Herodes, que dizque admiraba los milagros del rabí, pero se hizo el desentendido y me dejó a mí el problema.     

Pierdo algo. Un cargo. Unos ingresos. Cierto tipo de poder. La vida misma, al menos dentro del Imperio. En mi situación, muchos se habrían suicidado. Yo no soy tan estúpido. ¿Matarme yo, cuando los que deberían morir son otros?

XXVI

Ya están en posición. Disimuladamente se colaron entre la plebe. 

Obviamente, nadie no los notó. La plebe no piensa ni atiende, sólo se emociona. Funciona en pos de sus vísceras.

Allá, a lo lejos, están llorando unos que parecen partidarios del rabí. Es preciso evitar hacerles daño. ¿Tomaste nota, soldado? Sí, ya me está guiñando el ojo.

He sorteado otras situaciones difíciles. Las campañas en Germania. Las revueltas de esta gentuza, por todo tipo de motivos. Hasta cuando les hice construir un acueducto se amotinaron. Ya no tengo miedo. Sólo rabia.

XXVII

Vamos, Pilato, da la orden. Me muero de ganas de aplastar estas víboras. Por culpa de ellos no he podido dormir. Sus gritos han empezado a ofuscarnos a todos. ¿Hasta cuándo nos harás esperar?

Ah, sí, cómo no. Las apariencias. “Cuidad las apariencias”, nos dijiste la semana pasada. “No queremos que nos tilden de brutales”.

Anoche escuché a un fariseo. Decía que si matabas pronto al mago ése se calmaría la plebe. ¡Si con eso bastara! Hoy es el mago… ¿mañana quién será? Esta chusma sólo está sedienta de sangre. Basta ver sus fiestas. La degollina es grande. Un pueblo que gusta tanto de los sacrificios querrá siempre una nueva víctima.

XXVIII

El prefecto sabe que debe salvarlo. Un individuo virtuoso no puede perecer por culpa de la muchedumbre enceguecida. Los romanos no vamos a permitir que pase, en nuestras narices.

Aquél galileo, al que llaman Jesús, habló de un supuesto Reino de los Cielos. Me lo acaba de contar una samaritana. Me dijo también que la había cautivado su modo de hablar. Sí. Que sus dichos eran memorables, y que siempre encontraba inteligentes ejemplos para darse a entender. Que ella se había hecho amiga de un tal Tiago, familiar y seguidor del galileo. Y que, aunque lo crucifiquen hoy, ella cree que resucitará, porque es el mismísimo Dios. Y que ella seguirá a Tiago y a los otros dondequiera que vayan, mientras Jesús reaparece.

Yo sólo sé que el jaleo va a estar bueno. Tengo el gladio listo. ¡Que la suerte me socorra!

XXIX

Es muy paciente. Simplemente espera.

Nunca protestó, ni intentó defenderse. Azotarlo y amarrarlo ha sido innecesario.

Habla solo, dizque con su Padre ¿Será que cree que no tiene nada que perder? ¿O será verdad ese Reino de los Cielos del que nos habló anoche, la única vez que abrió la boca?

El que se hace llamar Sumo Sacerdote hace visajes y se muestra muy seguro de sí mismo. La plebe grita enfurecida. ¿Por qué siguen gritando, si ya lograron lo que querían? El calor se está haciendo insoportable. ¿Qué esperas, prefecto…?

XXX

He echado una ojeada. Unos dos mil miserables acá abajo. Hediondos, estúpidos, mal alimentados. Nosotros somos veinte. ¡Oh, qué astuto! Pilato le ha dicho a Félix que le traiga una lanza, y una aljofaina. Simula estar algo turbado, pero es puro teatro. Lo conozco bien. Llevo aquí ya más de seis años.

Bueno, prefecto. No sé qué pretendas hacer con el agua. Pero usa esa lanza pronto. Estamos listos.

XXXI

Ya habían soltado al revoltoso ése, el asesino llamado Barrabás, y la turbamulta estaba clamando que crucificáramos al pobre hombre, cuando el prefecto se lavó las manos enfrente de todos, y gritó: “Soy inocente de esta sangre. ¡Ustedes decidieron!”.

Entendí enseguida. Mi madre siempre me elogió esa forma en la que captaba todo, a vuelo de pájaro. No se había secado bien las manos cuando tomó la lanza, y se la arrojó a Caifás. El maldito viejo quedó empalado, con los ojos abiertos de estupefacción. Alcancé a ver cómo se retorcía dolorosamente, antes de escuchar la voz tronante del centurión: “¡Es la señal!”, y de ver cómo el mismo prefecto sacaba un puñal de debajo de su toga, y se lo hundía a otro bellaco del Sanedrín.  

Empecé a repartir mandobles a diestra y siniestra. Se oía un rugido. Algunas mujeres empezaban a chillar. Yo solamente cortaba carne, abriéndome paso hacia el este, para evitar que Anás se escabullera. Me pareció ver, en medio de la refriega, al condenado a muerte llorando e intentando serenar al prefecto. Pero el prefecto había saltado y se dirigía al centro de la turbamulta, escoltado por Félix.

Un maestro de la ley intentó herirme con su bastón, pero logré agacharme y le saqué los intestinos de un tajo. Corrí hacia la puerta que conducía al despacho del prefecto. Allí, petrificado por el pánico, estaba Anás. “¡Deténte!”, alcanzó a decirme. Qué tonto. No me va a detener un hipócrita que hace apenas unos instantes sonreía ante la desdicha de un hombre bueno. Le corté la mano que me había alzado, luego le rompí la clavícula. Recuerdo el crujido con cierta alegría, no voy a negarlo. La noche anterior había presenciado yo cómo el infeliz había mandado callar a Nicodemo, el único íntegro de toda esa jauría, cuando Nicodemo había tratado de defender al detenido. Me parece bien que venga el mal sobre los malos. Y así se lo dije, lo mejor que pude, en su oscura lengua (de algo sirve conversar con la gente de aquí, así al centurión no le guste), y le rebané media cabeza antes de que pudiera darme una estúpida respuesta. 

Después volví sobre mis pasos, y encontré a Claudia consolando al condenado, el cual lloraba y le decía algo así como que lo más grande era perdonar, y que su Padre amaba a los pacíficos. No me quedé mucho tiempo escuchándolo, porque divisé al prefecto en apuros. Recogí una lanza de la ensangrentada escalera, y avancé deprisa hacia él.

Lo estaban asediando unos truhanes de la pandilla de Barrabás. Él estaba hecho una furia, empapado en sudor y sangre, luchando como un gladiador. Atravesé a uno con la lanza, y a otro lo despaché de una cuchillada directa al cuello. El prefecto hizo lo propio con un sujeto que tenía la cabeza rapada, un conocido ladrón de la zona.

Sin embargo, en vez de de detenerse y tomar un poco de aliento, lo escuché animarme: “¡Acabemos con esa escoria!”. Agotado como estaba, no pude sentir menos que vergüenza de verlo a él, por lo menos diez años mayor que yo, haciendo tan tremendo despliegue físico. Así que lo acompañé, repartiendo golpes y cortadas. Ambos evitábamos herir a aquellos que reconocíamos como seguidores del condenado. 

XXXII

Sólo podía ver aún, con el sol ya poniéndose, la maciza figura del prefecto. Repartía espadazos entre los escasos harapientos que aún osaban hacerle alguna resistencia.

Yo me dedicaba a rematar a los moribundos, si los veía heridos de gravedad. A los que tenían alguna oportunidad, los dejaba tranquilos.

Perdimos a ocho de los nuestros. Me dolió especialmente por Fabio, a quien conocía desde Egipto. Pero eso, y una amplia herida  en la pierna derecha de Camilo, eran algo magro comparado con la debacle judía. Parecían incontables los hijos de Abraham traspasados por los gladios.

XXXIII

El prefecto mató a unos cincuenta alborotadores. Sus hombres hicieron lo propio con otros doscientos.

El resto de los judíos huyó. El prefecto era partidario de seguirlos y crucificarlos, pero por fortuna Félix intervino y lo convenció de dar por terminado el asunto. Estábamos agotados. Y hubiera sido muy ruin de nuestra parte.

A nuestro regreso, el galileo no cesó de exhortarnos a dejar las armas y amar a nuestros enemigos. Muchos de nosotros nos empezamos a sentir incómodos con nuestros gladios y cuchillos, y terminamos maldiciéndolos y arrojándolos al suelo. Nuestras vestiduras manchadas de sangre nos empezaron a pesar mucho, y optamos por quitárnoslas. 

Empezamos a sentir un amor intenso, inmensurable. Parecía que volábamos. Sus palabras nos hacían latir el corazón de una forma indescriptible. Creo que desde ahí empecé a creer en su Dios. O mejor dicho, en él, y en aquél al que llamaba Padre.

*

Poncio Pilato fue destituido por Vitelio a poco de ocurrida la masacre. No contento con ello, el gobernador de Siria lo obligó a presentarse ante Tiberio para darle las explicaciones pertinentes. Pero cuando Pilato llegó a Roma ya Tiberio había muerto, y Calígula había decretado pena de muerte contra él.
Entonces procedió con astucia. Hizo correr el rumor (y muchos de los antiguos colaboradores de Sejano le ayudaron a ello) de que estaba gravemente enfermo, y que se sentía mal porque “Roma le había roto el corazón” al desconocer “su juiciosa y abnegada labor”. Al poco tiempo, divulgó otra falsa noticia: que se había suicidado.

La verdad es que encontraron su cuchillo, y el cadáver de un pobre diablo que se había muerto de hambre y frío la noche anterior. Convenientemente desfigurado, y haciéndolo pasar por el de Pilato, el cuerpo de aquél infeliz fue arrojado al Tíber. Así se acabaron, al menos parcialmente, los problemas de Pilato con Calígula, el nuevo emperador. Pero como nunca faltan los que le buscan otra pata al gato, empezaron a correr todo tipo de leyendas: que con su cuerpo el Tíber se había ensangrentado, que se había llenado de remolinos y olas; que cuando el cadáver fue sacado del Tíber, el río se calmó completamente, hasta tornarse como un estanque.

Ya en mi vejez he escuchado otras sandeces: que fue sacado del Tíber y arrojado al Ródano, al Danubio, al Rhin; que fue finalmente enterrado cerca a los Alpes; que se convirtió en predicador y mártir.

Puras mentiras. Cambió su nombre y se hizo pasar por comerciante fenicio hasta su muerte. Se divorció de Claudia (ella sí se hizo cristiana, y murió en Hispania, en una ciudad llamada Cártama) y se casó con una hermosa gala, con la que vivió un tiempo en el norte de África. Después escribió unas memorias, hoy perdidas pero en su momento consultadas por Tácito. Le perdí el rastro cuando ya él contaba unos ochenta años, y se había ido a vivir con una egipcia a Sicilia.

¿Qué más les puedo contar? Félix, su secretario, también fue condenado a muerte in absentia por Calígula, pero eludió ese destino internándose “en ignotas tierras, allende el Indo”. Allí prosperó como terrateniente, y al parecer  albergó y protegió (hasta donde pudo) a Tomás Dídimo, que lo bautizó.
El galileo, Jesús de Nazaret, continuó predicando por espacio de tres años. Después protagonizó un fenómeno pasmoso, en el que, a la vista de más de dosmil personas, ascendió al Cielo. Sí, al Cielo. ¿Cuesta creerlo, no? Pero estuve ahí, y doy fe de ello.

*

Es triste que todo esto sólo fuera mencionado por Cornelio Aulo en sus memorias, y por el centurión Camilo, quien dejó inconclusa una Historia de las provincias romanas.

Flavio Josefo insinuó, en sus Antiguedades judías, que la caída en desgracia de Pilato tuvo que ver con su crueldad y la forma como reprimió una revuelta de samaritanos (a los que ejecutó sin miramientos en el monte Garizim). No tuvo en cuenta la matanza de Jerusalén.

Filón de Alejandría también se refirió a Pilato con desprecio, haciendo hincapié en la brutalidad de sus métodos.

Hace poco tuve en mis manos una carta del senador Galo a su esposa, en donde se deja ver que Tiberio lo odiaba “por su parentesco con Livila”. No por “ese extraño juicio que presidió en Jerusalén”.

No soy un juez para dar una sentencia con respecto a Pilato. Sólo espero que Dios que haya sido con él menos severo de lo que él fue con los judíos, un pueblo noble al cual admiraré hasta mi muerte. Pueblo de sabios, de hombres honrados, entre los que siempre me sentí bienvenido.

Sólo gracias a la infinita bondad de Jesús Cristo puede encontrar un hombre tan trastornado como el ex prefecto algo de misericordia. Y si así fueron las cosas, debió haber sido conmovedor para Pilato reencontrarse con Aquél a quien creyó que podía “salvar”, cuando aún no sabía que era el Salvador.

*
David Alberto Campos Vargas nació en Neiva, Colombia, en1982. Es médico psiquiatra, psicoterapeuta, magíster en neuropsicología y neuropsiquiatría e historiador. Contacto: dalbcampos@hotmail.com