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viernes, 20 de febrero de 2015

Manuel Ancízar, sobre Quesada y sus secuaces

"...El 20 de agosto de 1537 llegaron los españoles a los primeros burgos de Hunza y avistaron el cercado del zaque a tiempo que el sol caminaba para su ocaso y su desmayada luz hería los edificios principales y los iluminaba con los resplandores de las láminas y piezas de oro qué tenían pendientes, tan juntas, que rozándose unas con otras movidas por el viento, formaban la armonía más deleitosa para los invasores, quienes sin más esperar se entraron arrebatadamente por las calles de la ciudad con gran turbación de la muchedumbre de indios congregados junto al cercado, cuya grita y espanto fueron tales por razón de los caballos y fiereza de los extranjeros, que confusos no combatían aunque se hallaban con las armas en las manos. Quimuinchatecha, imposibilitado de salvar la persona por sus pies ni por los ajenos, a causa de su mucha corpulencia y edad de setenta años, mandó a sus guardias cerrasen las puertas del doble cercado que ceñía las casas, y arrojasen ocultamente por encima unas petacas en que había hecho recoger sus joyas y riquezas, y eran recibidas por los indios de afuera y traspuestas de unos en otros hasta donde no se había tenido más noticia de ellas, sin advertirlo los españoles, por haber ocurrido todos juntos a ganar las puertas con el fin de hacerse dueños de lo interior, donde tenían noticias de que estaban los tesoros que buscaban. Llegados, el alférez Antón de Olaya rompió con la espada las cerraduras y abrió paso a Quesada, que desmontado y con guardia de infantes penetró hasta una sala grande en la cual le esperaba el zaque inmóvil y severo, sin dar muestras de sobresalto, sentado en una silla baja y rodeado de copioso número de cortesanos, todos con patenas de oro en el pecho, medias lunas de lo mismo y rosas de plumas ceñidas por diademas, de manera que les recogían y sujetaban las cabelleras tendidas sobre la espalda y hombros; galas que no decían mal con las túnicas de lienzo de algodón caídas hasta las rodillas, y las mantas cuadradas pendientes del hombro derecho sobre el lado izquierdo, ostentando en ella los dibujos y labores que indicaban el rango y nobleza de los que las llevaban. Quesada sin vacilar se dirigió al soberano e intentó abrazarlo amorosamente; pero los uzaques lo retiraron poniéndole las manos en el pecho, y con gritos manifestaron su indignación por semejante llaneza: el español gritó más, hablándoles del papa y del rey de España y haciéndoles protestas de los daños y violencias que sobrevinieran: alborotáronse todos; creció la gritería: el alférez Olaya y el capitán Cardoso, entrambos muy esforzados, pusieron manos sobre Quimuinchatecha y lo aprisionaron; de que resulté trabarse un desordenado combate dentro y fuera de las casas hasta que la oscuridad de la noche no permitió continuarlo, retrayéndose los indios harto escarmentados por los caballos y lanzas de Gonzalo Suárez Rondón, Puestas centinelas y guardias comenzaron los españoles el saqueo y devastación, no dejando casa ni templo que no despojaran hasta reunir más de doscientas cargas de oro y esmeraldas; y como hallasen caída y olvidada fuera del cercado una de las petacas que los indios sacaron, encontrando en ella ocho mil castellanos de oro y una urna del mismo metal que encerraba los huesos de un cadáver y pesó seis mil castellanos, comprendieron que la mayor parte de las riquezas las habían traspuesto; pero nada pudieron descubrir, aunque apremiaron con ruegos y amenazas a Quimuinchatecha, quien permaneció silencioso, menospreciando igualmente los halagos que los rigores.Después de estos sucesos, y con la muerte subsiguiente del anciano príncipe, abatido por la pesadumbre de su deshonra, de hecho quedó disuelta la Confederación de Hunzahúa, pues el último jefe Quimuinzaque no solo fue despojado de su capital el 6 de agosto de 1539 para fundar allí mismo la actual ciudad de Tunja, sino miserablemente asesinado por Hernán Pérez de Quesada con los principales uzaques, a los cuatro años de un reinado aparente y oscuro. La multitud de indios que poblaban el territorio muchas leguas a la redonda de Tunja, fue presa de los conquistadores, que bajo el título de Encomiendas los redujeron a la esclavitud, sacándoles tributos arbitrarios en que hacían consistir la renta de sus casas. Al cebo de esta vida regalada y ociosa, cual convenía a hidalgos españoles, acudieron los principales compañeros de Quesada, Fredeman y Benalcázar, y se avecindaron en Tunja, labrando casas costosas, cuyas portadas sembraron de escudos de armas "para eternizar su fama en la posteridad", según cándidamente lo afirmaba Juan de Castellanos, primer cura y cronista de la encopetada ciudad; la cual, no obstante todo aquello, progresó tan poco, que ciento cincuenta años después de fundada no contaba más de 500 vecinos españoles; como si la sangre inocente de Quimuinzaque y sus deudos, regada en los recién abiertos cimientos de la villa española, hubiese traído sobre ella la esterilidad y sembrado el germen de su decadencia y ruina inevitables...."

Manuel Ancízar Basterra (Colombia, 1812-1882)