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viernes, 20 de febrero de 2015

Manuel Ancízar, sobre las supercherías populares en Colombia

"...Cuando llegamos a Soatá, se preparaban a celebrar la Octava de Corpus, comenzando por tres días de penitencia para entrar luego a las fiestas con el saco de la conciencia vacío, puesto que habrían de presentarse numerosas ocasiones de henchirlo nuevamente hasta más no poder. Aguardé a que concluyeran de blanquear y adornar la iglesia para visitarla, y cuando dieron punto a la magna obra me encaminé para allá. En lo exterior habían conservado esmeradamente lo descascarado y sucio de la fachada; pero dos palos revestidos de arrayán y amarillo, que hacían en la puerta el oficio de pilastras, indicaban que los ornatos estaban dentro. Y en efecto, todo aquello era arcos de cañas cubiertas de género blanco y salpicados de espejitos y láminas de grisetas parisienses, cuya proverbial modestia las haría ruborizarse al verse adoradas tan en público con los trajes suficientemente profanos que las puso el valiente litógrafo su autor.

¿Qué harán aquí estas ciudadanas?, iba a preguntarme, pero me cerraron la boca dos altares fronterizos, donde, por entre un bosque de retazos colorados y blancos sacaban la cabeza, como quien pide socorro, unos santos de bulto escuálidos y vestidos a usanza de ninguna nación del mundo: rodeábanlos varios espejos, y más abajo unos cuadros representando escenas de Atala y Chactas y la exhumación y funerales de los restos de Napoleón. Ante la valentía de esta innovación no quedaba otro recurso que enmudecer, en lo cual imité a dos retratos de Pío IX y del ciudadano arzobispo, que estaban en otro altar viendo a las grisetas y a Napoleón sin conmoverse, o acaso distraídos por la ramazón que llenaba el resto de la iglesia, más semejante a un adoratorio de indios que a un templo cristiano. Si así estaba la iglesia, fácilmente se colige cómo estaría la procesión.

Máscaras monstruosas, cuadrillas de matachines, rey David bailando y diablos alegres delante del Santísimo, depuesto el antagonismo necesario; un cercado de cañas representando el Paraíso con cotudos y fabricantes de ollas; exploradores hebreos de la tierra de promisión haciendo parte de la procesión, sin dárseles un bledo del anacronismo que estaban cometiendo; todo esto, rodeado de un concurso que presenciaba la fiesta como un espectáculo teatral y no como la más solemne y severa de las del culto católico. ¿Qué fin de enseñanza moral, ni qué recuerdos del dogma puede tener tal y tan grotesca pantomima? La perversión de las ideas cristianas, sembrando en su lugar otras idolátricas y disparatadas; este es el único fruto; he dicho mal, es uno de los frutos, a cual peores, que producen aquellas incalificables funciones que tienden a perpetuar en las costumbres los extravíos del paganismo.

Animado por el carácter franco del cura, me permití el hacerle algunas observaciones sobre los adornos borrascosos de la iglesia.

-"Convenimos en todo, contestó; eso no es muy católico, pero es lo que apetece el pueblo, que si no ve ramazones desde la pila del agua bendita, dice que la fiesta no vale nada. Sépase que hay la costumbre de presentarse en la iglesia unos que llaman penitentes, que son hombres vestidos de enaguas blancas, las cuales forzosamente deben ser alquiladas, y una vez dentro, comienzan a zurrarse el pellejo, compitiendo a quién se da más azotes hasta sacarse sangre; pues no he hallado medio de desterrar esta barbaridad, y a veces por no verla me he ido a otro pueblo"

- Mejor debería llamarse profanación del templo y agravio de Cristo, que jamás ha pedido ofrendas de sangre, como los ídolos del Ganjes o del antiguo México, a los cuales sentaba bien un culto de crueldad y dolores físicos

-"Pues ahí no es todo: vienen después los crucificados, gañanes que se echan a cuestas una cruz grande, y se ponen a representar los pasos y caídas del Salvador, con la particularidad de que en vez de cirineo les acompaña una moza con un calabazo de chicha, de la cual dan un trago al penitente en c ada caída para fortalecerlo y animarlo; y sucede que las caídas menudean y los tragos también, hasta que a la postre andan los pseudo-Cristos tan borrachos que no dejan nada que desear, y acaban por familiarizarse demasiado con los cirineos. He combatido este abuso por todos los medios que están a mi alcance, y espero que dentro de poco desaparecerá".

- Quiéralo Dios, para decoro de la religión y honra de nuestro país, que a este paso no sé cuáles creencias le quedarán luego que la mayor ilustración proscriba semejantes farsas. Que en las poblaciones de indios retiradas y pequeñas subsistan estas prácticas de los siglos bárbaros fuentes de lucro para los malos sacerdotes, se concibe aunque se lamente; pero que se vean todavía en Soatá, es lo que no tiene perdón. La moral popular no se funda ni conserva con fraudes y supersticiones de aparato puramente material.

Manuel Ancízar Basterra (Colombia, 1812-1882), en Peregrinación de Alpha