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martes, 20 de enero de 2015

Con los ojos cerrados, por Reinaldo Arenas

A usted sí se lo voy a decir, porque sé que si se lo cuento a usted no
se me va a reír en la cara ni me va a regañar. Pero a mi madre no. A
mamá no le diré nada, porque de hacerlo no dejaría de pelearme y de
regañarme. Y, aunque es casi seguro que ella tendría la razón, no quiero
oír ningún consejo ni advertencia.
Por eso. Porque sé que usted no me va a decir nada, se lo digo todo. Ya
que solamente tengo ocho años voy todos los días a la escuela. Y aquí
empieza la tragedia, pues debo levantarme bien temprano -cuando el pimeo
que me regaló la tía Grande Ángela sólo ha dado dos voces -porque la
escuela está bastante lejos.
A eso de las seis de la mañana empieza mamá a pelearme para que me
levante y ya a las siete estoy sentado en la cama y estrujándome los
ojos. Entonces todo lo tengo que hacer corriendo: ponerme la ropa
corriendo, llegar corriendo hasta la escuela y entrar corriendo en la
fila pues ya han tocado el timbre y la maestra está parada en la puerta.
Pero ayer fue diferente ya que la tía Grande Ángela debía irse para
Oriente y tenía que coger el tren antes de las siete. Y se formó un
alboroto enorme en la casa. Todos los vecinos vinieron a despedirla, y
mamá se puso tan nerviosa que se le cayó la olla con el agua hirviendo
en el piso cuando iba a pasar el agua por el colador para hacer el café,
y se le quemo un pie.
Con aquel escándalo tan insoportable no me quedó más remedio que
despertarme. Y, ya que estaba despierto, pues me decidí a levantarme.
La tía Grande Ángela, después de muchos besos y abrazos, pudo marcharse.
Y yo salí en seguida para la escuela, aunque todavía era bastante temprano.
Hoy no tengo que ir corriendo, me dije casi sonriente. Y eché a andar
bastante despacio por cierto. Y cuando fui a cruzar la calle me tropecé
con un gato que estaba acostado en el contén de la acera. Vaya lugar que
escogiste para dormir -le dije-, y lo toqué con la punta del pie. Pero
no se movió. Entonces me agaché junto a él y pude comprobar que estaba
muerto. El pobre, pensé, seguramente lo arrolló alguna máquina, y
alguien lo tiró en ese rincón para que no lo siguieran aplastando. Qué
lástima, porque era un gato grande y de color amarillo que seguramente
no tenía ningún deseo de morirse. Pero bueno: ya no tiene remedio. Y
seguí andando.
Como todavía era temprano me llegué hasta la dulcería, porque aunque
está lejos de la escuela, hay siempre dulces frescos y sabrosos. En esta
dulcería hay también dos viejitas de pie en la entrada, con una.jaba
cada una, y las manos extendidas, pidiendo limosnas... Un día yo le di
un medio a cada una, y las dos me dijeron al mismo tiempo: Dios te haga
un santo. Eso me dio mucha risa y cogí y volví a poner otros dos medios
entre aquellas manos tan arrugadas y pecosas. Y ellas volvieron a
repetir Dios te haga un santo, pero ya no tenía tantas ganas de reírme.
Y desde entonces, cada vez que paso por allí, me miran con sus caras de
pasas pícaras y no me queda. más remedio que darles un medio a cada
tina. Pero ayer sí que no podía darles nada, ya que hasta la peseta de
la merienda la gasté en tortas de chocolate. Y por eso salí por la
puerta de atrás, para que las viejitas no me vieran.
Ya sólo me faltaba cruzar el puente, caminar dos cuadras y llegar a la
escuela.
En ese puente me paré un momento porque sentí una algarabía enorme allá
abajo, en la orilla del río. Me arreguindé a la baranda y miré: un coro
de muchachos de todos tamaños tenían acorralada una rata de agua en un
rincón y la acosaban con gritos y pedradas. La rata corría de un extremo
a otro del rincón, pero no tenía escapatoria y soltaba unos chillidos
estrechos y desesperados. Por fin, uno de los muchachos cogió una vara
de bambú y golpeó con fuerza sobre el torno de la rata, reventándola.
Entonces todos los demás corrieron hasta donde estaba el animal y
tomándolo, entre saltos y gritos de triunfo, la arrojaron hasta el
centro del río. Pero la rata muerta no se hundió. Siguió flotando
bocarriba hasta perderse en la corriente.
Los muchachos se fueron con la algarabía hasta otro rincón del río. Y yo
también eché a andar.
Caramba -me dije-, qué fácil es caminar sobre el puente. Se puede hacer
hasta con los ojos cerrados, pues a un lado tenernos las rejas que no lo
dejan a uno caer al agua y del otro, el contén de la acera que nos avisa
antes de que pisemos la calle. Y para comprobarlo cerré los ojos y seguí
caminando. Al principio me sujetaba con una mano a la baranda del
puente, pero luego ya no fue necesario. Y seguí caminando con los ojos
cerrados. Y no se lo vaya usted a decir a mi madre, pero con los ojos
cerrados uno ve muchas cosas, y hasta mejor que si los lleváramos
abiertos... Lo primero que vi fue una gran nube amarillenta que brillaba
unas veces más fuerte que otras, igual que el sol cuando se va cayendo
entre los árboles. Entonces apreté los párpados bien duros y la nube
rojiza se volvió de color azul. Pero no solamente azul, sino verde.
Verde y morada. Morada brillante como si fuese un arcoiris de esos que
salen cuando ha llovido mucho y la tierra está casi ahogada.
Y, con los ojos cerrados, me puse a pensar en las calles y en las cosas;
sin dejar de andar. Y vi a mi tía Grande Ángela saliendo de la casa.
Pero no con el vestido de bolas rojas que es el que siempre se pone
cuando va para Oriente, sino con un vestido largo y blanco. Y de tan
alta que es parecía un palo de teléfono envuelto en una sábana. Pero se
veía bien.
Y seguí andando. Y me tropecé de nuevo con el gato en el contén. Pero
esta vez, cuando lo rocé con la punta del pie, dio un salto y salió
corriendo, Salió corriendo el gato amarillo brillante porque estaba vivo
y se asustó cuando lo desperté. Y yo me reí muchísimo cuando lo vi
desaparecer, desmandado y con el lomo erizado que parecía soltar chispas.
Seguí caminando, con los ojos desde luego bien cerrados. Y así fue como
llegué de nuevo a la dulcería. Pero como no podía comprarme ningún dulce
pues ya me había gastado hasta la última peseta de la merienda, me
conformé con mirarlos a través de la vidriera. Y estaba así, mirándolos,
cuando oigo dos voces detrás del mostrador que me dicen: ¿No quieres
comerte algún dulce? Y cuando alcé la cabeza vi que las dependientes
eran las dos viejitas que siempre estaban pidiendo limosas a la entrada
de la dulcería. No supe qué decir. Pero ellas parece que adivinaron mis
deseos y sacaron, sonrientes, una torta grande y casi colorada hecha de
chocolate y de almendras. Y me la pusieron en las manos.
Y yo me volví loco de alegría con aquella torta tan grande y salí a la
calle.
Cuando iba por el puente con la torta entre las manos, oí de nuevo el
escándalo de los muchachos. Y (con los ojos cerrados) me asomé por la
baranda del puente y los vi allá abajo, nadando apresurados hasta el
centro del río para salvar una rata de agua, pues la pobre parece que
estaba enferma y no podía nadar.
Los muchachos sacaron la rata temblorosa del agua y la depositaron sobre
una piedra del arenal para que se oreara con el sol. Entonces los fui a
llamar para que vinieran hasta donde yo estaba y comernos todos juntos
la torta de chocolate, pues yo solo no iba a poder comerme aquella torta
tan grande.
Palabra que los iba a llamar. Y hasta levanté las manos con la torta y
todo encima para que la vieran y no fueran a creer que era mentira lo
que les iba a decir, y vinieron corriendo. Pero entonces, puch, me pasó
el camión casi por arriba en medio de la calle que era donde, sin darme
cuenta, me había parado.
Y aquí me ve usted: con las piernas blancas por el esparadrapo y el
yeso. Tan blancas como las paredes de este cuarto, donde sólo entran
mujeres vestidas de blanco para darme un pinchazo o una pastilla también
blanca.
Y no crea que lo que le he contado es mentira. No vaya a pensar que
porque tengo un poco de fiebre y a cada rato me quejo del dolor en las
piernas, estoy diciendo mentiras, porque no es así. Y si usted quiere
comprobar si fue verdad, vaya al puente, que seguramente debe estar
todavía, toda desparramada sobre el asfalto, la torta grande y casi
colorada, hecha de chocolate y almendras, que me regalaron sonrientes
las dos viejecitas de la dulcería.
Reinaldo Arenas (Cuba, 1943-1990)