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jueves, 4 de diciembre de 2014

LA MUERTE SEGÚN SU ESCLAVO, por Luis Fernando Campos Vargas

Donde habite el olvido,
Allí estará mi tumba.

Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas, LXVI

Dejé mis anclas y crucé el muelle del puerto, y vi una luna roja y un reloj de arena colgando de las manos de un poeta. Se escuchaban graznidos de cuervos, y estaba roto el reloj de arena, por lo que se escapaban uno a uno los granitos. El poeta era un mago de barbas blancas que nunca había llorado, y sin embargo decía: “Hermanos, mis manos tienen callos y minerales oxidados. ¿De qué sirven mis ojeras si estoy viejo, de qué sirven mis vestiduras, si ya no tengo carne?” Son mis noches cada noche. Es el mundo de los sueños que nunca deja de ser real, y mi esperanza es que alguien escuche el grito en medio del desierto.

Gravo los días en una piedra estéril. Siento al polvillo más ínfimo del universo haciendo mella entre mis huesos. Son enfermedades rojas y asquerosas, son mariposas negras sobrevolando la tisis y el ébola. Es un diario amarillo de remordimientos y del perdón que no me puedo dar. Quizá la muerte esté sobrevalorada. Quizá sólo sea el descanso de nuestras cruces. Yo sólo quiero que llegue el día en que esté libre del Péndulo de Foucault.
Sólo quiero dejar de ser arrastrado por cadenas de ácidos y reacciones químicas cuando las vacas mujan al mediodía en sus desesperados lamentos, batiendo la cola para evitar los moscos cancerígenos. Sólo quiero escuchar tañir la lira lentamente por las manos de algún auriga celeste que me conduzca suavemente por las escaleras del infierno. Quiero escuchar, antes de morir, un movimiento mozartiano.


Quiero sentirme más atado a la carne que el chivo asesinando a su propia madre, quiero sentirme más libre que el más rojo de los satánicos, y cantar y huir del palacio gris que es la muerte para atravesar un bosque lleno de búhos con ojos rojos que cantan églogas de muerte, quiero correr más rápido que la arena y escapar de la mirilla satánica de la luna germanófila, de la luna masculina y quevediana que me empuja a desintegrarme al son de una trompeta en llamas, pero huyo y es de noche y son las estrellas cayendo del cielo y es la historia y la libertad nietzchiana, es un sólo devaneo de melodías y de ilusiones para botarme desnudo al lago oscuro, para ver las estrellas partirse en dos, ignominiosas, y sentir la calma que no es calma, poder nadar en el mismo cielo. Salgo de mi torre muriendo, atravieso el bosque asesino, y me recuesto en el lago refractado. ¿Para qué más he sido creado? Que nadie me mienta y me diga que nací para la muerte. Yo nací para volar y tocar el cielo con mis manos, nací para vivir desnudo y libre, para escuchar el latido de mi corazón en sol menor.

Sólo quiero experimentar ese momento de ateísmo flagrante, de completa emancipación y de ausencias de cadenas. Quiero vivir la más acompañada soledad, compartiendo con náyades de pieles rosadas, comiendo banquetes opíparos y hablándole a las esquivas musas, con las que me acuesto y despierto renovado, ávido de mundo, de sangre, de enredaderas locas y poleas eternas, con cuernos y toros y todos esos amigos míos que nacieron muertos, que cuántos hombres no quemaría por tenerlos a ustedes dentro y poder multiplicarlos con mi pluma estéril.

Quiero un abrazo de amor antes de dormir que me dé mi padre. Quiero sentir el vaho entre mi pecho, y ver el ajedrez inmenso que es mi vida. Quiero esa lealtad que no me ha sido confiada. Quiero comer uvas mientras allá abajo se matan efebos para diversión del vulgo, porque no he sido feliz. Hoy lloro porque no he sido feliz, y antes del gran estallido no tuve quien me sujetara de la mano.

Es un cuarto oscuro donde muere gente en la guerra, y las enfermedades terminales se comparten por el aire, se siente el aliento condensado con una carta de olvido, sobre una piedra que es la cuna y un sol que no sale, una luna que sigue viéndonos impávidos a pesar de los problemas. El olvido, el olvido, ¿habrá peor muerte que el olvido?

Luis Fernando Campos Vargas (Colombia, 1998)