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lunes, 15 de diciembre de 2014

FENOMENOLOGIA Y POSNEOLIBERALISMO: SUS UTILIDADES EN EL CONTEXTO DE LA NEOPOSMODERNIDAD. Por David Alberto Campos Vargas


Siendo la neoposmodernidad un fenómeno actual, sumamente complejo pero por eso mismo fascinante, y ante el gran desafío ecológico al que nos enfrentamos como especie, creo que vale la pena analizar cómo las últimas tres generaciones (todos los nacidos entre 1980 y 2010), y aún las menos viejas de las generaciones pasadas, con las que aún compartimos la estadía en este mundo, podemos sacar provecho de dos corrientes.
La primera, esbozada por Husserl a principios del siglo XX, y definitivamente lograda, en términos antropológicos, por Merleau-Ponty y Jaspers, ofrece soluciones precisas ante las dos grandes dificultades del siglo XXI: el problema ambiental y la desesperanza. La segunda, ya planteada por la comisión de asuntos económicos de la Organización de las Naciones Unidas en 1990 y definitivamente asentada con el llamado neoestructuralismo y los fenómenos de la social-democracia de Finlandia y Noruega (completamente alejada de las peligrosas interpretaciones del marxismo que tanto dolor causaron en el siglo XX), ofrece soluciones a otras dos dificultades, para nada menores, de nuestro siglo: la desidia y la falta de solidaridad.
Escribo este ensayo ubicándome históricamente, como alguien nacido en 1982, que llegó a su mayoría de edad en el siglo XXI y que se siente claramente neoposmoderno (pacifista, ecologista, cosmopolita, libre y liberal, cognitivamente flexible y consciente de una dimensión religiosa y trascendente en el hombre), pero no por ello voy a desconocer personas de otras generaciones que también, pese a su edad (al haber nacido en otros contextos históricos) también viven y constituyen lo neoposmoderno. Y de antemano que sé que en unas décadas, jóvenes sumamente distintos a mí (a mis preferencias, a mis gustos, a mi estilo) también harán parte de la neoposmodernidad, así sea como colofón a la misma.
De otro lado, quiero aclarar que el apelativo de “reaccionarios” (insulto muy usado por los escasos mamertos que aún no se han fosilizado del todo, con el que pretenden “atacar” a todos aquellos que no pensamos como ellos) o el de “conservadores” (insulto algo suavizado, pero también incorrecto) no son suficientes para atrapar todo lo que significamos los que estamos viviendo y haciendo la Neoposmodernidad.
Pido excusas si hiero sensibilidades (no es mi intención), y el lector podrá perdonar ciertas frases que parezcan algo fuertes, si tiene en cuenta una innegable situación: ante el caos (moral, vital, político, social, y hasta económico) que se produjo en el siglo XX, y frente a la relativización extrema de la posmodernidad, no es de extrañar que las generaciones del siglo XXI encaremos algo ofuscados a las generaciones que nos antecedieron. Especialmente a las últimas tres (baby-boomers, hippies y yuppies).
Es  tal vez por esa ofuscación, que obviamente genera resistencia, que para algunos observadores externos las generaciones más jóvenes de la actualidad parezcamos algo “conservadoras” (1). Creo que el remoquete de “conservadores” es un intento (fallido, por supuesto) de comprensión por parte de las anteriores generaciones, que evidentemente no pueden comprendernos, porque sus pre-saberes y saberes, sus cosmovisiones y hasta sus categorías de pensamiento difieren enormemente del nuestro. Ahora bien, como para ellos lo “normal” era lo caótico, lo desordenado, lo promiscuo, lo relativo, lo antropocéntrico, lo sexista, lo ambiguo y lo subversivo, cuando chocan contra nosotros (2), dada la enorme brecha generacional existente, apelan a un concepto caduco y que no nos dice mucho, pero que para ellos representa todo lo que atacaron, para tratar de encasillarnos (una tendencia a la que eran muy propensos ellos, que encajonaban a la gente con brutal facilidad, cayendo en dualismos extremos; por ejemplo: creían que se era o “burgués” o “proletario”, o “de derecha” o “de izquierda”, o “creyente” o “ateo”, o “familiar” o “individual”, etcétera): el conservadurismo.
No creo que “conservador” sea un término que nos guste. Para empezar, en muchos países recuerda a unos partido corruptos y actualmente desprestigiados, de ciega adhesión a las clases opresoras y “aristocráticas” (en realidad, falsamente aristocráticas: nuevos ricos de inicios del siglo XX, y criollos que no valían nada antes de las guerras de la independencia en el siglo XIX, y que, después de traicionar a Bolívar y a su sueño, se erigieron en latifundistas muchas veces más desconsiderados que los españoles contra los que habían luchado), militarista y en muchas ocasiones propenso a tomar tonos de fascismo. De otro lado, “conservador” suena a tradicionalista, y la idea de tradición implica el perpetuar las prácticas y los conceptos de las generaciones inmediatamente anteriores a nosotros, y eso es justamente lo que jamás estaremos dispuestos a hacer. Estamos, de hecho, hastiados del fracaso que representó el siglo XX, al menos hasta la ola de liberación vivida en 1990 (cuando cayeron buena parte de los totalitarismos comunistas), y de las numerosas tonterías que cometieron ellos, los baby-boomers, hippies y yuppies.   
Los desafortunados que antecedieron a los baby-boomers, muchos de los cuales acabaron muertos en una trinchera, en un campo de concentración o en una cárcel, dentro de esa cadena de horrores y sufrimiento que fue el siglo XX (tragedia prefigurada, como he sostenido en anteriores trabajos, por los autores incendiarios y fanáticos del siglo XIX), pagaron bien cara su ingenuidad, su falta de fuerza (y de medios, y de recursos, y hasta de suerte) para oponerse a los que los sometieron y obligaron a vestir un uniforme e ir a despedazarse por unos tiranos verdaderamente diabólicos, configuraron tres generaciones tan trágicas que no deseo fustigarlos en este trabajo. Como ya he mencionado en El nacimiento de la tragedia, o cinco ensayos sobre la filosofía del siglo XIX (3) y en Nuevo Milenio es Neoposmodernidad (4) y Reflexiones sobre la Neoposmodernidad (5), ellos pagaron con sus propias vidas su tendencia a la obediencia ciega, al patriotismo ridículo y al nacionalismo y la xenofobia. Sus cadáveres, que configuraron una escalofriante y dolorosa alfombra alrededor de todo el mundo, y su sangre, trágica e inútilmente derramada, hablan por sí mismos. Ojalá la Humanidad haya aprendido algo de tan estúpido sacrificio.
Ahora bien, el carácter de nosotros, las generaciones de la neoposmodernidad, se diferencia radicalmente del de los baby-boomers, hippies y yuppies. Ellos ni siquiera entienden el por qué de nuestros valores y nuestras características    (la renacida y poderosa religiosidad, la conciencia social, el gusto por lo sistematizado y lo eficiente, el anhelo de orden y de claridad, el ecologismo con la valoración de la Naturaleza en condición de igualdad con el hombre, la superación del machismo y del hembrismo). Sin embargo, si supieran ver bien, el personalismo y el posneoliberalismo, que son tendencias enraizadas en el siglo XX (y, en cierta medida, contemporáneas a ellos), les aclararían bastante el panorama.
¿Por qué? Porque lo que se escribe en determinado momento, si resulta ser lo suficientemente difundido y publicitado, llega a erigirse en paradigmático entre los 50 y los 100 años siguientes: verbigracia Nietzsche y Marx forjaron el mundo de entre 1910 y 1960, Freud y los existencialistas el de 1940 a 1990, Schumpeter y los neoliberales el de 1980 a 2010. E insisto, si se logra analizar correctamente, estamos viviendo una fusión entre posneoliberalismo y personalismo en esta época que he venido llamando neoposmodernidad, que intuyo será el último coletazo de lo posmoderno, y puede que se extienda hasta el 2080 aproximadamente. ¿Qué vendrá después? Algo muy interesante, desde luego. Pletórico en ciencia y tecnología (justo lo necesario para la crisis ecológica a gran escala que desde ya se avizora, y que pondrá en jaque la misma existencia humana), y en soluciones creativas para un planeta cambiado. Pero tal vez menos agradable, menos dado al hedonismo. Habrá que verlo, en todo caso, para sacar unas conclusiones finales.
Lo cierto es que las generaciones de la neoposmodernidad somos muy distintas a las que vendrán, y a las que pasaron. Sirva de ilustración este pequeño esquema:
Baby-boomers                                                 Neoposmodernos  
Nula conciencia ecológica                               Ecologismo
Antropocentrismo                                               Valoración de otras especies
Consumismo                                                      Regulación del consumo
Poca responsabilidad social                               Gran sentido social
Hippies                                                                Neoposmodernos
Promiscuidad                                                      Tendencia a la monogamia
Tendencia a la subversión                                  Tendencia al orden
Máxima espontaneidad                                        Autorregulación y planeación
Sexismo                                                               Ausencia de sexismo
Yuppies                                                               Neoposmodernos
Vida dedicada al trabajo competitivo                    Valoración del ocio productivo
Materialismo extremo                                            Materialismo utilitarista
Mercadeo-autopromoción                                      Rescate de la vida personal

Ahora bien, no vaya a creer el lector que estoy haciendo una apología de las generaciones de la neoposmodernidad. En modo alguno. Me parecen bastante pusilánimes, débiles, con poco espíritu de lucha. Su vida sexual más ordenada, y su estilo familiar más fiel y monogámico, puede que se deban más al temor a las  enfermedades de transmisión sexual (especialmente al complejo VIH-SIDA, de “reciente” aparición –al menos en cuanto a epidemia- en la Historia) y a la dificultad económica, en un mundo cada vez más encarecido, de sostener dos o tres hogares al mismo tiempo, que a una genuina ética de lealtad matrimonial. Y su tendencia al ocio y su exigencia de tiempo libre para hobbies y aficiones puede ser una revelación sutil de su espíritu fatigable y poco emprendedor (diferencia radical con los yuppies de la década de 1980).
Pero sí es cierto que se trata de generaciones más sanas, mejor estructuradas mentalmente. Generaciones ya hastiadas de la suciedad, la desidia y el desorden hippie, hartas de ver consumir marihuana y otros psicotóxicos a sus propios padres y abuelos (imagínese el lector el golpe, a nivel psicológico, que es para un joven constatar la pobre heroicidad de sus principales figuras de identificación), enojadas con esa triste generación que dizque por “amor libre” echó por tierra el concepto de familia y creó un pandemónium de divorciados y re-juntados con todo tipo de hermanastros, padrastros y “medios hermanos”. Generaciones que vieron caer el muro de Berlín y conocieron las consecuencias (los estragos del totalitarismo comunista), para las que memes como KGB, politburó o guerra fría ya no son realidades concretas, sino sólo referencias históricas a un pasado reciente turbulento (como la de mi hermano). En ese orden de ideas, generaciones menos maniqueístas y fanáticas en términos políticos. De hecho, no me equivocaría al afirmar que las generaciones de la neoposmodernidad están muy poco interesadas en ese viejo estilo de hacer política, en el discurso de plaza (que hasta les parece vulgar) y el juego de poderes (en el que no están interesados, pues se interesan mas en el confort de sus casas que en juegos ridículos de mentira, manipulación y soberbia).           
Para estas generaciones de la neoposmodernidad pueden ser útiles distintas escuelas, diferentes paradigmas y cosmovisiones, dada la flexibilidad cognitiva que requieren estos tiempos. Por eso una corriente del siglo XX, como la fenomenología (especialmente desde su más lúcido y actual exponente, Karl Jaspers) y una tendencia más económica que filosófica, pero de todos modos con visos antropológicos y políticos, como lo es el posneoliberalismo, hacen parte de los elementos característicos de mi generación y de las dos generaciones siguientes. Y son más abarcativas, desde lo conceptual, que el pobre término “conservadurismo”, que como ya el lector pudo comprobar, es equívoco y sumamente impreciso para referirse a nosotros.                                                                     
Karl Jaspers ofrece unas luces innegables. Y su filosofía se hace un recurso útil para este complejo entramado que es la vida del siglo XXI. Intentaré ser lo más esquemático posible, sintetizando la actualidad de su pensamiento en dos grandes puntos:
a) En estos tiempos de cambio climático, en los que parece asomar una grave situación planetaria (sumatoria de diversos problemas, heredados de la estupidez de los siglos XIX y XX: debilitamiento de la capa de ozono, superpoblación, erosión de los suelos, desertización de zonas antaño fértiles, deforestación, deshielo de casquetes polares, calentamiento de las aguas oceánicas, aumento de productos de desecho no reciclables, etcétera), vivimos realmente una situación límite por antonomasia.
Estamos, como Humanidad, contra la pared. Nos pusimos ahí. Nos pusieron ahí, para ser más exactos, pero no basta con encontrar culpables. La gravedad de la situación (una posible extinción de nuestra especie) nos obliga a buscar soluciones. O nos transformamos, o perecemos. Razón tiene Hinkelammert (6) al afirmar que la economía debe dar un vuelco y ponerse al servicio de la vida, so pena de llevarnos a una aniquilación total. Se equivoca enormemente, eso sí, cuando afirma que la culpa es del capitalismo solamente (víctima, obviamente, del fanatismo y el maniqueísmo de su generación, que ya he señalado anteriormente). Al parecer se olvidó del enorme daño ecológico provocado por los Estados furibundamente anticapitalistas. Sirvan de ejemplo los desastres planetarios causados por las economías la Unión Soviética y por China (7), o que en la actualidad China, uno de los últimos bastiones del ya obsoleto comunismo, sea el país que más ensucia al planeta (8).
Y ahí entra Jaspers a darnos una mano. Sin apelar a mamertismos caducos. Sin premuras. Sin juicios apresurados. Hay que leerlo y entenderlo, y aplicarlo. Si el hombre, bajo la excusa del avance científico o el progreso económico, se pone la soga al cuello, debe frenársele. Es mandatorio que prime la vida, la existencia misma, por sobre cualquier otro fin. Por tanto, dicha línea de supuesto “avance” o “progreso” debe detenerse a tiempo (9,10). Sí, así llore más de un científico loco, de esos que ponen a la ciencia (y no a la existencia) por encima de todo. Si la ciencia se desliga de lo humano, y de lo ético, pierde su dimensión benigna y se convierte en un riesgo para el mundo, para todos los seres vivientes (11). Si la ciencia se vuelve solipsista y se convierte en la medida de todas las cosas, produce monstruos (12). Y hace del científico un idiota útil, un tonto, un culpable de muchas muertes (13).
¡Detenerse! De una vez por todas. Capitalistas y comunistas. Al fin y al cabo son la misma cosa: contaminadores. Emisores. Culpables. ¿Cuándo van a entenderlo? ¿Cuándo van a captar, en toda su plenitud, la gravedad de ir en pos de una industrialización que puede que produzca dinero, pero produce sobretodo muerte?
Recordará el lector que esos dos grandes filósofos, valientes y decididos, que fueron Karl Jaspers y Bertrand Russell, insistieron en el desarme nuclear. No hablaban de soluciones intermedias, ni de paliativos, ni embellecían lo feo con eufemismos al estilo del “desarrollo sostenible” planteado por algunos académicos (corresponsables, con los empresarios estúpidos, de la debacle ecológica).
Así que, ante la situación límite planetaria, nuestras generaciones (y las que nos antecedieron y aún viven: baby-boomers, hippies y yuppies), tenemos que hacerle caso a Jaspers y gritar ¡basta!, y detener esa máquina de muerte. ¿Qué si con ello se desacelera la economía? Me importa un pimiento, si se trata de proteger la vida en el planeta. Y creo que Hinkelammert estaría de acuerdo conmigo.
b) En estos tiempos de desilusión, pesimismo y “brazos caídos” (símbolo perfecto de la impotencia y el desencantamiento del hombre de estos tiempos), la llamada del doctor Jaspers hacia el optimismo, la superación de las dificultades y la trascendencia es un necesario tratamiento.
Ante el inminente gran desastre ecológico, uno podría asumir una actitud derrotista y dar por sentado que no hay nada que hacer. Y, con ello, simplemente esperar el final. Pero si se escucha a Jaspers, se tiene la bendita sensación de que es posible hacer algo. Siempre es posible hacer algo (14).
Parte de ese gran pesimismo que es un común denominador entre la posmodernidad y la neoposmodernidad, está relacionada con el ateísmo. Cuando el hombre se olvidó de su dimensión trascendente, de su capacidad de re-ligarse a ese Sumo Bien que es Dios, se mutiló a sí mismo y perdió la esperanza, porque ciertamente en sus limitaciones, y ante las dificultades de la existencia, siempre necesitará de alguien realmente omnisciente y todopoderoso (15,16).
Las actuales generaciones han ido redescubriendo a Jaspers (y a Jung, que llegó al mismo punto pero por otra vía, más psicoterapéutica) y encontrando en él ese optimismo que es consecuencia del contacto con lo divino, con la dimensión religiosa y espiritual de la existencia.
Y están en un camino correcto. Hay un reencuentro con la trascendencia. Un volver a Dios, en reacción al ateísmo desesperanzado de las anteriores generaciones. Hay una efervescencia de lo religioso (lástima que a veces se cae en supercherías y falsedades, o en actitudes hipócritas, postizas, como la de muchas señoras New Age que son un verdadero vomitivo, pues no practican ese amor que tanto predican), que si logra encaminarse bien puede resolver muchas de las crisis por las que están pasando tantos millares de seres humanos hoy en día.     
Pasemos ahora al posneoliberalismo (17). Creo que de esta corriente se pueden sacar estas cosas buenas en la neoposmodernidad, a saber:
a) La iniciativa privada debe seguir estimulándose, sin ir en desmedro de todas las acciones que pueda hacer el Estado por garantizar el bien común.
Ya he señalado que la diferencia más marcada entre los yuppies y los neoposmodernos estriba en la forma como afrontan el trabajo, el lucro y los medios para adquirir calidad de vida. Los neoposmodernos valoran mucho más el tiempo libre, y disfrutan. Son algo menos consumistas que los yuppies, y menos dados al esnobismo. Estudian lo que en verdad les gusta, y tratan de hacer lo que en realidad quieren (a diferencia de los yuppies, que escogieron sus carreras y estructuraron sus vidas alrededor de los oficios que más ganancias económicas les representaban, al menos en sus expectativas). Pero son mucho menos trabajadores, eficientes y productivos, al menos desde el punto de vista estrictamente laboral, que los yuppies.
Por eso es habitual ver a muchos valiosos jóvenes de la neoposmodernidad “desempleados y felices”. Profesionales muchas veces bien calificados, pero que permanecen cesantes, no abren cuentas de ahorro, no invierten, no se mueven desde un punto de vista económico. Esos maravillosos jóvenes, que entienden qué es lo que en realidad vale la pena en la vida (la verdadera búsqueda de la felicidad, en una dimensión existencial, y no simplemente en términos de adquisición de capital) y que prefieren su bienestar a la acumulación monetaria, se exponen sin embargo, con su estilo de vida, a un enorme riesgo. Pueden convertirse en un segmento poblacional rezagado y oprimido (¿y oprimido por quiénes?, por los yuppies, por supuesto).
Por eso deben rescatar del posneoliberalismo, para su propia supervivencia, la idea de que tanto la iniciativa privada como la ayuda del Estado son necesarias. La iniciativa es lo que muchas veces les hace falta. Los neoposmodernos necesitan más emprendimiento, más determinación, mayor inteligencia económica. Es altamente probable que no puedan tener ya de la seguridad de una pensión para su vejez (pues la población ha envejecido tanto, y tan aceleradamente, que ya no habrá suficientes personas laboral y económicamente activas para mantener a los jubilados). Por eso es necesario que se disponga de un Estado posneoliberal, amable y dispuesto a brindarles ciertas ayudas (seguros de desempleo, apoyos económicos encaminados a la protección social, gratuidad en educación y salud). De no ser así, pueden ser barridos por los altamente eficientes, trabajadores y económicamente versátiles yuppies (que ya serán sujetos alrededor de los 70 años de edad, seguramente gerentes y dueños de multinacionales, feroces y acaparadores).  
b) El posneoliberalismo puede ser útil también a los neoposmodernos desde su llamado a la solidaridad. Si hay algo horrendo de este momento actual de la Historia, de la historia humana mejor dicho, es que está siendo manejado por yuppies y ex hippies (pues dejaron de compartir los valores de su generación, así biológica y cronológicamente estén todavía ligados a ella) que devinieron en imitar a los yuppies. Estamos viviendo un mundo insolidario, injusto, inequitativo, rudo con los oprimidos.
El posneoliberalismo enseña que dejarle todo a la privatización y al libre mercado es arriesgadísimo (18), y tiene razón. Del ciego optimismo de la época de la “apertura económica” en América Latina (finales de la década de 1980 e inicios de la década de 1990), no nos queda hoy sino la agridulce sensación de que no se logró mucho más que enriquecer a los que ya eran ricos y poner al borde de la ruina a los que eran pobres, y dejar a la llamada “clase media” en una situación de pobreza con salario fijo, salario que apenas le sirve para cubrir los impuestos con los que sostiene al resto, y para costearse sus pequeños paraísos artificiales (ir a cine, salir el domingo a un pueblito cercano, organizar una que otra fiesta). Paraísos tan falsos como las duras vidas que llevan, de trabajo fuerte y desgastante intercalado con muchos momentos de ocio y diversión que son válvulas de escape, sin las cuales, sin duda, enfermarían y morirían mucho más rápido (y eso que son neoposmodernos...si fueran de otra generación, como la yuppie, ya se habrían matado trabajando, literalmente).
El posneoliberalismo hace un llamado a la solidaridad, al consenso social y político, a la fraternidad verdadera. Con los yuppies y ex hippies haciendo de las suyas (usufructuando el poder político y económico en su favor, fortaleciendo las élites económicas y lanzando al resto de personas a un camino de privaciones), los amables y conciliadores pero al mismo tiempo ingenuos y débiles neoposmodernos están destinados a ser pobres, o a ser explotados como trabajadores de la “clase media” que enriquecen más aún a los poderosos, y sostienen a los pobres.
Sólo por medio del posneoliberalismo, y otras corrientes afines (insisto en que el mundo aún no se ha percatado de las bondades de la teología y la filosofía de la liberación latinoamericanas, por un excesivo eurocentrismo y por cierto funesto y atávico desprecio hacia todo lo que proceda de unas gentes consideradas siempre deportistas y bailarinas, pero jamás pensantes), los neoposmodernos no serán completamente esclavos de gente más vieja y menos bondadosa.
En conclusión, este nuevo contexto histórico (la Neoposmodernidad) el encuentro con nuestra dimensión trascendente y el rescate de lo ético frente a lo meramente económico o político, la capacidad de configurarnos como un entramado solidario y la iniciativa y el emprendimiento pueden dar muy buenos elementos para que las generaciones más jóvenes puedan tener mejores condiciones de vida, y puedan legar a sus descendientes un mundo mejor, más justo y pleno.

REFERENCIAS 

(1) De la Espriella, R. Familias y terapia sistémica, Bogotá, 2011
(2) Arteaga, C. Estudios sobre familia, Bogotá, 2006
(3) Campos, D.A. El nacimiento de la tragedia, o cinco ensayos sobre la filosofía del siglo XIX, inédito
(4) Campos, D.A. Nuevo Milenio es Neoposmodernidad, Bogotá, 2013
(5) Campos, D.A. Reflexiones sobre la Neoposmodernidad, Bogotá, 2013
(6) Hinkelammert, F. Hacia una economía para la Vida, San José, 2006
(7) Gómez, L.F. Salud pública, Bogotá, 2010
(8) Harrabin, R. China, la que más contamina, Londres, 2008
(9) Jaspers, K. La bomba atómica y el futuro de la humanidad, Madrid, 2005
(10) Jaspers, K. Philosophie, Berlin, 2009
(11) Campos, D.A. El pensamiento político de Karl Jaspers en la posmodernidad, Bogotá, 2008
(12) Campos, D.A. Ethics and science, Londres, 2011
(13) Campos, D.A. El pensamiento político de Karl Jaspers en la posmodernidad, Bogotá, 2008
(14) Jaspers, K. Psicología de las concepciones del mundo, Madrid, 2008
(15) Campos, D.A. María, la grandeza de obedecer a Dios, Armenia, 2014
(16) Campos, D.A. María, guardiana de nuestra pureza, Armenia, 2014
(17) Sader, E. Posneoliberalismo en América Latina, México, 2014

(18) Fuenzalida, M., Fuenzalida, N. Posneoliberalismo, Nueva York, 2014 

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)