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viernes, 12 de diciembre de 2014

Feliz Navidad, por Alvaro Molina Camejo

Para comprender la Navidad, es necesario situarla en la dinámica del amor.

El amor es el único camino que humaniza al hombre de ayer, hoy y mañana. Sin el amor jamás la historia saldrá de los escondrijos del egoísmo y la envidia, la violencia y la desolación.

El amor es "paciente, servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta" (1 Cor 13, 4-7).

Dios desde el principio del tiempo, cuando las horas
no eran marcadas por el reloj y el universo aprendía a armonizar su propia estabilidad, quiso hacer un pacto de amor y de alianza con el hombre, el verdadero rey de la creación.

El amor de Dios es un pacto de fidelidad y de alianza incluso más allá de la muerte.

Cuando la vida, en ocasiones fatigosa y cansada, te haga llorar recuerda que hay Alguien más grande que tus lágrimas y más poderoso que aquello que hizo estallar en tu corazón la desesperación y el vacío.

 Cuando los arpegios de la soledad desean que sean tocados en tu corazón recuerda que Alguien ha sellado tu existencia a la pasión y muerte de Cristo.

Cuando sientas que la vida te ha dejado fuera del tiempo recuerda que Alguien, que está más allá del tiempo y del espacio, ha deseado hablar a tu corazón, y ése es el único diálogo que quiere hacer Dios con el hombre.

Cuando el vaso se llene de problemas reza: ¡Oh, Dios, dame luz para ver, ciencia para saber, y valor para transitar mi camino virgen!

El amor jamás encuentra su fundamento en la vida finita del hombre, porque su origen está más allá de lo inmanente y más íntimo que la empatía misma.

 Y la expresión máxima del amor es el rostro de Dios mismo, que se abaja en su propia dignidad y grandeza para elevar al hombre hacia Él.

Esta Kénosis divina es la que enmarca toda la encarnación de Dios, asumiendo desde su propia inmutabilidad las categorías de espacio y tiempo en su más íntima dinámica…

Y toda Kénosis tiene dos direcciones: Uno que abaja al Dios vivo hacia el hombre asumiendo la pobreza y la debilidad de la finitud, y otro que hace elevar al hombre hacia la esfera de Dios como un gran camino de divinización.

En Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, se dan estas dos direcciones fantásticas de la Kénosis divina.

Alvaro Antonio Molina Camejo (Colombia, 1950)