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lunes, 22 de diciembre de 2014

EL NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA, O CINCO ENSAYOS SOBRE LA FILOSOFIA DEL SIGLO XIX, por David Alberto Campos

Dedicado a Luis Fernando Campos Vargas y Jair Velasco Acosta, de quienes tanto he aprendido.

David Alberto Campos Vargas*

INTRODUCCIÓN

Convencido, hoy más que nunca, de la tragedia que significó para la Humanidad el aceptar, de manera acrítica y fanática, los cuatro supuestos básicos de la filosofía del siglo XIX (ateísmo, materialismo, positivismo extremo y antropocentrismo a ultranza), escribo esta breve colección de ensayos a propósito de ella.
Son ensayos referidos a los autores más representativos (los que contaron con mayor popularidad en realidad, ya que no fueron precisamente los más lúcidos o más acertados en sus apreciaciones, pero sí los más difundidos y comentados) de un siglo (el XIX) que para muchos (Hegel incluido) representó la cúspide…y que terminó siendo la antesala del fracaso más estruendoso de la especie humana (el XX).
El nombre lo tomé prestado de Nietzsche, uno de aquellos autores “célebres”. Me pareció adecuado por el doble sentido que entraña, y que pretendo mostrar. El título de la opera prima del filólogo (que no filósofo) alemán me parece bien ilustrativo para el pensamiento del siglo XIX, pues preparó la tragedia que iba a ser el convulsionado y sangriento siglo XX.

1. MARX: PECADO CAPITAL

Creo que Marx, junto a otros “filósofos” del siglo XIX (que filósofos no fueron muchos de ellos, sino diletantes, muy valientes –por no decir descarados- divulgadores de doxa, de mera opinión), fue un hombre sobrevalorado en el siglo XX.
Como Nietzsche y Freud (no es casualidad que los metan con frecuencia en el mismo costal), se trató de un intelectual trabajador, no me cabe duda que hasta bienintencionado, pero a la postre un gran culpable. ¿Culpable? Sí, querido lector. El gran desastre que significó para el planeta Tierra el siglo XX fue preparado por los prejuicios y las opiniones más generalizadas del siglo XIX.
¿Desastre? Sí, el siglo XX fue un desastre. El siglo con más muertes violentas en toda la Historia. El siglo de dos nefastas guerras mundiales y decenas de guerras “locales” generadoras de sufrimiento, desplazamiento forzado, viudez, orfandad, malnutrición, atraso educativo. El siglo del gran desastre ecológico causado por la soberbia humana. El siglo de la derrota de los ideales de virtud y bondad. El siglo del secularismo, de la subversión, del terrorismo a gran escala. El siglo del triunfo del materialismo y el ateísmo. El siglo de la completa idolatría del mercado y del dinero. El siglo de la pérdida de la esperanza, el siglo del caos, en fin: la verdadera época de oscuridad y tinieblas (desplazando así al Medioevo de tan triste posición).  Ese paradójico siglo de devastación que fue el XX se fue fraguando en el siglo XIX.
No creo equivocarme si afirmo que nuestro siglo, el XXI, y la neoposmodernidad inherente al mismo, es producto de todo el pensamiento de la segunda mitad del siglo XX: Popper, Russell y Wittgenstein en cuanto a la filosofía de la ciencia, el afán por la precisión del lenguaje y el tremendo avance de la lógica matemática; Sagan y Cocteau en lo respectivo a la toma de conciencia de que el animal humano no es ni el superior jerárquico de los seres, ni está solo en el Universo, y que no tiene derecho a ir explotando y contaminando todo por ahí; Friedman, Hayek y Drucker en cuanto a la economía actual, globalizada y hasta impredecible; Vattimo y MacLuhan en la configuración conceptual de lo posmoderno (que anuncia lo neoposmoderno, su manifestación extrema y en ocasiones reaccionaria); Dussel, Gutiérrez, Zea, Vargas Llosa y Boff a la hora de reclamar el derecho a “voz y voto” para un minusvalorado y mal llamado “Tercer Mundo” típicamente oprimido por la arrogancia europea (arrogancia que se hizo más fuerte, cómo no, en la desafortunada “filosofía” del siglo XIX, sobretodo con el totalitario, malintencionado y sobrevalorado George Friederich Hegel); Kandel, Llinás y Carlsson en cuanto a la comprensión del sistema nervioso y la desmitificación de muchos conceptos en psiquiatría, psicología y neurociencias.
Asimismo, tampoco creo equivocarme si afirmo que el mundo de 1900 a 1990 se movió al compás de lo que hicieron esos grandes panfletistas, organizadores y agitadores (que no filósofos, in estricto senso, dada su imprecisión, su pobre argumentación lógica, sus andamios frágiles basados en conjeturas y corazonadas…pero sí escritores vigorosos, amenos, gustadores: por eso mismo de tan gran influencia en las cuatro o cinco generaciones que les sucedieron), esos cándidos y temerarios autores del siglo XIX que terminaron por hacer menos bien que daño: el desastre ecológico a gran escala y la conducta de plaga del animal humano como nunca antes se vio, a raíz del antropocentrismo ilimitado de Feuerbach, Strauss, Proudhon, Freud, Marx y Nietzsche; las guerras promovidas por el revanchismo, el patriotismo y el nacionalismo a cargo de Gentile, Croce, Rocco y Sorel; el auge de las doctrinas racistas, nacionalistas y xenófobas fue un triste legado de Bergson, los darwinistas radicales y el nefando darwinismo social; la “justificación” de la revuelta armada, el internacionalismo (eufemística forma de llamar al imperialismo) y la idealización de la lucha que se dieron por culpa de Marx, Engels, Bakunin, Stirner y Gobineau (fíjese el lector que hay imperialismos tanto de izquierdas como de derechas, y dese cuenta de cómo dichos extremos se unen, porque son dos caras de la misma moneda, y tome nota de por qué le resultó tan fácil a Stalin formar una alianza con Hitler en 1938, cuando se firmó el horrendo “pacto de acero” que le dio luz verde a la carnicería en Polonia, Finlandia, Letonia, Lituania, Estonia y Ucrania); el ateísmo militante producto de Comte y los “jóvenes hegelianos” del ala izquierda (entre los que estuvo, cómo no, Karl Marx); las purgas, los campos de concentración y los otros intentos sistemáticos de eliminación racial o de aniquilación de adversarios políticos a raíz de peligrosos e irresponsables textos de Chaimberlain, Wagner, Chauvin, Mackinder y Haushofer, de los que unos sujetos tan sociopáticos y manipuladores como Stalin, Ho Chi Minh, Mao Zedong, Pol Pot, Goebbels y Rosenberg sacarían luego pretextos y pseudojustificaciones para las respectivas barbarie comunista y barbarie nacionalsocialista.
Quiero llamar la atención sobre algo importante, que el lector inteligente habrá captado ya: todos esos belicosos y desaforados autores, tan aptos para provocar estallidos y crisis sociales, tienen que ver con el filósofo del Maligno, el Gran Culpable, el verdadero Señor de las Tinieblas de la Filosofía: George Friedrich Hegel. Todo lo monstruoso que le ocurrió a la filosofía en el siglo XIX, y a la humanidad en el siglo XX, como el eurocentrismo, el imperialismo, el totalitarismo, el estatismo, el antropocentrismo extremo y sus consecuencias (el ateísmo y el daño ecológico), la instrumentalización de los considerados “inferiores” tienen que ver con esa bestia: Hegel, el gran canalla de la Historia de la Filosofía. Esa cosa única que fue el siglo XX, con sus luces y sus sombras, se debe en gran medida a ese sujeto, que por alguna trágica razón resultó ser de enorme influencia en Occidente.
Cuando hablo de luces y sombras hago referencia a que no todo el siglo XX (es decir, no todo lo que se produjo a raíz de lo pensado, dicho y escrito en el siglo XIX de 1820 a 1899)  fue un fiasco. También hubo cosas buenas:  las vanguardias literarias y estéticas (el dadaísmo, el creacionismo, el surrealismo, el nadaísmo, etcétera) son el resultado de Freud, Schopenhauer, Heine, Byron y Rubén Darío; el existencialismo fue inevitable una vez entraron Schopenhauer y Kierkegaard en escena; las matemáticas avanzaron gracias a Frege y Euler; los movimientos que lucharon por la emancipación de sectores oprimidos de la sociedad (corrijo: los sectores más oprimidos, porque oprimida vive toda la humanidad, partiendo del hecho de su mera condición humana, tan defectuosa y opresora), y que obtuvieron resonadas victorias en el siglo XX, se remontan a lo que personas como Owen, Stuart Mill, Fourier, Saint-Simon y San Juan Bosco postularon.
Ahora bien, para no terminar incurriendo en el error de estos movilizadores sociales (el fanatismo, la escasa visión de conjunto, el apasionamiento exagerado, la forma monotemática y monocular de abordar la realidad), he de reconocerles a todos ellos una cualidad general: sabían redactar de manera sencilla. Además, como en todos ellos bullía el deseo de controversia (no es casualidad que fueran panfletistas, tipógrafos y cronistas sociales), redactaron sus textos de manera impactante, contundente y convincente. Sus textos parecen piezas de oratoria. Son libros en los que es clara la intencionalidad de llegar a un público amplio. Son claros, simples, pensados en función de la divulgación y la propaganda. Por ello un adolescente de pocas lecturas y poca madurez cerebral se puede volver un furibundo nietzscheano, freudiano o marxista, quedando atrapado en una maraña de belleza literaria innegable. Por eso hasta el más tosco de los obreros disfruta leyendo a Proudhon o Bakunin: como no apelan al pensamiento abstracto (que requiere una lógica formal, una formación previa, un bagaje cultural de base), sino a realidades concretas, a lo cotidiano, a lo más básico y terreno, terminan ofreciendo una prosa llana y fluida.
Ahora bien, creo que Marx, el discípulo más aplicado de Hegel (porque aplicado sí era: un formidable autodidacta), tomó del Gran Culpable las herramientas más inadecuadas y muchos de los prejuicios más gruesos, los mezcló con sus propias observaciones económicas (hasta ahí el daño y el error no fueron muchos), y luego se lanzó, al mejor estilo de su maestro (totalitario, soberbio, jactancioso, pretendiendo tener la “fórmula secreta” para comprender el Universo), a producir uno de los más tristes esperpentos de la filosofía.
De ahí el título de este ensayo: el bienintencionado Marx, ansioso como estuvo por figurar en la Historia de la Filosofía, y bastante acomplejado por la posibilidad de no obtener jamás la celebridad de su imago paterna inconsciente, Hegel, se lanzó a escribir de todo y de todos los tópicos, perdiendo precisión y veracidad. Y le salió, a la postre, el tiro por la culata.
Si Marx se hubiera dedicado, con mayor profundidad, a escribir de lo que realmente sí sabía (de Economía), tal vez hubiera logrado ser el economista más interesante de todos los tiempos. Pero como no pudo zafarse de su complejo de inferioridad frente a su idolatrado Hegel (insisto: esta es mi posición…no tiene por qué creer el lector que eso es verdad…la verdad sólo está en Dios, no en las producciones humanas: cosa que no entendieron muchos de los arrogantes y antropocentristas autores desde el siglo XIX), se arriesgó en demasía. Fue así como Marx se metió en la trampa, dedicándose a hablar, muchas veces sin ton ni son, un montón de cosas absurdas, sesgadas o por lo menos especulativas alrededor de todos los tópicos de la Filosofía.
Cuando todavía tenía la ventaja que el Tiempo concede a todos los filósofos después de su muerte (esos años de gracia en los que se consideran válidas sus ideas y se les da una oportunidad a nivel epistémico, permitiéndoles erigirse como paradigmas), Marx estuvo muy de moda. Me aventuraría a decir que fue junto a Darwin, Freud y Nietzsche el autor más citado en todo el siglo XX. Hasta contó con la suerte de tener la oportunidad de poner a prueba (que no tuvieron ni Tomás Moro, ni Agustín de Hipona, ni Aristóteles, ni Platón), en distintos contextos, en diferentes naciones y en diferentes coyunturas sociopolíticas, todo su andamiaje teórico (marxismo, materialismo histórico, materialismo dialéctico, socialismo). Muchos incautos cayeron fascinados por su propuesta, y hasta malograron sus vidas en aras de tan chueco espejismo. Muchos se ideologizaron, fanatizaron e idiotizaron (porque las tres cosas van de la mano, como demuestra la experiencia clínica en psicología) a tal punto que terminaron matando y haciéndose matar. Incluso he visto que hasta la generación inmediatamente anterior a la mía muchos jóvenes creían, ingenuamente, en el “milagro Marxista” (cosa paradójica, para un hombre que fue siempre ateo como Marx, el ser elevado a calidad de ídolo religioso por miles de tontos alrededor de todo el mundo).
Desnudados sus gruesos errores metodológicos (1,2), exhibido el carácter de falacia de muchos de sus postulados (3,4,5), visto a todas luces el fracaso de sus propuestas políticas y económicas (6,7,8,9) y desprestigiado ya su sistema, veo ahora, a finales del 2014, cómo un sujeto como Marx terminó siendo su propio victimario. Si hubiera sido menor su narcisismo, acaso todavía tendría vigencia (como la tienen Keynes o Schumpeter, quienes siempre tuvieron claro que eran economistas y que sus ideas eran ideas económicas, no siempre extrapolables a todas las realidades ni mucho menos generalizables o aplicables en todos los contextos filosóficos). Pero pagó cara su arrogancia. Y repito, le salió el tiro por la culata.
Fue en 2009, cuando recorrí a pie varios países de las antiguas repúblicas socialistas soviéticas, o de los “Estados satélite” del régimen comunista, que me percaté del enorme daño que había provocado el marxismo. Personas llenas de miedo, con pobre autoestima, tímidas, casi carentes de emprendimiento y liderazgo, débiles y asustadizas. Familias devastadas, con historias de persecución y muerte, muchas de las cuales habían perdido a sus seres queridos por las purgas, la brutalidad policial, la paranoia de un Estado socialista omnívoro y saturnino, que fagocitaba a sus propios hijos. Personas faltas de fe, sin esperanza, sin regocijo alguno. Personas a las que se les había mutilado el alma.
Jamás olvidaré cientos de personas de facciones contraídas por el dolor psíquico, de mirada melancólica, a las que Marx quitó una oportunidad de alegría. Como en su ateísmo guerrerista se fue frontalmente contra Dios y las religiones, y creyó ver en el camino del espíritu algo antagónico a su idolatrada y fetichizada materia, sugirió que se debería erradicar eso que tan estúpidamente llamó el “opio del pueblo” (la religión). ¿Y qué logró? Quitarles el único consuelo a millares de oprimidos. Quitarles la única oportunidad de una mejoría en su calidad de vida. Como Marx no sabía de Psiquiatría, ni llegó a imaginar la cantidad de suicidios que provocaría el erradicar a Dios de la vida de los hombres. Ni la cantidad de episodios depresivos, ni de trastornos de ansiedad, ni de otros problemas médicos.
Basten ver las estadísticas para corroborar que no es sólo una observación aislada, sino una realidad social constatada por la estadística (10,11). El marxismo, al quitarle al hombre su religión (muchas veces lo único con lo que cuenta a la hora de hacerle frente a las dificultades de la vida), lo privó de la esperanza. Al negarle la existencial y psicológicamente necesaria (12) presencia de Dios, lo llevó al pesimismo, a la amargura y a la vivencia opaca.
Anduve por muchos sitios en los que estaban cabezas, bustos y estatuas de Marx enmoheciéndose junto a los de otros muchos menos bienintencionados que él, pero que usaron su doctrina para avasallar a sus semejantes y gozar de poder casi ilimitado. Algunos ciudadanos, acaso haciendo catarsis de muchos dolores padecidos por culpa del marxismo, los escupían y hasta se orinaban en ellos. La inmensa mayoría ni les prestaba atención. Puede que hoy, si es que no están cubiertos de maleza, estén ya reducidos a escombros. Me parece ahora que esas imágenes son metáforas del marxismo para un hombre como yo  (un hombre del siglo XXI, globalizado y cosmopolita, sin taras producidas por ideologización o adoctrinamiento político): una doctrina oprobiosa, obsoleta, destinada a caer, llenarse de hongos y pudrirse. Marx creyó que ese iba a ser el destino de Dios y de la religión, pero terminó por ser el suyo propio. El destronado fue otro. Realmente el que se ensalza (y peor aún, el que se cree con derecho a atacar a Dios) termina humillado. Y así fue. Marx terminó, literalmente, mordiendo el polvo. Es que con la Verdad, con el Supremo Bien, el hombre (mortal, limitado, siempre incompleto) no puede ni siquiera osar a igualarse. Mucho menos puede cometer la imbecilidad de atacar a ese Dios todopoderoso e infalible.
Luego, en la medida en que he conocido el testimonio de numerosos colegas cubanos, norcoreanos y chinos (13,14), comprendí completamente que el marxismo fue uno de los venenos más pestilentes a los que fue expuesto el desafortunado siglo anterior. Me tranquiliza saber que será cuestión de tiempo el que caiga el régimen de los Castro en Cuba, pueblo que ya no soporta más situaciones de degradación (madres de familia prostituyéndose para llevar algo de alimento, ante lo escaso de la canasta básica que ofrece la dictadura; jóvenes renunciando a su futuro, desempleados, sin posibilidades mayores de salir del país; ciudadanos sin acceso a noticias del mundo ni a internet, con el peso asfixiante de la censura y el espionaje de los agentes del gobierno; familias enteras haciendo milagros para no desnutrirse ante el grave racionamiento proteico-calórico impuesto, sobra decir que muy distinto a las opíparas cenas y bacanales en las que participan Raúl, Fidel y sus secuaces) y de franca pobreza (con salarios aún menores que los de muchos países africanos, una economía estancada y una tendencia al monocultivo que ya le devanaba los sesos al pobre idiota útil que fue el noble e ingenuo Ernesto Guevara). Pero me preocupa la solidez del gobierno norcoreano, manejado con mano férrea por otra dinastía familiar   (y aprovecho para preguntarles a los poquitos marxistas y mamertos que aún quedan en el planeta: ¿qué diferencia de fondo hay entre el comunismo y las monarquías decimonónicas que Marx dijo atacar?), en el que se hace prisioneros y se tortura a turistas por el simple hecho de cargar una Biblia en sus maletas. De China, sólo puedo decir que llegará el día en que el régimen mixto termine definitivamente insertando a esa laboriosa nación dentro del contexto de globalización al que asiste el mundo entero en la neoposmodernidad (15), pero que, por desgracia, hasta que no caiga el Partido Comunista se seguirán presentando torturas y otros métodos horrendos frente a comunidades religiosas, disidentes, opositores al régimen y minorías étnicas (16,17).
Ahora bien, cualquiera podría defender a Marx con respecto a las atrocidades cometidas por las dictaduras comunistas y los países de socialismo extremo como la actual Venezuela o la República Oriental Alemana de las décadas de 1970 y 1980 (18), alegando que en realidad esos brutales regímenes fueron producto de hombres siniestros como Stalin, Mao, Honecker o Chávez, y no del malogrado economista. Pero es evidente que no puede defenderse a Marx con respecto a su enorme responsabilidad (y culpabilidad) en la cascada de violencia, terrorismo, muerte y sufrimiento provocada por su famosa y nefasta doctrina de la lucha de clases.
Insisto: si Marx hubiera tenido más claridad no se hubiera convertido en semejante belicoso incendiario que terminó siendo. Como buen analista, captó una situación real de injusticia: la del trabajador despojado de los medios de producción y empujado a vender barato su fuerza de trabajo. Y pudo también ver su contracara: la de una minoría explotadora en virtud de su posesión de los medios de producción, que contrata a dicho proletariado pagándole por debajo de lo que en realidad se merece mientras se lucra de lo producido. Claramente era una situación infame. Marx hizo el diagnóstico correcto, pero se equivocó en el tratamiento: en vez de buscar una transformación social por la vía evangélica, que garantizara una liberación en coherencia con un Cristianismo bien entendido (cosa que sí haría más tarde, un siglo después, la Teología de la Liberación, junto al boom literario, acaso la mejor cosa salida de Latinoamérica…teología que por desgracia no tuvo ni tanta publicidad ni tantos adeptos ni tantos cooperadores como el marxismo), buscó una vendetta surgida del resentimiento, la envidia y el malsano sentimiento de inferioridad (nuevamente, otra vez dicho elemento de su personalidad nublándole el raciocinio): la lucha de clases.
¿Cuántas muertes provocó Marx con su cuentito de la “lucha de clases”? Innumerables. ¿Cuántas tragedias? Incontables. ¿Y qué se logró? Nada, en absoluto. Algunos menos optimistas que yo han señalado incluso que desencadenó una reacción ultraderechista tan violenta que terminó por ensombrecer aún más el panorama (19).
Marx empezó con un error: empaquetar las personas en costales llamados “clase”. Categorías completamente obtusas y falsas para quien conoce la naturaleza del psiquismo humano. No existen clases, sino individuos. Cada psiquismo es único, singularísimo, irrepetible. No existen “psiquismos de clase”. En ese orden de ideas, es ridículo hablar de “conciencia de clase” o “identidad de clase”. Pero como ya he señalado, a Marx le gustaba dárselas de muy conocedor de todas las ciencias, confiado en sus correrías autodidactas, y no le importó cometer un error tan garrafal. Tal vez ni se percató de que lo cometía.  La ignorancia, una vez más, fue muy atrevida. Así, en vez de comprender a cada trabajador como una individualidad digna y valiosa por sí misma, lo denigró al nivel de masa, y le empaquetó dentro de una clase: el proletariado. De la manera más burda y reduccionista, rebajó la belleza de la multiplicidad y la heterogeneidad y la convirtió en un amasijo amorfo categorizado como “clase”. También lo hizo con los poseedores de los medios de producción, a los que definió como la “clase burguesa” (20).  
Luego cometió una barbaridad: el suponer que dichas clases eran antagónicas. En vez de entenderlas como potenciales cooperadores, como aliados que pueden dialogar y beneficiarse mutuamente en un marco de respeto por la dignidad humana y la calidad de vida, al estilo del cooperativismo y de la doctrina social de la Iglesia (21), creyó que sólo podían despedazarse la una a la otra. Incendiario, por supuesto. Y así empezó toda una cadena de muerte y llanto, que se extendió como fuego incontrolable a nivel planetario.
Fue así como Marx se hizo culpable, en calidad de autor intelectual, de muchas prácticas terroristas y de crímenes de guerra. De la supuesta justicia de la lucha de clases llegaron los movimientos guerrilleros que tanto daño hicieron en Africa y América Latina, los secuestros y los homicidios, las muertes en cautiverio, los actos terroristas. El fatídico concepto de lucha de clases creó una zanja, una brecha cada vez mayor entre obreros y empresarios. Hizo crecer la desconfianza y minó la colaboración. Produjo (y produce) tantos desastres que por ese solo hecho ya Marx comparte junto a Rosenberg, Haushofer y Goebbels un tristísimo lugar en la Historia.
No se trata de quedarse cruzados de brazos ante la ignominiosa situación que diagnosticó Marx. Hay que tomar partido, y con una clara vocación de servicio. Pero hay que hacerlo por una vía genuinamente solidaria, amorosa y pacífica. No es el camino marxista, alimentado de odio, que torna a las víctimas en victimarios. Es el camino de la teología latinoamericana de la   liberación el que corregirá las injusticias. No el marxismo, sino el Evangelio vivido con coherencia. Ahora bien, es muy probable que Marx ni se hubiera dado cuenta de su error (y de sus peligrosas consecuencias, al dar una “justificación” –así fuera falsa- al uso de la violencia) porque ni siquiera contemplaba a Jesucristo como una opción concreta. Estaba limitado por su ateísmo y su arrogancia antropocentrista . Por eso no supo ver las cosas que sí verían luego Gutiérrez, Boff y Sobrino (21), por sólo mencionar algunos.
Otro detalle en el que se percibe el tufillo de soberbia en Marx está en su rimbombante “praxis dialéctica” (22), y en su grito, a pleno pulmón, de que por primera vez se estaban vinculando teoría y práctica en la Filosofía. Qué gran mentira. El propio Sócrates insistió en la necesidad de dicha coherencia. De hecho, el término praxis es originalmente suyo (23). Cualquiera que tenga dos dedos de frente reconoce los esfuerzos por vincular la teoría a la práctica en Platón (quien en dos momentos de su vida intentó, obviamente sin éxito, llevar a cabo el proyecto esbozado en su República y sus Leyes), en Aristóteles (cuya cercanía a Alejandro Magno lo puso en riesgo de muerte), en muchos de los estoicos (claramente involucrados en labores políticas y administrativas, como Cicerón, Séneca y Marco Aurelio), en San Agustín (quien logró combinar con maestría sus labores pastorales y teológicas con funciones públicas, en su calidad de obispo de Hipona), en Milton y Swift (claramente involucrados en los agitados sucesos políticos de la Inglaterra que les tocó vivir), en Hume y Locke (este último un destacado congresista la mayor parte de su vida)…hasta en su padre simbólico, su idolatrado/criticado Hegel, hacia el que sintió Marx toda su vida una gran ambivalencia, se deja ver el compromiso con la realidad concreta, el afán de situar la abstracción en el mundo real (24).
Así que la grandilocuente afirmación marxista de que por primera vez se estaba transformando la realidad en vez de describirla es una gran mentira (25). Puro juego retórico. También lo de su supuesta clave para la emancipación de los trabajadores. Ofrece mejores perspectiva el cooperativismo (26), tanto a nivel salarial como de desarrollo humano. Israel y Finlandia son un ejemplo innegable (27).  En cambio, con más de un siglo que tuvo de vida el marxismo no mejoró mayor cosa las condiciones de vida de los trabajadores, pues sólo sirvió para crear estructuras paquidérmicas, burocráticas y de reacción tardía (los sindicatos), verdaderas plataformas políticas comunistas y en ocasiones afines a movimientos terroristas de izquierda. Dice mucho que en el siglo XX los principales avances para los trabajadores (y no sólo obreros fabriles, sino asalariados en general) se dieron a partir reformas legislativas dadas desde el propio sistema capitalista y las sociedades liberales que tanto despreció el marxismo (28).
Como ya he señalado, el “internacionalismo” marxista es un eufemismo para designar un tipo de imperialismo. Bajo esa excusa del internacionalismo se despedazó a Polonia en 1939, como el lector recordará que expliqué al inicio de este ensayo. Y bajo esa excusa, una vez fueron barridas las malignas huestes de Hitler, se volvió a aplastar al pueblo polaco entre 1945 y 1946 (29): el gobierno marxista ruso se encargó de aniquilar a los heroicos patriotas de la resistencia polaca, para poner marionetas suyas a liderar al país, y ponerlo en la órbita soviética (30,31). También dicho internacionalismo hizo derramar sangre inocente en Hungría, Albania, Rumania y la antigua Checoslovaquia (32). Provocó la crisis de los misiles en 1962. Y numerosos conflictos bélicos en Africa y Medio Oriente a lo largo de todo el siglo XX. No me venga ahora un mamerto a decir que también hay una excusa en el imperialismo estadounidense, o en el neocolonialismo inglés. Estados Unidos e Inglaterra también son culpables. También están sucios ante la Humanidad y la Historia. Pero sería bastante inmaduro pretender tapar con esas culpas la culpa del marxismo.
Lo que Marx sí hizo muy bien fue lo estrictamente económico. Si se hubiera dedicado a ello, en vez de especular tanto en otros ámbitos, estaría aún vigente y no hablaríamos los científicos en el siglo XXI de su sistema como un anacronismo que estuvo muy de moda pero que demostró ser tan falso como la frenología (que, dicho sea de paso, también gozó su momento de celebridad, su luna de miel paradigmática). Lo que dijo con respecto a la plusvalía es innegable. Sí hay una plusvalía, algo que el empresario jamás paga a su trabajador, y que termina siendo ganancia para él a costa de no pagársela a quien ha puesto su esfuerzo, su mano de obra.
También acertó en la importancia de los factores económicos en la vida social, señalando la forma en que el sistema de producción (y el quién tiene los medios de producción, es decir, la sartén por el mango) determina muchas de las características de las sociedades. Falló estruendosamente, eso sí, al suponer que la dictadura del proletariado y el comunismo iban a permitir una sociedad sin clases, justa y libre. Nada más alejado de la realidad que semejante pamplinada. Muchos idealistas del siglo XX (los que sobrevivieron, pues a muchos los torturaron, encarcelaron y fusilaron esos mismos regímenes socialistas que alguna vez idolatraron) se “cambiaron de bando” como Vargas Llosa o Camus, tan pronto encontraron que el comunismo no era sino quitar del poder a un grupo para poner a otro (a veces hasta más corrupto), una pérdida de las libertades básicas y de la dignidad del ser humano, una oportunidad para la violación a los derechos fundamentales y un camino de opresión, atraso y miseria.   
Por otra parte, Marx no pudo (o quiso) ver el gran daño ecológico de la vía comunista, por su excesivo énfasis en el trabajo humano y en el sentido en que (por antropocentrismo imperdonable) hace de los ecosistemas meros “recursos” al servicio del hombre y de su cultura. Obviamente, como todos los filósofos del siglo XIX (sumamente imbuidos de antropocentrismo, a tal punto que endiosaron al hombre y creyeron derrotar a Dios), Marx pone a los seres de los reinos animal, vegetal y mineral muy por debajo de la bestia humana, a la que considera con licencia para tomar y usar (idea de la que Engels, su perrillo faldero, se servirá también en varios textos). Si algún chairo tiene dudas al respecto, sirva de ejemplo la brutal deforestación realizada en la tundra rusa para construir los dichosos “centros de industria pesada” que querían los dirigentes del Politburó en sus fracasados Planes Quinquenales.
Pero tampoco podemos dejarnos enceguecer por el factor netamente económico. En su materialismo ramplón y su limitadísima cosmovisión (no me equivocaría si lo tildo de reduccionista) Marx no supo ver que habían otros factores mediando las relaciones sociales y la estructura y los dinamismos propios de las sociedades. Se equivocó al creer que las relaciones sociales eran meras relaciones de producción, condicionadas por la conexión económica entre los hombres. Llegó a creer, el muy tarado, que hasta el arte, la filosofía y el comportamiento se podían entender solamente desde lo económico, incurriendo en un error garrafal. El arte, la filosofía, el comportamiento, y todo lo que llamamos cultura depende de muchos otros factores (los valores, la forma en la que se desenvuelve la vida espiritual, los elementos anímico-afectivos, los paradigmas dominantes, los instintos y las pulsiones, los procesos de educación y formación recibidos, etcétera), y no sólo lo económico, que para Marx es de una relevancia subordinante. Se nota que nunca entendió el verdadero Evangelio, si es que alguna vez lo leyó. Le hizo falta comprender que “No sólo de pan vive el hombre”.
En conclusión, Marx se perdió la oportunidad de indagar con mayor profundidad y objetividad sus propios conceptos económicos. Se lanzó, sin tener los fundamentos suficientes, a escribir sobre filosofía, historia, antropología, religión y política…produciendo una bazofia que aunque fascinó a muchos incautos en los siglos XIX y XX hoy por hoy produce una compasiva sonrisa. Acaso lo motivaron nobles ideales, y no me cabe duda de su bonhomía, pero su principal legado, el comunismo, fue junto al nazismo (el otro gran totalitarismo del siglo XX) una de las peores atrocidades producidas y padecidas por la humanidad en todo su devenir.
¿Culpable Marx? Mil veces culpable. En cada universitario desaparecido en Corea del Norte. En cada religioso tibetano al que las autoridades chinas le extraen sus órganos para hacer transplantes. En cada hombre huérfano, desnutrido y deprimido de alguna de esas azotadas ex repúblicas socialistas. En cada húngaro, alemán, checo o rumano asustadizo y paranoide, incapaz aún ahora, en pleno siglo XXI, de reunirse y participar en una fiesta, por temor a la delación y la tortura. En cada cubano que se ahoga cada mes intentando escapar de esa desdichada isla en la que la miseria es la norma. En cada colombiano secuestrado, torturado y/o desaparecido por las guerrillas. En cada ciudadano amordazado, mutilado, golpeado y espiado por los gobiernos comunistas alrededor del orbe.
¿Marx pecador? Un millón de veces. Espero que sus buenas intenciones (de las que está empedrado el camino al Infierno, dijo Dante) lo estén ayudado algo, como atenuantes, en donde quiera que se encuentre ahora (difícilmente será el Reino de los Cielos, en el que nunca creyó).

REFERENCIAS

(1) Sabine, G. Historia de la Teoría Política, México, 1989
(2) Watson, P. Historia intelectual del siglo XX, New York, 2010
(3) Bobbio, N. El futuro de la democracia, México, 2003
(4) Rounes, D. Diccionario de Filosofía, Barcelona, 2006
(5) Uprimmy, L. Teorías del Estado, Bogotá, 1990
(6) Campos, D.A. Los crímenes del comunismo, Bogotá, 2012
(7) Campos, D.A. Breve historia de la Filosofía, Bogotá, 2012
(8) Meyer, J. Perestroika, Londres, 2009
(9) Houn, F. Breve historia del comunismo chino, New York, 2001
(10) Schultz, T. Deutschland 1960-1989, Berlín, 1994
(11) Campos, D.A. Los crímenes del comunismo, Bogotá, 2012
(12) Jung, C. El hombre y sus símbolos, México, 2000
(13) Campos, D.A. Psiquiatría y política en regímenes totalitarios: una combinación para la muerte, Cali, 2012
(14) Arriagada, L. La verdadera Cuba, Santiago de Chile, 2005
(15) Campos, D.A. Reflexiones sobre la Neoposmodernidad, Bogotá, 2013
(16) García, J. China, Bogotá, 2002
(17) Campos, D.A. Psiquiatría y política en regímenes totalitarios: una combinación para la muerte, Cali, 2012
(18) Campos, D.A. Bolívar, Libertador. Chávez, payaso imitador. Bogotá, 2008
(19) Vargas Llosa, M. El pez en el agua, México, 2011
(20) Naranjo, V. Teoría constitucional e instituciones políticas, Bogotá, 1993
(21) Lois, J. Teología de la Liberación: opción por los pobres, San José de Costa Rica, 1988
(22) Salazar, R. Filosofía Contemporánea, Bogotá, 2013
(23) Rosenthal, I. Diccionario de Filosofía, Bogotá, 1995
(24) Copleston, F. Historia de la Filosofía, Londres, 1970
(25) Campos, D.A. Breve Historia de la Filosofía, Bogotá, 2012
(26) Castillo, G. Sistemas económicos y soluciones económicas, Bogotá, 1997
(27) Vainroj, M. Situación político-económica mundial, Tel Aviv, 2013
(28) Vargas Llosa, A. El nuevo idiota latinoamericano, Bogotá, 2014
(29) Churchill, W. Memorias, Paris, 2009
(30) Churchill, W. La Segunda Guerra Mundial, Londres, 2012
(31) Wojtjla, K. Cuadernos personales 1962-2003, Madrid, 2014
(32) Pijoan, J. Historia del Mundo, Barcelona, 1965
(33) Christensen, J. Marx und Europa, Berlín, 2008

2. NIETZSCHE: EL OCASO DE UN ÍDOLO

Nietzsche es, en mi opinión, el más sobrevalorado de los “filósofos de la sospecha”. Al menos Marx ofrece algunos interesantes conceptos económicos, como el de plusvalía o el de valor de cambio, y Freud estará siempre vigente por la técnica psicoanalítica, tan útil para tratar trastornos histriónicos de personalidad, y por nociones como las de inconsciente y mecanismos de defensa, que persistirán por siempre. Pero en Nietzsche no se encuentra nada de provecho.
En ese orden de ideas, puede que en el próximo siglo (si es que la Humanidad no se ha hecho trizas antes, con su mala conducta) los filósofos y científicos se pregunten, con toda sinceridad, cómo diablos logró hechizar a tanta gente. Como ya he enunciado anteriormente, puede que la tremenda difusión que tuvieron sus obras (después de muerto, porque en vida fue un escritor de éxito muy parco), como sucedió con otros autores del siglo XIX, estribó en que fueron escritas de forma contundente, impactante: en estilo panfletario.
De ese modo, asumiendo posturas “extremas”, claramente contestatarias y “rebeldes”, Nietzsche se ganó por medio de la polémica lo que nunca hubiera podido ganar por medio de la argumentación. Algo similar, si el lector me permite la comparación, a lo que ocurrió con James Dean. Un actor bueno, pero no tanto, que con encarnar el arquetipo del “inconforme”, cuando no del “rebelde sin causa”, y con morirse joven, consiguió una inmortalidad de otra forma inexplicable. Nietzsche vivió locamente y murió, efectivamente, completamente chiflado. Se contagió de sífilis y quién sabe cuántas cosas más. Fue amigo de gente tan bizarra como los Wagner, infortunado en el amor y también en el juego, enfermero voluntario, dipsómano empedernido, un aventurero e hipersensible lo suficientemente débil como para no atreverse nunca a hacer grandes viajes, pero lo suficientemente caótico como para procurarse (y encontrar) una muerte temprana.
Un sujeto así, con una trayectoria al mismo tiempo desordenada y fascinante (si tenemos en cuenta que escribía prolíficamente, y unos textos muy sabrosos, claramente valiosos desde un punto de vista estrictamente literario, en los ratos en los que estaba sobrio y tenía ráfagas de lucidez), no hubiera podido florecer en los tiempos de Sócrates (y él mismo lo sabía, por lo que se dedicó a atacar, entre otras cosas, a la filosofía ática) ni mucho menos en los de Santo Tomás (seguramente hubiera sido mendigo, o hubiera terminado en algún calabozo real), pero, obviamente, estaba destinado a causar sensación en el siglo XIX.
El lector puede seguirme: Miranda, Nariño, La Fayette, Bolívar, Beethoven, Shelley, Byron, Humboldt, Poe, Verlaine, Rimbaud, Rubén Darío, Dostoievski, Martí, Nietzsche…una enorme lista de héroes para los que se edificó teóricamente, de manera muy conveniente y oportuna en el tiempo, todo el andamiaje del Romanticismo (1,2). El mundo, en especial Occidente, algo cansado del discurso racionalista del siglo XVIII, y a la expectativa siempre, estaba listo para la gente que supiera prender la antorcha.
Y sí que hubo gente de esa, en especial en el siglo XIX. Siglo de agitadores. De escritores apresurados, panfletarios, polémicos, carentes de sistematización pero llenos de fuego y vigor. Revolucionarios, o al menos revoltosos. En América, fue un hecho sumamente providencial el que dichos intelectuales “fogosos” se hubieran sincronizado, histórica y afectivamente. De otro modo, hubiese sido mucho más lenta y larga la emancipación de España. En Europa, aparte de las revueltas de índole socialista (que no tuvieron mucho éxito, como el mismo Marx reconoció), dichos héroes románticos no tuvieron triunfos militares o políticos tan resonantes (si el lector está pensando en Byron, he de recordarle que la independencia de Grecia se logró sin que él hubiera disparado un solo tiro, pues murió de paludismo antes de llegar). Pero como Occidente se movía (y aún se mueve) al ritmo europeo (“de la metrópoli”, diría Dussel), todos ellos llegaron a ser mundialmente famosos.   
En especial Nietzsche, un formidable escritor. Un hombre brillante, realmente. Sólo se quedó, en la Europa de su tiempo, detrás de titanes como Tolstoi, Dostoievski, Chéjov y Pushkin (qué curioso, Rusia producía literatos excelentes antes del comunismo, que empezó a dictaminar cómo se debería escribir, qué era “arte burgués” y qué era “arte proletario”, qué era permitido y qué era prohibido…y acabó con todo el talento). Lo digo en serio. Lo admiro como escritor. Me leí todos sus textos. Desde la adolescencia hasta el internado en Medicina, me deleité en sus libros. Todavía hoy le conservo un especial cariño a Así hablaba Zaratustra y La gaya ciencia. Y si ese encanto ejerció en mí, un hombre de época y cosmovisión tan diferente, ¿qué no habrá provocado en hombres y mujeres más cercanos a él, tanto en lo temporal como en lo ideológico?
Por eso muchas de las mejores luminarias europeas del siglo XX (Jaspers, Sartre, Camus, Mann, Böll, Lacan, Foucault, Derrida) se sintieron siempre atraídos por él. Es por eso que en las facultades de Filosofía latinoamericanas, donde tristemente se desconoce a los autores propios y se le rinde pleitesía a todo lo que sea europeo, y donde (¡además!) las cosas llegan con bastantes años de retraso (me parece ridículo, como ya he dicho antes, que en muchos currículos se tenga a Nietzsche dentro de la filosofía “contemporánea”…¿qué de contemporáneo tiene un sujeto así?... su mundo dista del mío de manera abismal, como seguramente para él lo estaba el mundo de Descartes), todavía se le rinde un tributo exorbitado.
Pero insisto, una cosa es el Nietzsche escritor (siempre fresco, siempre provocador, cambiante, camaleónico, de agudas observaciones y finísimo sentido del humor) y otra cosa el Nietzsche pensador. Creo que a la Humanidad le hubiera ido mejor si hubiera establecido bien dicha diferencia. Se habría evitado bastante sangre derramada, bastante dolor, bastante canallada. No lo quiso así.
Ahora, en pleno siglo XXI, creo que ya basta de tanta idolatría. Creo que es sano separar la paja del trigo. Buscar ideas brillantes, o peor, guías o principios para hacer filosofía, o ética, o ciencia, en Nietzsche, es como buscarlos en Poe o Kafka. Una cosa es aplaudir al literato, y otra el acto (bien estúpido, por cierto) de reverenciarlo como ideólogo.
Claro que ha habido casos maravillosos, excepcionales, de grandes filósofos que han sido también grandes literatos. Platón fue uno de ellos. También Voltaire. Puede que Sartre, o Vargas Llosa, pero ya se me hace que estos últimos, como filósofos, se quedan un poco cortos. Pero sin lugar a dudas Nietzsche no fue un Platón.
¿Qué se puede decir de su “filosofía”? Falta de método, mucho más doxológica que argumentativa, inconsistente, contradictoria, floja…Un gran canto escrito de manera lírica, que se reiteró muchas veces. De hecho, Nietzsche siempre dijo lo mismo, pero de diferente forma cada vez (y tal vez también por eso pudo llegar a un público tan grande y variopinto).
Siempre, siempre lo mismo. Nietzsche escribió un mismo libro una veintena de veces. Por eso es tan fácil reconocer las constantes en su pensamiento: a) existencia de dos grandes fuerzas gobernando el arte y la vida humana: la apolínea y la dionisiaca; b) escisión de dichas fuerzas por el triunfo de la racionalidad de Sócrates y el optimismo de Eurípides; c) necesidad de la tragedia en la vida, para acceder a la catarsis, la orgía y la liberación; d) necesidad de afirmación de la vida y de la expresión de lo primitivo; e) necesidad de despertar y exacerbar las “fuerzas de la naturaleza” y lo instintivo en el hombre; f) apología a la fuerza, a la voluntad, a la capacidad de dominación; g) aceptación del mundo en su manifestación inmediata, en su dificultad, sin esperanzas en vidas posteriores o recompensas en el más allá; h) necesidad de abandonar la “moral de esclavos” y acceder a una moral del “superhombre”, en la que la autonomía y la autodeterminación plenas van de la mano con el poder y el dominio sobre los otros; i) necesidad de acoger en su plenitud la vida, como lo hacen los animales; j) odio acérrimo a la religión, especialmente al Cristianismo; k) deslegitimación del ejercicio racional y analítico como algo que “desconecta” de la vida (3,4,5).
De ese manojo de ideas, sazonado con una labia inconfundible y presentado de forma casi rocambolesca, a lo largo de distintos libros y otras deyecciones literarias, Nietzsche le ofreció a la Humanidad un aspecto peligrosísimo de sí misma, y le dio la ocasión de sacar lo peor de sí. Todo lo que el ser humano tiene de peligroso, de feroz y horrible (6,7).
Con su lengua viperina, Nietzsche les lavó el cerebro a sus lectores y se los llenó de peligrosos prejuicios: que la voluntad de poder lo podía todo  y lo rebasaba todo (y sí que le hicieron caso todos los tiranos del siglo XX, tanto monarcas como dictadores y presidentes); que la voluntad era superior a la razón (entenderá el lector por qué era el autor de cabecera de Hitler); que la vida tenía imperiosos deseos de expansión. De eso tomó atenta nota el expansionismo mundial. La falacia nietzscheana “justificó” lo injustificable. Los poderosos se creyeron con derecho a invadir y someter, escudados en la “inevitabilidad” del dominio de los débiles a cargo de los fuertes.
No en vano Hitler buscó en Nietzsche y Haushofer inspiración para sus dos bodrios, dos libros plagados de odio, mentiras y pseudofilosofía (8, 9,10), y para sus discursos, que obviamente (¿qué más se puede esperar de el ser humano?) electrizaron a millares. Ya los europeos venían preparados intelectualmente, con Nietzsche y sus secuaces (Marx, Freud, y los demás agitadores del siglo XIX) , para todas las ideologías totalitaristas, expansionistas y militaristas que trajo el siglo XX.
Ahí están Nietzsche y su furibundo anticristianismo (¿cómo no le iba a molestar tanto una religión basada en el amor, la fraternidad, el perdón, la humildad y el servicio desinteresado a los demás?) . Nietzsche y su individualismo (11), modelos para todo tipo de canallas (de Mussolini a Stalin, de Guillermo II a Truman, de Andropov a Kissinger, amén del mismísimo ayudante de Satán, Adolfo Hitler) . Por eso me parece un corpus teórico tan deleznable.
Por fortuna, los filósofos del siglo XXI parecen no estar tan hechizados por Nietzsche. No le comen tanto cuento como sus antepasados. Los científicos de la neoposmodernidad, obviamente, nos reímos de sus especulaciones y sus torpes intentos por abarcar fenómenos como la vida o el psiquismo humano. Puede que en unos siglos apenas se lo cite, y se lo cite para criticarlo, como uno de los peores incitadores a la violencia que el mundo intelectual hubiese conocido. En ese orden de ideas, merece su ocaso. Y  merecerá el ostracismo venidero.

REFERENCIA

(1) Veiravé, A. Literatura Hispanoamericana, Buenos Aires, 1980
(2) Marcos, C. Literatura Universal, Madrid, 1970
(3) Rosenthal, I. Diccionario de Filosofía, Bogotá, 1995
(4) Copleston, F. Historia de la Filosofía, Londres, 1970
(5) Campos, D.A. Breve Historia de la Filosofía, Bogotá, 2012
(6) Campos, D.A. Conversaciones con Tommy, inédito
(7) Campos, D.A. María, la grandeza de obedecer a Dios, Armenia, 2014
(8) Campos, D.A. Psicopatología en los orígenes del Nacionalsocialismo, Bogotá, 2013
(9) Hitler, A. Mi Lucha, Bogotá, 1995
(10) Hitler, A. The second book, Londres, 2010
(11) Salazar, R. Filosofía Contemporánea, Bogotá, 2013



3. FREUD: EL MALESTAR  Y LA INCULTURA

Otro gran saltimbanqui del siglo XIX fue Freud. Acaso se deba al orden y la sistematización con los que formó su corpus teórico (algo esperable para su propia personalidad obsesiva), que durante años muchos académicos, y la opinión pública en general, quedaron embobados con sus suposiciones. Hoy sabemos que no fueron sino eso, suposiciones, meras especulaciones, y que su creatividad literaria se encargó de darles un tapiz tan elegante que llegaron a pasar por verdades.
¿Cómo lo consiguió el doctor Freud? Dándole a ese cúmulo de prejuicios, sesgos de observación y generalizaciones incorrectas una cobertura formal de cientifismo, apelando a todo lo que la mecánica, la medicina y la física de su tiempo le permitieron. Así, sus falacias adquirieron un carácter “respetable” y “académico” que de otro modo jamás hubiera sido posible. Organizando, como ya se ha dicho, todo tan minuciosamente que hasta la pieza más insólita terminó empatando (así fuese a los trancazos) con todo lo demás. Y si a eso sumamos su voluntad de toro, y el modo tan personal en el que se tomó todo a lo largo de su vida, tenemos el infeliz resultado.
¿Resultado infeliz?, se preguntará el lector. Sin duda alguna. Mantuvo a la psiquiatría, a la psicología y a las neurociencias dormidos durante más de cinco décadas. Impidió el verdadero avance científico en disciplinas tan importantes, en las que tanto hay aún por descubrir. Y todo por sus talentos como escritor. El propio Jung, que en su juventud cayó en sus redes, declaró luego que del constructo freudiano se podía sacar mucho para la creación literaria, pero muy poco para la medicina (1). Freud engañó a todo el mundo, y le hizo tragarse hasta a la comunidad científica patrañas como el complejo de Edipo, la ansiedad de castración y la envidia del pene.
Todo por esa tozudez y esa hipersensibilidad que lo hicieron batirse siempre como un gladiador. Sí. Freud ni siquiera aceptaba leves críticas a su doctrina, sino que se las tomaba a pecho y se convertía en el más feroz de los cruzados, combatiendo sin descanso a su “adversario” (muchas veces un amigo o un devoto discípulo, cuyo único pecado era controvertirlo en algún punto) hasta verlo derrotado.
Si aparece alguno de sus escuderos (que todavía los tiene, especialmente en el Cono Sur) e intenta controvertirme al respecto, le recordaré que Freud, en su calidad de Sumo Pontífice del Psicoanálisis, persiguió y expulsó a Adler, a Rank y a Ferenczi de su selecto círculo (2). A Adler le hizo bien la salida, porque se zafó de la camisa de fuerza de las concepciones psicoanalíticas clásicas y desplegó su originalidad. Rank y Ferenczi no corrieron la misma suerte. Jones, el incondicional “matón”de Freud, hasta lanzó calumnias contra ellos, intentando desprestigiarlos (3). Le recordaré la forma brutal con la que trató a Jung cuando éste empezó a pensar por sí mismo, hasta hacerlo renunciar a la presidencia de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Le refrescaré la memoria con detalles que dicen mucho (y no precisamente cosas buenas) del carácter de Freud, como que rompía sus amistades (sirvan los casos de Breuer y Fliess) tan pronto dejaban de seguirlo incondicionalmente en sus especulaciones, o el enfermizo hecho de haber mandado hacer unas argollas y unos ritos iniciáticos para sus “fieles seguidores”.
Así como a Marx, a Freud lo mató el hecho de haber querido universalizar sus hallazgos. Le faltó también humildad. Así como Marx perdió la oportunidad de ser el mejor economista de todos los tiempos, Freud perdió la de ser el mejor psiquiatra. No sería tanto su desprestigio actual si hubiera sido científicamente honesto y hubiera señalado que sus hallazgos correspondían a pacientes de estructura histérica de personalidad, con unos estilos cognitivos y una crianza particulares, dentro de una época también determinante. No le caerían tan duro los actuales filósofos de la ciencia, si hubiera especificado que su muestra poblacional era escasa, que correspondía a una población específica (sus pacientes, suficientemente distintos de la población general), que hizo deducciones no siempre muy seguras. Se le habría perdonado eso, y hasta sus pequeñeces personales, teniendo en cuenta su originalidad, dedicación, laboriosidad y esfuerzo. Pero no lo quiso así, por su propio talante combativo. Ahí están las consecuencias. El que a hierro mata, a hierro muere.
Así como de manera incorrecta creyó universales (presentes en todos los seres humanos) los signos y síntomas de sus pacientes, también Freud creyó universalizable su técnica, el Psicoanálisis. Desconocer la utilidad de la terapia psicoanalítica es una estupidez; milares de personas, en todo el mundo, han obtenido alivio a su sufrimiento, consuelo a sus desdichas y conocimiento de sí mismos gracias a la terapia que inventó Freud (4,5,6,7). Si dicha técnica falla, es porque se le utiliza fuera de los contextos clínicos a los que estuvo siempre dirigida: las neurosis (8,9). Me parece un desliz imperdonable que el propio Freud, que tanto advertía a sus estudiantes sobre los riesgos de hacer acrobacias deliberadas con su técnica, como usarla para otros trastornos médicos, y que les aconsejaba incluso seleccionar cuidadosamente a qué tipo de personas proponérsela, la haya aplicado a diestra y siniestra y para lo más variopinto.
Por ese error, la generalización de lo que nunca, jamás puede ser generalizable (una situación específicamente médica, del ámbito clínico, para el tratamiento de enfermedades mentales circunscritas), Freud dijo tantas sandeces sobre Dios, los hombres, las mujeres, la cultura, el arte, la personalidad de los artistas que “analizó” (muchas veces, como cuando se atrevió a abrir la bocaza sobre Miguel Ángel o Leonardo, sin haber llegado a conocerlos y sin haberlos tenido a cargo como terapeuta), el significado de las obras literarias y otros productos culturales, etcétera.
Hoy en día es claro que su interpretación de los sueños, aunque novedosa para su época, es hoy en día arcaica y limitada, por no decir falsa, pues no tiene en cuenta que la simbología es idiosincrática y sujeta a variaciones aún dentro del mismo sujeto (10). También que muchas de las cosas que él creyó ver en la arquitectura, la mitología o las artes plásticas (11) fueron producto de su gran imaginación, y de su poderoso deseo de hallar corroboración empírica a sus elucubraciones.
Su abordaje del complejo de Edipo también resultó ser erróneo. Primero, no es universal, sino típico de personalidades neuróticas, habitualmente del cluster B de los trastornos de personalidad (12). Segundo, es vivido más intensamente por los padres que por los hijos, tal como teorizó Bion, y de forma completamente diferente a como hipotetizó Freud (13). Tercero, su concepción tanto del complejo de Edipo como del complejo de Electra está sumamente  teñida de prejuicios (casi siempre machistas, aunque en ocasiones hembristas), de supuestos nunca contrastados con la evidencia y hasta de sus propias vivencias (su relación tan cargada de ambivalencia con Jakob, su padre, y tan cargada de afecto con Amalia, su madre).   
Ahora bien, su concepción de la cultura también es una metida de pata soberana. Para Freud, el constructo cultural no es sino un instrumento de control, un aparato que aplasta y asfixia al hombre y no le permite actuar sus verdaderos impulsos (14). En vez de ver lo grandioso de la cultura, como teatro en el cual se plasma el sí mismo y se accede a la inmortalidad (15), Freud la considera un oprobio, una “castración” si se quiere usar su jerga.
En vez de captar lo maravilloso de la cultura, en su doble función (creación del hombre y al mismo tiempo fuerza creadora que lo moldea) y en sus posibilidades (la eternidad, la permanencia, la trascendencia, si cada hombre logra crear productos culturales relevantes, convincentes e influyentes, si se trata de ideas, o llamativos, originales o sublimes, si se trata de producciones artísticas o literarias), como he venido sosteniendo desde hace más de una década, el atolondrado Freud se quedó sólo con la cara negativa de la cultura. Sólo pudo ver represión en ella.
Creo que el pobre estaba tan obsesionado con la idea de la represión y la neurosis, que efectivamente había visto como fenómenos clave dentro de su trabajo psicoterapéutico con mujeres histéricas centroeuropeas de finales del siglo XIX, que le pareció que podía aplicarla a todas las situaciones humanas. ¡Craso error! Así como dijo tantos disparates, hoy en día ya descalificados por la antropología y la arqueología, en su bellamente escrita pero estúpidamente fundamentada Totem y tabú (16), a propósito de la represión y la prohibición (venidas, supuestamente, del parricidio y de cierto complejo de Edipo tribal…pura especulación), en El provenir de una ilusión y El malestar en la cultura postula que la cultura no es sino una suma de fuerzas coercitivas que “frenan” a tiempo a la bestia humana.
Creo que es pertinente mencionar que si dependiera de la sociedad y la cultura el permitir la inhibición y la sublimación de ciertas tendencias, entonces no habría salvación posible para los desafortunados que vivieran en culturas cuya laxitud moral o cuya imperfección sociológica no lo permiten. Dicho de otro modo, para Freud un pobre niño nacido en una comuna violenta de Medellín estaría inevitablemente condenado a convertirse en sicario, por el sólo hecho de vivir en una sociedad (una pequeña comunidad, para ser más exactos) en la que el oficio de “gatillero” o matón no es sólo válido, sino también respetable y encomiable, y en la que la ética es materialista y utilitarista al extremo, mafiosa, asociada a una concepción del hombre como un macho feroz que es exitoso en la medida en que amase mucho dinero (y dinero fácil) y destruya a todos sus enemigos (en especial si éstos son abanderados de ideas como institucionalidad, legalidad u honestidad), que obviamente tiene una moral del “papayazo” en la que expresiones como “aproveche el cuarto de hora mijo” y “por la plata baila el perro”, de las que ya me he ocupado en otro ensayo (17) son la consecuencia lógica. Esa inevitabilidad es la que demuestra cuán equivocado estaba Freud con su determinismo. La verdad es que después de haber trabajado en Medellín por un año, y de tener el testimonio cercano de mi esposa (que trabajó dos años con dicha población), me encontré con un montón de gente buena, decente, honrada, veraz, derecha a rajatabla. ¿Qué me mostró eso? Que así la cultura falle en su acción represiva o coercitiva, hay muchos otros mecanismos por los cuales un ser humano puede inhibirse a sí mismo en muchas de sus respuestas instintivas (la violenta en este caso). Y que…la cultura no era tan poderosa ni tan influyente como creyó Freud.
De otro lado, en culturas francamente abiertas en lo sexual, como es el caso de ciertas comunidades juveniles de Berlín, Londres o Hamburgo, o ciudades como Amsterdam de noche, también pude constatar cómo había un montón de personas pudorosas, recatadas y hasta conservadoras en lo sexual. De nuevo, la evidencia poderosa de que las fuerzas individuales son aún más poderosas que las sociales, y que lo micro no se deja aplastar por lo macro, como le pareció a Freud que sí ocurría.
Atento, querido lector. La cultura no es tan poderosa ni tan influyente, no tiene esa eficacia que Freud creyó (o supuso, encerrado como estaba en sus propios laberintos sin salida teóricos, dado su tozudo apego a sus conceptos de represión y neurosis…conceptos que le habían sido útiles con cierto tipo de pacientes, y en una época, pero que no le fueron útiles en otras circunstancias, sino que lo empujaron a hipotetizar todo tipo de ridiculeces). Creer lo contrario fue uno de los errores del padre del psicoanálisis, y de muchos humanistas y científicos sociales a lo largo del siglo XX.
Para dar otro ejemplo contudente, por si el lector no ha quedado convencido con los anteriores: téngase en cuenta cómo persistió el espíritu devoto y religioso en Rusia, a pesar de que ése fue uno de los tópicos que se propuso eliminar la oficialidad dominante estructurada en una dictadura férrea, atea, militarizada y asfixiante (ahí no me va a decir el lector que hubo mano blanda, ni falta de censura); tan pronto cayó el comunismo, se hizo evidente que ni ocho décadas de persecuciones, torturas, lavado de cerebro e ideologización (hasta haciendo un criminal uso de las instituciones pedagógicas y los medios de comunicación) sirvió contra el enorme poder del sujeto, del individuo, al que ni el peor de los totalitarismos puede someter por completo.  Insisto: la cultura moldea al hombre, pero el hombre no sólo se moldea a partir de la cultura, y no sólo es lo que aprende o la sociedad le presenta.
El lector ha comprobado ya cómo la cultura es insuficiente a la hora de formar seres humanos (por sí misma, y sin el concurso de otros factores no lo logra). Veamos ahora cómo la cultura, en vez de enfermar al hombre, como consideró siempre el alelado Freud (18), es un factor de promoción de su salud física y mental. La cultura, ese entramado de producciones humanas (y también extra-humanas, como espero abordar en otro trabajo posteriormente: otras especies, que siempre se minusvaloraron por culpa del antropocentrismo reinante en la Filosofía de Occidente, también han provocado enormes avances culturales) tendientes a expresar todo lo que se pueda imaginar, escribir, reflexionar y actuar, en últimas, todo lo que un ser vivo logre obrar, es medio y oportunidad de expresión.
Hombre y cultura tienen la potencialidad de ser un binomio fantástico; son una oportunidad creativa y trascendente. Creativa, en tanto que en ella plasmamos todo lo que ideamos, soñamos, inventamos y escribimos (incluida la música, la más universal de las literaturas). Trascendente, en tanto que en ella logramos la verdadera inmortalidad, produciendo cosas que ni siquiera el paso del tiempo modifica (a diferencia de lo que ocurre con nuestro acervo genético).
Pobre de aquel que cree que se perpetúa en sus hijos. Un hijo apenas comparte el 50% de los genes con uno…¡ni qué decir de ideas, valores y aficiones! Pero la distancia se hace mayor aún cuando se trata de un nieto (25% de similitud genotípica) o de un biznieto (que no llega ni al 15%). Al cabo de cinco generaciones, del iluso que haya creído que se “inmortalizaba” en su descendencia  (19) no queda mucho a nivel genético. Menos aún en otros niveles. Por ejemplo, por muy grande que sea el cariño que uno le tenga a su padre, realmente alcanza a recordar sólo el 20 o 30% de su historia de vida (y de ahí a comprender su devenir, a comprender su vivencia, hay otro abismo enorme, tal vez insalvable). Se recuerda menos aún al abuelo. De un tatarabuelo, realmente, sólo quedan algunos retratos, alguna anécdota (seguramente contaminada de una que otra mentira), tal vez el nombre. Después de eso…difícil, muy difícil que un chozno lo recuerde a uno, a no ser que uno haya sido un prócer, o un escritor, u otra figura ilustre (en cuyo caso, no se es inmortal por lo biológico, sino por lo cultural: por lo que se hizo, bien sea una obra de arte, bien sea un proyecto político, o un libro, o una canción, etcétera).
Por eso es tonto quedarse con la visión freudiana, tan miope y unilateral, de la cultura. De hecho, más que reprimirnos, la cultura nos libera, nos permite creer, nos permite expresarnos. Nos permite ser. Nos permite sobrevivir. No hay nada de terrible en ello. No hay nada de espantoso en la cultura. Si Freud se imaginó que sus pacientes neuróticos lo eran sólo por el hecho de estar expuestos a la cultura, se equivocó gruesamente. De hecho, le faltó asomarse un poco más a la calle, salir del consultorio, y constatar que en la misma sociedad y la misma cultura un millar de contemporáneos y coterráneos suyos lo pasaban bastante bien, y vivían sus vidas sin trastornos psíquicos mayores. 
Por supuesto que hay unos mínimos, unas reglas básicas que gracias a Dios existen. Esos mínimos que garantizan la vida en sociedad, que exige no traspasar ciertos límites del prójimo. Es evidente que no se puede matar. Que no se puede violar. Que no se puede atentar contra la propiedad de l otro (ni por hurto, ni por estafa, ni por otros viles medios). Que no se puede engañar al otro (empezando por el cónyuge), pues dicho engaño genera dolor, sufrimiento y desencanto. Si en esas normas fundamentales Freud vio coerción y represión indeseables, es evidente que el enfermo era Freud.
De ese modo, al enfrentarse con la cultura Freud le apostó a la irracionalidad, al primitivismo y la barbarie. Si nuestro mundo no tuviera esos mínimos de cultura, la humanidad sería aún más asquerosa, más peligrosa, más incontrolable de lo que realmente es. Si en otros textos (20) hablo con preocupación de la bestia humana, y de la bestialidad humana, ¿qué podría decir de un mundo y una humanidad freudianos? Que serían una peligrosa jungla y unos monstruos asesinos. Parafraseándome, no habría un Mozart por cada cien Calígulas, sino ciento un bellacos más peligrosos y dañinos que Calígula.
Freud, el gran pelotudo de la psiquiatría, no supo ver que su anhelada sociedad sin cultura sería una pesadilla en la que hombres y mujeres andarían enseñándose los dientes con furor en ciertas circunstancias, y con lascivia en otras, tal vez completamente desnudos (o vestidos de forma barbárica, en caso de sitios con temperatura fría), sin un código ético, engañándose, robándose y asesinándose mutuamente, o masturbándose y montándose unos a otros, sin consideraciones como matrimonio, familia o sociedad.
Por eso también es culpable del desastre del siglo XX. Su culto a la irracionalidad permitió, en cierto sentido, el triunfo de la irracionalidad, encarnada en el Partido Nacionalsocialista. Todo ese culto a la fuerza bruta, toda esa violencia bestial, toda esa cantidad de orgías y prácticas paganas, similares a las bacanales por las que suspiraba Nietzsche, aunadas a rituales claramente satanistas, en las que se sacrificaban vidas humanas y se mezclaban elementos druídicos y teosóficos (21,22). Toda esa emotividad desbordada, dramática, de millares de borregos dominados por la pasión, lanzándose a la ruina. Todo ese triunfo de la emoción sobre la razón que permitió el ascenso de Hitler. A favor de Freud, eso sí, y como atenuante de su culpa, está el hecho de que él mismo, por no ser un autor grato a la jerarquía nazi (y además por ser de ascendencia judía), sufrió persecución y agravios de parte de esos truhanes.
Otras corrientes de irracionalidad sin límites, y de “contra-cultura”, que pulularon entre 1955 y 1980, también encontraron “justificación” en Nietzsche y Freud, fueron menos dramáticas y dañinas que el nazismo pero a largo plazo también hicieron estragos: causaron infidelidades, promiscuidad (y aumento exorbitante en la prevalencia de las enfermedades de transmisión sexual), desintegración familiar, abuso y acoso sexual, difusión de un estilo de vida que hacía una apología a la pereza, al consumo de alucinógenos y a la negligencia existencial.    
Se dice de Freud que fue creyente en su fuero íntimo, más allá de las imbecilidades que habló de Dios y de la forma muchas veces atrevida con la que abordó los temas religiosos (como siempre, pecando de generalizaciones indebidas). Por aprecio hacia un colega, sólo puedo desear que ojalá hubiera sido cierto. Un hombre genuinamente creyente detrás de una fachada agnóstica y “científica”. De lo contrario, lo debe estar pasando bastante mal en este instante.

REFERENCIAS

(1) Jung, C.G. Correspondencia escogida y apuntes personales, Zurich, 2009
(2) Leahey, T. Historia de la Psicología, Boston, 2005
(3) Balint, M. Correspondencia, Londres, 2010
(4) Gonzalez, P. Sobre Psicoanálisis, Bogotá, 2012
(5) Etchegoyen, H. La Técnica Psicoanalítica, Buenos Aires, 1990
(6) Fiorini, H. Nociones de Psicoanálisis, Buenos Aires, 2001
(7) Campos, D.A. Tratado de Psicopatología, Bogotá, 2011
(8) Santaella, U. Psicodinamia, Bogotá, 2008
(9) Santacruz, H. Tratado de Psiquiatría, Bogotá, 2010
(10) Campos, D.A. Psicoterapia Jungiana en nuestros días, Bogotá, 2012
(11) Freud, S. Psicoanálisis del arte, Madrid, 2008
(12) Campos, D.A. Tratado de Psicopatología, Bogotá, 2011
(13) Auli, J. Comunicación personal
(14) Freud, S. El malestar en la cultura, Bogotá, 2003
(15) Campos, D.A. De la Inmortalidad, Bogotá, 2000
(16) Freud, Tótem y Tabú, Madrid, 1976
(17) Campos, D.A. El príncipe y el pensar colombiano, Armenia, 2014
(18) Freud, S. Obras completas, Madrid, 2001
(19) Dawkins, R. El gen egoísta, Nueva York, 2000
(20) Campos, D.A. Conversaciones con Tommy, inédito.
(21) Sabine, G. Historia de la Teoría Política, México, 1989
(22) Tolland, P. Hitler, Londres, 2011
                       
4. CONCLUSIÓN: ASÍ HABLABA EL ANTICRISTO

El siglo XIX, una ebullición subversiva y caótica, sólo podía desencadenar algo tan agitado y peligroso como el siglo XX.
Y fue un engaño. El más triste de los espejismos. El derrumbe de todas las ilusiones.
He aquí un poema, que se me acaba de ocurrir a propósito de esa estafa, de esa gran caída:

LA CAÍDA

¿A dónde irás, pobre hombre?
¿Dónde podrás recostar tu cabeza
Llena de tumores y excrecencias?
Perdido, y creyéndote encontrado,
Renegaste de Dios y te apartaste
De una senda segura y prudente.
Despistado, y creyéndote sabio
Te acercaste tú mismo a la espada.
Creíste ver cimas
Donde sólo había abismos.
¿Dónde irás, hijo maldito de Caín,
Hombre de los siglos XIX y XX?
Nada es seguro, ¿cierto?
Tú mismo erraste el camino
Y andas dando tumbos
Llorando a veces
(cuando la soberbia no alcanza
a alimentarte la negación).
Rezando casi nunca, pero esperando que alguien rece
Y esperando el milagro en el que no crees.
Caminando solo: a los otros los aniquilaste.
¿Progreso?
¿Hubo progreso, pobre hombre?

Y yo mismo le contesto al poema, contestándome: no, ninguno. Ningún progreso. Esa falacia en la que fueron encadenando todos los propagandistas y panfletistas que fueron casi todos los “filósofos” del siglo XIX, la de una historia ascendente, “dialéctica”, predecible e inevitablemente encaminada hacia la mejoría, terminó por derrumbarse ante la cruda realidad del siglo XX.
¿Pudo ser una estética modernista en un siglo XX lleno de mutilados, de cadáveres tostados, de ciudades bombardeadas? En modo alguno. ¿Pudo ser la belle epoque en un siglo XX en el que los cañonazos destrozaron fachadas y vitrales? Jamás.
El siglo XIX se olvidó de Dios y el hombre se creyó él mismo un dios todopoderoso. ¿Qué logró? Morder el polvo. Darse cuenta que sabía muy poco, que conocía muy poco, que predecía muy poco, que gobernaba, definitivamente, muy poca cosa. Descubrió, algo atónito, y después de dolorosísimas experiencias, que no podía gobernarse ni a sí mismo.
Sirva de ejemplo la evolución de Rubén Darío, un hombre universal y cosmopolita (diríamos globalizado, en la jerga neoposmoderna), muy de su época. Un sujeto que vivió en carne propia las supuestas glorias y las definitivas debacles de sus contemporáneos. Del optimismo (con cierta dosis de antropocentrismo, confianza desmesurada en la Humanidad y el progreso, y la “certeza” de estar viviendo una “bella época”) de Prosas profanas a la desilusión, el realismo y la madurez (que sólo da el experimentar el dolor y el despedirse de la ingenuidad juvenil) de Cantos de vida y esperanza (1,2).
Lo mismo puede percibir el lector en otro formidable poeta, Vicente Huidobro. Del efectismo y la complejidad arquitectónica de sus primeros escritos, asistimos al grito desgarrado, claramente existencialista, de un hombre sensible que experimenta la brutalidad de dos guerras mundiales (y, de hecho, muere a raíz de las complicaciones de una herida en la cabeza recibida en la Segunda) y echa por tierra todo, y no se reconoce a sí mismo, ni a sus congéneres, en medio de la devastación (3).
Como expondré en el último ensayo, retomando la tesis de Jaspers (4), el existencialismo, al menos en sus modalidades alemana y francesa, es un producto inevitable de las especulaciones del siglo XIX y las atrocidades del siglo XX. Lejos ya de las búsquedas espirituales de Kierkegaard, el verdadero gran existencialista (5,6), el existencialismo franco-alemán del siglo XX no es sino un vitalismo herido, hecho añicos ante la evidencia del fracaso total de esa colcha de retazos que fue el pensamiento del siglo XIX.
Pero a diferencia, de Jaspers, creo que no sólo Nietzsche, sino todos los “filósofos de la sospecha” nutren al existencialismo franco-alemán del siglo XX. Y es claramente distinta mi opinión con respecto a ellos. Mientras el doctor Jaspers, hipnotizado por la pluma de Nietzsche, se dejó obnubilar por semejante oropel, el lector ya a estas alturas tiene muy claro que yo no comparto la opinión de los que idolatran a esas grandes bestias, esos imbéciles que irresponsablemente contribuyeron a que la humanidad diera otro paso hacia el abismo, hacia su propia aniquilación.
El demente Nietzsche (sí, tenía el cerebro hecho puré, gracias a la neurosífilis…para que el lector vaya tomando nota de la empobrecida lucidez mental, la deteriorada capacidad de juicio y el entorpecido raciocinio que tenía el pobre diablo, al que muchos sandios veneraron y aún veneran) creyó que el Anticristo era San Pablo (7), cuando el Tarsiota no hizo sino bregar por difundir las enseñanzas de Jesucristo,  ha habido muchos Anticristos, y a decir verdad, fue muy distinto su obrar al de otros muchos Anticristos que han pasado por este planeta, incluyendo a Nietzsche y los otros dos “maestros de la sospecha”.
Sí, los Anticristos son muchos. Todos aquellos que por comisión u omisión persigan a Jesucristo o sus fieles (vale decir, su Iglesia). Así, el Anticristo está encarnado, en cada época, por muchas personas. Vale la pena incluso preguntarse, como San Agustín de Hipona (8), si en nuestras vidas (es decir, con nuestras acciones) no estamos siendo agentes del Mal, o Anticristos. San Agustín nos advierte sobre el peligro que hay en creer que somos buenos cuando en realidad no actuamos cristianamente y no amamos de verdad al otro. Nos dice, para ponerlo más claramente, que si no profesamos con coherencia a Cristo en nuestras vidas, tomando una opción de amor y perdón genuina, le estamos en realidad haciendo el juego a Satanás.
La naturaleza del Anticristo, tan misteriosa como la muy temible naturaleza del Maligno, y vinculada a ésta (9), no es única e indivisible sino que es una realidad múltiple y variopinta, constituida por una extensa muchedumbre de enemigos de Dios, de la religión y de todo lo que huela a espiritualidad o devoción.
Lástima que el concepto del Anticristo haya sido tan manoseado por tantos predicadores evangélicos o milenaristas ignorantes, por tantos escribidores y periodistas de cloaca, y por tantos “pastores” interesados en lucrarse a costa del miedo, la escasa formación académica y la superstición de sus marionetas. Por eso el lector debe permitirme que le exponga de manera breve y sintética mi tesis (los maestros de la sospecha como Anticristos preparadores de otros Anticristos del siglo XX, y todos los anteriores dentro de una larga cadena de Anticristos a lo largo de la Historia), antes de creer que se trata de otra bazofia cargada de especulación y fanatismo, de ésas que aparecen en internet a diario.  
Como estaba acostumbrado, en su enferma verborrea, a ir escribiendo lo que se le iba ocurriendo, Nietzsche ni siquiera se dio cuenta de las bestialidades que opinó (opinó, pues nunca argumentó y nunca sustentó sus sandeces). Es decir, nunca se dio real cuenta del inmenso mal que estaba haciendo. De los errores que estaba difundiendo. De los desastres que estaba preparando. Acaso vislumbró su poder subversivo, pero seguramente no previó la colosalidad que adquiriría.
Uno de sus textos más imperfectos, sesgados y cargados de errores, fue El Anticristo (10). En él, se lanzó a completar su “misión”, evidente en todas sus obras (11): demoler los cimientos de la misma cultura occidental: la racionalidad y la moral cristiana. Aunque uno pudiera excusarle ese último libro, dada su evidente demencia, es evidente que no se le puede absolver de la culpa derivada de todos los daños y males provocados por todos los libros que escribió. En todos ellos, pululan tesis centrales compartidas por Marx y Freud: antropocentrismo, negación de Dios, secularización, materialismo.
Así no habló Zaratustra, que en verdad fue un hombre bueno, sumamente respetuoso de Dios. Así habló Nietzsche, el trastornado, el resentido, el combativo enemigo de la Iglesia. Así habló el Anticristo, y así hablaron sus otros dos colegas Anticristos (así el uno creyera que hablaba de historia y el otro de psicoterapia), y así siguieron hablando (y pensando, y lo que es peor, obrando) sus discípulos, muchos otros Anticristos, a lo largo del siglo XX.
Repito entonces los pilares del pensamiento de los “maestros de la sospecha”: a) antropocentrismo, b) negación de Dios, c) secularización, d) materialismo. Los mismos pilares ideológicos del siglo XX, asociados además a todos sus conflictos bélicos, sus Estados totalitarios y sus demás desgracias y calaveradas. 
Con respecto al antropocentrismo, los tres Anticristos son unos paladines de la divinización del Hombre: Nietzsche a través de su exaltación de la fuerza, la voluntad de poder y la autonomía (y con su propuesta de “superhombre” ajeno a Cristo, a cualquier idea de Dios que no sea el mismo Hombre exaltado e idealizado); Freud por el camino de la “madurez” que implica el “superar” temores infantiles y, supuestamente, dejar de necesitar la figura de un “padre simbólico” (un hombre ateo, que no necesita de Dios, es esta triste visión de un hombre “maduro”…¡como si no viéramos a diario miles de ateos inmaduros!); Marx por la vía de una apología del hombre como si éste fuera la cima de todos los seres, y como si Dios no fuera sino una falsedad imaginada por él mismo.
Estas barbaridades, obviamente, tuvieron su eco en el siglo XX. Sirvan de ejemplo Fromm, Lacan, Althusser, que además combinaban simpatías por los tres Anticristos abordados en este trabajo. La suposición de que los hombres  “podemos ser como dioses”, tan cara a Fromm (12), se desprestigió completamente con la evidencia clara de que los seres humanos eran un desastre (en especial con la Segunda Guerra Mundial, que mostró lo peor de la especie).
La negación de Dios fue de la mano con la creencia (refutada por la experiencia, por cierto…me sorprende la idiotez de los que todavía se creen el cuento) de la “divinidad del hombre”. El siglo XIX, ya desde Comte, se dedicó a enviarle dardos a Dios. Huelga decir que Dios, como ser Omnipotente y Todopoderoso, tal vez ni prestó atención a semejantes chiquilladas de tan patéticas criaturas. Pero esas patéticas criaturas sí se consideraron, desde entonces, con todo el derecho a maldecir al Señor. Y lo siguen haciendo, olímpicamente. Con ello se preparan su propio castigo (13).
Los “maestros de la sospecha” fueron abanderados del ataque a Dios (estéril en ambos sentidos: ni puede hacerle daño a Él, ni favorece a la desdichada bestia humana) y contribuyeron a que esta patética especie se inflara más de orgullo, y prosiguiera en su actividad de plaga, barriendo con los demás seres y ecosistemas del planeta (14). Marx vio siempre a Dios como un mito, una mentira, un engaño que además contribuía a perpetuar la explotación de la clase obrera. Freud lo consideró desde una perspectiva edípica, caricaturizando al Señor como un padre rabioso y caprichoso, pero necesario para proteger a un hijo indefenso…que cuando crece, ya no le necesita más, pues puede valerse por sí mismo. Nietzsche, de otro lado, gritó a los cuatro vientos que estaba muerto, y propuso hacer un hombre (el patético übermann, terrible concepto que le traería grandes desgracias a la nación alemana) capaz de ocupar su lugar (15).
Pero ahí no terminó el daño. Abanderados del ateísmo militante y la secularización a ultranza, echaron por tierra hasta los aspectos positivos del trabajo social de la Iglesia, y sembraron el clima intelectual para toda clase de persecuciones posteriores (incluidas, obviamente, las de intelectuales no mamertos, a los que desde entonces se tilda de “reaccionarios” y “burgueses”, y se les tortura, encarcela, fusila con fruición). De hecho, a finales el siglo XIX y a lo largo de todo el siglo XX, el mamertismo mundial se hizo tristemente célebre por echar por tierra un sinnúmero de instituciones de servicio social (escuelas, universidades, hospitales, geriátricos, comedores comunitarios, hogares de paso), que venían siendo útiles desde el siglo XV, por el simple hecho de estar bajo la guía de órdenes religiosas. Sobra decir que quienes hicieron quebrar o simplemente clausuraron dichas instituciones, de manera unilateral y atendiendo solamente a su furor anticlerical, luego no fueron capaces de ofrecer una mejor alternativa al pueblo que decían representar (16, 17).
¿Desea un ejemplo el lector? En América Latina solamente, desde Tijuana hasta Punta Arenas, gobiernos populistas, demagógicos, corruptos y muchas veces con cariz de dictadura (18) se dieron a la tarea de erradicar todo lo que sonara a Cristianismo (especialmente a Catolicismo), así fuera útil, y se dedicaron sin descanso a la censura a los religiosos, al asesinato de sacerdotes y la confiscación de sus propiedades (19,20). Ni qué decir de Italia, donde la monarquía de Víctor Manuel, en especial bajo las intrigas orquestadas por el siniestro conde Cavour y las presiones del sanguinario canciller Bismarck, se dio a la funesta labor de acabar y obstaculizar lo que muchos religiosos hacían a favor de las clases más necesitadas (21,22). O de Rusia, y todas las otras desdichadas repúblicas que cayeron bajo la maldición marxista, donde el asesinato de clérigos y el cierre de conventos, monasterios e iglesias fue abierta política de Estado (23). Si quiere más ejemplos, sólo revise la historia del despaturrado siglo XX.
Otro legado de esos tres tristes tigres fue el materialismo a ultranza. Ya lo habían prefigurado los empiristas y los sensualistas (24), pero con ellos, los “maestros de la sospecha” (los sospechosos maestros, los llamaría yo), casi se acaba para siempre cualquier noción referida al espíritu. Fue la salvadora intervención de Marcel, Levinas, Mounier y Maritain la que evitó que la Humanidad terminara creyendo que la realidad era sólo lo que los sentidos captaban.
Marx pontificó que lo que no fuera materia no tenía existencia (también por eso está desprestigiado hoy ante la comunidad científica), e insistió en que el hombre sólo estaba para trabajar, comer, beber, reproducirse, dormir y defecar (ya entenderá el lector por qué tantos intelectuales y artistas se suicidaron, o fueron asesinados o inducidos al suicidio en los países comunistas). Nietzsche creyó matar a Dios y a la moral cristiana, escindiendo de entrada la naturaleza trascendente del hombre. Freud, como Marx, se centró tanto en la bestialidad humana que no pudo concebirla más allá de sus pulsiones.
¿Qué pasó después? Ante la embestida materialista, y sus resultados (cinco generaciones perdidas, de sueños y ambiciones mutilados por la guerra), y las desgracias del estilo de vida materialista (tanto en su versión estadounidense, consumista y desenfrenada, como en su versión soviética, reprimida y desencantada), la Humanidad se encontró vacía. Sedienta de Dios. ¿Pero dónde iba a encontrarlo, si esos desgraciados lo habían negado? Ansiosa de algo trascendente, pero tan aturdida por el ateísmo militante de los sospechosos maestros que sentía algo de “vergüenza académica” y no se atrevía abiertamente a volver a los rituales religiosos de antaño.
El otro elemento fue por la desintegración de los hogares promovida por el ataque a la tradición y a los valores cristianos. Como la familia fue el blanco de todo ese ateísmo y todo ese materialismo a ultranza, empezaron a verse divorcios, separaciones, y estragos asociados (en especial, la multiplicación de los trastornos psiquiátricos infantiles). Apareció una generación sumamente despistada, hacia 1960. Una generación deprivada de afecto, de estabilidad y de autoestima. Una generación con graves problemas de cohesión del self, con severos trastornos de personalidad, carenciada, insegura, deseosa de rebelarse contra todo en su búsqueda de algún tipo de identidad. Como no tuvo un adecuado modelo de Dios (recuerde el lector lo ya dicho: los padres y abuelos de esos despistados jóvenes tampoco tenían mucha idea de Dios, ni de religión, ni de trascendencia), dicha generación cayó redonda ante la peor engañifa “espiritual” de todos los tiempos: la Nueva Era.
Esos carenciados, realmente golpeados jóvenes, no tuvieron muchas opciones. O se convertían en idiotas útiles del marxismo (que ya mostraba señales de debilidad y resquebrajamiento en Europa, pero se presentaba en América Latina, donde todo suele llegar con décadas de retraso, como una “novedosa” opción política), o caían en la drogadicción, el abandono y la suciedad del hipismo. Poco educados (no les llegan ni a los tobillos a las generaciones actuales, en términos de especializaciones, maestrías, doctorados y postdoctorados), y profundamente interesados en buscar y experimentar cosas nuevas (si hay alguna palabra que los defina con precisión es ésa: buscadores), esos jóvenes de las décadas de 1960 y 1970 encontraron en el discurso sincrético de la “Era de Acuario” (25) lo que no habían encontrado en sus hogares.
Con la Nueva Era se completa el legado de Marx, Nietzsche y Freud. Sólo ahí encontró una generación confundida, embobada (sin quererlo: la culpa real fue de las generaciones que la precedieron, y que no tuvieron nada mejor para ofrecerle) con el veneno del siglo XIX (recapitulo: antropocentrismo, negación de Dios, secularización y materialismo), una oportunidad para satisfacer su natural, biológico e innegable anhelo de Dios.  
No fue gratuito, entonces, que en esa década de 1960 cobrara tanta fuerza la “Nueva Era”. Se dieron todas las circunstancias a favor: una generación insatisfecha y con una enorme búsqueda de novedad; el antropocentrismo, que clamaba por una espiritualidad centrada en el hombre; la negación de Dios, muy acorde con conceptos como que no hay una divinidad propiamente dicha, sino que hay que descubrir la divinidad que todos los hombres llevan dentro de sí; el materialismo, que reducía las manifestaciones teológicas a “energías” y manifestaciones de minerales y otros fetiches; el secularismo, que planteaba una vivencia espiritual afuera de cualquier religión organizada (26,27,28,29,30).
Y así fue como la triada Marx-Nietzsche-Freud, y toda la caterva de sicofantes del siglo XIX, le legaron al mundo una religiosidad mediocre, obtusa: la única posible para un mundo que había sepultado a Dios y había endiosado al hombre. Una religiosidad de pacotilla, que une elementos egipcios con esoterismo del más barato, que se muestra ávida tanto de meditación trascendental como de quiromancia y tarot. Una farsa que hermana a farsantes y pseudo-masones como Wilmhurst con luciferinos y satanistas al estilo de los esposos Bailey, a esquizofrénicos como Collins con racistas como Blavatsky, a neonazis y a falsos budistas que ni saben qué es el óctuple sendero, a señoras ricas con deseos de hacer yoga para negar su envejecimiento y a charlatanes de toda índole deseosos de hacerese pasar por gurúes.
La Nueva Era, entonces, siendo un producto de los “filósofos de la sospecha”, termina yéndose, paradójicamente, contra ellos. En ella cabe toda la superstición, toda la ignorancia y toda la superchería que tanto asqueaban a Freud  (31,32, 33, 34, 35). En ella está representado el elemento más burgués y clasista, el enemigo que hacía resoplar (y acaso suspirar de envidia) al pobretón de Marx. En ella está lo más opuesto a la ética nietzscheana: no son “superhombres”, ni siquiera “leones”, sino veganos y sumisos corderos con voz aflautada.
Me río entonces, e invito al lector a soltar también una sonora carcajada, al constatar esa irónica vuelta del destino. Ni el mismo Marx, al que tanto le gustaba jugar a hacer profecías (y no le resultó ni una), hubiera adivinado jamás esa jauría de astrólogos, esquizotípicos e histriónicos invadiendo hasta el espacio privado de las gentes. Ni ese montón de damas ociosas que pasan el día entre mindfulness, runas, cantos hinduistas y pilates, hablando mal del vulgo maloliente y “atrevido” que les hace miradas pícaras mientras ellas andan buscando el nirvana con las pantorrillas en la nuca.
La Nueva Era, un chiste aún viviente (pasarán otras dos generaciones inmersas en eso, mientras terminan de desencantarse de sus propias falacias), es la moderna Torre de Babel: toda la arrogancia humana cabe ahí, en esa pretensión ridícula de querer ser dioses, o peor aún, de creerse ya dioses (o en trance de descubrir la “propia divinidad”, en un proceso narcisístico pseudointrospectivo, que sazonan de budismo barato y cursilerías de “maestros ascendidos” o por ascender, santones no tan santos, de esos que andan en limosinas).
Así, en ese culto a “lo oculto”, en medio de una logorrea y un sinfín de publicaciones de muy escasa calidad (de esas mismas que leían Hitler, Rosenberg y Hess, otras “luminarias” del siglo XX, en sus años mozos), combinando la pretensión de erigirse en ideología universal y al mismo tiempo el egoísmo de un estilo de vida “de burbuja” en el que no importa el sufrimiento del prójimo o las injusticias del mundo porque sólo se busca el confort personal (así disfracen esto con eufemismos como “opción personal” o “camino individual”), la bestia humana “convertida” en divinidad (me da risa solamente escribirlo) va en su ateísmo caminando rápidamente hacia su final.
La Nueva Era coronó, después de las dos guerras mundiales, el desastre ecológico, el aumento en las tasas de drogadicción y suicidio, la aparición (o, si es que estuvo oculto en el África desde mucho antes, la dispersión) del VIH,  los totalitarismos (socialistas, nacionalsocialistas, comunistas, facistas, populistas), los trastornos mentales secundarios a la descomposición de las familias, y muchos otros entuertos y errores, ese siglo de ruindad, paradoja y contradicciones que fue el siglo XX. Siglo que, como he venido sosteniendo a lo largo de todo este escrito, no es sino el hijo psicótico del siglo XIX.

REFERENCIAS
(1) Darío, R. Prosas profanas, México, 1995
(2) Darío, R. Cantos de vida y esperanza, Madrid, 2000
(3) Huidobro, V. Antología poética, Santiago de Chile, 2006
(4) Jaspers, K. Nietzsche y el cristianismo, México, 2008
(5) Campos, D.A. Breve Historia de la Filosofía, Bogotá, 2012
(6) Salazar, R. Filosofía Contemporánea, Bogotá, 2013
(7) Nietzsche, F. El Anticristo, Bogotá, 1990
(8) Klinger, P. Agustin von Hipona, Berlin, 1978
(9) Campos, D.A. Sobre el Maligno, inédito
(10) Zuñiga, M. Lecciones de Teología, Bogotá, 2013
(11) Congar, Y. Jesucristo, Paris, 1990
(12) Fromm, E. Y seréis como dioses, Madrid, 2012
(13) Campos, D.A. Reflexiones sobre las apariciones de la Virgen en Garabandal, Armenia, 2014
(14) Campos, D.A. María, la grandeza de obedecer a Dios, Armenia, 2014
(15) Nietzsche, F. Complete Works, Londres, 2007
(16) Mendoza, P.A., Montaner, C.,Vargas Llosa, A. El perfecto idiota latinoamericano, Madrid, 2012
(17) Campos, D.A. El Mamerto, Bogotá, 2013
(18) Mendoza, P.A., Montaner, C.,Vargas Llosa, A. El perfecto idiota latinoamericano, Madrid, 2012
(19) Mendoza, P.A., Montaner, C.,Vargas Llosa, A. El nuevo idiota iberoamericano, Madrid, 2014
(20) Campos, D.A. Breve Historia del Cristianismo en América Latina, Bogotá, 2012
(21) Salesman, E. San Juan Bosco, Madrid, 2003
(22) Gentile, C. Historia de Italia, Roma, 1994
(23) Schulz, T. Europa 1910-1990, Berlín, 2005
(24) Wedling, J. Historia de la Filosofía, Madrid, 1979
(25) Bonta, S. Las raíces de la nueva Era, Madrid, 2012
(26) Wilmhurst, W. The meaning of Masonry, New York, 2010
(27) Bailey, F. The spirit of Masonry
(28) Bailey, A. La reaparición de Cristo, Bogotá, 2013
(29) Bailey, A. La exteriorización de la Jerarquía
(30) Hall, M. Las claves perdidas de la masonería, Madrid, 2013
(31) Creme, B. La reaparición del Cristo y los Maestros de Sabiduría, Bogotá, 2010
(32) Rudyar, D. Teosophy, New York, 2012
(33) Spangler, D. Reflexiones sobre el Cristo, Madrid, 2008
(34) Blvatsky, H. Isis sin velo, México, 2002
(35) Blavatsky, H. La doctrina secreta, México, 2002


5. EXISTENCIALISMO ALEMÁN Y EXISTENCIALISMO FRANCÉS: LOS COLETAZOS DE LA TRAGEDIA

INTRODUCCIÓN
El existencialismo, aunque extendió sus tentáculos hasta bien entrado el siglo XX (alcanzaron a ser existencialistas Marcel y Levinas), puede ser visto como el coletazo final de toda la filosofía del siglo XIX, especialmente del vitalismo.
Ya Jaspers, uno de los mejores exponentes de la fenomenología y el existencialismo alemanes (1), se había percatado de ello y consideraba a Nietzsche el precursor del existencialismo (2,3). No se equivocó, pues el énfasis nietzscheano en ciertas categorías (vida, deseo, autonomía, poder, existencia, experiencia, voluntad) es también visible en los autores del existencialismo francés y del existencialismo alemán del siglo XX.
¿Por qué hablo de existencialismo francés y de existencialismo alemán? Porque han habido muchos existencialismos, incluido el latinoamericano, sólo que menos publicitados.
Continuando con la idea, Nietzsche (y también Freud, sólo que la influencia de éste último fue menor, acaso por el aura médica de la que no podían escapar sus escritos), como adalid de la irracionalidad y el instinto, sirvió de leitmotiv a Sartre y a Camus (en el existencialismo francés) tanto como a Jaspers y Heidegger.
Ahora bien, el hecho de que reconozca la influencia de Nietzsche en ellos no desdice mi postura frente a Nietzsche en el ensayo 3. Por el contrario, sigo convencido que fue un autor sobrevalorado y mucho menos valioso de lo que creyeron muchos a lo largo del siglo XX. Es algo muy distinto ser valioso a ser influyente. Por ejemplo, Napoleón pudo ser más influyente que Lamartine, pero fue mucho menos valioso: Lamartine creó poesía, creó belleza, procuró para sus semejantes mucho más bien que Bonaparte.
Nietzsche fue tremendamente influyente, aún sin ser muy valioso. No dijo verdades (sino especulaciones), no hizo avanzar a la Humanidad (sino que, por el contrario, hizo una apología de lo peor de ella, de su barbarie, de su afán de poder y dominio), no resolvió ninguno de los problemas de la filosofía o de la ciencia (al contrario, los consideró irrelevantes, rehusando a cualquier abordaje racional). Ni siquiera fue original en sus ideas. Verbigracia, de la vida instintiva hablaron más, y mejor, autores como Fechner, Lotze, Spir o von Hartmann. Sí, unos contemporáneos suyos mucho menos conocidos y leídos, reconocerá el lector.
Lo que sí hizo bien Nietzsche fue escribir. Y lo hizo febril, apasionadamente. Y sus textos, aunque flojos en contenido, son tremendamente sabrosos. ¿Cómo no iba a ser influyente? ¿Cómo no iba a calar en sus ávidos lectores, un autor tan gustador?
Jaspers, como Nietzsche, vio ante las dificultades de la vida cierto horizonte “trágico”. Sólo que él lo abordó desde la psicopatología, visualizando las atormentadas búsquedas que de sí mismo hace el hombre, en su camino hacia la individuación. Mientras que Nietzsche brindó por rendirse y aceptar las dificultades de la vida (y ojalá en un estado de embriaguez), Jaspers abogó por la lucha desesperada ante la situación límite, que permite trascender las preocupaciones y menudencias cotidianas, y acceder a un horizonte de existencia plena, profunda.
Mientras que Nietzsche vio en el sufrimiento de la vida una oportunidad más para encogerse de hombros y asumir una actitud pesimista, Jaspers encontró una oportunidad para la iluminación de la existencia (4). Mejor dicho, allí donde Nietzsche encontró un motivo para aborrecer a Dios y morirse, como la mujer de Job, Jaspers encontró un camino de esperanza, una oportunidad para reencontrarse con lo divino y trascendente.
A mi entender, Jaspers no tenía nada que envidiarle a Nietzsche. A diferencia del trastornado filólogo, el siempre acertado Jaspers escribió sobre conceptos mucho más pertinentes tanto en filosofía como en ciencias políticas y psiquiatría. Pero, de manera incomprensible, Jaspers se plegó ante Nietzsche. Porque de alguna forma el “taquillero” Nietzsche convenció tanto a las siguientes dos generaciones de filósofos, que muchos terminaron por creerlo su maestro. De ahí que hasta Jaspers viera en él una especie de padre simbólico (5).
Hago votos para que algún día la Humanidad descubra y lea a Jaspers como toca. Para mí fue un honor el haber divulgado su pensamiento en la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana (donde no tenían ni idea de él, pese a ser uno de los psiquiatras y pensadores más ilustres del siglo XX) mientras fui Interno y Residente de Psiquiatría, y el haber creado un grupo de estudios todavía vigente (6).
Fue una lástima que la mala prensa que le hicieron muchos mamertos en América Latina, que nunca le perdonaron el hecho de que denunciara públicamente los excesos del comunismo en Alemania Oriental, y los peligros de una Guerra Fría en la que los bloques en contienda jugaron irresponsablemente a acumular armas de destrucción masiva (7,8). Por dicha mala prensa llegó a conocerse muy poco en las Universidades latinoamericanas, pues (como el lector podrá recordar) muchos catedráticos universitarios de este subcontinente fueron militantes de izquierda acérrimos hasta hace muy poco, sobretodo en las instituciones públicas. También fue una lástima que hubiera sido tan tortuosa la traducción de sus libros al castellano. Aún hay muchos textos en espera.
Heidegger fue otro eximio representante del existencialismo alemán. También, como a Nietzsche, le interesó la vida, pero dentro de la categoría de la temporalidad, la vivencia interior de cada hombre. Y así como a Nietzsche, la interesaba la dimensión humana más espontánea, vivencial y anímica (9,10).
El sentido trágico de la vida fue abordado por Heidegger como un componente inevitable de la vida del hombre, de su ser en el mundo (otro eco nietzscheano). Insistió siempre en la necesidad de captar el sentido de la existencia aceptando la propia finitud, la mortalidad, la transitoriedad. Pero a diferencia del rabioso anticristianismo de Nietzsche, Heidegger optó por una postura agnóstica, menos histriónica, en la que simplemente se desconoce si existe o no un más allá, y en la que se toma, de cara a la muerte, plena conciencia del enorme valor de cada instante de la vida (11,12).
Heidegger le apostó a una consideración de la existencia desde la perspectiva de la muerte: el ser para la muerte fue su concepto más reiterado a lo largo de su obra. Un ser que, ante la seguridad de que es mortal, debe encontrar la plenitud y la significación de cada momento de la vida (13). En el cómo hacer dicha liberación, Heidegger volvió a usar a Nietzsche, apelando a su irracionalidad, y propugnando que el hombre debía deshacerse de todos los ideales y de todos los “ídolos de la existencia social” (14).
En cuanto a su ontología, Heidegger se saltó en cierto modo la situación establecida por Kant de “la cosa en sí” (el noúmeno, la esencia de cada cosa, lo incognoscible de cada cosa)  y “la cosa para mí” (el fenómeno, lo que el sujeto puede percibir y conocer de cada cosa, lo cognoscible de cada ser) y se interesó, de manera central, en “lo dado”, en las cosas del mundo que se le dan al sujeto, y cómo se le dan, y cómo este sujeto las vivencia (15,16).
Dentro de esa armazón ontológica heideggeriana (en la que las cosas se le imponen al sujeto, se le dan, puesto que el mundo es un “mundo de cosas” en el que inevitablemente el sujeto se encuentra existiendo), y teniendo en cuenta además su énfasis en la tierra (el terruño, el país donde se ha nacido) y en la correlación entre la pertenencia/tenencia de la tierra y el propio sentido de identidad, estuvo también un peligroso germen. Vale la pena que el lector recuerde que Heidegger estuvo de acuerdo con las ridiculeces nazis estilo lebensraum  y que fue un partidario ardiente de Hitler (17).
A diferencia de Jaspers, que fue siempre un defensor de los derechos humanos y tuvo que enfrentarse a varias dificultades por su postura crítica frente al nacionalsocialismo (a tal punto que perdió su puesto como catedrático, fue censurado como autor en el III Reich, y tuvo que vivir escondido junto a su esposa judía durante dicho periodo de terror en Alemania), el campechano Heidegger se casó enseguida con una doctrina burda, que enfatizaba la importancia del suelo y los “lazos de sangre”, y que tenía elementos de patriotismo que al propio Heidegger seguro le recordaban su propio carácter provinciano y regionalista. De ahí la crítica posterior de Jaspers (18), que siempre le enrostró a Heidegger su adhesión al nazismo, y sus muy censurables prácticas como académico  (entre las que estuvo el despido de profesores judíos y de opositores al macabro régimen de Hitler, como Jaspers).
El propio Heidegger reconoció su error, ya en su senectud, pero aún así conservó la altivez de muchos jerarcas nazis juzgados en Nüremberg (19), minimizando su responsabilidad y reduciendo su mea culpa al mero reconocimiento de que había cometido un simple “desliz” (20). Este punto, creo yo, y su harto censurable conducta ética (además de nazi, fue un sujeto racista, machista, infiel y eurocentrista), deberían disuadirlo a uno de hacerle tantas venias como (tristemente) uno ve que muchos filósofos latinoamericanos le hacen.
Pasemos ahora al existencialismo francés, también marcado por Nietzsche (reitero, no por el valor de sus ideas, sino por la popularidad de sus textos). Uno de sus más notables autores, Camus, llevó al campo de la novela el concepto nietzscheano de tragedia. En El extranjero y La peste, por citar sólo dos de sus obras, puso de relieve la situación ya de por sí trágica que implica el absurdo de la existencia humana, siempre sumergida en situaciones absurdas y condiciones absurdas (21,22).
Camus se centró en cómo la existencia está muchas veces impregnada de absurdo, sometida a lo impredecible y azaroso, al sinsentido: una vida en la que difícilmente se puede realizar una actividad finalista o encaminada a determinado objetivo, porque siempre está sometida a la marea de lo irracional. Así, como Sísifo, el hombre de Camus es un pobre sujeto que trabaja en vano, que se esfuerza y no consigue mayor cosa, que realiza su actividad en medio del absurdo (23).
Como buen ateo, Camus fue un desesperanzado absoluto. Convencido de que el único problema filosófico real era el del suicidio, con un sujeto débil ante un universo que simplemente está y sobre el que no se puede ejercer mayor influencia, terminó llevando el pesimismo del siglo XIX a sus máximos niveles.
En lo personal, siento cariño y lástima por Camus. Todo parece indicar que era un buen hombre. Sus intervenciones políticas, en contra del totalitarismo soviético y del colonialismo, así como su carácter franco y honesto, además de su indiscutible talento literario, lo hacen un personaje de gran valía. Su vida y su muerte fueron el mejor ejemplo del absurdo existencial del que él tanto escribió: después de una meteórica carrera, y tras recibir el Nobel de Literatura siendo aún un hombre joven, terminó matándose en un accidente automovilístico.   
Opuesto en ocasiones a Camus, sobretodo por un mamertismo del que no se apartó nunca, Sartre fue la figura del existencialismo francés más reconocida internacionalmente. Su distanciamiento de Camus se acentuó a raíz del descubrimiento de campos de concentración soviéticos, y de la denuncia de muchos refugiados rusos, armenios y ucranianos de cómo Stalin cometía todo tipo de atropellos (24,25). Mientras que Camus, izquierdista moderado, no se hizo el desentendido ante semejantes crímenes, Sartre, mucho más fanático, optó por la “disciplina de partido” y simplemente negó los horrores provocados por el comunismo (26).
Es probable que esa postura inflexible de Sartre, que tantas simpatías le ganó en los años turbulentos del siglo pasado, en los que todo se veía o en blanco o en negro (verbigracia, materialismo-idealismo, izquierda-derecha, comunismo-fascismo) y en los que la gente era víctima de un maniqueísmo extremo en el terreno político (una posición esquizo-paranoide en la que los buenos y los malos se clasificaban según su simpatía hacia determinado partido, y ante la que no cabían términos medios, sino posturas extremas, algo así como “o están con nosotros o están contra nosotros”), sea hoy por hoy una de las causas de cierto (injusto) desdén por su obra.
Lo señalo como injusto porque su obra (tanto en su trayectoria vital, como en su producción filosófica y literaria) me parece de alto valor. Es cierto que Sartre pecó de fanatismo, pero también es cierto que participó en la Resistencia francesa durante los años de la ocupación nazi y que trabajó activamente por la paz en su calidad de miembro del Consejo Mundial de Paz (27).
De sus ideas, que también son ecos de Nietzsche (y de Kierkegaard, y de Marx), destaca una concepción del hombre como “ser para sí”, cuya vida está siempre en proceso, haciéndose, en la medida en que siempre está eligiendo (28). Es decir, Sartre toma de Nietzsche el concepto de un hombre inmerso en dificultades, pero a diferencia de Camus, que lo da todo por perdido, insiste en que ese mismo hombre es libre en todo caso, y puede elegir (29).
Creo que esto es clave. En vez de entender al hombre como simple víctima, Sartre le da un sentido de responsabilidad: es responsable de todo lo que hace, se construye con sus actos, se determina a sí mismo y se realiza en la medida en la que va optando por determinadas acciones a lo largo de su vida.
Es posible que Nietzsche haya querido decir algo parecido con su superhombre autónomo y dueño de sí mismo, alejado de la sumisión y el gregarismo de la “moral de esclavos”. Pero Sartre le da un toque más realista a dicha situación. No habla de superhombres, sino de hombres de carne y hueso, con “esperanzas abortadas y esperas inútiles”. Y más optimista, pues considera que se construyen en la medida en que realizan actos (y realizan dichos actos, y no otros, en la medida en que escogen hacerlos).
De este modo, con Sartre el existencialismo logra un interesante empoderamiento. Ya no se trata de un sujeto inerme, solo y débil en medio de la tormenta de la vida, sino de un sujeto con capacidad de decisión. Me imagino que Sartre, con su vida, fue una buena muestra de ese hombre corajudo y decidido que plasmó en sus escritos.

 REFERENCIAS

(1) Campos, D.A. El pensamiento político de Karl Jaspers en la posmodernidad, Bogotá, 2008
(2) Jaspers, K. Historia de la Filosofía, Buenos Aires, 2000
(3) Jaspers, K. Nietzsche y el cristianismo, Buenos Aires, 2002
(4) Jaspers, K. Psicología de las concepciones del mundo, Madrid, 1998
(5) Jaspers, K. Filosofía, Madrid, 1998
(6) Campos, D.A. Karl Jaspers: un héroe, Bogotá, 2008
(7) Campos, D.A. El pensamiento político de Karl Jaspers en la posmodernidad, Bogotá, 2008
(8) Jaspers, K. La bomba atómica y el futuro de la humanidad, Madrid, 1975
(9) Salazar, R. Filosofía contemporánea, Bogotá, 2013
(10) Heidegger, M. Serenidad, Buenos Aires, 1999
(11) Heidegger, M. Ser y Tiempo, Madrid, 2008
(12) Rosenthal, I. Diccionario de Filosofía, Bogotá, 1995
(13) Klimke, J. Historia de la Filosofía, Buenos Aires, 2004
(14) Heidegger, M. La cosa, Buenos Aires, 2004
(15) Runes, D. Nociones de Filosofía, Barcelona, 2011
(16) Jaspers, K. La Universidad alemana, Madrid, 2005
(17) Heidegger, M., Jaspers, K. Correspondencia, Madrid, 2007
(18) Idem
(19) Adams, J. The Nuremberg Trials, Nueva York, 2005
(20) Campos, D.A. Breve Historia de la Filosofía, Bogotá, 2012
(21) Camus, A. La peste, Bogotá, 2000
(22) Camus, A. El extranjero, Bogotá, 1997
(23) Camus, A. El mito de Sísifo, Buenos Aires, 1985
(24) Watson, P. Historia intelectual del siglo XX, Londres, 2008
(25) Campos, D.A. Los crímenes del comunismo, Bogotá, 2013
(26) Feinman, P. Lecciones de Filosofía, Buenos Aires, 2012
(27) Rosenthal, I. Diccionario de Filosofía, Bogotá, 1995
(28) Sartre, J.P. El existencialismo es un Humanismo, Bogotá, 2009

(29) Idem

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muchas gracias por este gran escrito. Me aclaró muchas dudas, y me enseñó muchas cosas.