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miércoles, 19 de noviembre de 2014

REFLEXIONES PERSONALES SOBRE LA FILOSOFÍA ACTUAL, por David Alberto Campos Vargas

La filosofía actual tiene un común denominador: su tremendo interés por el lenguaje.
Ahí, en ese punto de encuentro, se hermanan autores aparentemente disímiles como Ricoeur y Wittgenstein, Russell y Habermas. El lenguaje, al que siempre se le prestó atención en círculos literarios pero que necesitaba una completa revalorización en terrenos estrictamente filosóficos, tuvo al fin en el siglo XX su gran oportunidad.
En otros artículos he enfatizado la necesidad de evitar la frecuente idolatrización que se le hace a los autores y al pensamiento del siglo XIX en general (3), pues, como he mostrado en otros textos, con  dichos autores y corrientes venía todo el veneno (el antropocentrismo a ultranza, el materialismo, el ateísmo, el narcisismo patológico) que terminaría dañando a la Humanidad en ese sangriento y triste siglo que fue el siglo XX (4,5,6).
Es cierto que hay que reconocerles a ellos, en especial a los que yo llamo “sospechosos maestros” (haciendo algo de burla al típico apelativo de “maestros de la sospecha” con el que se les conoce), una tremenda capacidad de trabajo, un innegable talento literario y un excelente uso de la pluma (por algo fueron tan influyentes), pero ya es hora de que la Humanidad se vaya quitando la venda y vaya valorándolos en sus justas dimensiones.
El siglo XX, siglo de dolor, consternación y tragedias, fue producto de toda esa explosión (bastante teñida de fanatismo, y de improvisación, y en cambio muy carente de estructuración lógica y de estructuración argumentativa) intelectual vivida en el siglo XIX. Pero también, y eso es lo hermoso de la Historia, nos permitió vivir momentos fascinantes.
Entenderá el lector que quiero, en este ensayo, rescatar también los logros del hombre en el siglo XX. Así como hubo dictaduras y exterminio, también hubo desarrollos en terrenos como el derecho universal al sufragio, la valoración de la diferencia y el derecho a la divergencia, la superación del racismo (o, si el lector no quiere ser tan optimista, al menos del racismo a nivel formal, aparente y jurídico). Así como hubo bombas atómicas y V-2, también nos encontramos al hombre en la Luna. Así como hubo masacres y violencia, también hubo computadores, internet y una aceleración interesante en el proceso de globalización (7).
Y dentro de los grandes logros del siglo XX están, cómo no, los avances filosóficos. Es cierto que, desde cierta óptica, uno podría pensar que se amordazó a la Filosofía (8), que se le privó de sus grandes problemas (verbigracia qué es el bien y qué es el mal, quién es Dios y cómo definirlo, qué es estético y qué es antiestético, etcétera), que se le restringió a un pequeño círculo de acción (más cerrado aún que el que le había dejado Kant), que se le mutiló en aras de engrandecer a la ciencia. Pero también es cierto que, en ese mismo orden de ideas, se le dotó de unas herramientas que no sólo la robustecieron, sino que también le aseguraron una larga vida.
Así es. Con ese afán, no digamos meramente metodológico, sino existencial, estos héroes de la Filosofía quisieron devolverle los elementos de los que la habían despojado los diletantes del siglo XIX: su credibilidad, su rigurosidad, su armazón lógico-argumentativo, su cercanía con la ciencia.
Y digo héroes, porque salvaron a la Filosofìa de una muerte segura. Le dieron cuidados intensivos, después de los estragos provocados por sus antecesores directos (que tristemente se quedaron en su dimensión de movilizadores sociales, pero descuidaron el elemento lógico formal necesario para hacer filosofía y no simplemente deyecciones de doxa, tal vez por su misma condición de panfletistas y agitadores), y la libraron de un final trágico: el de verse relegada por científicos e intelectuales a un simple pasatiempo ocioso y amorfo.
Gracias a ellos, en especial a los representantes de la filosofía analítica, nuestra amada hija de Thales no se convirtió en simple rincón literario, y se aseguró un puesto entre las ciencias serias y no en el camposanto de los sinsentidos (vale decir, de las opiniones aventuradas, los absurdos y las ridiculeces).
¿Cabe decirle neo-escolasticismo a ese intento? Algunos historiadores sucumbieron a esa tentación. Yo no la comparto. Es cierto que los filósofos volvieron a escribir haciendo un esfuerzo argumentativo, basándose en razones y no en intuiciones (ni mucho menos ocurrencias, como sí lo hizo el logorreico y atolondrado Nietzsche), haciendo un esfuerzo concienzudo por llegar a la verdad usando la lógica. Claro, desde ese punto de vista, sería algo sandio el no recordar a Aristóteles o a santo Tomás de Aquino. Pero también es cierto que, a diferencia de los escolásticos, estos heroicos filósofos no se preocuparon mucho de Dios, ni le dieron un estatus privilegiado a la Teología o a los grandes (y tradicionales) problemas teológicos, ni le concedieron a la fe o a la revelación validez alguna. Muchos, además, eran unos ateos convencidos. Todos, en cambio, muy respetuosos de la ciencia y sus reglas. Por eso creo que el término “neoescolástico” es desafortunado, incluso para los escasos creyentes de la filosofía del siglo XX como Maritain.
Tampoco me deja contento el término “actual”. ¿Por qué? Porque en menos de un siglo quedará desfasado. Además, siempre me ha inquietado la pregunta: ¿qué es lo actual? ¿Lo que está sucediendo, lo que sucedió hace 20 años? ¿Son actuales filósofos ya fallecidos hace más de cinco décadas? Creo que lo más adecuado es llamarlos filósofos de la posmodernidad. Claro, podrá pensar el lector que así como los términos “actual” o “contemporáneo” son bastante ambiguos, también lo son conceptos como “moderno” o “posmoderno”. Pero permítame decirle que, así como pueden perder significación en cuanto a lo cronológico (es posible que en 20 siglos, si no se ha extinto ya, la Humanidad vea al Medioevo ya dentro de la Edad Antigua, y así con las otras épocas de la Filosofía), conservan aún significación en cuanto a los criterios epistemológicos y la cosmovisión implícita en ellos.
Estos filósofos posmodernos tienen en común, como ya he mencionado, su interés por el lenguaje. Un lenguaje que algunos ven como un escenario en el cual se posibilita la representación del mundo (Wittgenstein, Husserl); que otros perciben como una variedad casi infinita, metafórica, de distintas acepciones (Ricoeur, Derrida); que otros aprovechan como un motor social formidable, hecho para la comunicación y la acción (Escuela de Frankfurt); un lenguaje al que piden también veracidad, precisión y claridad (Russell, Whitehead) para que sirva realmente, de manera genuina, a la hora de intentar entender al mundo, y a nosotros mismos.
Los diferencian, por supuesto, los derroteros que cada una de las escuelas toma en aras de un mayor énfasis en lo epistemológico visto desde el binomio sujeto-objeto (como Husserl y los fenomenólogos, para quienes es clave el sujeto que vivencia, es decir, lo experiencial), o de un mayor compromiso político (como Adorno y sus discípulos), o de una comprensión lógico-matemática de la vida (como sucede con los filósofos analíticos) claramente distinta de la versatilidad, pluralidad y totipotencialidad casi poética de los hermenéuticos.
¿Qué he aprendido de estos filósofos posmodernos? Enormidad. Sin duda, hay mucho qué leer y mucho qué aprender de ellos. Ya había tenido una especial cercanía con Jaspers, pero Husserl y los otros fenomenólogos me parecen fascinantes en tanto que replantean el viejo problema cartesiano y se interesan por cómo conocemos ese mundo de las cosas, de “lo dado” (o “mundo de la vida”, como lo llamaba magistralmente el padre de la Fenomenología). Más allá de si existe o no una conciencia o una genuina intencionalidad (cosa que aún es objeto de estudio de la medicina, especialmente de la neurofisiología), al menos sí tenemos claro que conocemos un mundo que se nos presenta, querámoslo o no. De los hermenéuticos me parece fascinante, en mi calidad de escritor, algo que ya había abordado a propósito de la polisemia y sus posibilidades (9). Y como médico psiquiatra, me alertan sobre la enorme posibilidad de trabajo con una herramienta tan flexible, plural y vasta como el lenguaje (y también sobre el enorme riesgo de fallas en la comunicación, imprecisiones y malentendidos: lo que hay que evitar, justamente, situándose en el contexto de nuestro interlocutor, sea el paciente o su familia, y captando sus propios códigos y pre-saberes). De la Filosofía Analítica creo que es formidable su intención de lograr una filosofía sistemática, precisa y estructurada, sólida, fuerte, lista para hacerle frente a los desafíos de esta época dominada por la ciencia (cosa que, lastimosamente en mi concepto, no ha podido lograr aún la Teología, en buena medida por la mediocridad de muchos teólogos, que se toman muy a pecho aquello de “creer para conocer” y ponen excesivo énfasis en la fe, descuidando el siempre necesario riguroso raciocinio). Y por este solo hecho, como filósofo, le estaré eternamente agradecido (¿quién no honra al que prolonga la vida de su amada?).
Para finalizar, creo que conocer más de la Escuela de Frankfurt, todavía activa y fecunda especialmente gracias a Jürgen Habermas, nos permitirá a todos los colombianos un horizonte amplio a la hora de entender al hombre en su pluralidad, y nos enseñará verdaderos caminos de tolerancia y respeto a la diferencia, tan necesarios para cimentar el país que deseamos.

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)

REFERENCIAS 


(1)  Coppleston, F. Historia de la Filosofía, Madrid, 1990
(2) Serrano, J.A. Filosofía actual: en perspectiva latinoamericana
(3) Campos, D.A. El nacimiento de la tragedia, o cinco ensayos sobre la filosofía del siglo XIX, inédito.
(4) Campos, D.A. Los crímenes del comunismo, Bogotá, 2013
 (5) Campos, D.A. Nuevo Milenio es Neoposmodernidad, Bogotá, 2013
  (6) Campos, D.A. Psicopatología en los orígenes del nacionalsocialismo, Bogotá, 2013
(7) Watson, P. Historia intelectual del siglo XX, Nueva York, 2008
(8) Campos, L.F. Filosofía del siglo XX, Bogotá, 2014
(9) Campos, D.A. Sobre el giro lingüístico y sus posibilidades, Bogotà, 2012