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jueves, 13 de noviembre de 2014

COLOMBIA 2014-2018: UN GRAN DESAFÍO, por David Alberto Campos Vargas

No es casualidad que doscientos años después de su nacimiento como República se encuentre Colombia en la misma encrucijada. A ello han contribuido sus mismas instituciones estatales (en general lentas, altamente burocratizadas, inútiles, en las que la toma de decisiones, la eficiencia y el liderazgo son nulos a consecuencia de un aturdimiento de masa y un modus operandi en el que prima que cada funcionario público haga su menor esfuerzo en cada una de sus intervenciones, en vez de afanarse por resolver los problemas o dar respuestas adecuadas a las necesidades de los ciudadanos), el debilitamiento moral de sus habitantes (producido sobretodo por el demoledor ataque que han sufrido la familia y el matrimonio, y ahondado por la cultura mafiosa para la que “todo tiene su precio” y no existen ni el respeto a la ley ni el sentido de corresponsabilidad social), la corrupción de sus élites de gobierno (sí, élites, pues no creo que esto sea ni de lejos una democracia participativa, como ingenuamente creen algunos, sino una mera pseudodemocracia representativa, en la que a lo largo de décadas las mismas familias que detentan el poder económico y político se hacen reelegir, indefinidamente, manipulando una enorme masa de tarados que ni se percata de cómo se reiteran los mismos apellidos y linajes en los altos cargos) y la pobre cohesión social de sus integrantes.
La Nueva Patria Boba del siglo XXI es un país profundamente dividido, con bandos lo suficientemente ideologizados como para caer fácilmente en discursos de descalificación del otro (es decir, bandos fanatizados y bestializados, eventualmente feroces, manipulables y volubles), en el que las costumbres mafiosas (el padrinazgo y no el mérito, la sistemática costumbre de eludir normas y responsabilidades, el nulo compromiso con el desarrollo social, la ley del más fuerte, la violencia “legitimizada” por imaginarios sociales en los que el dinero es el principal marco regulador de las relaciones humanas) y la desorganización, además de otras taras típicas de los Estados latinoamericanos (fallas en la planeación, racismo –con sus consecuentes fallas en la integración social-, clasismo, esnobismo, pobre sentido de cooperación nacional, pobre espíritu corporativo, analfabetismo –tanto estructural como funcional-, inequidad, ignorancia generalizada, tendencia a la histeria de masas –que favorece todo tipo de demagogias y tradiciones circenses y politiqueras-, mucha pasión y poco raciocinio, etcétera), han configurado un engendro tan complicado que el intentar políticas de bienestar sólidas, exitosas y duraderas se convierte en todo un reto.
Ahora bien, el hecho de que constituir un Estado de bienestar en Colombia (en la que tenemos un Estado elitista, burocrático y leguleyo, harto ineficiente, sumamente corrupto) sea todo un desafío, no debe dejarnos anonadados e impotentes. No podemos quedarnos cruzados de brazos ni a la expectativa (es decir, asumiendo ese rol pasivo que hemos asumido tradicionalmente los colombianos, y que nos ha resultado tan costoso), sino participar, en la medida de lo posible, para transformar de tal modo las prácticas y costumbres (tanto nacionales como estatales) que podamos legar a las futuras generaciones un país mejor.
Creo que es posible un Estado de bienestar colombiano. Y no sólo es posible, sino que es mandatorio. De lo contrario, Colombia puede verse abocada a una crisis social gravísima en tres o cuatro décadas, en la que se de una auténtica y feroz guerra civil en la que todo el resentimiento, la ignorancia y la desesperación de las clases subordinadas chocará de manera brutal con un aparato de Estado represivo, manipulado por la oligarquía dominante, y lo que hasta el día de hoy sólo fue terrorismo vía guerra de guerrillas (con su equivalente en espejo: el paramilitarismo, y su contrapeso “institucional”: el terrorismo de Estado ), en ese momento histórico puede ser un verdadero pandemónium en el que cada quien intentará apabullar por completo a su contrincante. Cabe la posibilidad, inclusive, de una separación territorial (no precisamente una balcanización, sino una partición).
Están llamados entonces, todos los colombianos de bien (ese montón de colombianos decentes, éticos, conscientes de su responsabilidad en el proyecto de transformación nacional), a participar en la construcción del Estado de bienestar colombiano, para que desde todos los flancos colaboren y eviten ese funesto desenlace. 
Buena parte de lo que será del país en las décadas de 2020 y 2030, se configurará en estos años decisivos. El Programa de Gobierno 2014-2018 de Juan Manuel Santos (1,2) contempla, entre otras cosas: a) reivindicar los derechos de los pacientes en el sistema de salud; b) generar pleno empleo para todos los colombianos; c) generar riqueza y productividad en el campo; d) proteger el medio ambiente; e) garantizar un sistema solidario e incluyente en educación; f) garantizar a todos los colombianos una vivienda digna y g) hacer de Colombia un país “sin miedo, sin guerra y con paz”(3). 
Lo anterior suena muy bonito y esperanzador, pero me cuesta creer que esté exento de objetivos electoreros. Como he señalado en otros escritos (4,5) la psicopatía de Santos, su tendencia compulsiva a la mentira, su habilidad para mimetizarse de manera oportunista y decir un día una cosa y al día siguiente lo contrario si con ello sube en las encuestas, su capacidad para manipular a un pueblo más bien tonto, que anda más preocupado por la farándula y el fútbol que por su propio destino (cosa que no es patrimonio santista, sino de todos los políticos tradicionales en Colombia y Latinoamérica), me inspiran desconfianza. Puede que ese hermoso programa, que en su momento le permitió vencer a Oscar Iván Zuluaga, no sea llevado nunca a la práctica.
El asegurar que se les cumplan los derechos a los pacientes implicaría una reforma profunda al sistema de salud colombiano. Tendría que dejar de tener como protagonistas a las entidades intermediarias (y pasar de un modelo de salud-enfermedad, en el que no existe prevención primaria, a un modelo de prevención y promoción de la salud más cercano al canadiense); tendría que aumentar los estándares de calidad (y no quedarse en la cantidad, en lo burdo de la cobertura “universal” a secas, con todos los colombianos cubiertos pero sometidos a servicios de salud deficientes o demorados); tendría que exigir más preparación al personal sanitario (y promocionarles estudios gratuitos, en universidades públicas nacionales e internacionales, tanto a nivel de formación en pregrado como a nivel de especialización, maestría y doctorado); tendría que valorar más al personal de salud (con horarios de trabajo dignos, salarios adecuados, protección de la integridad física y la seguridad), y está claro que no piensa hacerlo, a juzgar por las desatinadas declaraciones tanto de él como de su ministro de Salud y Protección Social (nombre ampulosísimo para la pírrica función que realmente cumple). Ellos son burócratas formados como administradores, que se guían por cánones económicos (costo-eficiencia, productividad, etcétera) y no por ideales humanistas. No les interesa el dar un servicio ágil y de calidad a los pacientes, porque eso les representa un “costo” que no están dispuestos a asumir. Tampoco  un trato digno a médicos, camilleros, enfermeros y bacteriólogos, porque eso también les representaría “perder” varios millones (que, entonces, no podrían robar ni usar para comprar votos, conciencias o jueces…práctica extendida, repito, por toda Latinoamérica, y acaso por todo el mundo subdesarrollado). No les interesa un sistema centrado en la persona, ni en el desarrollo global (6,7).
El “pleno empleo” es ya una mentira, de entrada. Ningún sistema económico ha podido garantizar eso. Siempre habrá desempleados, porque en la naturaleza humana la injusticia, la jerarquía y la opresión parecen ser inevitables (8) y por ende siempre habrá quienes quieran acapararlo todo, así queden otros seres humanos desamparados o con hambre (9). Eso es la realidad horrenda, el llamado “darwinismo social” que ha intentado desentrañar la sociobiología desde sus orígenes. Esa es la condición humana por la que yo mismo he sentido tanto asco a veces, condición tan soberbia que hasta le apuesta al antropocentrismo y a la antropoidolatría (10,11). Y para complejizar más el asunto, siempre habrá personas que se sienten a gusto “afuera del sistema”, así tengan la preparación o la capacidad para emplearse.
Pasemos al campo. Santos sabía que buena parte de los votos contrarios a él (muchos de los cuales fueron a parar al uribismo) eran de campesinos hastiados de las presiones (económicas, físicas y hasta psíquicas, si tenemos en cuenta los cuadros de estrés postraumático y de ansiedad generalizada que generan los actos terroristas) cometidas por grupos subversivos contra ellos. Así que, como todos los candidatos a la presidencia desde 1930, llenó también su discurso de promesas para ellos. Fíjese el lector en lo que señalo: desde 1930 se les ha prometido a los campesinos, y sólo se les ha cumplido, y eso que parcialmente, bajo el gobierno de Lleras Restrepo (12). ¿Será uno tan ingenuo como para creer que un pituco urbano en el cabal sentido de la palabra, se interesa realmente en el campesino sufriente y relegado?
La protección del medio ambiente es otro cliché de la neoposmodernidad. Se lo he escuchado (¡así son de mentirosos!) hasta a industriales aspirando a ser senadores. En realidad, uno sólo puede tratar bien al planeta cuando de manera coherente y genuina se quiere proteger la Naturaleza. No lo hace Santos, que a cambio de dineros mal habidos ha dado zonas de alto valor ecológico a empresas petroleras y mineras. Cada día se constatan a diario enfermedades y dolencias derivadas de la contaminación de las aguas y de la deforestación. Pero el mismo presidente que dice querer proteger el ambiente afirma también a sus amigos industriales que les dará todas las garantías para la explotación (muchas veces no racional, y no sustentable) de los recursos naturales. Así que tampoco le creo esa.
Un sistema solidario e incluyente en educación no es posible sino haciéndola: gratuita, de alta calidad, y universal. La educación en Colombia no cumple esos criterios. Es más, la oligarquía que ha detentado el poder desde la Patria Boba, y que sigue haciendo de este valle de lágrimas una patria estultísima, no está interesada en educar a su pueblo. Sabe que un pueblo ignorante es más manipulable, más manejable con “pan y circo”. A esa oligarquía pertenece Santos. Y escuchando a su “estelar” ministra de Educación, se da uno cuenta que el gobierno le lame las suelas al Banco Mundial y desea sólo producir técnicos, obreros baratos, mano de obra dócil y cándida para las poderosas multinacionales. No le apuesta a la educación universitaria, ni mucho menos a las Humanidades. Quiere técnicos. Pero no técnicos con preocupaciones gremiales (a ésos los hace desaparecer, endilgándoles el rótulo de terroristas), sino técnicos zonzos y sumisos. De modo que…tampoco le creo.
¿Vivienda digna, en un país en el que el metro cuadrado es tan costoso como en los Estados Unidos? Da algo de rabia tanto cinismo. ¿Vivienda digna, cuando los salarios no le alcanzan a las familias ni para alimentarse bien un mes entero? Y si por vivienda digna el presidente Santos entiende sus casitas, lo reto a que se pase a vivir, con su “imperial” familia, a una de ellas.
Por último, es también una promesa incumplible aquello de un país “sin miedo, sin guerra y con paz” (13). El firmar (si es que se firma) un acuerdo de paz con un grupo terrorista no significa que se dé la paz para el país. De hecho, la mayoría de los homicidios que ocurren en Colombia se deben a la delincuencia común y no a la guerrilla (14). En ese orden de ideas, también es erróneo hablar de “posconflicto”. Conflicto seguirá habiendo, mientras seamos seres humanos. Nuestras pulsiones, nuestro tánatos (15) así lo determinan. Las condiciones estructurales de al sociedad colombiana no permiten una paz duradera, sino una tregua.Y no hay ninguna garantía de que esa tregua sea respetada por los firmantes, en un país en el que por nefasta tradición la ley queda confinada en unos códigos pero no se aplica en la cotidianidad.
El lector inteligente habrá notado que todas las promesas del santismo (salud y educación universal adecuadas, pleno empleo, protección del medio ambiente, solidaridad e inclusión, vivienda digna y paz) parecen tomadas de una cartilla sobre Estados de bienestar social. De hecho, buena parte de esa verborrea ya está en el libro de Tony Blair (16) que muchos creen que es de Santos (desconociendo que su cerebro no da para tanto, y que quien es así de torpe para hablar lo es mucho más para escribir). ¿Habrán caído muchos en la trampa? Seguro. ¿Se cumplirán esas promesas? En modo alguno. Pero repito: no es algo exclusivo de Santo. Siempre pasa. Ahora bien: el hecho de que no las vayan a cumplir, no quiere decir que no sean promesas valiosas. El reto está ahí, para todos los que deseen meterle el hombro al país. Si los colombianos decentes (que los he conocido muchos, y no sólo en ambientes universitarios o intelectuales) se unen, dejan de depender del gobierno y le apuestan a hacer el cambio en sus propios entornos y contextos, el cumplimiento de dichas promesas podrá ser una realidad. Porque todos estamos llamados a hacer la transformación que queremos ver en la realidad concreta.


REFERENCIAS

(1) Santos, J.M., y Vargas, G. Discurso de lanzamiento de programa de gobierno 2014-2018, Bogotá, 2014
(2) Varios autores. Santos Presidente: Progr9ama de Gobierno 2014-2018, Bogotá, 2014
(3) Santos, J.M., y Vargas, G. Discurso de lanzamiento de programa de gobierno 2014-2018, Bogotá, 2014
(4) Campos, D.A. Vidas paralelas: Mocks versus Santos, Bogotá, 2010
(5) Campos, D.A. ¿Merece Santos una reelección?, Pensamiento y Literatura, Mayo de 2014
(6) Campos, D.A. Reflexiones sobre la nueva ley de Salud Mental en Colombia, Revista Colombiana de Psiquiatría, Mayo de 2013
(7) Campos, D.A. Aventuras y desventuras de la Salud Mental en Colombia, 2009
(8) Kaplan, H. Comprehensive Textbook of Psychiatry, Baltimore, 1994
(9) Buss, D. Psicología Evolucionista, New York, 2010
(10) Campos, D.A. Conversaciones con Tommy. Inédito
(11) Campos, D.A. María, la grandeza de obedecer a Dios, Armenia, 2014
(12) Uprimmy, L. Historia de las Reformas Agrarias, Bogotá, 1986
(13) Santos, J.M., y Vargas, G. Discurso de lanzamiento de programa de gobierno 2014-2018, Bogotá, 2014
(14) Meek, E. Comunicación personal
(15) Freud, S. Obras completas, Madrid, 2000
(16) Blair, T. La tercera vía, Londres, 1998

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)