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jueves, 9 de octubre de 2014

MARÍA: LA GRANDEZA DE OBEDECER A DIOS, por David Alberto Campos

I

Vivimos tiempos de egolatría. Tiempos de narcisismo patológico. Tiempos de afán desmedido por el lucro, la fama y la belleza aparente (la corporal). Tiempos sazonados de malsano individualismo, de preocupante ausencia de solidaridad. Tiempos de pequeñez moral. De estrechez psíquica y pobrísimas motivaciones. 

En consecuencia, un ejemplo tan grande como el de la Virgen María suscita controversia y franca hostilidad, sobretodo en los corazones más estrechos. Una declaración tan hermosa, tan sublime, como He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra es incomprendida, atacada y ridiculizada por sujetos pérfidos e ignorantes.

Esa declaración entraña una sabiduría enorme: adecuándose a Dios (a la totalidad de la existencia), se logra conocerlo. Aceptando todos Sus designios, se logra entenderlo (aunque sea parcialmente, dentro de las limitaciones propias de la episteme humana). Haciéndose su esclavo (y su perfecto esclavo: dejándolo ser Dios, obedeciéndolo sin temores, sin cláusulas, sin prevenciones, plenamente), se logra la libertad completa.

María lo logró. Aceptó y ganó la gloria. Haciéndose esclava de Dios se hizo la más libre entre las criaturas humanas, porque el servicio a Dios no se parece nada a la esclavitud humana (que envilece, denigra, explota) sino que libera y amplía los horizontes y las mejores posibilidades de la especie.

II   

Obviamente, para estos tiempos de tanto egoísmo es inaceptable la existencia de Dios. El hombre del siglo XXI, inflado de arrogancia, se cree en la cúspide del Universo y se corona a sí mismo “amo y señor” de todo lo existente.
Este ateísmo antropocéntrico y antropoidólatra, que ha ido ganando enorme fuerza desde el siglo XIX, se convierte ahora en la peor amenaza para el hombre: le hace creer que no tiene límites, que puede hacer con el resto de seres lo que le plazca. Por eso, en el clímax de su soberbia, va corriendo una loca carrera hacia la autodestrucción.

El antídoto nos lo ofrece María. Nadie como ella a la hora de acatar los designios de Dios. Obviamente, al mencionarla a Ella levantan la ceja algunos. “¿María?”, preguntan con sorna. Porque a ellos no les cabe María en la cerrada cabecita. Ella es demasiado grande y demasiado humilde para ellos. Ellos son pequeñez y arrogancia. Ellos son la triste evidencia de la soberbia de un siglo XXI manchado de ateísmo hecho antropocentrismo y antropoidolatría.

Ellos no comprenden a María. Y, en consecuencia, distorsionan esas palabras tan sabias y prudentes del Fiat. Vale la pena meditarlas. He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra. Palabras de santidad infinita, que engloban la aceptación de todo lo que Dios disponga. Palabras de generosidad infinita, pues implican la inauguración de la era mesiánica: con ellas la Virgen aceptó su misión (permitir a Dios hacerse hombre, para redimir a una humanidad tan pecadora). Pero para los arrogantes, dicha aceptación que nace de la humildad es intolerable.

III

Ser “esclavo” de Dios como la Virgen María es algo censurable, mal visto en esta época. Insisto: tiempos de egolatría. ¿Cómo ha de extrañarnos, si buena parte de la gente no está dispuesta ni a reconocer a Dios (y mucho menos a aceptar sus designios)?

Lo patético es que quienes se niegan a ser esclavos de Dios se pierden de la total liberación. Y, paradójicamente, se hacen esclavos de miles de necedades.

Podemos constatarlo, a diario: abundan los esclavos de una dieta, de un trabajo, de un partido, de un club, de una ideología, de un modelo de belleza, de una adicción, etcétera. Esclavos tristes, sufrientes, confundidos, menesterosísimos. Esclavos que andan mendigando aprobación. ¡Pobres! Si comprendieran a María, entenderían que al ser esclavos del Señor dejarían de ser esclavos de tantas bobadas. Si siguieran a María, estarían libres de tantas cosas que esclavizan a diario. Pero la egolatría los ciega, y por eso continúan adheridos a sus cadenas. Prefieren darle la espalda al Señor, el Libertador de Libertadores.   

IV

En estos tristes tiempos, el hombre se conduce como un predador apocalíptico. Saquea y contamina todo lo que encuentra a su paso (y lo más horrendo es que se cree con derecho a hacerlo), poniendo en jaque al resto de habitantes del planeta.

Pero parece no importarle. Porque destila soberbia. No le importan los otros, así sean sus hijos o los hijos de sus hijos. Ahí va, en una loca carrera hacia la muerte, consumiendo (exprimiendo, agotando, expoliando) y haciendo dinero. Y claro, sin Dios ni ley, porque al narcisismo patológico no le importan ni Dios ni las leyes.

¿Cómo se explica lo anterior? Es lógico: si el narciso anda por el mundo creyéndose lo máximo, por supuesto que le queda difícil aceptar la existencia de un ser mejor. Ni hablar de un ser perfecto. Por eso le parece dolorosísima, aborrecible, a veces hasta impensable la existencia de Dios. El narciso, inflado de arrogancia, no concibe la existencia de un ser superior a él. Y en cuanto a las leyes, como el tonto se cree superior a ellas (o se considera con derecho a revocarlas o violarlas, porque en su psiquismo es el de un niñito consentido que se cree rey del mundo), actúa sin tenerlas en cuenta.

Siendo ésta la situación, ¿cómo va a extrañarnos que a un narciso le cueste tanto trabajo siquiera el contemplar ser un esclavo de Dios? Y en ese orden de ideas, ¿cómo va a extrañarnos que a un narciso le parezca censurable una actitud mariana como es la de postrarse ante Dios y ofrecerse a Él?
Y, obviamente, ¿cómo va a extrañarnos que esta época de culto a sí mismo, este siglo permeado de narcisismo enfermo, ataque a María por ser justamente la discípula perfecta, la más obediente entre los más obedientes? 

Por eso en el siglo XXI, heredero de los dos siglos anteriores en cuanto al antropocentrismo, y exponente máximo de la antropoidolatría, asistimos a la debacle ecológica inminente. Y, también, al ataque más fiero a la figura de la Virgen y al propio arquetipo mariano.

V

Y es que alejado de Dios, el hombre se comporta de modo deplorable. Ejerce una dictadura sobre las otras formas de vida. Maltrata ecosistemas. Daña. Corrompe. Aniquila. Se olvida que su función es la de preservar la obra de la Causa Primera, del Punto Inicial de la Historia del Universo, del Sumo Bien: el Señor.

En cambio, cuando tiende a Dios el hombre se supera a sí mismo, se dirige a lo bello, se hace mejor persona. Se comporta adecuadamente: considerado, amoroso con los miembros de su especie y con los de otras, con otros ecosistemas, con el cosmos. Protege. Conserva. Le apuesta a la Vida. Siente cariño por la obra de Dios, el origen del Universo. Y la respeta y trata con cariño.

Cerca de Dios, el hombre se eleva, se supera a sí mismo, aparta de sí la nefasta influencia del Maligno (cuyo gravísimo error fue haberse alejado de su Señor…y cuyo pírrico consuelo, después de su caída, humillación y derrota, es tratar de alejar a otros seres de Dios).

¿Y quién, entre todas las criaturas, se ha acercado a Dios con mayor precisión, entrega y confianza? Pues María. Imitemos entonces a María, la llena de gracia. La que supo, más que nadie, obedecer a Dios.

VI

Confianza plena en el Señor. Entrega plena al Señor. Servicio pleno al Señor, en el Señor, con el Señor. Eso fue la Santísima Virgen.

Servicio al Señor: una vida devota, dedicada, consagrada exclusivamente al Dios único y verdadero.

Servicio en el Señor: toda una existencia de testimonio, dando muestra de la verdadera coherencia entre la teoría y la práctica, entre el decir y el hacer. Un recorrido en el que se reflejó pulcramente, nítidamente, el ser de Dios (el Amor).

Servicio con el Señor: un constante caminar a Su lado (¡nada menos que haberlo llevado en su vientre, que haberlo cuidado en la infancia, que haberlo seguido en su adultez, que haberlo acompañado en su pasión y en su resurrección!).

Y volvemos a donde partimos: ser esclavos del Señor es aceptarlo todo de Él, ponernos a Su servicio, entregar nuestras vidas a Él. Sólo así tenemos vida eterna. Como María, la siempre pura, la siempre sublime, la única que ha llegado ipso facto, sin haber experimentado la putrefacción y la caducidad de la muerte, al Reino de los Cielos.

VII

Sí. La asunción de María es un misterio esperanzador. Una ventana hacia la totalidad de la Vida misma: Dios. Y he aquí una bella realidad: sólo a través de un completo anonadarse ante la grandeza del Señor, se obtiene el premio máximo.

Por eso la esclava del Señor fue la más privilegiada de las criaturas. Por su pureza y apertura a Dios tuvo el gran honor de recibirlo en su seno, de verlo nacer como encarnación humana, de seguir aprendiendo de él a medida que crecía, de acompañarlo en su pasión y en su resurrección. Siempre, junto a Él.

Hay que meditarlo, lentamente. La actitud mariana es la auténtica liberación femenina, la auténtica liberación masculina, la auténtica liberación humana. Es hacerse libre, completamente libre, al rechazar la esclavitud de las cosas humanas y materiales y entregarse de lleno al servicio de Dios.
Sí, esclava, pero de Dios. No de las tonterías de este mundo. Al ser esclava del Señor, se hizo libre en el Señor. Pidámosle a Dios compartir ese privilegio.

VIII

Tenemos entonces la encrucijada: o se opta por lo perecedero (por el mundo de lo visible y corruptible, por la materia que tiende a al caducidad y la entropía), o se opta por lo imperecedero (lo eterno, lo perdurable, lo infinito). O se opta por alejarse de Dios, y por inflarse de arrogancia y vivir como si Él no existiese, o se opta por acercarse a Dios y reconocer Su poder y Su belleza.

Si tomamos el primer camino, que no nos extrañe vernos de frente con la muerte, con la obsolescencia. Si tomamos ese camino de fatalidad, que no nos sorprenda estar repitiendo sandeces como que Dios ha muerto, como que Dios no existe o como que Dios es un producto de la mente humana. Y, en consecuencia, que no nos sorprenda el terminar siendo víctimas del propio pantano del mundo material y de sus cadenas.

Los que le apuestan todo al mundo material, terminan identificándose con él. Y el mundo material es finito, susceptible de falla y defecto, obsolescente, enfermable, corruptible, perecedero. 

Por el contrario, quienes reconocen la realidad del mundo suprasensible tienen vida eterna. Y no es casualidad que hasta sus vidas terrenas estén llenas de momentos de dicha, de salud, de entusiasta apostolado, de alegría vigorosa en el Señor. Y si son de los pocos que perseveran en una vida pulcra, de amor y entrega totales a Dios, logran el premio máximo: una vida eterna junto a Él.

IX

He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí, según tu palabra. Gran inteligencia. ¿Cuántas veces hemos dejado que Dios haga en nosotros? ¿Le hemos permitido actuar?

María permitió actuar al Señor, y se encontró con los mayores honores: portar a Dios mismo, verlo nacer, cuidarlo, escucharlo, aprender de Él, acompañarlo, verlo resucitado, verlo ascendido, divulgar Su palabra, reencontrarse con Él en Su Reino.

Nosotros saldríamos muy beneficiados de ser tan obedientes como María. Pero ello implica ser humildes. Por eso nos cuesta tanto. ¡Tenemos tanta basura en nuestras mentes, tantos prejuicios, tantos memes y arquetipos tan humanos, tan terrenos, tan limitados!

Y cuesta más aún en esta época, en la que muchos han hecho de sí mismos sus propios ídolos. Época de culto a la belleza corporal, de narcisismo enfermo, de egoísmo y desconsideración del otro. ¡Obvio! Si abundan los que no se conmueven con la necesidad del prójimo, ni con la Naturaleza, ¿cómo va a extrañarnos que vociferen, a pleno pulmón, que no están dispuestos a ser esclavos del Señor? Y en consecuencia, ¿cómo va a extrañarnos que se molesten ante la imagen de la Virgen María, si ellos son su anti-testimonio?

X

Aprendamos de María, y en humilde y permanente contacto con Dios, el Supremo Bien, tratemos de ser tan buenos como ella. Tan generosos. Tan abiertos a las misiones que el Señor nos encomiende.

Esclavos del Señor. Entregados a Él. Sin rastro de soberbia. Obedientes. Y, gracias a ello, receptores de Sus infinitos dones. ¿Somos esclavos del Señor?. ¿Hemos tratado, al menos un día en nuestras vidas?

Busquémoslo a Él. Vivámoslo a Él. Permitámosle a Él que nos guíe, sin soberbia.


Anhelemos ser esclavos del Señor, como María. Ellos son tan buenos que nos liberarán de todas las demás esclavitudes humanas, nos abrazarán amorosamente, nos llevarán por sendas de infinita felicidad. 

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)