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domingo, 21 de septiembre de 2014

Sol menor, por Luis Fernando Campos

Las arenas son el tiempo y mis manos se escurren al palparlas, al ver los relojes muertos de los cuervos, las prohibiciones de mi mente escurridiza. Al principio tildaba estas, mis ideas, como irreales y paranoides, vil resistencia inconsciente, pero nunca he tenido buena suerte, cada vez peor desde el día que liberé mis instintos contra ese. inconcebible, indescifrable, único y abstracto, criptomnesias vagas y sin embargo no los he querido para nada, infames escorias, todavía me veo con cinco años y matando hormigas con verdes hojas sobre espaldas de hierro. Provocábales yo mismo y con fruición una operación sangrienta a cada una de sus patitas, arrojábales escupitazos para luego cercenarlas con la punta del dedo del meñique izquierdo. ¡Con cuánto asco veía yo a las aves sumergirse en aquel su telón supraterreno recorriendo los pueblos y buscando carne para comer o reproducirse! Mas las razones de este aborrecimiento eran de corte existencial, indicábame yo mismo y con claridad qué límite no debía sobrepasar jamás si no quería verme en el futuro atado a mis pasiones, entregándome a ellas para curtir mi alma, sin otro pasatiempo que la vida en aras de la muerte, pues pensar en sobrevivir es abrir la puerta del infierno gótico donde se reparten las góndolas nocturnas pedazos de cartílagos, tendones, huesos sorbidos del ébola y la tisis, es abrir los ojos para cerrarlos, pensar en el obelisco infragmentable -pares de ojivas como el Ichtis derrumbándose-, es aplazar una condena que está escrita con sangre en nuestro destino, catalizar lo pútrido en el cristal insondable que aún retumba en los oídos del muerto, los ojos del ansioso y los pies del inválido, sacrificar el cuerpo por su excremento, valorar la piel por sus órganos y preferir la carne por sobre su alma. Pero insisto, sólo por eso me repugnaban tanto los animales, su esforzado trabajo inútil eran para mí una antiapología poética: nunca un sentimiento de rencor como el que me invade ahora en las noches de insomnio ausentes de estrellas y ausentes también del resplandor divino que ilumina las llanuras de mi corazón, porque es ahora y no antes cuando comienza a hervir la sangre entre mi pecho minutos antes de la medianoche, las manos se hinchan de arterias venosas y venas moradas de arterias de colores azulosos donde conviven ligamentos fracturables arropando débiles huesecillos -se rinden pero persisten antes de rendirse- y entonces la imagen del lobo, del sapo destripado, de las gotitas espesas cayendo por la fría pared de mi cuarto antes de dormir arrullándome, porque eso es cierto y nunca cambia desde que mataba hormigas, cuando mis padres antes de ser fríos como la llave del lavamanos todas las noches la fría pared de mi cuarto me arrulla y me arrullaba, y concilio el sueño por unas horas, no más que unas cuantas horas, nunca más de seis, apenas tres para mantenerme vivo y pensar correctamente, para no sentir que las ideas se enlazan fantasiosamente unas con otras y poder mirar al vacío y pensar en Dios (pensar en Dios y sentir un vacío) para vivir en la muerte un preludio mozartiano y para mi subrepticia condena. Claro que esas son las horas que mejor paso, en las que con unas reminiscencias de música insondable siento la ansiedad del que no vive, la ansiedad de aquel que nace y muere en el plexo solar de la Tierra y que me conmueve cada vez que pienso que quizá ando en un tren donde ya han muerto todos y viajan en el tiempo contemplando el pasado de tragedias y de amargas comedias donde yo soy el único vivo, el único que espera a que caiga el telón del teatro para que mi cráneo ruede con su estela de bilis blasfema sobre los no existentes y lejanos espectadores. Todas las noches la pared fría de mi cuarto me arrulla junto con los violines lejanos de voces sordas y cerebros distintos maquinando igual que el mío, a veces hasta más fuerte que el mío, y entonces pienso que tal vez estoy en un tren lleno de gente muerta, esperando, hasta el fin de los tiempos, la próxima y última estación, nada importa si la muerte me acoge con sus fúnebres ramos y la carne me tienta con sus frescos racimos pues experimento la ansiedad que no es ansiedad y muero poco a poco viviendo con una pared fría, sueños interminables, porque si de algo está hecha mi vida es de sueños y de obsesiones inacabables, de pensamientos que giran inevitablemente en mi cabeza y están hechos de explosiones, comienzo a contar cuántos adverbios hay en cada frase, cuántos adjetivos,  improviso sonetos en un trance pre-REM viajando en el tren de muertos que espera llegar al fin a aquella parada en la que debo morir cruelmente, como siempre me lo han indicado las cartas del tarot, nunca me cambian, siempre salen invertidas como si no las hubiera barajado, el ermitaño arriba y el retorno abajo, la torre en el centro, el carro como yéndose a perseguir el sol en su nacimiento y el mago esperándolo en el poniente, y entonces estoy cada vez más seguro de que este tren no me lleva a otra parte que a mi destino y su repetición- apenas me asomaré por la puerta, le haré una señal al conductor para que espere, veré a través de los oxidados rieles y el polvo entrando a mis ojos para contemplar mi muerte en primera persona, para satisfacerme, para compartir ya no la sombra propia de los seres vivos sino con la de los pecadores que se redimen o que intentan hacerlo aunque no puedan, abrazar a mi compañero y preguntarle Hombre, cómo va la estadía en el infierno, y el otro Bastante bien, el problema es que aún no encuentro los baños, y yo le diré, Es cierto, es cierto, mi problema es que nunca puedo abandonar mi vida… , quizá lo mejor sea que la pared fría de mi cuarto me siga arrullando, y yo siga castigando animales en mi mente ¡no más que en mi mente! en mi mente y en la de nadie más, ya tengo dicho antes que sólo mi mente es la imprescindible, la que no se pierde nada de lo que pasa, la que siempre existió y nunca dejará de existir, la única de la que no me puedo alejar, eso es, dejar ya de pegarle a esos pobres animales, pues es eso lo que me tiene jodido, eso es lo que me tiene al borde del precipicio, de la muerte, del suicidio existencial, es eso lo que me tiene viendo las nubes toda la tarde, lo que hace que todo aquel que pase y mire hacia mí, confirme en unas pocas sentencias que estoy loco, que mi lugar no es este sino un frenocomio, pues cómo pude haber matado a ese perro, como pude haberlo atropellado tan despiadadamente sabiendo que se aproximaba con inocencia a lamer la puntita de la llanta delantera del carro, yo como queriendo retribuirle el beso desde mi aparato electrónico apreté el acelerador, levantándole la quijada e hiriéndolo de muerte, dejándolo botado en medio de la carretera, levantarme y decirle que no se preocupe, ya entrará en el tren del que seguramente acaba de haberse bajado, quijadas no hay sino una pero no hay nada que hacer, más bien hablemos de las cosas prácticas, Señor Lobo, Usted cómo la ha pasado en el infierno, ¿Acaso no me puede responder, “ahora sólo veo la luna y mi tremenda soledad, la ansiedad de quedarme sentado esperando en el trancón, de que no se acaben los momentos, de que de repente pare el tren y sea la última escena, de que me vuelva a subir ya sin sombra y de que la pared de mi cuarto no pueda seguir arrullándome cada noche”? En verdad, al sentir al tiempo transcurrir entre mis recuerdos, ya no le encuentro orden a mis pensamientos ni cuatro patas al gato, ya no encuentro paz y tengo un demonio adentro, lleno de obsesiones, de sueños eternos y de oportunidades malgastadas.

Ahora sólo lloro y escribo con sangre sobre las oxidadas puertas del vagón del tren.

Luis Fernando Campos Vargas (Colombia, 1998)