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lunes, 25 de agosto de 2014

MARÍA, GUARDIANA DE NUESTRA PUREZA, por David Alberto Campos

¿Cuántas veces hemos constatado que la Santísima Virgen nos salva de las garras del Maligno? Innumerables, infinitas. María, en su infinita pureza, nos libra también de la lujuria, que es una de las trampas que el astuto Satanás nos pone para hacernos sus sirvientes.

¿Por qué? Porque Ella es pura. Es la castidad hecha mujer. La más preciosa de las criaturas del planeta. Y porque, en calidad de corredentora nuestra (en tanto que albergó en su seno a nuestro Salvador), busca afanosamente que nos reintegremos a la buena senda.

A Ella debemos volver nuestros ojos cuando nos encontremos en grave peligro de sucumbir ante la lujuria que arrastra y daña, pues en su esencia misma (la más humana dentro de los seres del orden de lo divino, la más divina dentro de los seres del orden de lo humano) es sublime, elevada. Todo su ser es pureza, y la pureza es el mejor antídoto ante la lujuria (que no es más que corrupción de lo erótico, y perversión de lo natural). 

*

Y es que el Maligno, en su incesante afán por ganarse adeptos (pues en el marco de su gran lucha contra Dios necesita un enorme número de reclutas para hacerle frente, dado que no es tan poderoso como el Señor), es sumamente ladino y aparece por donde menos se le espera. Así, también hace uso de la naturaleza misma del hombre para atraerlo.

Todos los hombres corren peligro, varones y mujeres. Porque el modo en que Satán ataca a ambos sexos de esa forma no hace excepciones. Pero, gracias a Dios, la Virgen está lista a ayudarlos también. Está presta a ser útil tanto para hombres como para mujeres. A permitirles que se alerten, se hagan conscientes y se transformen (de tal modo que se conviertan en personas renovadas, cada vez más cercanas a Dios), y que, del mismo modo, transmuten sus hábitos de vida.

¿Y cuál es la forma en que el maldito actúa? ¿De qué modo ataca? El Maligno, que es muy sabido (que no sabio, porque en su estupidez osa enfrentarse a Dios), sabe de qué estamos hechos. Conoce al hombre, al ser humano, y le busca el quiebre también en la fragilidad de su ser. Esto es, en su esencia humana: su corporeidad (de la que no puede sustraerse). Justamente porque en la humanidad misma hay imperfección, mediocridad, limitaciones. Y, en especial, poderosas fuerzas instintivas.

Así es. Hombres y mujeres somos también instinto. Somos también biología. Nuestro carácter, por más sublime o virtuoso que nos parezca, está teñido de pulsiones. Y una de las más poderosas es la pulsión erótica (el Eros freudiano), la que nos dirige hacia la sexualidad y la reproducción. De hecho, raro es el ser humano al que no mueve poderosamente dicha inclinación.

Y el Maligno lo sabe. El muy vil acecha. Espera un instante de flaqueza, una mirada furtiva, una simple apreciación estética de un cuerpo hermoso, una asociación inconsciente. Y se mueve hábilmente. De ese breve momento puede hacer su materia prima para nuestra perdición.

Confunde y daña entonces Satanás aprovechando ese instante de flaqueza, esa mirada furtiva, esa apreciación estética, esa fantasía, esa asociación. Los pone al servicio de la lujuria. Y, a través de la lujuria, maniobra para hacer cometer al hombre todo tipo de iniquidades (instrumentalización del otro, acoso, abuso, maltrato, infidelidad, promiscuidad, daño psíquico, daño social, daño familiar).

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Sabemos ya que, por nuestra naturaleza pulsional, no podemos considerar que lo que pertenece al reino de la fantasía es un delito en sí mismo. Pero sí hay delito, es decir, pecado, cuando el hecho fantaseado se hace acto consumado. De la fantasía al hecho, a la comisión de la conducta, hay un paso considerable. Satanás, con su enorme astucia, se esmera en reducir dicho paso.

¿Cómo reduce el Maligno ese abismo que hay del pensamiento a la acción? Procede de manera artera, secuencial, para que su pobre víctima ni siquiera se vaya dando cuenta de su ruina. Empieza con un sutil y progresivo relajamiento de la voluntad. Así ese hombre, esa mujer, va alejándose sin darse cuenta del sendero de la virtud. Empieza a dedicarle menos tiempo a la contemplación y más tiempo a la materia. A dejar de lado lo espiritual para centrarse en lo corporal. A distraerse con las cosas pasajeras y perecederas. Luego, ante lo fantaseado, confunde a su víctima y la lleva a darse licencias inapropiadas: reiterar la idea, repetirla obsesivamente, ponerle arandelas y modificarla en sus detalles (hasta producir una cantidad considerable de variantes). Después le da alas demoniacas, de manera que la fantasía se hace cada vez más consciente, más elaborada, más realizable. Luego va infectando la psique con una sensación enorme de tensión, de malestar, de premura. Cuando ya el pobre sujeto está a su merced (es decir, cuando ya está carcomido por la lujuria), Satanás lo lleva a diseñar una estrategia: así, lo que alguna vez perteneció al puro terreno intrapsíquico se hace plan concreto, a punto de materializarse. Obviamente, al interior de su marioneta siguen el gasto de energía (una verdadera combustión interior, una pasión malsana, enfermiza y enfermante), la desazón (que afecta la atención, la previsión de las consecuencias, el juicio crítico) y, cada vez mayor, la necesidad de descarga de tensión. Así, deteriorada en sus facultades superiores, obnubilada por su necesidad de satisfacción del deseo, la embrutecida víctima corre a ejecutar su infame plan.

Y cuando lo ejecuta, Satanás ríe a carcajadas. Como es tan vanidoso y soberbio, le fascina saber que ha obtenido una pequeña victoria. Como odia tanto a Dios y a su Universo (y en consecuencia al hombre, que es uno de los seres que integran dicho Universo), goza al darse cuenta que pudo arrastrar a su inmundicia a la víctima. Que pudo usar su naturaleza para alejarla de Dios y alejar de Dios a otras almas. Que pudo usar su naturaleza para difundir dolor, daño y tristeza.

Sí, el Maligno ríe a carcajadas. Porque su víctima, embadurnada de estiércol, se rebaja a sí misma y rebaja de paso a quienes tienen la desgracia de encontrarse con ella. Arrastra a otras almas. Sí, con frecuencia el que está empantanado en la lujuria contamina a los que con él se relacionan. Así, la atolondrada marioneta de Satán (o, dicho de otro modo, el atontado por la lujuria) muchas veces le hace creer a su cómplice y co-dañador (su socio en la inmundicia, su compañero en el pecado) que "no sucede nada grave", que no es nada, minusvalorando la gravedad de lo que hacen.

Para colmo de males, y para mayor gozo del Diablo, el lujurioso a veces corre a esparcir su laxitud moral por el mundo: grita a todo pulmón sus errores (o, si es dado a sufrir por el qué dirán, los intenta suavizar o disimular, presentándolos como "aventurillas", tratando de excusarse en la pobreza ética que campea desde la posmodernidad); o se exhibe como un campeón ante sus amigotes (cuando en realidad es un perdedor, que ha caído noqueado por la astucia de Satanás); o usa los medios de comunicación (redes sociales incluidas) para deslegitimizar la fidelidad en las relaciones de pareja, para atacar el vínculo sagrado del matrimonio, o para ridiculizar al que es casto, al que es leal, al que es ordenado en su vida sexual.

Pero ahí no para su daño. A veces hace dudar a los que viven su inocencia tranquilamente. A veces perturba a los que, en su estudio o su trabajo, viven de manera limpia, haciéndoles creer que son ellos los que están en el error. Sembrando dudas en los que viven su sexualidad de manera virtuosa (sea en la belleza de la vida matrimonial, sea en el dulce rigor de la vida religiosa). Y, mientras tanto, Satanás ríe y ríe.

Lo peor es cuando en su lujuria, ese hombre o esa mujer invaden el sagrado terreno familiar. Ahí el pecado se agiganta. ¿Cuántos hogares, en mi profesión, he visto que se destruyen por culpa de la lujuria que lleva a la infidelidad, y que por efecto dominó termina desintegrando sistemas familiares? Miles. Ahí la dicha del Maligno es enorme, pues sabe que con cada divorcio y con cada familia desintegrada a causa de la infidelidad la Humanidad se va haciendo más propensa a lo diabólico: más escéptica con respecto al amor (y a su fuente, el Amor con mayúscula, que es Dios), más mercantilista con respecto a las relaciones humanas (que en la neoposmodernidad corren el peligro de convertirse en meras transacciones en las que priman la utilidad y la costo-efectividad como criterio de permanencia), menos sublime, menos bondadosa (porque a veces un corazón herido puede convertirse en un corazón oscuro, vicioso, enemigo de la bondad, de esos que ridiculizan a los que viven la fidelidad dentro del matrimonio, o a los que, en el grado máximo de castidad, se ofrendan a Dios). 

*

Porque la lujuria es la perversión del Eros. Es la pulsión teñida de malignidad. Por eso disfruta el Maligno. Y su gozo se debe a que su victoria es doble: casi siempre, su víctima lleva a otras víctimas al cieno. Provoca, como ya hemos visto, un daño a gran escala: lamentaciones y zozobra, sufrimiento (sobretodo en la pareja que es engañada y en los desdichados niños que son sometidos a la tempestad de un divorcio), desbaratamiento de familias (con el consecuente caos social; para nadie es un secreto que la crisis de la familia en estos tiempos se asocia a más psicopatología, más violencia, y hasta mayor criminalidad).    

Y, así, el hombre lujurioso hace un desastre. Se saca a sí mismo del camino correcto, al bestializarse y ser incapaz de sublimar sus pulsiones (otra hubiera sido su historia de haber usado ese fervor, esa pasión, esa tendencia al servicio del activismo desinteresado, la creatividad, la invención o el arte). Se aparta de la gracia de Dios (ese estado de alegría infinita, de plenitud, de completa dicha, al que cada cultura denomina según sus lógicas y parámetros lingüísticos: éxtasis, nirvana, ataraxia, etcétera) y se deprime, pues merma su autoestima (otra victoria para el Maligno, que se empalaga al hacer creer a sus víctimas que ya no pueden levantarse del fango al que han caído) y, si tiene algo de bondad y sensibilidad, siente culpa al constatar el enorme daño que ha hecho a la otra persona, y a su sistema familiar, y a la comunidad en general.

Dueño ya de este guiñapo de nervios, ansiedad, depresión y remordimiento, Satán intenta hacerle un último daño: conquistarlo completamente para sí, y hacerlo idiota útil a su causa. No olvidemos que al Maligno le interesa engrosar su ejército. El muy miserable quiere inclinar la balanza a su favor y que el Mal triunfe sobre el Bien. O, en términos agustinianos, que la Ciudad Terrena triunfe sobre la Ciudad de Dios. Por eso, el infame busca hacerlo permanecer alejado del Señor y de su gracia, reincidiendo en sus actos de lujuria, propagando su daño como un viento dañino que aviva el fatal incendio.

Pero ahí, evitando su completa condenación, es cuando entra María. La heroína que rescata al hombre cuando éste ya se encuentra a las puertas del Infierno. María, la siempre llena de gracia, es su tabla de salvación.

Por eso es tan importante que el hombre que cae en las trampas de la lujuria, tenga la lucidez suficiente como para implorarle a la Virgen Santísima que lo libere. Y nadie mejor que ella, la discípula perfecta, la esclava del Señor, la madre de Jesús y de todos nosotros. Ella está siempre lista, siempre dispuesta, como solícita auxiliadora que es. De esta manera, al escuchar las súplicas que el hombre empantanado en su lujuria le hace, corre a pedirle a Su Hijo Jesucristo que instaure en su corazón el arrepentimiento franco y que reavive en su mente la voluntad de levantarse.  

Ahí es cuando el Maligno se sale de casillas. Se enoja, se agita, se desencaja. En medio de su rabia, y de su desesperación, trata de inyectar más lujuria en el hombre que ha recuperado su esperanza. Trata de hacerlo volver al lodo, a la cochambre asquerosa. Por eso es importante seguir invocando a la purísima, reluciente y castísima Virgen cuando se está en el proceso. Porque es tal la rabia del Demonio que hace hasta lo impensable para provocar una recaída.

Triunfante María, gracia plena y refulgencia sin parangón entre los hombres, el sujeto entonces empieza a ser menos irreflexivo, menos apasionado, menos tonto. Sigue la pulsión, sigue el instinto, pero llegan de manera atenuada. Satán echa espumarajos de rabia: su otrora marioneta es ahora un hombre o una mujer con mayor madurez y tranquilidad, con una visión más clara de la existencia y de las consecuencias de sus actos. Alguien menos dispuesto a obedecerle como esclavo.

*

Así como se acerca su alma a María, arquetipo máximo de mujer pura y bondadosa, esa mujer que era víctima de lujuria empieza a querer imitar la pureza y la bondad marianas. Empieza a ascender. Se hace mejor persona. Obviamente, eso no implica un celibato absoluto en todos los casos. Muchas mujeres laicas, sin necesidad de vestir un hábito, pueden ser dignas discípulas de María (lo que significa ser dignas discípulas de Jesús). Como mujeres solteras o casadas, empieza a notarse en ellas el estado de gracia, una peculiar belleza (interna y externa, pues la luz del alma se irradia al cuerpo con facilidad, siendo ambos dos aspectos de una misma cosa), una cercanía cada vez mayor a lo luminoso. Y empiezan a ver a los hombres como copartícipes de la dignidad de Jesús: nunca más como instrumentos, sino como compañeros de camino en una vida plena.

Y como ese mismo arquetipo femenino de pureza y bondad atrae tanto (más aún que cualquier copia barata, cargada de voluptuosidad y sensualidad perecederas), el varón que se acerca a María empieza a percibir al resto de mujeres como copartícipes de esa dignidad (divina, solemne... y al mismo tiempo tierna y amable dignidad), y a tratarlas mejor, como lo haría el propio Jesús (a quien, de paso, empieza a imitar: ¡hermoso camino, fructífera elección!), y se libera de tanto atavismo dañino, de tanta estupidez cultural. Empieza a valorar a las mujeres en toda su grandeza, y deja de objetalizarlas y engañarlas de manera ruin. Las empieza a cuidar con esmero, como compañeras de camino que son.

Satán llora y patalea como chiquitín bobalicón e impaciente que es. Al ser pisoteado por la Virgen, y al notar que se le escapan sus víctimas, se la juega con determinación. Busca la reconquista. Muchos pacientes me han comentado la sintomatología que el Maligno les induce, sintomatología que empieza tan pronto han hecho un genuino cambio en sus vidas (y se han despedido de malas compañías, malos consejeros y malas costumbres): disforia; inquietud psicomotora; búsqueda aumentada de novedad; reviviscencias; exaltación del ánimo; hiperactivación autonómica; imágenes o ideas obsesivas; en ocasiones nostalgia por sus  andanzas, entuertos y pecados. Ahí es cuando más fuertes deben ser la oración y todas las acciones devotas. Ahí es cuando más se debe implorar a María el auxilio de su pureza, que nos limpia de malos pensamientos y nos consuela en una atmósfera de amor, dicha y calidez que sólo es posible sentir junto a Ella o junto a Su Hijo amado. Algunos insensatos, tan pronto como empiezan a recuperarse, dejan de ser humildes y se olvidan de Ella...haciéndose presas fáciles de Satán, que los reconquista implacable.

Pero la mayoría devota a la Santísima Virgen, se aferra a Ella y prosigue en su lucha contra el Diablo. Esos buenos hombres se van haciendo más y más puros, más y más fieles, más y más constantes en el amor. Empiezan a romper entonces las cadenas de bestialidad que les ataban. Fortalecen su vida espiritual, empiezan a leer libros edificantes y a escuchar personas sabias (que no siempre son los necios presumidos que uno se encuentran tan frecuentemente en la vida académica). Y, como por arte de magia, opera la transmutación. 

Los sórdidos amantes cesan sus encuentros, deseando frenar ya la enorme cadena de karma y maldiciones que han llamado sobre sus vidas. Se alejan y, al amparo de la pureza de la Virgen, buscan a Dios sedientos, exhibiendo una motivación mayor aún que la de otros sujetos buscando dejar otro tipo de adicciones. Rescatan su familia, si aún no la han perdido del todo, y se convierten en testimonios vivos de la majestad y del poder de María. Se convierten en abanderados de la fidelidad, y en defensores del matrimonio o la vida religiosa vividos decentemente. 

La pureza triunfa sobre la inmundicia. La sabiduría sobre la estupidez. La inmaculada Virgen sobre el canceroso Demonio, que, ya puesto en evidencia, pierde su atracción aparente y se muestra cuán horripilante es. Y ese hombre nuevo, esa mujer nueva, quedan libres de su nefasta influencia.

Derrotado una vez más, el Maligno queda entonces abatido, y emprende la fuga. La oscuridad le huye a la luz. Victoriosa una vez más, María continúa vigilándonos con ojos atentos de madre, como madre amorosísima que es. Lista a rescatarnos de nuevo, cuantas veces la necesitemos.

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)