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jueves, 31 de julio de 2014

Limbo, por Luis Cernuda

La plaza sola (gris el aire, 
negros los árboles, la tierra 
manchada por la nieve), 
parecía, no realidad, mas copia 
triste sin realidad. Entonces, 
ante el umbral, dijiste: 
viviendo aquí serías 
fantasma de ti mismo. 

Inhóspita en su adorno 
parsimonioso, porcelanas, bronces, 
muebles chinos, la casa 
oscura toda era, 
pálidas sus ventanas sobre el río, 
y el color se escondía 
en un retablo español, en un lienzo 
francés, su brío amedrentado. 

Entre aquellos despojos, 
proyecto, el dueño estaba 
sentado junto a su retrato 
por artista a la moda en años idos, 
imagen fatua y fácil 
del dilettante, divertido entonces 
comprando lo que una fe creara 
en otro tiempo y otra tierra. 

Allí con sus iguales, 
damas imperativas bajo sus afeites, 
caballeros seguros de sí mismos, 
rito social cumplía, 
y entre el diálogo moroso, 
tú oyendo alguien me dijo: "Me ofrecieron 
la primera edición de un poeta raro, 
y la he comprado", tu emoción callaste. 

Así, pensabas, el poeta 
vive para esto, para esto 
noches y días amargos, sin ayuda 
de nadie, en la contienda 
adonde, como el fénix, muere y nace, 
para que años después, siglos 
después, obtenga al fin el displicente 
favor de un grande en este mundo. 

Su vida ya puede excusarse, 
porque ha muerto del todo; 
su trabajo ahora cuenta, 
domesticado para el mundo de ellos, 
como otro objeto vano, 
otro ornamento inútil; 
y tú cobarde, mudo 
te despediste ahí, como el que asiente, 
más allá de la muerte, a la injusticia. 

Mejor la destrucción, el fuego

Luis Cernuda (España, 1902-1963)