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lunes, 14 de julio de 2014

El oriente y la verdad, por Ana Milena Antolínez

Por el oriente avanzó lenta, decidida, inevitable, como desnudando la oscuridad; dolorosamente bella, esa mañana la verdad vino muy temprano a mí. Parecía haber  estado buscándome desde hacia un largo  rato; yo estaba un poco evasiva más por la inatención que por intencionalidad pura. Al salir del edificio viejo vinotinto, me percaté que por no haber dormido la mayor parte de la noche, los ojos se sentían cansados, el calor de la luz hacia que se escondieran aún más, pero a pesar de su inútil intento de fuga, ella, la verdad, los encontró agazapados en mi frente, sin otra posibilidad más que verla directamente, sin protección alguna;  así pues  se obligaron a sucumbir ante lo que era  claro desde el inicio, para cualquiera menos para mi razón.

Para la fecha Mario era uno de los pocos hombres que me parecían, interesantes y algo agraciados. Y es que en los hospitales como dice una amiga mía, se meten todos los hombres a la licuadora y no se saca un ojo azul; sí, sin duda uno poco mal de casting estábamos, no solo físico sino mental, pero eso si, ellos exigentes, como si hicieran parte del principado; pero como buenas mujeres aprendemos con el tiempo a escoger del tomate regular el que por lo menos no esta podrido; aunque en ocasiones nosotras mismas nos tumbemos. Pues este es el caso del tomate que aunque no parecía, si señores, estaba podrido.

Todas las historias de mujeres empiezan siempre con la frase: ¡esta vez no me engañarán, ya van a ver, lo mala que puedo ser!, frase que es por lo demás una copia vulgar del masculino: ¡nunca más vuelvo a tomar!, que gran mentira, nada más triste y corriente que las automentiras. Como para variar yo también dije esta frase, al fin y al cabo soy mujer, y me prometí volverme mala, por supuesto me olvide, que difícilmente cumplo una promesa. Así que cuando decidí que era hora de subirme la falda un rato, olvide dejar el corazón en casa. ¿Por qué me gustaba Mario?, esa pregunta empezó a rondar a diario, después de la primera noche juntos.

Esta es de las anécdotas para los nietos, en la época en que los tenga, se que no será escandaloso hablar de sexo. Era una noche de rumba habitual para la mayoría de habitantes de la ciudad mayor, dentro de un grupo de amigos, me camuflaba la noche y el frío, el licor  como de costumbre  haciendo su trabajo permitía que la timidez y el pudor descansaran un rato; una noche llena de música, penumbra y baile, cada vez más juntos, más baile, más juntos, ya existían antecedentes de miradas y palabras con Mario, más esa noche el beso se hizo carne entre los dos; anisados los labios, torpes y más voluptuosos que de costumbre, en absoluto anestesiados, pero si desconectados del mundo, se chocaron una y otra vez y otra vez, hasta provocar un dolor sutil y exquisito; aunque todos nos veían; el y yo apenas si nos veíamos a nosotros mismos. Las horas pasaron rápido y el amanecer llegó embriagado, nos tomó por sorpresa en la cama acariciando ingenuamente lo que creíamos que solo eran cuerpos; hasta que de repente el pecho se le apretó tanto que se marcho a respirar a una sala de emergencias, yo me quede  algo así  como novia de pueblo  pero desvestida.

Esta era la gota, si la que rebosó la copa de la mala suerte, yo  recién salida de aquella  tusa, con un guayabo ambivalente, entre físico y moral que me hizo preguntarme: ¿qué carajos define un guayabo normal?;  en medio de la desgracia del dolor de cabeza, el vértigo y la nausea, pensaba en ¿cómo había terminado en la cama con Mario? y que debía hacer ahora. Finalmente tras esperar que Mario me buscara, cosa que por supuesto no sucedió; lo llamé yo, lo busque yo, y finalmente ¡lo enredé yo!, tengo la satisfacción de haberlo enredado las veces que quise en mi cama y en mis piernas, y haber roto mi record personal de número de veces por noche y quedar con ganas pero sin fuerzas. Estuve en un mes más veces que en el último año de noviazgo, y llegue el mayor número de veces de la vida. La pregunta ya no era ¿Por qué me gustaba Mario?, sino a que horas se me había metido en la cabeza, el cuerpo y las ganas, y ahora con la duda de si estaba metastático al corazón.

En retrospectiva pienso que seguramente fue mientras me descerebre en medio de uno que mis tantos  orgasmos. Mario para que lo conozcan es uno de estos chicos que objetivamente no están “buenos”, pero “tienen algo”; físicamente tiene los ojos oscuros, brillantes, pequeños, saltones y agazapados en el rostro, con dos ojeras que le ocupan el 50% de la cara, su rostro es como el de un animal pequeño de hábito nocturno que mira desde una cueva, sí,  como los de un ratón ó una zarigüeya; el  cuerpo de hombre clásico, espalda ancha, hombros cuadrados y cuello amplio, cadera angosta, piernas largas, sin nalga por supuesto, una piel  del color del caramelo cuando esta a punto de quemarse (curiosamente a mi me sabe así) y bueno de aquello  muy bien sin más comentarios. Es uno de estos chicos que camina como empujado por la vida, con sus manos siempre en los bolsillos; ah  de su personalidad, que puedo decirles,  es de los que se cree fiera y tengo la percepción de que desearía la vida de un lobo salvaje, y de hecho es como estos animales, un peligroso cazador cuando se mueve en manada, más cuando se les observa de cerca y solo, esconde una ternura casi púdica. Era inevitable no sentirme atraída, como dice una canción  sus besos, sus caricias, su forma de hacer el amor, ah si el  quisiera sería el mejor cartógrafo del mundo, nadie me delineó mejor (suspiro). Sin duda alguna, el mismo, ebrio, era un espectáculo de psicología pura, Freud habría pagado lo que literalmente no tenía por estudiarlo, pero  solo yo tenía el placer de hacerlo, me gustaba verlo perdiendo el control de su súper yo,  degustaba verlo así, realmente desnudo, desnudo de su autocontrol; a veces pienso que es peor ó si el adagio popular es o no verdad, cual de estas dos premisas es peor: “el borracho mentiroso, al día siguiente el hombre demasiado sincero”, ó “el borracho sincero y al día siguiente el hombre mentiroso”; aún no se cual de estas es Mario, y es que nada mas cierto que la vida es solo incertidumbre. ¡Yo si que estoy segura de eso!.

¡Nunca más rogar!, esa es otra de mis frases favoritas, ja!. Después de tener una relación larga donde las infidelidades te atormentaron tanto que quedaste gibada con tanto peso, y con un extraño y rumiante gusto por la hierba (por aquello del alce); pues es apenas comprensible el miedo a una nueva relación, y en especial a una donde de entrada ya cometiste el peor error; ese miedo es más que fundado y en general es al ¿qué querrá?. Mario definitivamente era un maldito, porque mientras yo me moría de ganas de verle, el muy altivo se dedicaba a negarse a todas mis invitaciones, lo que evidentemente no solo me descompensaba sino que me enfurecía; claro era evidente que había perdido el control, la dignidad, etcétera, etcétera. El día que más recuerdo fue en el que le invite a ver una película en mi apartamento; había terminado la consulta del día y estaba escampando por un fuerte aguacero, ese día el cielo paso de las 4 pm a las 8pm en un abrir y cerrar de ojos, Mario me llamó y yo como la propia loca, me empape por completo por tratar de cumplir con nuestra cita;  dejando una estela de agua helada, molesta, pero sobretodo desilusionada llegue a mi casa  sabiendo que Mario no cumpliría tampoco esta vez. Me arme de valor, bueno  más bien de rabia y frustración, es que acaso que se creía, si yo podía perfectamente prescindir de su compañía, de sus ojos de zarigüeya. Tome mi móvil y envié un típico mensaje de texto de mujer resentida: “en verdad eres descortés”, ese si que era un mensaje sin filtro, directito de la herida narcisista al móvil; creí que nunca más me hablaría, ese era para mi un hasta nunca. Sin embargo como siempre pasa lo contrario a lo que realmente querías: Mario llamó con una voz que podría convencer hasta a la inquisición, y de nuevo estaba allí y  la historia se repitió: palabras dulces sin claridad, como ese dulce melcochoso que se te pega en los dedos y no se quita, amaneceres abrazados, en fin; siempre he dicho que  toda segunda vez es peor que la primera, y esta definitivamente era una segunda vez, lo malo es que ahora no era el Mario que conocía, no, ahora era el súper Mario que inventaba  porque era el que yo quería tener, dotado de súper  poderes: súper ternura, súper sexo, y súper madurez; en pocas y vulgares palabras: ahora si estaba literalmente jodida, literalmente enceguecida, literalmente enamorada.

Aquella mañana caminábamos juntos, aunque separados, como siempre desde que le conocí,  y me refiero a que no acostumbramos a tomarnos de la mano; creía yo que la razón de aquel pobre contacto público era  la falta de costumbre y la compleja complicidad  de nuestra relación secreta. En retrospectiva debo admitir, aquella mañana fue diferente, aunque para un ojo de observador grueso era en esencia igual a las otras; el recién bañado y yo trasnochada y sucia; no habíamos caminado más de una cuadra, cuando de repente el cielo bogotano, ese que todos conocemos por caprichoso, que le hace  honor a la frase: la naturaleza es impredecible, si ese, se abrió de repente como si hubiese dilatado y borrado  toda la Noche y de pronto un pujo silencioso y parió, parió esta luz, esta claridad enceguecedora;  el  quiso esconderse, pero fue tan  abrupta  y penetrante, que no dio tiempo de nada; esta luz  se clavaba en sus ojos miel,  no tuvo más remedio que agachar su rostro buscando un pecho, un refugio ya perdido, y entonces se hizo vulnerable, vulnerable a su propia mentira, mentira que ayudé a construir. Y  yo  lo pude ver. Si, le vi, sin el maquillaje de la penumbra y la noche, parecía otro, o mejor parecía el mismo muchacho que años antes conocí  en una mañana de trabajo cualquiera, en ese uniforme kaki de mala muerte, que no le favorece ni a la madre del que lo hizo, en situación desfavorable de residente, por supuesto igual que yo, que digo igual, mejor que yo, al menos era hombre y además pertenecía a una especialidad “respetable  y reconocida”. Vi sin anís al que siempre había sido, y me di cuenta que ya no estaba enamorada,  y que seguramente nunca lo estuve, camine erguida sin rencor, sin envidia del pene como dice Freud, sonreí   en mi puerta y deposite en su piel caramelo un cálido beso al despedirme para siempre.

Después  de sus llamadas  infructuosas  y jirones de autoestima dejados en mi portería pensé en  cómo me gusta saber que en la desgracia del caótico desorden de tu vida aún me encuentres; y es que el dueño del desorden siempre sabe donde dejó lo importante.

Ana Milena Antolínez (Colombia, 1982)