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miércoles, 16 de julio de 2014

Abrojo, por Luis Fernando Campos


Samuel los vio bajo la luna, mientras en su habitación el fuego se consumía en dolor. Eran perros amarillos, negros y grises que irrumpían en el cementerio todas las noches, aun cuando los guardias subieran el puente para dejar infranqueable la entrada al pueblo. Iban allá a escudriñar lo que hubiese en las criptas y así poder sacar algo de alimento, mordiendo y orinando a su paso los cadáveres que encontraran. De repente se atacaban, unos a otros, con las fauces bañadas en saliva y los ojos inyectados en sangre, intentando robar cualquier pedazo de carne que otro tuviera mal guardado. Los más veteranos, sin embargo, en vez de enfrascarse en peleas inútiles, preferían mirarse con ojos cansados y aburridos, la piel llena de cicatrices; preferían preguntarse por el verdadero valor de las cosas.
El cementerio era un sitio estrecho, con unas veinte tumbas repartidas simétricamente, en donde se encontraban de vez en cuando flores rosadas que crecían alrededor de los nombres de los difuntos, y las nubes dibujaban redondas espirales en el manto oscuro del cielo. Al frente estaba la plaza, donde el mercader pasaba el tiempo estafando a sus clientes, los jóvenes jugando tiro al blanco y emborrachándose, los perversos niños haciendo bellaquerías.
No andaba con los niños un pequeño, solamente. Se llamaba Samuel, y era hijo de una señora que abastecía al lugar de víveres. Él, en vez de salir a buscar cómo subirse en la casa de Manlo, o cómo pegarle una pedrada a las gallinas de Zuerst, prefería ir al campo y esperar a que atardeciera un poco para leer los libros que le prestaba su madre. Ella se mostraba constantemente preocupada, pues decía que lo veía muy triste y enfermizo. “Quizá sería mejor que no leyera tanto y más bien jugara con los otros niños, para poder ser más feliz”.  Entonces Samuel respondía con una sonrisa llena de sufrimiento: “Tranquila mamá, que yo ya no puedo ser más feliz. Mi máxima satisfacción es ver a un joven afanando a su caballo para visitar a su amada, y corren insectos sobre mi espalda de ámbar cuando hablan las vacas en el campo o las abejas vuelan por el cielo azul.”
El niño, habiendo ya compuesto algunos poemas para satisfacer aquel vacío del que está hecha la vida, se dio cuenta de cómo el arte había sido siempre su refugio preferido. Para él, los más grandes amigos eran fríos, terriblemente empastados, llenos del viento del mundo, y existían como astromelias voladoras entre los bosques, bajando por entre las ramas, oliendo a lo nunca conocido, a lo deseado. Él también quería ser artista, como Víctor Hugo, como Borges o como Neruda.
-Para hacer esto realidad, se dijo cándidamente, primero encontrar a alguien que se dedique al arte; y pensó que su ideal instructor sería el artesano de la plaza. No obstante, no se decidía por completo a hablarle, por lo que se paró tímidamente tras él, haciendo que el hombre, cual si tuviese ojos en la espalda, diera media vuelta con los brazos cruzados, los pelos del pecho pugnando por exhibirse. El niño le preguntó entonces:
-Hombre, ¿usted cómo hace arte?
A lo que el tipo movió la cabeza de un lado a otro, para luego hacerle señas de que se fuera. Que dejara de ser tan pendejo, que eso que hacía él no era arte, que era puro negocio. Samuel se dirigió esperanzado al templo, pensando que esos cuatro estantes llenos de libros detrás del podio y la mesa no podían estar de adorno nada más. Convenciose de lo contrario, sin embargo, al escuchar que no era necesario perder el tiempo en materias tan mundanas. “O sea que tú eres de los que usan sotana sin merecerla, conchatumadre”.
 Pero no importa, Samuel, no importa. Por eso subió el monte para ir a la tienda de una bruja loca que vendía jugos, pócimas, crucifijos y pirámides de bolsillo. Ella seguramente sabría; así que fue, nervioso, mirando, sonriendo, asustado. “¿Es usted artista?”
La mujer, entornando hipócritamente los ojos, respondió:
-Evidentemente, chiquillo. Veo los asuntos del más allá con la facilidad con que se le quita a un niño su chupeta, y averiguo el destino de la vida con base en los planetas o en la palma de tu mano. En realidad, aunque nadie debería saberlo, soy lo más sublime que puedes encontrar en este pueblito de mierda. Vivo sola, pues me ha rechazado toda esa partida de ignorantes, pero tenlo por seguro, hijo: nada impedirá que algún día caigan tempestades sobre la niebla; y el sonido de la muerte será tan fuerte como el croar de las ranas en el firmamento.
-Pero,- la interrumpió el niño, desinteresado- ¿usted cómo hace arte?
Creyéndolo muy inocente, la vieja se rio a carcajadas, y le explicó que era algo que venía en la sangre, sobre lo que no se podía enseñar: no tenía método ni estructura. Por lo que Samuel dijo que le deseaba mucha suerte con sus pelotudeces, qué tipo tan amable era; abrió la puerta como quien está realmente agradecido, y llegó a su casa corriendo. Habríase sorprendido uno de que viera la hoguera de la sala prendida. Quizá por eso subió corriendo las escaleras, a punto de romper a llorar en saladas lágrimas de arena. Quizá por eso busqué el anaquel donde estaban los libros que me habían causado tantos problemas. ¡Maldita sea! Con los ojos cerrados comencé a quitar, una por una, las hojas frías y amarillas de la ilusión.

(Fue entonces cuando los vi bajo la luna, mientras en mi habitación el fuego se consumía en dolor. Eran perros negros, amarillos y grises, que cargaban bajo sus espaldas el peso de los años perdidos.)

Luis Fernando Campos (1998)