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martes, 10 de junio de 2014

Pelé, por David Alberto Campos

El más grande de todos los tiempos. Todo lo que se diga o escriba de él se queda corto. 

"El Rey" fue dueño de una visión de juego extraordinaria, un regate único, una condición técnica y táctica privilegiada, un olfato goleador inusual, una energía y un vigor físico formidables. Sobresaliente tanto en la creación como en la definición. Disciplinado y juicioso. Su ex compañero de selección y luego director técnico, Mario Zagallo, ha testimoniado cómo, pese a su condición de ícono y estrella mundial, Pelé era de los primeros en llegar a entrenar y casi siempre el último en salir. 

Su palmarés no ha sido aún igualado: campeón de la liga paulista en más de diez ocasiones, campeón de la NASL, goleador histórico de la selección brasilera con 77 tantos, campeón mundial en 1958, 1962 y 1970, jugador del siglo XX en votación de la FIFA y segundo lugar como deportista del siglo XX (detrás de Muhamed Alí) para el Comité Olímpico Internacional. 

Sus estadísticas son enormes: 1282 goles en 1366 partidos; por encima de titanes como Gerd Müller o Ferenc Puskas. Pero lo mejor de Pelé es su personalidad. Es de esos hombres excepcionales que no pierden su humildad y don de gentes pese a la fama o el dinero (que los tiene, y en abundancia), que recuerdan con cariño y gratitud sus orígenes y que insisten en que el deporte se hizo para integrar, no para dividir. Su compromiso con el pacifismo y la infancia me hacen admirarlo más aún. Como Ministro del Deporte y Embajador de Buena Voluntad de UNICEF ha hecho más por los niños que muchos politicastros en todo el mundo.

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)