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jueves, 26 de junio de 2014

EL PRÍNCIPE Y EL PENSAR COLOMBIANO, por David Alberto Campos

Ante todo, debo aclarar que una cosa es el pensamiento colombiano en su sentido académico (el de la Filosofía Colombiana, el de Eustaquio Alvarez y Miguel Antonio Caro, el de Estanislao Zuleta y Fernando González Ochoa, y otras grandes luminarias) y otra el pensar colombiano propiamente dicho.

El pensamiento colombiano per se es ese universo de imaginarios, íconos, símbolos, prejuicios y representaciones que definen al ser colombiano. Es decir, es el pensamiento colombiano en su sentido amplio, popular, telúrico, de inconsciente colectivo.

Son dos convergentes, pero también distintos. Convergentes, igual que en el psiquismo humano (7): conciencia e inconsciente; luz y sombra. La sociedad colombiana, como un ser humano, tiene esas dos dimensiones. El pensamiento colombiano también. El primero discurre sobretodo en las universidades (últimos bastiones de la decencia humana en este pobre país, casi por completo putrefacto en su corrupción, en su malignidad, en su ignorancia y en su violencia); el segundo, que apunta al ser colombiano en sus entrañas, es parte de la cotidianidad.

Y es que el ser colombiano, creo yo, está determinado por el pensar colombiano. Y dentro de este “pensar a la colombiana” caben todas las particularidades (singularidades, desviaciones, tinos y desatinos) del homo colombiensis.

Ya he hablado de El Príncipe como infausta exposición de individualismo, cinismo e irrespeto a los valores universales (bondad, belleza, benignidad, altruismo, trascendencia, sublimación). Ahora quisiera exponer cómo los antivalores preconizados por Maquiavelo como la “clave” política, aunados a su individualismo rampante y a su meteórico cinismo, han contribuido también (no precisamente porque el colombiano promedio lea mucho, sino porque alguna que otra de sus máximas, difundidas por el periodismo de cloaca, ha servido de excusa para que más de un atarván se crea con el derecho a pasar por encima de los demás) a hacer de este pobre paisito un verdadero valle de lágrimas.

Primer punto: el individualismo exacerbado de El príncipe y la incapacidad de sentir empatía, rasgo sociopático por desgracia cada vez más generalizado en la colombianidad (en buena medida, gracias al materialismo y la agresividad idealizadas en un estilo de vida mafioso y huachafo, también idealizado), como realidades complementarias y sinérgicas.

En las elecciones presidenciales que acaban de pasar, constaté una vez más y con tristeza infinita, cómo un país que se había caracterizado siempre por su solidaridad, su hospitalidad y su amabilidad, se ha ido convirtiendo poco a poco en un criadero de buitres ególatras. Cada uno piensa en “lo suyo” ignorando que lo suyo es también lo del otro. Cada quien se mueve en la búsqueda de “sus” intereses, sin saber que al boicotear el interés general también está boicoteando su interés particular.

Si en El Príncipe se hace un llamado al individuo a que acumule poderío y fuerza, y concentre todo el poder que le sea posible (entre otras cosas, para lograrse defender del ataque de los otros seres humanos, tanto o más sedientos de poder y riquezas que él), en el ser colombiano está el culto al macho alfa versión ecuestre, que ha amasado enorme poder económico y político (eso sí, no importa de qué manera: lo importante para muchos es “hacer plata” en estas pobres y tristes tierras): ojalá uno con machete al cinto, sombrero volteado y con “voz de mando”, burdo y gritón, que tenga un séquito de cientos de capataces y empleados (también muy propensos a la bravuconería) dispuesto a borrar del mapa a una familia, un barrio, una comuna entera, si se enfrenta a “sus” interesas. Un iguazo adinerado, de la peor guacherna (la de los nuevos ricos…enriquecidos con el narcotráfico y la trata de personas), orgulloso de provocar desplazamientos forzados con tal de extender sus propiedades, orgulloso de sus habilidades como tirador y como jinete, orgulloso de sus golfas operadas de senos como montañas, orgulloso hasta de su ignorancia, porque en su puñetera vida no ha leído un solo libro con amor (tal vez en el colegio leyó alguno, pero obligado…y lo dejó incompleto).

Mejor dicho, la versión colombiana del Príncipe es el traqueto. Un sujeto brutal, sin escrúpulos, de moral dudosa y conducta turbia, en cuyo empobrecido espíritu no cabe sino lo concreto, lo material, lo terreno. Si Maquiavelo hubiera vivido en Colombia, en este siglo, hubiera querido tal vez lamberle (y seguramente pedirle un “puestico”…tal vez una embajada, o la misma Cancillería) a más de un traqueto que oficiase como gamonal o (casos hay muchos) como alcalde o congresista. Y no hubiera escrito El Príncipe, sino El Traqueto. Y claro que también habría atacado a la Iglesia, sempiterna enemiga de los inmorales, aunque (llamativas paradojas del homo colombiensis) seguramente devoto de una Virgen manchada, endemoniada, sicarial: no la María madre de Jesús, bondad infinita y amor infinito, sino la proyección, la  representación de su propia madre, la misma que tal vez le enseñó que no había que “dar papaya” y que había que “aprovechar el cuarto de hora”.

Vamos ahora a hablar de la incapacidad para sentir empatía. A Maquiavelo (al menos al mercenario y pedigüeño autor del Príncipe, capaz hasta de venderse con tal de recobrar su “cuota burocrática”) le fastidiaba enormemente el Cristianismo, justo por su insistencia en el amor al prójimo, el perdón y la paz. Porque él sólo creía en la ley del más fuerte, del más mentiroso, del más imponente. Pues bien, El Traqueto no se queda atrás: sólo en Colombia he visto cómo matan y rematan, después de haber torturado, y lo hacen con una sevicia tal que hasta un verdugo despiadado censuraría. ¿Dónde más puede verse que unos malhechores celebren, rían y bailen mientras a un pobre diablo lo están descuartizando vivo con una motosierra, y luego jueguen un partido de soccer con su cabeza, y terminen haciendo y bebiendo caldo de su carne para después de la borrachera? Si el príncipe es despiadado, el traqueto es la crueldad por antonomasia.

En Colombia, desgraciadamente, va cobrando cada vez mayor fuerza el ser un traqueto inclemente, “duro”, “jodido” (este país se está volviendo tan enfermo, tan psicótico, que ya ser “jodido” es una virtud, y ya se recibe dicha expresión como un halago y no como un insulto), matón y lacra. Como psiquiatra, he podido constatar (horrorizado y asqueado, por supuesto, y cada vez más dispuesto a irme de semejante jungla) cómo hasta los “niños bien” juegan a ser “capos” y “prepagos”, y usan en su jerga juvenil expresiones sangrientas, espantosas, que me muestran que ya el inconsciente colectivo nacional está tan trastornado que hay un pequeño antisocial en casi todo colombiano.

Claro, se salvan los colombianos honestos; los decentes, los estudiosos, los intelectuales, los santos, los generosos, los solidarios, los reflexivos. Los buenos. Que sin duda no son mayoría, pero son una buena parte (aún, pues no los han terminado de matar los malhechores). Pero, en general, el ser colombiano se ha vuelto una piraña, una pantera, una rata de alcantarilla. Hobbes estaría dichoso: su Leviatán cobra plena validez en esta sociedad corrompida, que se cae a pedazos. Sólo que no son hombres-lobo, sino hombres-predadores (homo colombiensis traquetiensis) más peligrosos que un tiburón blanco, de los que bien puede decirse que un tigre hambriento es más tierno.   

Para terminar, insisto en que así como El Príncipe embiste contra los valores universales de bondad, belleza, altruismo, trascendencia y sublimación, El Traqueto lleva sus antípodas a cumbres (o mejor dicho, abismos) insospechados: si la maldad de un príncipe italiano renacentista consistía en apuñalar a un rival político por la espalda, así estuviera dentro de una iglesia, la maldad de un traqueto colombiano llega a apuñalarlo, desaparecerlo, pedirle un rescate a su familia, destazarlo, hacerlo picadillo, cobrar el rescate con la falsa promesa de que aún está vivo, y luego, si la familia se ofusca por la estafa, aniquilarla por completo.

Si en El Príncipe la victoria es el sometimiento o la aniquilación de los rivales, la colombianidad ofrece “bellos” ejemplos de masacres, a lo largo y ancho de su geografía.  Si Maquiavelo aconseja dejar de lado el altruismo y correr en pos del éxito personal (aún a costa del sufrimiento ajeno), su contrapartida colombiana ofrece ejemplos como el de un Ministro de Agricultura que sólo por buscar catapultarse a la Presidencia hace alianzas turbias y favorece con millonarios incentivos gubernamentales (que se suponía iban a ser destinados a pequeños propietarios y campesinos humildes, para estimularlos) a unas pocas familias de latifundistas y poderosos gamonales. O, para centrarnos en las actuales elecciones, el de un Presidente que hace uso indebido de recursos de la nación para hacerse reelegir (acrecentando unos déficits que luego habrá de cobrar a su propio pueblo, a través de una férrea política impositiva), en un caso de peculado tan enorme como vergonzoso. 

Ese es El Príncipe en Colombia, El Traqueto. Dejar de lado la religión y combatir sus instituciones (porque se trata justamente de eso: de quedar sin rivales en el ejercicio del poder, en un monopolio perfecto), ensañándose especialmente con aquellas religiones que critican la corrupción y los malos manejos. Favorecer una cultura cada vez más mediocre, centrada en el espectáculo y la frivolidad (8,9), en “pan y circo” para un pueblo idiota al que se quiere hacer más idiota aún (si es que cabe). Establecer una economía y una política al servicio de la muerte (10), de la egolatría, del culto a la personalidad y la belleza propias. Y, ante todo, una ética pervertida, en la que el “todo vale” y “a papaya puesta, papaya partida”: una ética individualista, en la que el otro no tiene dignidad sino precio y utilidad. Una ética maligna, en la que la muerte se celebra y el lucro (cuanto más rápido, mejor) se ponen en la cúspide.

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)