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jueves, 26 de junio de 2014

APORTES DE DESCARTES, LOCKE y ROUSSEAU A MI FORMACIÓN FILOSÓFICA, por David Alberto Campos

Debo mucho a estos tres autores. Y no sólo en lo intelectual, sino también en lo afectivo. Los tres me han acompañado a lo largo de la vida. Los he leído con verdadero placer, y me han dado muy buenas ideas en este largo camino de búsqueda de felicidad. Puedo decir, sin ambages, que cada uno de ellos ha aportado bastante a mi buen vivir.

Rousseau fue mi autor favorito cuando tenía 12 y 13 años. Es uno de los “culpables” de mi optimismo de aquellos años (cuando aún creía que la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad eran plenamente conseguibles y realizables en este mundo). Cuando leí El Paraíso en la otra esquina, de Vargas Llosa, recordé que, a esa edad, yo era también un poquito de Owen, de Fourier, de Tristán, de Proudhon. Todo gracias a Rousseau.

Ya estoy más maduro. Y soy realista. La Libertad me parece bella sólo si no se da la mano con el irrespeto o la psicopatía. La Igualdad me parece peligrosísima, sobretodo porque he visto que el ser humano es tan vil que sólo es capaz de igualar por lo bajo. Y la Fraternidad me parece nociva cuando toma carices comunistas, y se hace una falsa fraternidad imperialista, fundamentada en la opresión: cuando se hace un “fraterno” compartir el yugo de un tirano megalómano (léase Stalin, Krushev, Castro, Andropov, Mao, Brezhnev, Kim Jong Il, Chávez, Kim Jong Wun, Maduro, etcétera).

Estoy convencido (y no sólo a partir de lo que he leído de psicología, medicina, neurología, neurofilosofía y psiquiatría…también he podido constatarlo en mi propia práctica clínica, escuchando a cientos de pacientes) que el hombre no nace bueno. Lo que he corroborado es que el hombre es un mamífero peligrosísimo, un simiano agresivo como ninguno, depredador a gran escala, feroz hasta con sus hijos, dado a matar y a violar. Una especie que se comporta como plaga, reproduciéndose de manera viral y causando daño a todas las demás especies (a las que sólo sabe extinguir o explotar). Una bestia nociva, cargada de pulsiones, que obviamente saca de vez en cuando (muy de vez en cuando, diría yo) un buen ejemplar (uno que otro hombre bueno, uno que otro hombre genial: artista, creador, científico o pensador). Pero que, para su propia desgracia (porque en su agresividad va a terminar aniquilándose hasta a sí mismo) por cada Mozart produce dos dictadores, diez esquizofrénicos, doscientos adictos, mil maltratadores, diez mil egoístas, veinte mil mediocres.

De otro lado, su método pedagógico me deja algunas dudas. No le niego que produzca estudiantes más desinhibidos, menos reprimidos. Pero tampoco creo que sea la panacea. De hecho, corre el riesgo de producir sujetos voluntariosos, desadaptados, ajenos a las normas básicas de educación y etiqueta. Ya tengo suficiente con mis maleducados compatriotas, amigos de la vulgaridad y la obscenidad, procaces e imprudentes cacasenos, como para tener que soportar atarvanes e iguazos en todo el mundo.

En lo que todavía concuerdo con Rousseau, es en su defensa de la libertad de expresión y de culto. Creo que son atroces los regímenes que quieren imponer tal o cual religión (o una visión atea, como suele suceder en los regímenes comunistas, o neopagana, como en los fascistas). Cada quien es libre de creer (o no creer) en lo que quiera, eso sí, siempre y cuando se mueva dentro de los márgenes del derecho natural y de la ética de las virtudes.

Otro amor de mi vida, cuando frisaba los 16 años, fue Descartes. Me pareció siempre mágico su sistema, tan sólido como convincente. Además, sus dotes literarias me cautivaron. En cuanto a sus hallazgos matemáticos, me parecía simplemente una inteligencia aguda, enorme, sólo comparable a la de un Aristóteles o un Arquímedes. Sobra decir cuánto me gustó todo lo que tuviera que ver con planos cartesianos o lentes.

Pero luego entendí que como médico era bastante desatinado. La glándula pineal no era en modo alguno el sitio de unión entre la res cogitans y la res extensa. Tampoco era cierta su descripción de los arcos reflejos. Y menos su estúpida creencia de que los animales eran simples autómatas.

Y ya después de estudiar psiquiatría, se me desinfló por completo su teoría del conocimiento. No sólo me parece insuficiente su método, sino irresponsable, porque deja descansar buena parte de todo en la mera subjetividad. Además he visto cómo es casi imposible defender la idea de las ideas innatas con lo que sabemos hoy en día sobre neurociencia y aprendizaje; de existir algunas ideas innatas, serían solamente las correspondientes al inconsciente colectivo. Pero jamás uno podría decir la bestialidad de que todas las ideas son innatas.
En cambio, mi afinidad por Locke aún está vigente. Como médico me parece un titán. Un gran observador. Un excelente clínico. Es evidente que los seres humanos construimos conocimiento a partir de la experiencia. Es innegable que la sensopercepción es el paso previo a la abstracción en la inmensa mayoría de los casos, y que vamos acrecentando nuestro conocimiento sobre algo en la medida en que vamos haciendo nuevas asociaciones. Son claras las funciones cognitivas superiores a la hora de analizar la conducta y el pensamiento humanos.

Como politólogo, aunque le puedo criticar algo de su ingenuidad con respecto al Parlamentarismo (aunque reconozco que puedo estar sesgado acaso por mi propia experiencia: en todos los años de vida no he visto que el Congreso sea indispensable…ni siquiera útil), me imagino que nació de la profunda desconfianza que le inspiraban los soberanos de su época. Tal vez vio en el parlamento lo que Montesquieu (12) en la separación del poder en ramas: un antídoto contra el despotismo. En un hombre cultivado, que tanto apreciaba los derechos del individuo, es comprensible el horror que le inspiraba un tirano estilo Tiberio o Calígula. Diríamos hoy en día, un totalitarismo.

Me parece que el Liberalismo en Locke adquiere grandeza, sentido y fuerza. Que rescata a la persona, presa habitual de la masa, del populacho enardecido y asesino (me estoy acordando de la farsa de Juicio que le hicieron a Jesús de Nazaret), de la turbamulta furibunda e idiota (como los millares de cretinos que le levantaban el brazo y le obedecían como borregos a Hitler).

Creo que junto al necesario aporte de Stuart Mill y Karl Jaspers, la filosofía de Locke es lo máximo en cuanto a espíritu democrático. Si nos atuviésemos a ella, en todo el mundo, no existirían desmanes de gobernantes omnímodos ni ultrajes al Derecho Internacional.

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)