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sábado, 24 de mayo de 2014

¿Merece Santos una reelección?, por David Alberto Campos

Con respecto al gobierno Santos (2010-2014) creo que el equilibrio, la mesura y la prudencia son indispensables para no caer en la alabanza o la crítica sin criterio. En un país tan dado a las polarizaciones como Colombia, en el que se viven los procesos electorales con más pasión de la debida, y en el que se hacen con frecuencia escisiones masivas, esquizoparanoides, en las que sólo se logran ver los aspectos positivos (si hay simpatía o favoritismo) o los aspectos negativos (en caso contrario) de algo, considero que se debe valorar con responsabilidad y justicia las cosas. Sólo así se evita caer en la crítica feroz, que no contempla nada bueno o valioso de aquello que está atacando, o en la crítica permisiva y sosa, que se dedica a elogiar hasta lo indefendible. Hay que elogiarle su empeño, al menos al inicio de su gobierno (cuando todavía gozaba de las mieles de la "Unidad Nacional" y no tenía una oposición significativa), a la hora de conseguir personas capaces y bien formadas para la conformación de equipos técnicos,tanto a la cabeza de sus ministerios como en la burocracia en general. Asimismo, que logró distensionar la relación con Venezuela, que en el ochienio de Uribe estuvo a punto de desembocar en una guerra fratricida. De otro lado, su “prosperidad democrática” nunca fue tal: no hubo ni prosperidad, ni democracia. El país continuó con sus preocupantes índices de desigualdad, pobreza y desempleo. Eso sí, como buen zorro que es, Santos se inventó la manera de maquillar los resultados y hacer ver (a los ingenuos, obviamente) que la pobreza no era pobreza, y que el desempleo no era desempleo. La estadística le dio una manito: al considerar que un vendedor ambulante o que un subempleado sin seguridad social y recibiendo un salario inferior al mínimo legal podían ser catalogados como “empleados”, ¡eureka!, “el desempleo disminuyó”. Lo mismo con las cifras de la pobreza: con el método adecuado de cuantificación y calificación, se vería que en Colombia la pobreza es alarmante, pecaminosa (si se le compara con el lujo y el derroche que se observa en ciertos segmentos económicos); pero como desde Presidencia se presionó al Departamento de Planeación Nacional para modificar la encuesta, al final los resultados fueron sorprendentes. Cualquier lelo puede suponer, leyendo esas cifras viciadas, que Colombia no es tercermundista. De otro lado, además de la ausencia de equidad y prosperidad, el gobierno Santos se raja en democracia. Reprimió brutalmente las protestas de estudiantes (hubo varios casos de homicidios, inclusive) y campesinos (con violaciones flagrantes al Derecho Internacional en algunos casos). Puso el aparato policial y de inteligencia en contra de gremios y sindicatos (muchos líderes aparecieron “misteriosamente” muertos), así como a espiar a las figuras sobresalientes de la oposición. Pero no me extraña. Él mismo, como Ministro de Defensa en el gobierno de Alvaro Uribe (con quien ahora aparenta ser un enconado rival, cuando en realidad se han favorecido mutuamente en muchas ocasiones), estuvo a cargo de las famosas “chuzadas” (intervenciones y espionaje) a las líneas telefónicas de periodistas, líderes sindicales, dirigentes de izquierda y centro-izquierda . Y también como Ministro de Defensa de Uribe estuvo implicado en los tristes casos de “falsos positivos” (hombres de estatus económico bajo a los que los hicieron pasar por guerrilleros para poderlos dar de baja y ufanarse de “estar golpeando a la guerrilla”) que enlodaron al país en el escenario global. Yo mismo advertí lo peligroso que sería votar por un sujeto tan sociopático, mentiroso y manipulador como Santos, en un artículo de 2010, pero el pueblo colombiano, ciego y fanático, excesivamente apasionado como de costumbre, le creyó. Y le votó masivamente. Ahora no está sino pagando las consecuencias. Eso sí, lamentándose. Ya tarde, como siempre. ¿Qué otra promesa dejó Santos sin cumplir? En su discurso de posesión prometió “proporcionarles a todos –sin excepción, y desde la primera infancia- una nutrición y una educación de calidad”. Es notoria la brecha entre su promesa y la realidad. No se trata ni siquiera de una brecha, sino de un abismo. La educación en Colombia va por muy mal camino: los colegios se han convertido en verdaderos campos de batalla en los que el matoneo y la violencia en todas sus expresiones (que refleja la violencia que esos niños ven en sus hogares, en los medios de comunicación, y en toda esta sociedad putrefacta); se han vuelto ya frecuentes el tráfico de psicotóxicos y el reclutamiento de niños y niñas para la prostitución y la pornografía en las instituciones educativas; la calidad, que había ido desmejorando, se desplomó en este cuatrienio a tal punto que ya se están graduando personas con gruesas fallas en lectoescritura, comprensión lectora y pensamiento abstracto; pocas Universidades son lo suficientemente serias con sus maestros y estudiantes, y ofrecen currículos flojos, impresentables en el exterior dada su pobre calidad. No fue una sorpresa, para los que ejercemos la docencia, que Colombia recientemente ocupara el último puesto en las pruebas PISA. ¿Qué se podía esperar, además, de un gobierno que pone a la cabeza del Ministerio de Educación a una oligarca completamente ajena a los intereses nacionales, plutócrata de reconocida trayectoria en la Cámara de Comercio de Bogotá, que no tiene conocimiento alguno de la realidad educativa del país?, ¿Qué le va a importar la educación a una mujer de su calaña, que llegó a ese cargo por ser íntima amiga de la esposa del presidente Santos y no por méritos en el campo pedagógico, y que pertenece a una “élite” a la que le conviene mantener a la enorme masa poblacional colombiana sumida en la estupidez y la ignorancia, para manipularla a su antojo? En consonancia con lo anterior, otra promesa no cumplida de Santos fue la de exigir en educación “los más altos estándares” y “la evaluación rigurosa de estudiantes y profesores”, encontrándonos con un panorama desolador en el que la investigación se hace, incluso a nivel de educación superior, por iniciativa privada y consagración personal, y no con el apoyo de Presidencia (que prefiere derrochar el presupuesto en bagatelas populistas, sólo con el fin electorero de hacerse reelegir, sacrificando el futuro de una nación entera en aras de un interés egoísta y narcisístico). Salvo un puñado de instituciones universitarias, la educación pública en Colombia ha caído mucho, y se puede afirmar que le apunta a la mediocridad en todas sus líneas. Ya Santos había perjudicado enormemente la educación quitándole fondos (para invertirlos en su propia campaña de reelección), y ahora que se ve acorralado en las encuestas, y sólo para intentar “ganarse” algunos profesores de instituciones públicas (a los que no ha hecho sino darles garrote durante su gobierno, recortándoles hasta sus beneficios en salud y jubilación), prometió hacer más laxo el sistema de calificación y evaluación docente. De este modo, empeorará la mediocridad educativa colombiana. Santos también le mintió al país cuando dijo que no incrementaría los impuestos durante su gobierno, en su primer debate contra Mockus. Con el impuesto de renta, golpeó duramente a la clase media colombiana (que es, entre otras cosas, la que sostiene al país en términos tributarios). Tampoco cumplió con eliminar el impuesto del 4x1000 a los movimientos financieros. De otro lado, ha decaído el incentivo a los pequeños y medianos empresarios en su gobierno. Total: una economía en crisis. En cuanto a la salud, puedo hablar con completo conocimiento de causa porque soy médico. He visto muchas veces cómo su gobierno se ha negado a dialogar con las asociaciones médicas y científicas del país. He sufrido en carne propia el abandono en el que se encuentran puestos de salud, clínicas y hospitales. He visto cómo el Plan Obligatorio de Salud es insuficiente. He sido testigo de muchas muertes de pacientes, muertes evitables si hubiesen tenido a tiempo sus medicamentos. He leído cosas escandalosas a propósito de la ineficiencia y la inoperancia de las Empresas Promotoras de Salud. Me han puesto todo tipo de trabas cuando he solicitado exámenes o medicamentos no incluidos dentro del Plan Obligatorio de Salud a mis pacientes. Pero eso sí, me dan un sablazo mensualmente, descontándome el 10% de mi magro salario (pues en este pobre país manejado por cafres y atemorizado por violentos la labor de un psiquiatra es menos valorada que la de un estilista), “para la salud de los colombianos”. Qué gran bufón es Santos. Aún recuerdo una frase que dijo, hipócritamente, cuando se posesionó el 7 de agosto de 2010, y que había dicho también en uno de los debates durante la campaña: “Trabajaremos para que tengan una salud de calidad”. ¡Qué doblez!. Veamos la gestión Santos en asuntos de Seguridad y Paz. Siguen las incursiones ilegales, sobretodo de grupos terroristas, en las fronteras colombo-venezolana y colombo-ecuatoriana. Continúa el tráfico de estupefacientes en la frontera colombo-panameña, además de las ya mencionadas. Miles de familias siguen siendo afectadas por el secuestro, la extorsión, la violencia pura y dura. Han aumentado los ataques con ácido. Se han incrementado los homicidios asociados a asalto callejero. Los grupos paramilitares y de extrema derecha se han fortalecido. El EPL y el ELN volvieron a tomar fuerza. Las FARC volvieron a una estrategia de despliegue nacional. El crimen organizado se ha fortalecido, y avanza hora hacia una nueva modalidad, más disimulada: los grandes capos se están volviendo inversionistas de la industria inmobiliaria (encareciendo, de paso, el costo de los bienes raíces y del costo de la vida). En este punto, el programa de Santos (del que cito textualmente: “A todas las organizaciones legales las defenderemos y a las ilegales las seguiremos combatiendo sin tregua ni cuartel”) se rajó de nuevo. De otro lado, con respecto a los supuestos “Diálogos de Paz”, tengo varias anotaciones: a) no se puede hablar de Paz in estricto senso, pues se trataría simplemente de un acuerdo que, a lo más, conduciría a una tregua entre un grupo subversivo (en el caso de los diálogos de La Habana, llenos de altibajos y dilaciones, con las FARC) y el Estado colombiano…continuaría la violencia (en todas sus manifestaciones) a nivel de familia, comunidad y nación, pues este sigue siendo un país con mala salud mental, patológicamente agresivo y tanático; b) no se puede ser tan ingenuo como para creer que un acuerdo (si es que los empantanados diálogos terminan, algún día, en algún acuerdo) nos garantizarían que serán cumplidos a cabalidad por ambas partes; c) aún si se logra un acuerdo, continuaría la violencia ejercida por otros grupos terroristas, y por desmovilizados de las FARC que no se reintegren a la sociedad sino que busquen otras organizaciones al margen de la ley; d) pese a que parecía al inicio una agenda seria y puntual, la realidad ha mostrado que ambas partes tienen menos disposición y menos voluntad de llegar a una tregua de lo que inicialmente mostraron. Y, por último, una reflexión personal: me parece inmoral que un gobierno flojo y desprestigiado intente hacer uso electoral de algo que no tiene que ir manchado con ningún cariz político. A Santos le ha faltado consistencia y liderazgo. Ha sido ambivalente, en ocasiones flojo (irónicamente, con el crimen organizado y el terrorismo) y en otras barbárico (tristemente, cuando los que han protestado son estudiantes o campesinos). No ha sabido ni podido hacerle frente a los paros agrarios, y se ha mostrado muy torpe a la hora de tratar a la oposición (una oposición variopinta, que incluye tanto a la centroizquierda como al uribismo), cayendo en el insulto personal en ocasiones. En el plano internacional, ha dejado pasar la oportunidad de posicionar a Colombia en la región, y se ha mostrado bastante tonto al manejar los problemas limítrofes con Nicaragua y Ecuador. En conclusión, a Santos le ha quedado grande su cargo. Su gobierno ha sido, desde muchos ángulos, un retroceso a la época Samper-Pastrana. Espero que un inepto así no logre reelegirse. David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)