Follow by Email

jueves, 29 de mayo de 2014

INTENCIÓN Y ACTUALIDAD DE EL PRÍNCIPE, por David Alberto Campos

A diferencia de cientos de académicos, politólogos y (obvio) políticos que se dejan deslumbrar por el oropel de Maquiavelo y su horroroso Príncipe,  expondré a continuación el por qué considero esta obra un punto bajo en la Filosofía de Occidente, un verdadero cáncer ideológico dentro de la tradición política, y uno de los culpables de la debacle social actual.

Lo hago, obviamente, esperando que el lector tenga en cuenta más la fuerza de los argumentos que la fuerza de la tradición académica, que, como ya he mencionado arriba, le rinde pleitesía al florentino y a su infausta obra. No se trata de un juego de amores u odios, sino de un análisis crítico y autónomo, libre de sesgos, desprejuiciado. Un análisis valiente, debo añadir, pues me estoy encontrando (y asustando) cada vez más con la tendencia a la convergencia acrítica y el temor a disentir en la sociedad neoposmoderna en construcción.

Ahora bien, aclaro que aunque El Príncipe es un desastre cultural está bien claro que es el más actual de todos los textos de su clase. De hecho, tal vez por esa brutal y descarnada actualidad es que me asquea tanto. Basta con saber mirar, y uno encuentra en todos los políticos actuales verdaderos alumnos, y aventajadísimos, de Maquiavelo.

Lo primero está en la intencionalidad misma de El Príncipe. Maquiavelo escribió esta obra con el más vil espíritu lambón y rastrero, esperando con ella ser rehabilitado políticamente y volver a gozar los placeres de la vida cortesana, a la que tanto se acostumbró. No hubo en la redacción de ese libro un aliciente espiritual o sublime; tampoco un deseo de trascendencia; es más, el mismo Maquiavelo nunca se preocupó por llevarlo a prensa (dice mucho que haya sido publicado después de su muerte). Cuando escribo un libro, usualmente lo hago con el mismo amor con el que se cría un hijo. Trabajo en él con dedicación. No espero de él ningún beneficio económico o político. Busco que él contribuya al bienestar y al mejoramiento de otras personas. Y lo presento en sociedad con alegría. El Príncipe fue para Maquiavelo una especie de bastardo poco agraciado, feo y usado como objeto, creado con fines egoístas. Es una pena, de hecho, que sea más conocido que sus Retratos de las cosas de Alemania, libro mucho más concienzudo y argumentado, o que su Mandrágora, pieza de verdadero alto nivel literario.  

Pasando a su contenido, a todas luces se nota su alta peligrosidad y su poder corrosivo. Tampoco se trata de achacarle todas las culpas de los males políticos de Occidente, pero es bien cierto que muchos déspotas se han encargado de aplicar “juiciosamente” sus máximas, sacrificando millares de vidas (1). No extraña que los peores tiranos del siglo XX (Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot, Kim Jong Il, Bokassa) hubieran declarado ser asiduos lectores de El Príncipe (cosa muy llamativa, además, en personas que leían más bien poco, como el dictador Bokassa): sin duda hallaron en el ponzoñoso libro algunas “buenas ideas” para oprimir más a sus pueblos (2,3).  

Otros han intentado “justificarse” con El Príncipe en su oportunismo, su falta de ética y su falta de escrúpulos a la hora de hacer política. Insisto: el libro no es en sí mismo pernicioso, aunque esté lleno de veneno. El libro, como fue escrito por Maquiavelo con la intención ruin de ganarse el favor de un poderoso y con la esperanza de ser de nuevo un cortesano “bien posicionado”, ya venía viciado. Ahora bien, el ser humano es un ser viciado (y vicioso) por naturaleza. ¿El resultado? El dichoso libro brindó un aparato teórico de soporte a la ya torcida naturaleza humana. Torcida naturaleza que en política se ha expresado, desde tiempo inmemorial (porque no vamos a decir que en el pasado no hubo mentirosos ni hampones en el mundo político).

Ya con El Príncipe en sus manos, los cafres pudieron sacar pecho. Ahora su maldad era astucia. Ahora su conducta disociadora obedecía a una máxima (“Divide y reinarás”). Ahora su conducta inmoral y degradada podía presentarse como una conducta “estratégica” (“El fin justifica los medios”). Ahora su falta de solidaridad y oportunismo podía llamarse “dote de estadista” (“No te acerques al príncipe que está cayendo, porque te arrastrará consigo”).

¿Que si es actual El Príncipe? ¡Pues claro! Actualísimo. En la actualidad es muy raro el político que no lo haya tenido como libro de cabecera. Todo el mundo habla de él. Es un libro citado, comentado, releído y manido como pocos. Qué pesar me da que tantas joyas de la Literatura sean prácticamente desconocidas, en tanto que esta excrecencia del pensamiento occidental (ya de por sí egotista, idealizador del individualismo brutal, mistificador de la violencia y del poder de las armas) sea reverenciada hasta por los estudiosos.

Por doquier uno ve su actualidad: como cuando un Primer Ministro europeo despilfarra el presupuesto de su país (a cuyos contribuyentes golpea con altos impuestos) paseando en un crucero con prostitutas, o una Presidenta latinoamericana reparte millones de dólares para hacerse reelegir (millones que pudo haber invertido en salud o educación para su pueblo), o un dictador africano decide acribillar a miles de opositores (sin pestañear, y haciendo gala de su “fuerza”), y luego salen a decir, de manera descarada y por todos los medios de comunicación (cada uno con su estilo: el tribal “macho dominante” africano, el degenerado y alcoholizado europeo, la gritona y gesticulante latina) que lo que hacen lo hacen “por el bien de la nación”. Sí, eso es la justificación de los medios. Sí, son unos príncipes.  

Pero insisto: el ser actual o influyente, no hace “bueno” un libro. Ni provechoso para el espíritu. Mucha bazofia pseudoliteraria es actual, y se vende por millares. Muchas veces lo falso es ampliamente consumido. ¿Pero qué se puede esperar, con semejantes bestias de consumidores? ¡Son seres humanos! En ellos todo se despliega como violencia, como muerte, como destrucción. Hasta lo erótico se tiñe de violencia. ¿Qué se puede esperar entonces, cuando tienen en sus manos un constructo que les da luz verde para sus fechorías?

Por último, hago un llamado a la reflexión, a la serenidad. ¿Vale la pena seguir exaltando los valores propuestos en El Príncipe? ¿No hemos tenido ya bastante con todas las guerras, luchadas con armas cada vez más letales y aterradoras? ¿No hemos aprendido aún que no hay nada más nocivo para las democracias que el juego hipócrita de los príncipes? ¡Es hora de despertar!, ¡Es hora de salir de esa maquiavélica pesadilla!  

David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)