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domingo, 25 de mayo de 2014

¿ES EL PENSAMIENTO POLÍTICO Y ECONÓMICO DE PLATÓN Y ARISTÓTELES APLICABLE EN NUESTROS DÍAS?, por David Alberto Campos


Es posible que esta pregunta nos la hayamos hecho alguna vez en la vida. Nuestra época, enmarcada dentro de ciertos patrones que la hacen única (el relativismo, la certeza de que la verdad no es única ni está en un solo lado, el ecologismo, la globalización, la desconfianza en las instituciones, el cosmopolitismo, el desprestigio de los nacionalismos y los autoritarismos de diversa índole, la diversidad sexual y la búsqueda de la libertad en todas las esferas, tanto en lo público como en lo privado), bien puede ser llamada Neoposmodernidad, tal como he insistido en anteriores ensayos (1,2). Así, en un mundo conectado en el que nos enteramos al instante de lo que está sucediendo en cualquier lugar, y en el que podemos interactuar tan fácilmente con todo tipo de personas, podríamos suponer que lo escrito por los dos más grandes filósofos de la antigüedad es caduco, o cuando menos anacrónico.
Sin embargo, estoy convencido que podemos afirmar justamente lo contrario. Platón y Aristóteles están más vigentes que nunca. Sólo hay que saber adaptarlos a los contextos y las situaciones de la Neoposmodernidad. El abismo (generacional, tecnológico, cultural, político) entre estos maestros y nosotros es innegable. La diferencia empieza en el mismo concepto de polis: lo que ellos conocieron fue una ciudad-Estado de población pequeña si se le compara con una capital de nuestros días, en la que los ciudadanos se conocían o cuando menos tenían algún tipo de cercanía física en su cotidianidad (algo que rara vez se da en la actualidad), que incluía al ciudadano en todas las esferas de su vida (3). Para Platón y Aristóteles era simplemente inimaginable que un ser humano se pudiera desarrollar plenamente fuera de dicha polis (4).  
En mi opinión, puede seguir siendo cierto que un ser humano no pueda desarrollarse en todas sus dimensiones fuera de la polis, pero si y sólo si se entiende la polis desde una perspectiva mucho más amplia que la de una simple ciudad-Estado. Si bien los antiguos muchas veces ni siquiera salían, en toda su vida, de su ciudad de origen, la Neoposmodernidad nos ofrece un panorama bien diferente. Hoy en día es bastante frecuente domiciliarse y hasta morir bien lejos de donde se nace. Se puede viajar con gran facilidad. Se vive una realidad planetaria. Somos, como se vaticinó hace algunas décadas (5), una “aldea global”. 
O sea que a la polis hay que entenderla en términos amplios, globalizados, y no como lo hacían los griegos en la antigüedad, que se restringían al lugar geográfico donde moraban y se concebían a sí mismos con cierto provincianismo, creyendo que su polis era la polis. Más allá de otras consideraciones, como que dicho provincianismo acaso impidiera que los griegos se estructuraran como un Estado nacional en la época de Platón o Aristóteles (6), está el hecho que hoy en día sólo sería hipotética una sociedad así de cerrada, desconectada del mundo, autárquica y aislada. En la realidad, y en esta época, semejante sociedad no podría existir.
Hecha entonces la anterior salvedad, viene siendo bastante clara la actualidad y la vigencia del pensamiento político y económico de Platón y Aristóteles en nuestros días. Podemos, los hombres y mujeres libres del siglo XXI, agradecerles lo bello de la democracia: la posibilidad (al menos jurídica…no podemos caer en sentimentalismos fatuos y creer que las cosas funcionan a las mil maravillas, porque no es cierto) de tener voz y voto, el derecho a participar y opinar en política, la libertad para reflexionar sobre el estado de las cosas en los campos político-económicos (7). Todos podemos aspirar a cargos públicos (ahora bien, esto no implica necesariamente que vayamos a ganar, porque las democracias actuales también tienen sus vicios y defectos, como el de requerir enormes maquinarias y aparatos publicitarios y de mercadeo). Podemos hablar, compartir nuestras ideas, debatir, discutir sobre la actividad en la polis, y sobre la polis misma.
En dichas polis se fue consolidando la idea de que en la función de gobierno cabían la participación y el esfuerzo mancomunados. En dichas polis se fue afirmando la idea (que hace parte ya del acervo colectivo de la Humanidad) de que la participación era un bien necesario. Y por eso las polis son la nuez de las democracias. Eso es justamente lo que aplastan los totalitarismos (8), sempiternos enemigos de la democracia: callan a la gente, no la dejan expresarse, no le permiten participación, le exigen un acatamiento acrítico de lo que manden, le imponen una sumisión y una entrega totales (9).
La virtud, tan cara a Platón como a Aristóteles (10), tiene pleno sentido en nuestra época. Ya hemos sido testigos de los desastres derivados de esa escisión entre virtud y política iniciada por algunos sofistas (11), agrandada por Maquiavelo (12) y definitivamente asentada por Hume (13). Como seres humanos, ya estamos hartos de los excesos de nuestros gobernantes (excesos de toda índole, que van desde la corrupción lisa y llana del peculado o el prevaricato hasta la más sutil manipulación de la información, pasando por situaciones de nepotismo mal disimulado y de abusos de poder).
En todo el orbe, la escisión entre virtud y política (cosa que jamás hubieran imaginado Platón y Aristóteles) ha traído nefastas consecuencias. Podemos observar, por ejemplo, la historia del convulsionado y escalofriante siglo XX: Si la virtud no hubiera sido dejada de lado, ¿podrían haberse dado fenómenos como el totalitarismo a gran escala?; ¿podrían haberse erigido en instituciones todopoderosas organizaciones como el partido comunista, el partido fascista o el partido nacionalsocialista?; ¿podrían haberse dado dos grandes y sangrientas guerras mundiales, además de otras muchas guerras locales y civiles? Estoy convencido que no. De hecho, el común denominador de todos los tiranos del siglo XX (carniceros desconsiderados y ególatras, culpables de haber sacado lo peor del ser humano en toda su Historia) fue el de haber creído que estaban por encima de la virtud y los valores fundamentales que protegen la dignidad humana, por una supuesta “misión” o un supuesto “fin” históricos.
Situémonos ahora en América Latina. No solamente las putrefactas dictaduras, sino también los nauseabundos gobiernos democráticamente elegidos, tienden de manera preocupante a la corrupción, al nepotismo, al abuso e poder y a la dirección irresponsable (en la que la egolatría del dirigente despilfarra los ya de por sí limitados recursos de las naciones tercermundistas). ¿Y a qué se debe eso? De nuevo, a la nefasta disociación entre virtud y política. ¡Cuánta falta hacen Platón y Aristóteles en estas desdichadas tierras, de malditos gobernantes! Ojalá nuestros políticos fueran más platónicos en su obrar.
De otro lado, como señala Márquez (14), si nos atenemos a la visión pluralista, genuinamente democrática y tolerante de Habermas, Arendt, Popper y Maturana, nos encontramos inevitablemente con los grandes maestros griegos a la hora de pensar la política. ¿De qué manera? En tanto que es en la vida activa en la polis, es decir, en la acción política, que todos participamos en al participación y realización del llamado “interés general”. Si nos quedamos de brazos cruzados estamos dejando a la polis en manos peligrosas. Si, por el contrario, nos animamos y entramos en ella (cada quien a su manera, eso es lo bonito de la Neoposmodernidad: a través de las redes sociales, o de un periódico, o de una emisora, o de un programa de televisión, o de una producción artística, o de un blog, o de nuestra propia labor como maestros, etcétera), así no hagamos parte del farsante juego de la política “tradicional” (en el que se engaña, se miente y se manipula a los incautos con maquinarias y discursos elaborados para favorecer a ciertos sectores, y no a toda la sociedad), estamos contribuyendo a una democracia más humana, menos frágil, más sublime acaso.
No importa si no salimos elegidos. Como ya he señalado, esto es parte del juego, y en el juego de la democracia no siempre triunfa la razón. Hay mucho de manipulación y mascarada. Pero al menos no tendremos el cargo de conciencia de no haberlo intentado, y de haber permitido que sujetos corruptos y mediocres llegaran a esos cargos de gobierno más fácilmente aún. Y, en caso de que decidamos participar en política si vincularnos con ningún proceso electoral específico (es más, así sea desmarcados de cualquier proceso político “tradicional”, como completos outsiders del sistema), siempre es bueno y sano para la sociedad que no nos quedemos callados. Porque la pobreza, la injusticia y la violencia, tres realidades pecaminosas y por desgracia frecuentes en Colombia y América Latina, también se perpetúan con el silencio cómplice.

Y, en ese orden de ideas, si participamos tal vez contribuyamos a hacer de esta triste República de Colombia (y nótese que en vez de “Colombia” puede ir cualquier país de esta sufrida Latinoamérica) algo más similar a la República que soñó Platón: una República en la que el bien común sea la meta de todos, y en la que la verdad (esto es, veracidad, y no hipocresía ni mercadotecnia) y la virtud brillen por sí mismas.   
David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)